Portada del relato El Espejo de Averno
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Fragmento:


En la caliginosa y decadente ciudad de Arkham, entre sus calles envilecidas por secretos y sus plazas agrietadas por el paso de horrores inhumanos, existía una pequeña y casi invisible tienda: “Curiosidades de la Medianoche”, cuyo letrero parecía resistir a la vez la intemperie y la razón. Su dueño, un hombre cuyo nombre los viejos murmullan pero nunca pronuncian en voz alta, era conocido únicamente como Meriweather. Nunca agradecía una compra. Nunca entregaba cambio. Parecía incluso ignorar las reglas mismas cuya trasgresión mantenía el universo unido.

Duración: 10:13

El Espejo de Averno
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Texto de ajuste de pausa.

En la caliginosa y decadente ciudad de Arkham, entre sus calles envilecidas por secretos y sus plazas agrietadas por el paso de horrores inhumanos, existía una pequeña y casi invisible tienda: “Curiosidades de la Medianoche”, cuyo letrero parecía resistir a la vez la intemperie y la razón. Su dueño, un hombre cuyo nombre los viejos murmullan pero nunca pronuncian en voz alta, era conocido únicamente como Meriweather. Nunca agradecía una compra. Nunca entregaba cambio. Parecía incluso ignorar las reglas mismas cuya trasgresión mantenía el universo unido.

Fue durante un invierno de los más duros que se recuerdan, en el que las noches se tornaron largas y los vientos traían rumores de formas ululantes por las lindes del pueblo, que el Profesor Aldous Greville, catedrático en asuntos esotéricos en la Miskatonic, se aventuró por esas inhóspitas veredas de manera imperdonablemente negligente. Había recibido, en un paquete sin remite, un pequeño papel amarillento: “El objeto existe, donde la luz se niega a entrar. Pregunte por el Guante de Y’ghrath. Sólo para adultos: debe entenderse lo prohibido, y aceptar el precio”.

La aurora grisácea de Arkham, con su perro manto de neblina, parecía roer la carne; sin embargo, el incentivo de Greville era tan irresistible como la melodía de una flauta exótica a una mente frágil. Había hallado muchas referencias a artefactos prohibidos, pero el Guante no figuraba en los grimorios más oscuros; las anotaciones halladas en los márgenes de “De Vermis Mysteriis”, y dos líneas sueltas en una carta de Ambrose Dexter, sólo incrementaron la obsesión.

La tienda de Meriweather le aguardaba entre dos edificios que lucían inexplicablemente distintos a como los recordaba: más angostos, más viejos, casi jadeantes. Cuando entró, el aire era frío, seco, impregnado de hierbas cuyo nombre sólo los muertos pronunciarían. La luz era incapaz de dispersar la sombra de los rincones; había estanterías con artefactos que parecían moverse, un espejo que lo reflejaba viejo y sonriente, tapices que parecían cosidos con piel. Y, en el mostrador —donde una lámpara torcida apenas combatía la penumbra—, Meriweather aguardaba.

“Sólo para adultos, Profesor Greville”, musitó. “Pero adulto en el sentido verdadero: quien ha amado, perdido y comprendido el abismo interno de la existencia...”.

Greville asintió, más para sí mismo que para el tendero. No preguntó precio, ya que sospechaba —correctamente— que el pago no implicaría moneda alguna.

El Guante de Y’ghrath era una prenda imposible: de cuero opalino, con delicados bordes que parecían danzar, tronando a una música que la mente sólo podía entender con cruel esfuerzo. Dentro del guante, mientras Meriweather lo sostenía, relucían símbolos apenas visibles, como gusanos que se enroscaban a sí mismos. Greville extendió la mano.

No había regreso una vez cubierto el guante. Lo percibió al instante: la calidez ominosa, la manera en que parecía adherirse, fusionando la carne con un tacto que era, a la vez, tormento y promesa impía. Ya para entonces, Meriweather había desaparecido de la tienda; en verdad, la tienda misma parecía haber desaparecido, o quizás Greville ya no podía prestarle atención.

El guante latía contra sus venas; en su interior, una vocecilla, como el crujido de huesos minúsculos, le susurraba en un idioma anterior al nacimiento de la voz: “¿Qué deseas tocar?”. Greville pensó inmediatamente en el volumen innombrable de la biblioteca Orne, ese texto encuadernado en piel que había soñado, pero que el claustro jamás permitía leer, alegando “efectos para los cuales la sangre aún no madura”.

Se dejó arrastrar por la aprensión mezclada con la codicia. Despertó, de algún modo, en la cámara protegida bajo el museo de la Universidad —cómo llegó allí permanece oculto al entendimiento humano, pero los pasillos por los que avanzó parecían burlarse de la geometría y de la vigilancia. Abrió la puerta custodiada y vio, entre relámpagos azulados, el volumen prohibido.

El guante pareció dirigir el movimiento de su mano: acarició el libro y, por un instante fugaz, la realidad se rasgó. No era sólo la textura de la piel sobre el lomo, sino recuerdos horribles y ajenos fluyendo por su mente —cosas que no podían pertenecer a la humanidad, letanías de tiempos prehumanos, ritos ahogados por la gelatinosa lengua de seres caídos hacía eones. Greville yacía entre horribles imágenes: cuerpos consumidos por el ansia de saber, amantes desollados como promesa de placer eterno, mentes succionadas hacia el vórtice de lo que debería permanecer incognoscible. Era un vértigo orgiástico de conocimiento —pero también de brutal destrucción.

El guante le urgía a continuar. Sin pensar, se lo llevó a casa; por días no pudo quitárselo, ni dormir, ni comer. Comenzó a ver, a través del tacto, la historia oculta de objetos cotidianos: un vaso rezumaba la angustia de una esposa que lo apretó antes de envenenarlo; una cortina le traía la sensación de una garganta estrangulada en lo oscuro. Cada objeto tocado con el guante traía memorias de violencia, de deseo insatisfecho y de un vacío devorador.

Descubrió pronto la primera de las reglas del Guante Prohibido: sólo aquello marcado por los actos secretos de los hombres puede ser comprendido realmente. Diariamente, su curiosidad era más intensa y su humanidad más distante. Greville tocó una estatua de bronce obscenamente vieja de la colección Whately, y por ella supo de cultos inmemoriales, orgías sobre cadáveres, rituales en mitad de icyng-pines atemporales, oraciones en idiomas olvidados salvo por invertebrados que conocen el miedo como forma de vida.

Lo que empezó como asombro se transformaba en una especie de repugnancia, y finalmente en adicción. Greville se hundía en su gabinete, compulsivo. El guante supuraba un néctar salado, y él lamía su propia mano, inconsciente de que la piel ya no era del todo suya. La ciudad parecía palidecer. Greville salía no ya de noche, sino a las horas en que el sueño colectivo es más profundo; recorría anticuarios, prostíbulos a punto de desaparecer, sótanos donde coleccionistas de lo extraño susurraban nombres prohibidos. Cada objeto que tocaba tenía su historia, y cada historia corrompía un poco más la cuerda que le anclaba al mundo común.

Hasta que vino el sueño. Era un lugar sin puertas, pero abundante en manos: infinitas, contorsionadas, todas portando el Guante. No había silencio, sólo el crujir de los dedos, y en cada palma la promesa de un objeto prohibido. Un espejo, una caja, un frasco, una daga. Cada cual brillaba, tentador. “Elige”, decía una voz sin boca. “Elige y serás Preservador o Despedazado”.

Cuando despertó, tenía ante sí una caja de madera negra, tallada con signos como inscritos por la ansiedad de la noche misma. El Guante ahora pesaba; sus dedos ya nunca se librarían de su contacto —en realidad, sospechó amargamente que nunca los tuvo libres desde el primer instante. Dentro de la caja había un fajo de cartas; cada carta tenía el nombre de un deseo, uno secreto, uno que el portador jamás confesaría. No reconocía ninguno. Sin embargo, todos —al tocarlos— le daban la punzante certeza de que alguna vez él mismo los había sentido.

No recordaba, Greville, cuánto tiempo llevaba confinado en ese ciclo de tocamiento-fisión-historia-olvido. Las noches y los días ya no tenían sentido alguno; los relojes sangraban tiempo y la punta de cada minuto parecía arrancarle trozos de alma. A veces oía voces en la casa: la de Meriweather, la de su madre ahogada años antes en el Miskatonic, la de amantes cuyas bocas besó sin pasión, o la de un niño que no fue. El Guante de Y’ghrath, lo entendía ahora, “permitía a los adultos” aquello que el cuerpo teme y el alma repudia: acceso sin filtros a las memorias sórdidas del mundo. De los objetos que no deben tocarse, porque contienen tanto placer como horror, y porque a través del placer y del horror una conciencia puede, sencillamente, detestarse y buscar su extinción.

Una noche, por fin, la carne del guante comenzó a mutar. Toda su mano la absorbía, extendiéndose por el antebrazo y, en ondas que semejaban latidos, bajando por el torso. El sudor era aceite antiguo; el olor, a tabaco rancio y esperma de pesadilla. El acto de tocar perdía sentido, ya el mundo era absolutamente contacto: los muros, el aire, hasta el tiempo mismo. Greville entendió —y ese fue su último pensamiento claro—, que el guante lo llevaba a la fase final: fundirse con él, convertirse él mismo en objeto prohibido, una especie de tótem viviente cuyos recuerdos serían tocados, explorados y corrompidos por algún futuro infeliz.

Meriweather regresó, o “lo” (porque la forma apenas recordaba ya a la silueta humana) imaginó a través de la niebla anímica del mundo. “El precio de saber es ser conocido”, zumbó Meriweather, mientras extendía la mano sobre la que alguna vez fuera la de Greville. “El precio de tocar es ser tocado, y el ciclo nunca termina. Ya eres adulto, de la única forma en que un hombre jamás debe serlo”.

Dicen que la tienda siguió allí, invisible salvo a quienes buscan “cosas para adultos”, entendido en aquel sentido funesto de ver y aceptar lo prohibido. Que a veces, en el fondo, un guante reposa sobre una mano macilenta, y que los coleccionistas más desafortunados lo tocan creyendo que el deseo sólo es deseo, sin comprender que el horror más abyecto es compartir todos los secretos de cada objeto prohibido, carnal y arcano, y que el mayor castigo para el hombre adulto no es saber, sino recordar.

En ocasiones, cuando la niebla se disipa y el viento deja de ulular, alguien jura haber visto una figura observando desde la tienda de la medianoche. No es Meriweather. No es el propio Greville. O quizás es ambos, enredados para siempre en la atávica maldición de los objetos prohibidos para adultos: saber que todos los placeres son puertas, pero ninguna revela la paz.

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