Fragmento:
El aire crepitaba. Supe que debía apartarme. Pero con hacerme atrás, choqué contra una caja cilíndrica, de madera negra y lisura impecable, sin marca ni inscripción. Esa vez no hice ademán de abrirla. Bastó con rozarla y un hilo helado me recorrió la nuca. Junto a la tapadera, descubrí una etiqueta feliz: “No tocar. No abrir. No mirar dentro. Prohibido para adultos.” Aquello me pareció una burla mórbida: ¿cómo se puede prohibir un objeto a los adultos, quienes por derecho y experiencia, deberían ser inmunes a supersticiones?
Duración: 10:06
Ha habido siempre, en los estratos bruñidos del tiempo, un tipo de objetos de aspecto inofensivo destinados no a los niños, ni siquiera a la pléyade más curiosa de adolescentes, sino directamente a la inquietud inmemorial de los adultos. Son, por regla general, utensilios o mecanismos cuya función inicial resulta trivial: una baraja de cartas con dibujos apenas erosionados por el uso, una lámpara de aceite que aún despide un tufo fosilizado, un reloj de pulsera con la esfera tan opaca como la memoria de quien lo porta. Sin embargo, estas cosas privadas del uso infantil actúan como portales, eso me atrevo a afirmar ya habiendo recorrido el lodazal de su historia, no porque yo mismo lo buscara ––¡o lo deseara!––, sino porque la casualidad, esa pérfida aliada de la calamidad, me posó en su camino.
No puedo dejar de pensar en la noche funesta en la que quedé atrapado en la tienda de Fernand Duval. Inocente, llegué atraído únicamente por la promesa de un estuche victoriano para mi colección, pero al cruzar el umbral de la tienda, noté que el aire de allí vuela con tenacidad a lo irrecuperable. El polvo retozaba en haces dorados, y los miles de objetos amontonados exhalaban su propio idioma, como si se amonestaran mutuamente, cuchicheando para advertir a los incautos. En las estanterías, el amontonamiento era semejante al nicho de un cementerio que gravita sobre sí mismo, un eco antiguo, ácido y persistente. Mi anfitrión, el propio Duval, más campaña que hombre, no era dado a las palabras. Apenas me guió un par de pasos antes de desaparecer en las sombras, dejando la tienda abierta y cubierta por la única vela que se atrevía a pelearle espacio a la penumbra.
Oí entonces, a mi izquierda, un estornudo leve, como si un pájaro antiquísimo aleteara en lo hondo del local. Yo, que de supersticioso tengo lo justo, sentí helarse la sangre. No me atreví a retroceder, intuyendo que abrir la puerta sería imposible; dos palabras, “duende prohibido”, se agolparon en mi cabeza, propias quizá de las leyendas infantiles con las que mi abuela impregnaba de terror mis sueños. Avancé, y ni bien rocé una vitrina corroída, un destello me obligó a concederle atención: una madeja de cartas, negras por el uso o tal vez por el vicio, dormía sujetada por una cinta. Sentí un impulso loco de tomarlas, y lo hice, sin razonar.
Fue en ese instante cuando el local se transformó imperceptiblemente. Todas las vitrinas se volvieron espejos y me devolvieron no mi reflejo sino la silueta de un hombre mayor, con los ojos hundidos y ropas que ya han quedado fuera del tiempo. No era Duval. Era una presencia cuya expectación pesaba más que la vigilia de mi espina dorsal. Abatido por el terror, quise soltar las cartas, pero estaban pegadas a mi palma como si formaran parte de mi propia carne.
Comencé a sudar. La vela centelleó. De un rincón surgió una voz gutural, de aliento destilado por generaciones de olvido.
—No juegues —dijo, apenas un murmullo, aunque sentí que hubiera sido capaz de hundir una catedral—. Hay objetos cuyo único dueño es el tiempo.
Con un esfuerzo brutal, logré despegar las cartas de mi mano. Tiré con tanta fuerza que un par de ellas salieron disparadas de la cinta y cayeron boca arriba a mis pies. Eran los arcanos mayores de un tarot que no he visto reproducido jamás en libros o grabados. Imágenes confusas y borrosas, pero dotadas de una intensidad antimimética: una figura encapuchada sostenía una balanza derrumbada en una mano y un puñal brillantemente nuevo en otra; otra carta mostraba una masa apenas humana reptando bajo una luna que escurría sangre.
El aire crepitaba. Supe que debía apartarme. Pero con hacerme atrás, choqué contra una caja cilíndrica, de madera negra y lisura impecable, sin marca ni inscripción. Esa vez no hice ademán de abrirla. Bastó con rozarla y un hilo helado me recorrió la nuca. Junto a la tapadera, descubrí una etiqueta feliz: “No tocar. No abrir. No mirar dentro. Prohibido para adultos.” Aquello me pareció una burla mórbida: ¿cómo se puede prohibir un objeto a los adultos, quienes por derecho y experiencia, deberían ser inmunes a supersticiones?
El impulso brutal de la curiosidad lo vencía todo. No me considero temerario, pero tampoco podía quedar como un cobarde ante una advertencia que parecía surgida de la imprenta de algún bromista. Opté por mirar el reloj: apenas pasaban de las siete, y el crepúsculo era ya acuchillado por el paso de las horas. ¿Dónde estaba Duval? ¿Por qué me encontraba solo entre estas estanterías de infamia?
Me inclinaba sobre el cilindro cuando la segunda voz, delgada y ácida, como si emergiera desde una grieta invisible, replicó:
—Siempre piensan que saben. Siempre abren lo que no comprenden.
Al mirar en dirección de la voz, mis ojos toparon con un espejo. En él había una figura borrosa que se parecía vagamente a mí, pero más pálida, demacrada y hostil en su semblante. La boca abierta en una mueca rota, como si todas las palabras que yo nunca me atreví a decir, se hubieran podrido en esa carne. Respiraba al mismo ritmo que yo, pero un segundo después. De improviso, la figura levantó la mano y señaló el cilindro.
—Ábrelo —dijo mi reflejo—. ¿No es el destino de los adultos cargar con verdades prohibidas?
No pude resistirlo; el terror tenía la apariencia de la inevitabilidad. Con manos temblorosas, quité la tapa. Un vaho gélido y perfumado como la hojarasca vieja brotó, y dentro sólo había un puñado de semillas negras, tan relucientes como fragmentos de obsidiana.
Entonces vi, de soslayo, que la tienda se alteraba otra vez. Multiud de objetos brillaban, y cada uno parecía atraerme con promesas de revelaciones a cambio de tributos mínimos: una mecedora infantil que crujía en soledad, una navaja de barbero de hoja renegrida, una flauta hecha con hueso, y un diario elegantemente atado con cuerda roja.
Tomé una de las semillas. La sentí pulsar, caliente y fría al mismo tiempo. La llevé a mis labios. No me preguntes qué obliga a un adulto a hacer lo que sabe que está prohibido: la costumbre de violar los pactos tácitos con la cordura, la soberbia o el aburrimiento; todas las teorías resultan tangenciales cuando la semilla resuelve el paso de lo posible a lo inevitable. La tragó mi lengua sin mi permiso. Por un segundo, el horror era absoluto: el techo se disolvió en vértigo, los objetos de la tienda gritaban en polifonía, y oí una letanía de nombres de quienes alguna vez traspasaron ese umbral fatal.
Fue entonces cuando los objetos resumieron sus historias.
La mecedora comenzó a oscilar y, sobre ella, vi sentarse una forma translúcida, una madre sin rostro, arrullando a un niño invisible. La flauta emitió su nota y los viejos del pueblo, reunidos alrededor de la mesa, caían muertos uno a uno, la sangre manchando el mantel perla. El diario se abría a sí mismo y, con cada línea escrita, otra persona se sumía en la locura, condenada a repetir sus obsesiones en bucle. El reloj, detenido a las tres y cinco, marcaba el tiempo de todos los fracasos urbanos, y la navaja se deslizaba por gargantas de quienes se habían atrevido a buscar consuelo en promesas que, una vez rotas, ya no podían ser pronunciadas.
En ese retablo macabro, comprendí que estos objetos estaban prohibidos para adultos no porque fueran especialmente peligrosos, sino porque comprendían la pulsión autodestructiva de quienes han visto demasiado, deseado demasiado, y de quienes han desgastado la resistencia de la juventud a fuerza de conocer. Solo los adultos, por su desgaste, buscan explicaciones a lo inexplicable y, por ello, son los únicos capaces de acceder a la destrucción voluntaria que les posibilitan estos artefactos.
El terror era, entonces, descubrimiento y condena.
Cerré los ojos y, durante una fracción de segundo, desee despertar, regresar a mi salón doméstico, con mis libros, mi ventana corriente y ese muro monótono de los días iguales. Pero abrir los ojos fue comprobar que el local de Duval persistía, y que mi reflejo en el espejo ya se movía de forma independiente: el yo que me miraba portaba en su mano la baraja negra, reía muy bajo y, detrás suyo, una hilera de figuras mutiladas por la noche aguardaban el turno de poseer una vida prestada en mi carne.
—Eres ahora custodio —dijo la figura del espejo—. Estás del otro lado de la vitrina.
Un horror frío, ajeno a la experiencia, me hizo dar un traspiés. Supe de pronto que todos los objetos prohibidos estaban esperando adquirir un nuevo dueño. Que todos los adultos que traspasan esa frontera quedan doblemente malditos: son huéspedes y sirvientes, guardianes y prisioneros de los recuerdos de lo que han hecho en sus peores noches.
Oí la cerradura girar. Duval aparecía, por fin, con una sonrisa oblicua y la voz aguardentosa:
—Aquí no se vende nada, señor —murmuró—. Aquí solo se intercambian recuerdos.
Quise huir, pero mis piernas eran de piedra. Cada objeto se curvaba hacía mí, llamándome. “Elija”, suplicaban sus cánticos aterciopelados. ¿Podía entonces rechazar la herencia de los que nos preceden? ¿Podía negarme a convertirme en la inflexible figura que sonríe desde el cristal, guardián de cosas que no debieron ser tocadas jamás?
Cuando al fin la puerta de la tienda de Duval se abrió por detrás de mí, el mundo exterior era pálido, sin masa ni color. Afuera la ciudad dormía, pero adentro los objetos prohibidos para adultos ya tenían un nuevo custodio. Duval me sonrió por última vez, mientras yo, encorvado sobre mi arcón, sentía envidiable y vil la fútil esperanza de los que creen que las advertencias solo son cuentos para asustar a los niños.
Entonces comprendí por qué ciertas cosas están prohibidas no para los que no entienden, sino para quienes, como yo, han perdido ya toda inocencia. Y supe, con temblor llegando hasta el tuétano, que nunca más podría mirar un simple objeto sin pensar en los ecos siniestros de aquello que ninguna infancia debería conocer pero que, llegado el tiempo, todo adulto acaba encontrando.
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