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La tormenta era insólita en Arkham: truenos sinuosos, vivos, como la risa de un dios maligno, rebotando entre los tejados y desmenuzando la noche. Cornelius Halsey se aferró a la baranda de su balcón en el tercer piso de la Arkham Historical Society, esperando el momento en que el relámpago cruzara el campus e incendiara el viejo campanario de Miskatonic. El aire olía a hierro, sangre y ozono, a la vez. No había visto a nadie en la calle desde hacía más de una hora; ni siquiera los gatos callejeros se atrevían a desafiar el vendaval.
Un telegrama marchito llegó por la tarde, llevado por un mensajero taciturno y raído. Venía del extranjero, con el remitente encriptado en un galimatías de símbolos, números y palabras extranjeras demasiado densas y arcaicas. Cornelius era criptógrafo; su especialidad, aquellos lenguajes muertos que según los profesores de la acera sur de la universidad “nadie volvería a pronunciar.” Lo desdobló, apiló diccionarios polvorientos a su alrededor, y se sumió en la tarea de descifrar el mensaje, mientras la tormenta arreciaba allá fuera.
El texto se descifraba de modo inquietante. Al principio parecía una exhortación ritual, luego una advertencia, después una carta personal dirigida a él, por su nombre completo y con detalles que sólo alguien íntimamente familiarizado con sus recuerdos más vergonzosos conocía. El contenido era un mapa y una invitación: “El primero de abril, a medianoche, bajo la fuente del Patio de Hierro, harás la petición correcta. Acude solo. Si fallas, Arkham tendrá su Peste Negra. Si tienes éxito… bienvenidos el terror y la maravilla.”
A las nueve en punto, Cornelius dormía en su escritorio; a las diez, envuelto en pesadillas de figuras con máscaras de oro y túnicas rojas recorriendo callejones entre ladridos y risas animales que terminaban súbitamente en cuchillos silbantes. A las once y media, un trueno lo despertó; el reloj gemía su despropósito. Las palabras del telegrama hormigueaban bajo su piel. Se calzó y bajó, sobresaltado ante el reflejo de sus propios ojos en un espejo: dilatados, expectantes.
El Patio de Hierro era un sitio ignorado, anterior a la universidad y, según voces apagadas de arenosos archivos, contemporáneo de las fundaciones pre-humanas de Arkham. En el centro del patio serpenteaba una fuente de piedra ennegrecida, coronada por una grotesca figura humanoide con semblante inexpresivo y tres brazos, dos de los cuales terminaban en garras retorcidas como crespones de hierro derretido. Era medianoche. La tormenta había desistido, dejándolo sólo con el rumor del viento y el olor a madera mojada.
Cornelius observó las losas con sumo cuidado. Según el mensaje, debía pronunciar “una petición correcta.” No había instrucciones; nada sugería si debía rogar o mandar, si debía hablar en algún idioma particular, o si debía guardar silencio esperando una respuesta espontánea del mismísimo abismo. Tembloroso, acercó los labios a la boca sin labios de la fuente.
—¡Muéstrate, emisario! —susurró, con el temblor de quien teme más el silencio que la respuesta.
La piedra sudó. Un hilo de agua negra goteó de la boca de la estatua al cuenco. El aire se hizo denso; la noche cambió su textura, volviéndose repentina, dulcemente pesada. El viento susurró: “Tus palabras me han hallado.”
Cornelius retrocedió, un paso solo, pero la losa bajo sus pies cedió con un ruido hueco. No cayó, pero casi lo hace. El círculo interno del patio giraba con lentitud imperceptible, y las sombras se arrastraban en sentido contrario. Una sombra más prensada que las demás emergió de la fuente: era como humo, pero con membranas y relieves que la racionalidad rechazaba. Tenía muchas máscaras, o una sola máscara cambiando rápidamente de rostro: unas veces masculina, otras infantil, otras de un rictus demoníaco con dientes de obsidiana que brillaban con luz propia.
—¿Cuál es tu deseo, Cornelius Halsey? —preguntó la sombra, en una extraña amalgama de su voz y la de su primer amor, la de su madre muerta, la de sus profesores y la suya misma.
No supo qué contestar. El aire se cerró alrededor de su garganta; respiró plomo. El terror fue un eco físico, un sudor helado en sus órganos internos, en su páncreas y médula ósea. Se le ocurrieron tres deseos: poder absoluto, sabiduría indescifrable y salir ileso de aquel encuentro. Pero no dijo nada.
—Ya sé cuál es tu deseo —ronroneó la sombra—. Tienes hambre de la lengua de tu enemigo. Quieres conocer el libro escondido en la biblioteca de los Cien Augurios.
Cornelius no había pensado en ello conscientemente, aunque, en lo profundo, una semilla prohibida germinaba: el libro de los Cien Augurios, custodiado en la sección oculta del archivo de Miskatonic, en un dialecto todavía ininteligible, decían, derivado del Naacal, del Ogham invertido, del Lenguaje de Lenguas. Ningún criptógrafo había podido romper el misterio. Sabía de su existencia, sí. Y también sabía que la universidad buscaba a quien pudiera leerlo, para invocar a algo aún más profundo y horroroso que los terrores usuales de Arkham.
La sombra extendió una mano. En sus dedos brillaban runas azules.
—Bebe, Cornelius. Nadie aprende sin pagar.
La llave del conocimiento: una gota negra que pendía de la garra como un diamante líquido. Cornelius alzó la mano y, temeroso y ebrio de su propia insensatez, atrapó la gota en su palma, sintiendo cómo la piel ardía y la carne se disolvía. La gota se deslizaba por sus tendones, abrazando su sangre, invadiendo su cerebro, devorando recuerdos para reemplazarlos por jeroglíficos, fonemas imposibles, fórmulas y secretos olvidados por la lengua humana.
El mundo osciló. Estuvo a punto de caer al suelo, vomitando oscuridad intangible.
Despertó a las dos de la mañana, tendido en la hierba mojada, empapado, pero con el telegrama arrugado aún en su abrigo. Nada parecía diferente salvo ese susurro constante en su oído: cadenas de significado, palabras reconstruyéndose, frases triturando el tiempo y el lugar. El lenguaje ahora era un océano peligroso, y él la medusa semitransparente flotando sin rumbo por sus profundidades.
La Biblioteca de los Cien Augurios era una cámara subterránea, oculta bajo la Sección de Manuscritos. Hacía falta una llave especial —que Cornelius había robado veinticuatro años atrás, pero jamás había tenido la osadía de usar— para accionar la puerta semicircular de mármol negro. El interior rezumaba humedad y un tufo agrio de inciencio animal; unas lámparas con polvo de aceite de pez alumbraban filas de vitrinas y estantes custodios. En la caja central, bajo tres candados, estaba el libro.
Era negro, sin título, con páginas que parecían vibrar cuando nadie las miraba directamente. Cornelius abrió los candados, uno por uno, sin pensar nunca en la razón profunda por la cual aquellos símbolos en su cerebro sabían la combinación exacta.
Abrió el libro. La escritura se desplegó ante él como un abanico animado. Ya no era indecifrable: leía, y cada palabra lo leía a él; cada frase era un reflejo oscuro, devolviéndole imágenes de sacrificios, liturgias bajo astros muertos, el nacimiento de seres que nunca deberían existir, la genealogía de los dioses y la pequeñez absoluta del Homo sapiens. Supo quién era Nyarlathotep, la voz del caos, la máscara que conecta a los ignorantes con la fatalidad del universo, la broma cósmica encarnada.
No pudo cerrar el libro; la escritura manaba de sus pupilas y regurgitaba en su lengua. Sangre le brotó de la nariz y los oídos; cada palabra que leía era una confesión, una promesa, un pacto firmado sin testigos salvo los que esperan pacientemente en los ángulos de realidad donde los hombres no pueden ver pero sienten. Cornelius forcejeó; la tinta se desparramaba ahora en el aire, goteando del libro hacia sus dedos, grabando sílabas en su piel, grabando memorias falsas en su mente.
Escuchó risas. Primero, roncas y distantes. Luego, cerca, dentro de su propia cavidad bucal. Era la voz del Mensajero, multiplicada, resonando en cada célula: “Así se abren las puertas, así invocan los nombres, así caen las ciudades orgullosas. Así me llaman, así me presento. Me disuelvo a través de los sueños, a través de los lenguajes. Has bebido, Cornelius Halsey. Ahora eres mío.”
Trató de gritar, pero su lengua era un manto de runas. Trató de cerrarse de ojos, pero sus párpados transparentaban visiones más terribles que cualquier cosa que pudiera contemplar despierto. Veía, veía el fin, la risa devoradora, la danza de máscaras en el umbral de la creación y la destrucción.
Se escucharon pasos en la planta superior. La biblioteca, prohibida por las autoridades, no debía ser ocupada a tales horas. El portón crujió, y una sombra grande como un hombre descendió las escaleras. Cornelius permaneció quieto, mitad por el terror, mitad porque el libro se había pegado a sus manos y no podía soltarlo. La sombra se detuvo: era el doctor Charles Kensington, el decano, que había probado ya, años atrás, a descifrar el libro sin éxito y había perdido el habla en el proceso.
Kensington lo observó, la boca torcida, los ojos húmedos como de perro apaleado. Caminó hacia Cornelius, extendió la mano para quitarle el libro, pero se detuvo, como hipnotizado. Algo sucedió en la estancia, un cambio brusco de gravedad.
El libro tembló. Cornelius sintió cómo cada palabra subía por su brazo, colonizando el sistema nervioso, como hongos al toparse con materia en descomposición. Kensington comenzó a tartamudear, balbuceando oraciones inconexas: “¡No… debes… continuar… Invocación… puerta… Nyarlathotep… prohibido…!” intentó robarle el libro, pero sus dedos resbalaron, y la portada cayó abierta, mostrando una imagen: algo sin forma, con mil rostros, brotando por la rendija de un universo desquiciado.
Kensington cayó de rodillas, llorando sangre y una risa oscura que no era suya. Cornelius, desbordado por la lengua desatada, comenzó a recitar sin proponérselo una letanía de sonidos olvidados, los nombres y poderes de cada una de las máscaras, las funciones secretas y las promesas no cumplidas. Las sombras dieron un vuelco. La gravedad de la estancia colapsó como un planeta al agotarse su energía.
Por la puerta emergieron figuras, ninguna completamente humana: algunos llevaban túnicas carmesí, otros tenían piel cubierta de símbolos en filigrana brillante, otros arrastraban consigo miembros oculares y bocas repletas de colmillos. Venían a presenciar la apertura; venían a recibir, a saquear, a devorar. Los muros se curvaron; el suelo se llenó de agua negra que brotaba del libro mismo, y el aire cantaba, ahora sí, en la voz inconfundible del Caos.
Cornelius comprendió al fin el precio de su saber: la humanidad de Arkham era la ofrenda, y su lengua era la llave que abría la puerta. Kensington, ya incapaz de resistir, fue engullido por la sombra, y Cornelius sintió el éxtasis de lo prohibido: lo absoluto, la comunión con aquello sin nombre, la risa que nunca calla. El terror era absoluto, pero era un terror bañado en sabiduría y dicha; y Nyarlathotep lo observaba ahora a través de todos los ojos, hablaba en todas las lenguas y, mientras la realidad sangraba, reía y silbaba en la voz quebrada del criptógrafo.
Fuera, ningún perro ladró. Arkham sólo vio a la luna asomándose, como un testigo avergonzado y tembloroso, sobre los tejados húmedos. Y en los sótanos sellados de la universidad, el nuevo Mensajero de los Mil Rostros susurraba los nombres de su Amo a aquellos que, al soñar, soñarían para siempre.
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