Portada del relato La lúgubre sinfonía de la Tercera Llama
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Fragmento:


Los meses siguientes, caí bajo su hechizo. Jugábamos a perdernos en las callejuelas vacías cerca del río, bebiendo hasta que la neblina nos robaba el paso. Siempre terminábamos en la misma puerta olvidada, flanqueada por dos gárgolas carcomidas y una aldaba cubierta por la pátina verde. Allí Ángela recitaba oraciones en un idioma que nunca descifré y se reía al verme temblar.

Duración: 10:16

La lúgubre sinfonía de la Tercera Llama
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Texto de ajuste de pausa.

Al principio, sólo recordaba los sueños de mi padre. Tan claros, tan nítidos que a veces confundía su miedo con mi propia carne, o sentía el peso intolerable de una sombra ya olvidada en las esquinas de mi infancia. Él era un hombre huesudo, atenazado por maneras que no entendía, obediente a rutinas minuciosamente construidas, como si supiera que sólo la disciplina puede proteger a alguien de fuerzas errantes y pacientes. Antes de irse cada noche, escuchaba esas historias vibrando en el fondo mortecino de la casa: relatos de músicos de otras tierras, de notas que traspasaban la membrana del mundo y convocaban no sólo sensaciones sino presencias.

Nunca conocí la fuente real de su fiebre. Quizá un libro mal leído, o el toque malicioso de un instrumento de bronce hallado en algún mercado olvidado de la ciudad vieja. A mí nunca me pareció un padre ni cuerdo ni loco; era alguien al que le crecían secretos, miedos que inflaban sueños con hogueras verdes y prismas que deformaban la luz hasta que ya no reconocía el color de la mañana, y decían que esa era su verdad.

Crecí entre esos murmullos, y aprendí a ver el mundo tras una especie de velo polvoriento, hasta que ella llegó. Al principio fue sólo una presencia extraña en el edificio deteriorado que compartíamos. Se llamaba Ángela. Nunca sabré si ese era su verdadero nombre, pero lo usaba como una llave, una promesa: Ángela, la inquieta, Ángela de los zarcillos de cabello rojo como óxido. Había algo en sus ojos que no me dejaba en paz. Y por algún motivo que aún no entiendo, comencé a buscarla por los pasillos cada vez que el anochecer caía.

Fue Ángela quien me habló del subterráneo musical. Lo llamó así, y sólo una vez, pulsando el vocablo entre los dientes como quien cuenta un pecado. Era, según ella, el corazón sepultado de la ciudad. Un laberinto de cámaras, órganos y tuberías, donde el aire se teñía de sonidos improbables, y —esto lo dijo en un susurro que aleteó en mi oído largo después de que se despidiera— aquella música era un puente, un vaso por el que fluía algo que el mundo no toleraba.

Los meses siguientes, caí bajo su hechizo. Jugábamos a perdernos en las callejuelas vacías cerca del río, bebiendo hasta que la neblina nos robaba el paso. Siempre terminábamos en la misma puerta olvidada, flanqueada por dos gárgolas carcomidas y una aldaba cubierta por la pátina verde. Allí Ángela recitaba oraciones en un idioma que nunca descifré y se reía al verme temblar.

No sé en qué momento me uní a la letanía de los que esperan. Puede que fuera el día en que mi padre dejó de respirar, con los ojos abiertos al techo y el rostro tenso no por el horror, sino por el desconcierto. O quizá fue la noche en que los sueños que no entendía comenzaron a despertarme una y otra vez, llenos de la presencia de un mensajero envuelto en luz roja, con una sonrisa que parecía partida en tres. Ya para entonces, ser elegido era sólo cuestión de tiempo.

Comenzó una noche cuando Ángela vino a buscarme. No era la Ángela que conocía; había una medida más sombría en su mirada, un brillo mineral en sus pupilas amplias, y el aire a su alrededor parecía cargar olor metálico, eléctrico, como una tormenta sin nubes. Caminamos —me arrastró, mejor dicho— por escalones que descendían hacia la negrura, hasta que los ecos de la ciudad desaparecieron detrás de nosotros, tragados por una quietud tan profunda que había que morderse la lengua para no gritar.

Aquella entrada al subterráneo era nueva para mí, esculpida en piedra color sangre, cubierta de símbolos que no se parecían a nada de nuestro idioma. El pasadizo conducía a una cámara circular, más grande que cualquier espacio bajo tierra que pudiera concebir. Las paredes pulsaban delicadamente, y se curvaban más allá de toda geometría humana. Allí, en el centro, estaba el órgano. No uno común: era una masa viviente de tubos, raíces traslúcidas y teclados que parecían flotar en una bruma azulada. Rodeando el instrumento, varios seres encapuchados tarareaban melodías entrecortadas, como si repitieran un secreto aprendido de labios monstruosos.

"No preguntes", murmuró Ángela. "Solo escucha."

Las notas brotaron de la carne misma de ese órgano imposible, tejido entre la vida y un mineral de otro mundo. Sentí primero el retumbar ardiente en el pecho, luego un caleidoscopio de emociones, más antiguas que mi especie. Era música, sí, pero también era hambre, mensaje, invasión. Algo se movía en el centro del sonido, acechando. Fue allí que lo vi: una silueta más alta que un hombre, cubierta con el color que nuestros ojos rechazan; su cuerpo era una danza de tentáculos asimétricos, y tres ojos, uno dentro de otro, flotaban sobre donde debería estar un rostro. Ese ser sonreía a todos, pero sólo a mí le hablaba. Yo lo supe; incluso en el delirio, enfrenté la verdad: aquello era el Pregonero, el Mensajero, la Voz Fracturada.

Se llamaba a sí mismo Nyarlathotep en palabras que se derrumbaban al oírlas, y me ofreció imágenes: ciudades de mármol negro suspendidas en cielos violetas, lunas que lloraban plata, bestias que caminaban sobre zancos de luz púrpura. Me mostró un jardín de dos soles, uno ardiendo en amarillo, el otro, frío y esmeralda, y en su centro dormía un titán, su sueño goteando como savia roja sobre la tierra. Ese titán tenía un nombre que tamborileaba en mi mente: Vulthoom, el Príncipe de la Tercera Llama, el que duerme bajo mares de hielo y aguarda una música para despertar.

Nyarlathotep me explicó la verdad: la música de abajo, esa sinfonía imposible, era el canal, el vaso, una sonda viva que llamaba a otros horizontes. Alcanzaba no sólo a Vulthoom, sino a todos los que duermen al borde de nuestro mundo, esperando una señal, una nota para abrir la puerta. Los adeptos —esa secta de sombras en torno al órgano— eran sus heraldos, sus manos y bocas y lenguas. Yo sería el siguiente.

La ceremonia avanzó. El profundo retumbar de aquel órgano me hizo perder sentido del tiempo; pronto ya no supe dónde estaba mi cuerpo, o qué me quedaba de humano. Mi identidad fue tragada por la corriente, sustituida por un reflujo constante de imágenes, visiones de ciudades marcianas bajo dos lunas y de jardines espirales con árboles de carne viva. En ese tiempo que no era tiempo, Ángela me habló, o lo que quedaba de ella: ahora era un canal vivo por el que la música fluía, un cántaro vaciado de voluntad propia.

“Él te reclama”, murmuró cerca de mi oído, pero su rostro se disolvía en niebla y polen de otros mundos. “Nosotros sólo somos puertas”.

Las paredes de la cámara tiritaban, se deslizaban hacia atrás revelando más órganos, más cámaras, más adeptos en procesión. De entre las sombras surgió una melodía distinta, demasiado armoniosa para pertenecer a la naturaleza humana. Venía de más allá, de una distancia cósmica, y a través de las fisuras entre los tubos vi cómo un enorme ojo rojizo se abría —no en el órgano, sino más allá de nuestra realidad misma.

Me vi, en ese momento, enfrentado a otro mundo: jardines de fuego, lagos de polvo irisado; la ciudad de Vulthoom, esperando el eco de la sinfonía. Nyarlathotep, en su forma imposible, flotó ante mí, su mano extendida. “Música, carne, frontera”, dijo. “Toca”.

Mis dedos, en contra de mi voluntad, se acercaron al teclado viviente. Al contacto, sentí la electricidad de mil años recorriéndome. Toqué una nota —nada melodioso ni bello, sino un zumbido que partía la existencia, que retorcía los átomos de mi ser. El órgano rugió, las paredes gritaron con voces muertas, y el ojo del otro mundo se agrandó. Sentí dentro de mí el despertar. Algo vasto y oscuro se agitaba en el sueño de Vulthoom, y yo era ahora una hebra de su conciencia.

La visión estalló: me vi recorriendo la ciudad roja, sintiendo fluir en mis venas ríos de savia negra. Era rey y esclavo, cantor y reliquia. Los jardines infernales de Vulthoom vibraban en mi pecho, y las voces de los mil conductos de Nyarlathotep se unían en un salmo abominable. La sinfonía no terminaba, era un himno de invasión lenta, una nota que seducía a la realidad a abrirse, a dejar entrar la confluencia de mundos.

En algún rincón remoto, mi cuerpo tuvo espasmos. Las luces se derritieron en sonidos: verde, púrpura, bermellón, azul imposible. Era la amanecida de los colores que no pertenecían a este lado. Sentí que nuestros jardines serían sus jardines, que la frontera había caído.

No sabré nunca cuánto tiempo pasé allí, ni cómo regresé. Me desperté solo, entre los restos de una vieja bóveda subterránea, rodeado de escombros y polvo antiguo. Ángela se había ido. Oí, en la memoria de mis huesos, la música interminable cruzando entre los mundos, y vi, cada vez que las sombras caían más largas durante la noche, la sonrisa devastadora y compasiva de Nyarlathotep, extendiendo la mano a la siguiente puerta, alentando a los soñadores a tocar.

Ahora la ciudad duerme inquieta. A veces, unas notas subterráneas suben por las tuberías en la quietud nocturna. Quienes han escuchado esos ecos nunca vuelven a ser los mismos: arrastran sueños de jardines que se abren en la carne de la realidad, lamentándose por un nuevo sol inminente.

Yo camino solo, acompañado sólo por el zumbido de esa melodía irreversible. Sé cuál será mi última tarea: un día, las notas se encajarán todas, y el ojo tras los muros vendrá a mirar. Entonces será el despertar del jardín rojo, la invasión final, la melodía sin fin bajo dos soles, y el mundo será sólo la primera hebra de una sinfonía imposible, tejida por los dedos de los dioses que no tienen rostro.

Se escucha, dicen, un eco si sabes buscarlo al borde de la medianoche. Es la música de Vulthoom, tocada por los sueños de Nyarlathotep. Un vaso tendido a las bocas de quienes aún sueñan, y nunca, nunca, pueden dejar de temblar al recordar esa melodía incompleta.

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