Fragmento:
Claremont Eldritch era un hombre resuelto, dada la prestancia de su linaje, y dotado de una mente científica que muchos buscaban emular en los círculos de lo oculto y lo real. Sus investigaciones no sólo sugerían el interés por la física matemática y las incursiones filosóficas en el tiempo, sino una sutil fascinación por los relatos de antiguos dioses, aquellos a quienes los cultistas temen y veneran en las grietas del mundo. Las cartas que me enviara —ahora reposando en la caja fuerte de mi estudio— exhiben una curiosidad malsana, casi infantil por el abismo, y particularmente, por la naturaleza proteica del Mensajero de los dioses exteriores: Nyarlathotep.
Duración: 08:37
Debo contarte ahora lo que sólo insinúan los libros neolíticos y las tablillas devoradas por el polvo, aquello que ni los sabios de Mnar ni los catadores del hongo lunar se atreven a susurrar bajo la luna, y que únicamente el sueño profundo —o la locura— permite vislumbrar a los hombres. Puede mi pluma temblar en la ignominia, pero debo relatar los últimos días de Claremont Eldritch, pues su final fue el reflejo y eco de horrores más allá de toda comprensión humana, y su descenso es, para mí, la advertencia última de que ciertos nombres no deben pronunciarse jamás.
Claremont Eldritch era un hombre resuelto, dada la prestancia de su linaje, y dotado de una mente científica que muchos buscaban emular en los círculos de lo oculto y lo real. Sus investigaciones no sólo sugerían el interés por la física matemática y las incursiones filosóficas en el tiempo, sino una sutil fascinación por los relatos de antiguos dioses, aquellos a quienes los cultistas temen y veneran en las grietas del mundo. Las cartas que me enviara —ahora reposando en la caja fuerte de mi estudio— exhiben una curiosidad malsana, casi infantil por el abismo, y particularmente, por la naturaleza proteica del Mensajero de los dioses exteriores: Nyarlathotep.
Eran las noches de invierno de 1919, cuando los vientos agitaban las nubes con furia y las sombras parecían reptar con autonomía sobre los muros de Arkham, que una serie de eventos inexplicables comenzó a tejerse en torno al antiguo caserón de los Eldritch. Los periódicos evitaban mencionar la verdad y optaban por referirse a los “fenómenos meteorológicos desconcertantes”, si bien los más viejos del lugar hablaban de cánticos inhumanos que provenían de los bajos fondos, donde la ciudad aún mantenía el hálito primigenio de una tierra invicta a la civilización. Yo, ingenuo, no creía en tales habladurías hasta el instante en que fui invitado —más bien, requerido— a pasar una semana en la morada de Claremont.
La mansión Eldritch era entonces una urdimbre de piedra antigua y madera ajada, cuyos corredores parecía recorrer no sólo el eco de los pasos, sino murmullos persistentes de algo reptante. Claremont, encanecido pero de mirada febril, me recibió con una sonrisa fatigada. Pronto comprendí que sus estudios habían desbordado la simple lectura o escritura: fragmentos de obsidiana con grabados desconocidos, libros con hojas translúcidas como la membrana de un murciélago y grabados de símbolos que hacían doler la cabeza, adornaban su despacho. Entre todos estos, un cuaderno titulado simplemente "Gurathnaka" destacaba por sus repetidos intentos de ocultamiento.
Aquella noche, los lamentos del viento parecían palabras y las sombras se curvaban para mirar a través de los cristales empañados. Durante la cena, Claremont divagaba sobre cosmogonías interdichas, pero no fue hasta bien entrada la madrugada cuando me habló —por primera vez y sin evasivas— de lo que obsesionaba su alma.
“Inicialmente,” me dijo, “creí que Gurathnaka era un simple mito, una mala broma de frailes moribundos con la mente hecha añicos por la peste. Pero no, Nathaniel. Gurathnaka es el nombre-sombra, el fragmento de la máscara, la grieta en el disfraz del Mensajero. He visto sus ojos en mis sueños y, en la vigilia, le he sentido susurrar en la penumbra. Afirma que jamás conoceré el significado del miedo verdadero hasta que atraviese sus puertas.”
Mi corazón palpitó desacompasado ante tales palabras, y, sin embargo, el asombro pudo más que la sensatez. Claremont me invitó —o arrastró— hacia el sótano, donde la arquitectura original de la casa se disolvía en túneles excavados en la roca, húmedos y preñados de un hedor que no puedo describir sin regresar al abismo de mis pesadillas. Allí, a la luz de una lámpara de aceite, observé un círculo perfecto grabado en el suelo—no de cal, sino de una sustancia acerada que parecía retorcerse bajo el tacto. Alrededor, palabras en idiomas olvidados brotaban de la oscuridad, girando por sí solas ante la influencia de vientos interiores cuyo origen jamás llegué a divisar.
Me mostró el cuaderno, cuyas páginas estaban llenas de símbolos que parecían variar de forma según el ángulo desde el cual se mirasen. “Gurathnaka,” susurró Claremont, “es la llave que gira en la cerradura de la mente. Nyarlathotep, su dueño, es amo de mil resplandores y mil formas; es la promesa de la revelación y del espanto absoluto. He contactado con el emisario: el que trae el mensaje portando la máscara de Gurathnaka. Pronto, muy pronto, me será concedido el acceso.”
Aquella noche no dormí, y ni siquiera el alba logró disipar la perturbación que se incrustó en mi alma. Escuchaba pasos donde no los había, veía en los reflejos de las ventanas formas que no podían pertenecer a animal alguno de esta tierra. Los sirvientes —muchos de los cuales conocía desde mi adolescencia— volvían sus rostros con un temor visible, y en susurros juraban que Claremont se miraba en los espejos sólo para asegurarse de que aún era él, y no la sombra que le seguía.
El quinto día fue el más atroz de todos. Claremont había dispuesto la sala ritual con una profusión de objetos que nunca antes había visto: hilos de plata y azabache, candelabros grabados con lo que parecía una cartografía de pesadillas y una máscara negra, lisa y sin aberturas, reflejando la luz como un pozo de brea. Me ordenó que permaneciera a su lado, insistiendo en que necesitaba un “testigo humano” para la apertura de la puerta.
La ceremonia comenzó con un cántico que jamás debió oír oído mortal. Las paredes se retorcían y la temperatura oscilaba entre el ardor y el frío glacial en una sucesión atroz. El círculo cobró vida propia: las inscripciones del suelo refulgían como si estuviesen escribiéndose a sí mismas por voluntad creativa y horrible. Fue entonces cuando vi... no a Claremont, sino aquello que le hablaba a través de la boca y los ojos de mi amigo. Su voz era al mismo tiempo un susurro y un estrépito, narrando historias de un tiempo donde la carne y el metal eran indistinguibles, donde el dolor era belleza y la razón sólo una quimera ridícula.
Recité un fragmento del Libro de Eibon, confiando en las precarias defensas de la magia blanca, mas los muros vibraron con una risa que no era de este mundo. Claremont llevaba la máscara y, sin embargo, su rostro parecía brillar detrás de ella, como si la carne estuviera siendo moldeada y destilada nuevamente.
Fue entonces cuando lo vi: el reflejo de un fragmento de Gurathnaka. Un rostro sin sentido, una incógnita ambulante cuyas órbitas eran abismos de gritos devorados. Brotaban de él tentáculos de ébano y destellos de fuego frío que aspiraban a toda cordura cercana. En su centro, la semilla del Mensajero: Nyarlathotep, el caos sonriente, deslizándose con la gracia antigua de la destrucción.
No puedo relatar con exactitud lo que sucedió después. El miedo cuajó mi memoria, y sólo puedo referir fragmentos: la sensación de que mi piel se caía en láminas, los gritos de Claremont elevándose hasta un falsete infrasonoro, la certeza de que su alma era arrastrada por Gurathnaka hasta convertirse en una pieza más de la máscara, olvidando para siempre el consuelo de la forma humana. Sentí que el lugar entero era desplazado—no en el espacio, sino en el sentido del ser y del no-ser, del aquí y el allá, de la vida y la muerte.
Desperté, si se puede llamar así, en la húmeda mañana de Arkham. El sótano había desaparecido; sólo una depresión de tierra quemada y piedra licuada ocupaba el sitio del círculo y la máscara. Nadie creyó mi relato y alegaron incendio fortuito, aunque los testigos insisten que, aún meses después, el eco de un cántico en dialectos imposibles seguía desgarrando el aire en las noches sin luna.
Los restos del cuaderno de Claremont fueron confiscados por la Universidad de Miskatonic y jamás se me permitió volver a verlos. Sin embargo, un último fragmento se grabó en mi mente —o quizás en mi alma— con la persistencia de una maldición: “Cuando el portador de la máscara despierte, la puerta será una sola, y la sombra, indivisible.” Desde esa noche, los reflejos me devuelven a veces el rostro de otro y me susurran palabras en la lengua imposible de Gurathnaka, promesa lodosa de la vuelta, certeza de que Nyarlathotep aún cruza los umbrales de la carne disfrazada, atento al más mínimo titubeo de la razón.
Si lees esto, huye de los lugares donde la piedra parezca oír y el viento susurre nombres olvidados. No te acerques jamás a los códices que evocan a la Máscara del Mensajero, y si en sueños percibes un destello negro y sin sentido, recuerda que tu mente es la última muralla ante la llegada de Gurathnaka. Porque, cuando las puertas no deben abrirse, sólo queda el horror de la víspera; un horror que, como la siempreviva sombra de Nyarlathotep, jamás se extinguirá.
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