Fragmento:
Los Mellizos, sin parpadear, exploraban una hendidura en el suelo, de la que emergía una corriente glacial y pestilente. “No entremos aún,” advirtió Curwen, acallando la súbita urgencia de los demás. Las sombras se espesaban alrededor del umbral, vibrando con un palpitar que no podía ser producto de la mera refracción de la luz.
Duración: 09:28
El silbido de la radio parecía anunciar su muerte. Apenas un hilo de estática en la noche sin luna, interrumpido sólo por el plomizo rumor de las olas del Atlántico que lamían con ferocidad la costa rocosa de Nueva Escocia. Walter S. Curwen, doctor en arqueología y soñador nocturno de horrores susurrados, detuvo la mano sobre el dial y miró a sus acompañantes. Cuatro hombres y mujeres se apiñaban en el interior húmedo de la tienda de campaña, velando sobre mapas ajados, linternas con la luz moribunda y una caldera humeante que apestaba a sal y óxido.
Más allá de la lona goteante, se alzaba la razón de la expedición: las ruinas ciclópeas que la marea había dejado al desnudo hacía apenas tres días, una extensión de columnas, escalones y frontones pulidos, reluciendo bajo una pátina de limo pálido y corales mustios. Curwen dudaba de su cordura —y de la de los sesudos académicos de la Universidad de Miskatonic— al escribir sobre la posibilidad de un “Templo primordial bajo el océano Atlántico”, pero su carta había atraído a nombres ilustres: Evelyn Marsh, helenista de mirada acerada; Albion Reese, oceanógrafo con más cicatrices que cabello; y los Mellizos Mallory, etnógrafos de sangre fría y pasos mudos.
Esa primera madrugada, algo se coló entre las costuras del sueño. El estrépito de las olas, sí, pero también... voces. Concatenaciones de sílabas viscosas, amenazas disfrazadas de plegarias, emitidas por gargantas que nunca supieron de pulmones ni labios. Nadie habló durante el desayuno. Incluso el viento enrocaba su silbido por miedo, como si temiera contaminarse con los aceites corruptos que manaban de la sima que iban a explorar.
La bajamar era su única aliada. Dos horas, tal vez tres, antes de que la marea retomara su reinado sobre la geometría blasfema, sumiendo en secreto esas estancias más viejas que los mitos. Curwen lideró la marcha, envuelto en su abrigo, linterna en ristre. Los demás siguieron, sorteando rocas resbaladizas y tentáculos de algas. La grandiosidad del templo emergía majestuosa: pilares de basalto cubiertos de runas desconocidas, figuras talladas de seres anfibios cuyas bocas siempre gritaban —o reían— hacia el olvido. Aquí y allá, grandes ojos en bajorrelieve vigilaban la procesión.
Reese se arrodilló ante una escalinata cubierta de líquenes, susurrando que los símbolos eran idénticos a los hallados en las muestras recuperadas de la Fosa de Puerto Rico. Evelyn, mientras tanto, frotaba la superficie de un pilar, intentando entresacar la lógica de las tallas: “Están narrando algo… pero la secuencia es antinatural. Como si hablaran del fin antes del comienzo”.
Los Mellizos, sin parpadear, exploraban una hendidura en el suelo, de la que emergía una corriente glacial y pestilente. “No entremos aún,” advirtió Curwen, acallando la súbita urgencia de los demás. Las sombras se espesaban alrededor del umbral, vibrando con un palpitar que no podía ser producto de la mera refracción de la luz.
La segunda noche, los sueños llegaron cargados de símbolos que gritaban por ser comprendidos. Curwen vio una ciudad enterrada bajo millas de agua, cada torre compuesta de carne viva, cada cúpula ocupada por un ojo fluctuante que lo veía todo y nada, simultáneamente. Un rostro sin rasgos emergía del fondo, deslizándose sobre sí mismo en infinitas máscaras, siempre a punto de hablar una verdad demasiado vasta para mentes humanas.
Al amanecer, varios notaron que el agua del campamento estaba turbia, cubierta de una película iridiscente. Nadie dijo nada sobre el chillido ahogado que, desde las ruinas, se alzaba a intervalos regulares. Reese desapareció esa jornada, tras adentrarse entre recovecos fangosos. Cuando los demás lo buscaron, sólo encontraron huellas desordenadas que parecían girar sobre sí mismas, al final de las cuales se hallaba una huella palmípeda, imposible de asignar a ningún animal conocido.
Desesperados, decidieron adentrarse en la gruta bajo el templo, el lugar que las ruinas protegían y ocultaban por igual. Guiados por la linterna de Curwen, descendieron a un corredor que olía a hierro, sal y una pestilencia más antigua que el océano mismo. Nadie osaba hacer ruido; incluso los Mellizos parecían constreñidos por una solemnidad larvada.
Las paredes estaban cizalladas por leyendas en idiomas imposibles, relieves de seres abisales postrándose ante una figura central: alta, vestida con ropajes cerúleos, su cabeza un conjunto de tentáculos, su torso decorado con sigilos que parecían danzar sólo con mirarlos demasiado tiempo. Evelyn jadeó, susurró: “Nyarlathotep...”
El nombre llenó el corredor con la solidez de un cuerpo nuevo. Y entonces lo sintieron ellos, cada uno a su modo: detrás de las palabras, una presencia que los rozaba, les lamía la nuca, les insuflaba pensamientos contradictorios y ansias de sumisión. Y aunque no lo veían, supieron que estaba allí, esperando como un predador en la penumbra.
Las galerías desembocaban en una sala abovedada, vastísima, donde el suelo era gris y negro por turnos, mitad roca, mitad sustancia orgánica. Una piscina central hervía con burbujas transparentes, y algo debajo de la superficie se agitaba, como si docenas de cuerpos lucharan por emerger. Las columnas, imposiblemente altas, estaban cubiertas con representaciones de rituales y metamorfosis; hombres y mujeres de la superficie hundiéndose en el abrazo amoroso y destructivo de seres marinos, perdiendo poco a poco su rostro y sus recuerdos.
Evelyn se detuvo. Los Mellizos se abrazaron sin emitir un sonido. Y Curwen, atónito, notó que entre las sombras que circundaban la piscina bullía una figura. Era él mismo, pero no era él. Una copia perfecta, con los labios curvados en una sonrisa lasciva y los ojos brillando con la malicia de una entidad infinita.
“Bajad,” indicó la figura, su voz más líquida que humana, “Aquí hallaréis respuestas y corona. Venid, y sed parte de la epifanía submarina. El ciclo debe continuar: guíaos por la vastedad sin compasión.”
Curwen forcejeó con el impulso de lanzarse a la piscina. Cada átomo de su ser añoraba la revelación absoluta, el calor del ansia que prometía el fin de la consciencia individual y la unión con los sueños abisales. Por un segundo, sintió la caricia de tentáculos mentales, y la certeza de recibir un don de locura, a cambio de su humanidad.
Evelyn rompió el hechizo. Lanzó una bengala hacia la figura, cuya carne no ardió ni sangró, sino que se disolvió entre lampos de una negrura aceitada, dejando tras de sí una imitación de la voz de Reese, suplicando con estridencia. Las columnas temblaron. La piscina se agitó. De su centro emergieron, por un segundo que pareció eterno, los visos inenarrables del rostro de Nyarlathotep, encarnando —en ese minúsculo instante— todo lo que la mente humana podría temer: bocas alabando la destrucción, ojos extendiéndose como látigos, brazos compuestos de garras y flores abisales, y un intelecto que no soñaba sino devoraba.
Corrieron. El túnel pareció doblarse, la piedra volverse pulpa, los muros murmurar en leguas desconocidas. Subieron los peldaños cuando el suelo colapsaba tras ellos. La luz natural era un alivio cáustico. Sobre la superficie, la marea empezaba ya a engullir la entrada al templo.
Corrieron hacia su campamento, sólo para hallarlo anegado, las tiendas reducidas a jirones y el equipo disperso entre charcos tintados de verde oscuro. De Reese sólo hallaron un zapato y una cámara astillada. Los Mellizos, pálidos como cadáveres sumergidos, abrazados hasta la parálisis, murmuraban plegarias a dioses sin nombre.
Al alba no hubo amanecer. El cielo era liso, gris como mortaja, y el océano exhalaba un vapor parduzco. El único sendero era la retirada. Evelyn, Curwen y los Mellizos caminaron durante horas entre escollos y nieblas, sin apenas cruzar palabra.
A poco de llegar al pueblo más cercano —un villorrio de pescadores mudos, de ojos inmensos y piel pálida—, una figura los aguardaba en el muelle. Vestía un abrigo salpicado de limo y llevaba una linterna en la mano. Su rostro era solo una sombra. Pero cuando habló, Curwen supo que la voz era la misma que había dirigido la expedición entre los corredores de sal y hueso, la misma que aulló bajo mil máscaras en la abovedada catedral submarina.
“Habéis visto. Soñaréis a partir de ahora con lo que yace bajo toda esperanza. Algún día, de nuevo, el heraldo y la marea reclamarán lo suyo.”
Al entrar en el puerto, ninguno de los sobrevivientes habló jamás de lo sucedido. Las pesadillas, sin embargo, no les ofrecen tregua. Ven cada noche las columnas sumergidas, la piscina bullente, y la miríada de formas en la penumbra esperando el grito final. La radio, algunas noches, aún resuena con zumbidos y voces. En las mareas más bajas, algunos pescadores dicen ver columnas, escalones, y siluetas que danzan; figuras que saludan, en la bruma, agitando extremidades nunca vistas entre los hombres.
Curwen escribe palabras que ya no puede descifrar. Evelyn murmura liturgias en sueños. Y los Mellizos, dicen, abandonaron toda luz, caminando hacia el mar bajo la luna.
Pero todos llevan consigo, en la herida sin nombre del subconsciente, la marea incurable de Nyarlathotep y el sabor salino de lo que aguarda, paciente, bajo los cimientos mismos del mundo.
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