Fragmento:
“…No todos los fuegos del cielo han de dar luz, ni todo lo negro es simple ausencia. Hay luciérnagas en la sangre de Olkoth, y el que avanza tras los candiles de cobre —Él, el ladrón de formas— vendrá con el sigilo del perfume y la violencia repentina de la noche. No es posible conocerle, pero es inevitable verlo si se ve demasiado…”
Duración: 09:48
En los años indescifrables en que las largas sombras caían sobre una Nueva Inglaterra jadeante, existía un hombre llamado Halsey Ward. Su oficio era anodino –profesor de lenguas muertas en la Universidad de Arkham–, aunque su vida interior distaba mucho de ser apacible. Durante años, su obsesión con los mitos antiguos y las naciones del desierto lo había llevado más allá de los límites aceptados de la erudición, mancillando incluso las sagradas fronteras de la salud mental. Fue en esta penosa búsqueda que los nombres terribles comenzaron a brotar de sus lecturas: Nyarlathotep, cuyo epíteto —El Caos Reptante— le llenaba la boca de acero frío cada vez que lo pronunciaba; y Olkoth, un resplandor sin nombre, apenas un balbuceo en los manuscritos más prohibidos, un nombre para lo que acecha tras los fuegos del universo.
Todo comenzó cuando a su despacho llegó una carta sellada con betún y ceniza, extrañamente húmeda, y firmada por un tal Chidher Shah. Era una invitación —o quizás una orden— a visitar un círculo de eruditos en El Cairo. La misiva hacía referencia a ciertos relicarios hallados en la Esfinge y a vagas profecías que ningún calendario podía encerrar. La caligrafía vibraba y las palabras parecían intentar abandonar la página, como si quisieran desplazarse por su estudio, adueñarse de su aire, susurrarle desde la penumbra.
Halsey —acuciado por el desconcierto y una avidez que rozaba el delirio—, empleó lo poco que le quedaba de su herencia y viajó en incómodos trenes y sucios vapores hacia la ciudad donde el polvo nunca reposa. El Cairo le pareció una fiebre, un estertor bullicioso, pero nada de lo que encontró podía prepararlo para la noche en que fue guiado por Shah y sus cofrades hasta la base misma de la Esfinge.
Lo que recordaría de aquel grupo eran impresiones vagas: túnicas nevo-blancas, rostros velados con vendas húmedas y una maraña de palabras en lenguas olvidadas incluso por el polvo más antiguo. Descendieron por una grieta inédita, apenas perceptible tras una garra de la estatua. La oscuridad olía a leche corrompida y a jazmín marchito, y los ecos de sus pasos parecían formar palabras. Palabras que Halsey nunca aprendería del todo a olvidar.
Entre los resquicios de granito, la antorcha de Shah iluminó pinturas que ningún egiptólogo había descrito jamás: esfinges invertidas, vastos palacios cuyo eje era un sol negro, y sobre todo, figuras serpentinas con rostros humanos desdibujados y gestos de infinita malevolencia, avanzando de la mano de un dios oculto tras cortinas de humo y un destello verde-ámbar. Al fondo, junto a una losa incomprensiblemente resbaladiza, Shah desplegó un rollo de papiro y comenzó a recitar palabras cuyo sentido se abría como una herida bajo el cráneo de Halsey.
Un frío imposible le recorrió la columna al comprender el fragmento nada más comenzar:
“…No todos los fuegos del cielo han de dar luz, ni todo lo negro es simple ausencia. Hay luciérnagas en la sangre de Olkoth, y el que avanza tras los candiles de cobre —Él, el ladrón de formas— vendrá con el sigilo del perfume y la violencia repentina de la noche. No es posible conocerle, pero es inevitable verlo si se ve demasiado…”
Las palabras se enrollaron en la conciencia de Halsey como serpientes asfixiantes. Empezó a presentir, con una lucidez dolorosa, que estaba siendo observado desde los repliegues mismos del tiempo, que una antigüedad monstruosa traspasaba esa gruta y lo rodeaba.
Entonces, Sah querida una pregunta, casi como si jugara:
–¿Has soñado, profesor, con ciudades más vastas que la fe y más viejas que el dolor?
Halsey no respondió, pero comprendió que esas ciudades venían hacia él a través de la piedra, los siglos y la experiencia del horror. Fue entonces cuando algo vibró en la losa resbaladiza; una vibración que era sonido y color y vértigo, y, al fin, visión.
La losa transmitió imágenes: su conciencia abandonada y arrastrada a llanuras alienígenas bajo un sol que no era el nuestro, donde el aire era ámbar y vibraba con risas sarcásticas. Las sombras de unas figuras-camello caminaban y se disipaban por todos los horizontes. En el centro de esa visión, una columna de humo y oro reptaba, danzando en la circunferencia del temor infinito; y, en algún momento, surgía una figura que cambiaba de cara a cada segundo, adoptando todas las razas, todas las edades y todos los padecimientos de la Humanidad. Los ojos de la criatura nunca coincidían con sus bocas; y los pies, cuando los había, se arrastraban sobre un polvoriento suelo cubierto de runas iridiscentes y manchas que palpitaban con luz enfermiza. Y siempre, como telón de fondo, una reverberación oscura, inmaterial y feroz, el fulgor de Olkoth, semioculto y acechante, expandiendo tentáculos minúsculos que se colaban sólo por el rabillo del ojo o el pliegue de un párpado.
Volvió en sí cuando Shah estampó la antorcha contra el suelo y el humo comenzó a girar de forma antinatural, arremolinándose en una espiral que se hundía en la losa, alzándose después en formas humanas y luego descomponiéndose en monstruosidades que parecían buscar explicación en el lenguaje, pero sólo lograban sollozar en estrías de locura. Las figuras encapuchadas formaron un círculo sobre la losa, cantando sílabas agrietadas y ritmos que rozaban la materia física, hasta que, de repente, un aire seco y siniestro barrió el pasadizo.
Halsey vio, de pie junto a la losa, a un hombre de piel de ceniza y ojos inexpresables. Nada en su rostro tenía lógica, pero tampoco carecía de sentido. El hombre alzó la mano y, con un gesto de infinito desdén y risa contenida, la luz comenzó a fluctuar. Los encapuchados callaron. El silencio era peor que el canto, pues en él se oía cómo algo nuevo nacía: no una presencia, sino la certeza terrible de que la realidad había sido perforada y sangraba su contenido más secreto.
El hombre habló, y la oscilación de su voz era imposible de seguir, una mezcla de injuria, promesa y blasfemia:
–He respondido a la llamada, porque las llamas caen cuando se las ansía, y lo inalcanzable sólo vive en el deseo de los que sueñan. Pero no estáis solos. Olkoth contempla, observa, penetra. Su resplandor diluye los pergaminos e invierte los espejos. Nada es tan claro como lo que se oculta.
Ante ese discurso, uno de los fieles se desplomó, sus huesos estallando en una niebla de polvo y dientes, y el resto tembló, fijando sus rostros (o lo que de ellos se intuía) en el invitado sobrenatural. Halsey, sin poder moverse, sintió que la malla de la realidad se tensaba como una cuerda entorpecida; en cualquier momento, el mundo podía rasgarse, y la mueca del abismo asomar su dentadura.
El visitante se inclinó sobre Halsey y le rozó la frente. Todo se hizo de hueso y plomo. Por instantes inabarcables, la mente de Halsey fue empujada por mares de geometría oscura, descendiendo y ascendiendo a la vez, como si lo sumergieran en un líquido cuyas leyes físicas estuvieran en negación perpetua. El resplandor de Olkoth teñía las aguas y multiplicaba los rostros del visitante. En ese caos benéfico, percibió, con una certeza más allá del miedo, QUE OLKOTH NO ERA UN DIOS NI UN LUGAR, SINO UNA HERIDA; una fisura en la carne del cosmos, y Nyarlathotep era su agente, el bisturí y la fiebre que danzan sobre la llaga del universo.
Despertó días después, en una pensión infecta de El Cairo, incapaz de pronunciar palabra, los párpados inflamados y los labios agrietados. Nadie supo —ni quiso saber— nada de sus acompañantes. Afuera, la ciudad parecía haber envejecido en su ausencia; rostros, plazas y mercados tenían una pátina de siglos, y a la vez una inquietud infantil perceptible sólo al borde del sueño. Para cuando recuperó parte de su juicio, no volvió a hablar nunca del rito, pero el reflejo de su rostro en los espejos se torcía, y una languidez sobrenatural lo perseguía a cada paso.
Regresó a Arkham, donde sus paseos se hicieron cada vez más nocturnos y erráticos, y la noche se le antojaba una caverna pegajosa y expectante. Extraños sobres sellados comenzaron a llegar a su dirección, escritos en caligrafías imposibles y firmados por nombres que parecían contener la totalidad del desierto y la negación del agua.
Un año después, durante una charla ante una audiencia escasa y atormentada, Halsey Ward habló. Pero no en su voz habitual, sino en otra, burbujeante y cargada de ecos secos, una voz capaz de provocar temblores en quienes la escuchaban. Habló de Nyarlathotep, no como figura aislada, sino como heraldo de un desgarro inminente, y del resplandor de Olkoth como la grieta que se abría y cerraba en las noches más antiguas.
Nadie recuerda cómo terminó la conferencia. Los pocos asistentes insisten en que, en la penumbra, la sala giró y retorció sus líneas. Algunos aseguraron que las lámparas tiritaban sin llama, y que entre las cortinas bailaba una luz que no era de este mundo: una irradiación que ardía en los bordes de los objetos, y que parecía sangrar sobre los suelos, penetrando bajo las puertas y colándose en las gargantas de los más sugestionables.
Esa noche, la Universidad se tiñó de insomnio, y sólo Halsey Ward, en su despacho, supo lo que significaba la risa de las sombras al pie de su ventana. Cuando se asomó, la calle estaba vacía, pero sobre la acera, una figura vestida de ceniza avanzaba, transformando a su paso el aire en esa luminiscencia ámbar y ponzoñosa que era hueso y espíritu.
Que Nyarlathotep siga caminando entre nosotros, y que Olkoth continúe floreciendo en las heridas de la noche; pues la procesión jamás se detiene, y los fuegos invisibles danzan en los márgenes de la vigilia. Quien vea —o sueñe— demasiado, no regresará ileso. Ni cuerdo. Ni verdaderamente humano.
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