Portada del relato Las máscaras ilusorias del hombre negro
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Fragmento:


Erica nunca fue supersticiosa. Ingeniera de datos, daba vueltas a los algoritmos y no a los cuentos. Pero tenía una debilidad: la insaciable curiosidad, sobre todo cuando algo escapaba a la lógica. Fue así como llegó al teatro del distrito antiguo, una reliquia con tapicería carmesí y madera podrida que se resistía al derrumbe como nuestra mente se resiste a ciertas verdades. Era medianoche. Una serie de posts en foros arcanos hablaban de un espectáculo prohibido: “El Retorno de las Máscaras”. Las entradas, unas tarjetas negras de cartulina selladas con cera azul, daban instrucciones precisas. Ella, con su gabardina y su móvil en mano, ignoró los temblores en sus dedos.

Duración: 10:25

Las máscaras ilusorias del hombre negro
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Texto de ajuste de pausa.

Erica nunca fue supersticiosa. Ingeniera de datos, daba vueltas a los algoritmos y no a los cuentos. Pero tenía una debilidad: la insaciable curiosidad, sobre todo cuando algo escapaba a la lógica. Fue así como llegó al teatro del distrito antiguo, una reliquia con tapicería carmesí y madera podrida que se resistía al derrumbe como nuestra mente se resiste a ciertas verdades. Era medianoche. Una serie de posts en foros arcanos hablaban de un espectáculo prohibido: “El Retorno de las Máscaras”. Las entradas, unas tarjetas negras de cartulina selladas con cera azul, daban instrucciones precisas. Ella, con su gabardina y su móvil en mano, ignoró los temblores en sus dedos.

Al cruzar la puerta, el hedor a incienso agrio y moho la envolvió. La sala estaba iluminada apenas por un círculo de lámparas de gas en torno a un escenario mínimo. Había cuarenta asientos, y todos, salvo uno, estaban ocupados por figuras silenciosas envueltas en túnicas oscuras. Nadie miraba a nadie. Los rostros, blanquecinos en la penumbra, parecían antinaturales, parte de su fisonomía transfigurada por la luz irreverente que desdibujaba los contornos. Erica sintió la primera punzada interna: el desasosiego de asistir a algo que debía rehuir. Decidió sentarse.

Un leve zumbido, casi imperceptible, comenzó a recorrer sus oídos. Eran palabras, pensó, aunque aún ninguna lengua humana lograba articularlas. El telón se alzó sin que ninguna mano lo hiciera. Un hombre alto, delgadísimo, piel oscura, vestido con un traje imposible de datar, se inclinó desde el centro del escenario. Sus movimientos eran fluidos, majestuosos, animales. Parecía absorber la luz, y allí donde sus dedos se movían, las sombras se alargaban. Cuando habló, no fue sólo con la voz, sino con la mente y los huesos de Erica:

—Damas y caballeros, bienvenida sea la noche de la verdad sin velo. No temáis… Porque el temor es mera distracción.

Su acento era atemporal. Se llamaba Nyarlathotep, afirmó, y era mensajero de nuevas maravillas. Su espectáculo no era para los ojos débiles ni los corazones inseguros, pero nadie, aseguró, saldría igual. Luego, desplegó ante la audiencia una mesa de máscaras exquisitas: obra de orfebrería demencial, cada una parecía estar hecha de materiales desconocidos, pero pulsando suavemente. Erica sintió que reconocía formas imposibles en ellas: pulpos, símbolos, fractales, caras deformes, criaturas extraterrestres.

El hombre les instó a elegir una máscara. Todos los asistentes se alzaron y caminaron uno a uno al escenario. Nadie miraba a nadie —a excepción de Erica, que luchaba contra la corriente irresistible—, simplemente conducidos por una fuerza sutil. Cuando le llegó el turno, Nyarlathotep le sonrió. Tenía dientes demasiado numerosos, demasiado afilados.

—¿No deseas conocer tu verdadero rostro?

—¿Y si no me gusta lo que veo? —ella replicó, con una voz que no sintió suya.

Su mente racional buscaba explicaciones: ¿hipnosis colectiva? ¿Drogas en el aire? Sin embargo, cuando tocó la máscara, un escalofrío carcomió su médula; sentía una historia detrás de cada una de ellas, una letanía de gritos antiguos, desvaneciéndose bajo capas y capas de olvido.

Eligió, casi sin querer, una máscara que parecía estar hecha de obsidiana y vidrio fundido, modelada con delicadeza inhumana. Cuando la sostuvo contra su rostro, la sala desapareció. El zumbido aumentó hasta convertirse en una letanía ensordecedora.

Vio: avenidas fracturadas por la desidia, ciudades devoradas por los nombres olvidados, océanos infestados de formas colosales. Vio rituales ejecutados bajo soles fríos, visiones de humanidad quebrada, de seres caminando con máscaras adheridas a su piel, conviviendo con monstruos a plena luz sin darse cuenta. La realidad no era lo que ella había supuesto: la máscara se convirtió en ventana a un mundo donde los seres humanos apenas eran marionetas, cada uno gesticulando bajo un régimen invisible de pesadillas y anhelos inhumanos.

Sentía: la presencia detrás del mundo. El verdadero rostro de las cosas.

Despertó sobresaltada en su butaca, con la máscara en la mano. Ni rastro de los demás espectadores. Nyarlathotep seguía en el escenario. Sin máscara, su rostro era la abstracción del horror: una forma en perpetua metamorfosis, más allá de las proporciones humanas, arrastrando los ojos de quien lo mirara a abismos de vértigo. Susurró en su oído palabras que el idioma no admitía:

—Ahora lo sabes, Erica. Pero la sabiduría no concede redención.

La sala se disolvió, y Erica apareció en una calle desierta, encogida contra la pared de ladrillo mugriento. El aire era más denso; un hedor fétido le obstruía la garganta. El teléfono, en modo cámara, tenía el reflejo de su rostro. Sin máscara, pero con la sombra de ella pegada a su piel. En los días siguientes, los reflejos no coincidían: a veces, se desdibujaba; otras, veía visiones fugaces de ojos alienígenas mirándola, ecos de rostros que luchaban por emerger.

Intentó volver al teatro, pero había desaparecido. Librerías, foros, consultas a criminalistas y psiquiatras: todos la miraban extrañados, sin poder ayudarla. Las pesadillas la destrozaban cada noche. Rozaba la locura al percibir, en las líneas del tráfago humano, gestos que no eran humanos; carcajadas profundas bajo los murmullos cotidianos; miradas que destilaban un entendimiento superior, indecible. No era paranoia: era la seguridad de que la realidad tenía dobles fondos, cada vez más finos.

El tercer jueves después de aquel espectáculo, Erica recibió una nueva invitación. El sobre llegó sin sello ni remitente. Nada decía, salvo: “El segundo velo caerá”. La noche acechaba en su pecho. ¿Acudiría? Intentó destruir la invitación, pero el papel volvía a aparecer, ora en la nevera, ora en la almohada. Era irrefrenable. Terminó esperando la noche en la parada de autobús, con el sobre en la mano.

Subió a un autobús solitario. Los pasajeros iban con la cabeza gacha, negrura capilar sobre túnicas andrajosas. El conductor, con guantes blancos demasiado largos para sus dedos, le sonrió: más dientes de los que debían competir por el espacio de una sola boca.

Las farolas se sucedían, cada vez más distantes. El espacio cambiaba. Las casas decaían en estructuras oníricas, como si hubiesen sido arrancadas y vueltas a construir en sueños fríos. Finalmente, el bus llegó a una estación que daba solo a un portón monumental de hierro, cubierto de jeroglíficos y símbolos que, tras observarlos, Erica supo que había visto antes, en sus pesadillas.

Al llamado de la campana, el portón se abrió y fue tragada por la oscuridad. Caminó por un pasadizo interminable que olía a ozono y putrefacción. Escuchaba, entre el estrépito y la calma, las plegarias espasmódicas del dolor y la locura, las súplicas y carcajadas de aquellos atrapados entre máscaras.

El espectáculo era distinto. No había butacas, ni telón. Los asistentes formaban un círculo en torno a un altar de piedra volcánica. Nyarlathotep estaba en el centro, cambiando continuamente de forma, cada una más espantosa. Sus rostros eran reflejos de los miedos humanos: un padre infanticida, una médica ciega, un presidente que ordena genocidio, un huérfano que se devora a sí mismo.

Esta vez, las máscaras se extendían directamente desde su carne, como tumores que se dividían, y cada quien debía agarrar la que pudiera soportar. Erica, sin voluntad propia, se inclinó. Esta máscara era líquida, fría. Cuando la tocó, se deslizó sobre su rostro, fundiéndose como una segunda piel, reemplazando su carne. El conocimiento fue inmediato: una descarga, no solo de visiones, sino de la seguridad de que toda la humanidad existía dentro del esquema indiferente —y cruel— de entidades imposibles.

Vio, sintió, fue: ciudades mutiladas en sueños, seres devorados por rituales, humanos suplicando en lenguas primigenias. Nyarlathotep estaba en todas partes: como un mendigo en la acera, como el bisturí que corta a un niño enfermo, como el eco en la mente del suicida, como el faro que guía… o que condena.

Erica despertó jadeando en su apartamento. Tenía la boca llena de sangre: se había mordido hasta romperse la lengua. El reflejo en el espejo la miraba con ojos múltiples, superpuestos, que parpadeaban fuera de sincronía. Escuchaba los susurros ahora, incluso durante el día: palabras que la empujaban a acercarse a los desconocidos, a tararear melodías que nadie reconocía, a dibujar símbolos en pizarras de oficinas, en bancos de parques, en paredes del metro.

A su alrededor, la ciudad comenzó a mutar. Amigos y vecinos la miraban con recelo creciente; algunos soltaban lágrimas al verla, otros reían como poseídos. Había despertado algo en ellos: una resonancia con la misma pesadilla.

La tercera invitación nunca llegó como carta. Esta vez era una marca, como un sarpullido que se extendía por su cuello formando fractales. No podía respirar. Dormía y soñaba con la caravana: una procesión de figuras enmascaradas caminando bajo lunas muertas, arrastrando cadenas de carne y recuerdos. En el medio, Nyarlathotep danzando mientras las formas humanas caían de rodillas, succionadas por la oscuridad.

Despertó silbando una melodía atroz. No era humana, y, sin embargo, todos a su alrededor parecían entenderla de manera subconsciente. La realidad colapsó lentamente, perdiendo solidez; los muros parecían palpitar, las máquinas susurraban nombres que cortaban como cuchillas. Cada vez que Erica intentaba alertar a alguien, encontraba detrás de los ojos ajenos la misma locura latente: estaban todos tocados por el don —o la maldición— de Nyarlathotep. Ella era solo la primera de esa generación de testigos.

La humanidad jamás sería igual; el verdadero rostro de la realidad, una sucesión interminable de máscaras superpuestas bajo la sombra siempre risueña del Caos reptando en cada esquina de la mente. Erica, ahora, apenas recordaba su nombre: era solo una máscara más en la caravana, sonriendo bajo el manto de la noche infinita, cuyo guía, mensajero y carcajadas era, y sería siempre, Nyarlathotep.

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