Portada del relato La Danza de la Máscara Negra
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Fragmento:


Una noche, impulsado por una mezcla enfermiza de curiosidad y terror, vagué por la ciudad tras la medianoche. Sólo la neblina y el lejano tañido de una campana acompañaban mis pasos indecisos. Recuerdo que el aire era tan espeso como un sudario, henchido de presagios y murmullos. Creí ver, al doblar la esquina junto a Congdon Street, una forma moviéndose entre las brumas: un hombre alto, envuelto en un abrigo oscuro, cuyo rostro no alcanzaba a distinguir.

Duración: 10:53

La Danza de la Máscara Negra
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Texto de ajuste de pausa.

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Han pasado los años y mi memoria tiembla de sólo intentar reconstruir las monstruosas visiones que asolaron mi mente aquella temporada fatídica, en el umbral de la locura y el abismo de la percepción humana. Ahora, sólo los insomnes, aquellos torturados por terrores invisibles o culminados por visiones de pesadilla, pueden atreverse a escuchar el contenido de este relato. No lo escribo buscando consuelo, pues he aprendido que el conocimiento es un veneno de lenta destrucción; lo hago sólo en la tenue esperanza de que aquellas fuerzas abismales no encuentren eco de nuevo en este mundo.

Era una época de inquietud sorda. De alguna manera la ciudad —Providence, la adusta y gastada— parecía oprimir más, como si las sombras alargadas de las fachadas coloniales trataran de silenciar un rumor que aún no había cobrado lenguaje, un rumor que se insinuaba a través de las ventanas sucias y los callejones desiertos. Yo era entonces joven, aunque tras aquella experiencia jamás podría reconciliar mi ánimo con la candidez de la juventud.

El rumor, si es que puede así llamarse, comenzó una noche tras un vendaval, cuando el río Seekonk parecía arrastrar no sólo sedimentos sino también una turbiedad olfativa y una presencia invisible. Las conversaciones decayeron en las tabernas, los bibliotecarios musitaban palabras supersticiosas y los perros, por las noches, aullaban sin razón aparente. Fue entonces cuando escuché por primera vez el nombre, aquel nombre traído de entre dientes por un mendigo loco junto al parque de Benefit Street:

“Nyarlathotep… sus caminos se abren…”

Al principio, no le di crédito. Conocía la inclinación de aquellos marginados por el disparate, pero pronto advertí que el eco de ese nombre se propagaba, reptando entre las grietas de la sociedad, filtrándose en los sueños de los insomnes y en los desafinados rumores de los estudiantes del campus. Siempre acompañado de una ansiedad insidiosa, una disolución de las certezas.

Una noche, impulsado por una mezcla enfermiza de curiosidad y terror, vagué por la ciudad tras la medianoche. Sólo la neblina y el lejano tañido de una campana acompañaban mis pasos indecisos. Recuerdo que el aire era tan espeso como un sudario, henchido de presagios y murmullos. Creí ver, al doblar la esquina junto a Congdon Street, una forma moviéndose entre las brumas: un hombre alto, envuelto en un abrigo oscuro, cuyo rostro no alcanzaba a distinguir.

Me lo encontré, finalmente, en el umbral de la iglesia abandonada de St. John, donde la humedad se colaba como un aliento funerario entre los sillares. El desconocido no tenía expresión, o más bien, su rostro mutaba: ojos que eran bocas, piel que era sombra. Habló sin mover los labios, y su voz tenía una cualidad sibilante, como si una multitud susurrara desde cavernas ocultas en su garganta.

“Eres uno de los atentos… has sentido el cambio.”

Quise llorar, pero sólo el paralizante estupor atenazó mi lengua. El desconocido extendió una mano enjuta —la piel tirante, azulada, con uñas perladas— y depositó en mi palma un pequeño objeto: una máscara de ébano, de fisonomía inhumana, cuyos ojales redondeados parecían vacíos abisales. Me ordenó, sin palabras audibles pero con autoridad inflexible:

“Llévala. Aprende. Deja que los sueños te instruyan.”

Me arranqué de aquel lugar en un estado cercano al delirio. Guardé la máscara bajo llave, aunque noté, espantado, que a menudo la encontraba fuera de su escondite, ubicada cerca de mi cama o sobre la mesa de mi escritorio, como si poseyera voluntad propia. Y entonces llegaron los sueños.

En mis visiones, la ciudad se desmoronaba ante el avance de una multitud de figuras enmascaradas, sus rostros tan inmutables como la propia máscara de ébano. Estas siluetas se deslizaban por pasadizos desconocidos y calles que de día no existían, guiadas por el susurro hipnótico de aquel que responde a mil nombres, pero a quien todos reconocían como el Heraldo. Una risa dolorosa, cósmica, vibraba en el suelo bajo mis pies, y la estructura de la realidad parecía ceder a una geometría alterna, vibrante y dolorida.

Despertaba exhausto, mis ojos rojos y el corazón latiendo furioso. La ciudad durante el día era igual, pero la atmósfera había cambiado. Parecía como si una pulsación invisible conectara todos los seres y edificios, el latido de algo que usaba Providence como un mero envoltorio.

Las siguientes noches resultaron en una progresiva degeneración del sueño. Comencé a perder la noción del tiempo y la distancia. Los espejos reflejaban versiones distorsionadas de mi rostro, y a veces creía distinguir la máscara de ébano mirándome con burla desde sus profundidades lustradas. Creí perder la razón, y una noche, impulsado por el terror, traté de deshacerme de la máscara arrojándola al río. Pero a la mañana siguiente, la encontré, impoluta, sobre mi escritorio.

Fue entonces cuando la ciudad enfermó de manera visible. Hombres y mujeres caían en éxtasis en las esquinas, murmurando salmodias a medias, ojos abiertos en blanco, los labios ensayando sonidos serpenteantes que no pertenecían a lengua alguna. Un insidioso frenesí se extendió: desapariciones, muertes extrañas, la sensación de que el aire mismo era presagio de cosas peores.

Una noche, arrasado por la desesperación, decidí acudir a la iglesia en ruinas. Sólo así —pensé, en mi delirio— podría enfrentar a aquello que se reía en las sombras y clamaba desde mis sueños. Crucé la ciudad, cuyo aspecto era el de un organismo moribundo, con los faroles parpadeando y las paredes cubiertas de inscripciones inidentificables.

Al llegar, las puertas carcomidas se abrieron solas. Dentro, una multitud se hallaba en un trance morboso; figuras enmascaradas, todas portando reproducciones vulgares de la máscara de ébano. Al centro del altar, en un círculo de cera negra, flotaba el hombre del abrigo oscuro, cuya carne parecía fluctuante, como si sus límites corporales obedecieran a otra clase de física.

Su voz retumbó desde todos los rincones:

“Soy el Mensajero. Vengo de más allá de las estrellas y el tiempo, y en mi nombre las leyes y la lógica se hacen humo. Ustedes, despojos ínfimos, me han invocado. La ciudad será mi teatro.”

El rostro del ser se multiplicó en decenas de semblantes, algunos grotescamente humanos, otros bestiales o de pesadilla. Violentas visiones desfilaron ante mis ojos: ciudades ciclópeas bajo lunas muertas, civilizaciones arrasadas por danzas negras, cultos de pesadilla arrastrándose a los pies de una infinidad de dioses indiferentes. El hombre —siempre el mismo y siempre diferente— extendió una mano hacia mí.

“Ven, portador de la máscara, muestra tu devoción.”

Sabía, en lo profundo de mi alma, que un paso más significaría la aniquilación de todo lo que había sido, la disolución del yo en un éxodo voraz hacia dominios de pesadilla. Pero algo en la máscara me obligó, una compulsión tan antigua como las esferas estelares. Me acerqué, la multitud aullando a mi alrededor en éxtasis pervertido. El ser, ahora convertido en una amalgama de carne y sombra, me colocó la máscara. No recuerdo dolor, sólo la pérdida infinita de identidad. Sentí mi mente disolverse, cada pensamiento arrancado y analizado por mil ojos incandescentes.

Entonces estuve en otro sitio. Una vasta llanura bajo cielos profanos, entre ciénagas iridiscentes pobladas de criaturas cuyo nombre sería temerario pronunciar. Frente a mí flotaba la entidad, multiplicando su tamaño y presencia hasta alcanzar proporciones galácticas. Su voz podía quebrar planetas, y sus signos eran la raíz de todo conocimiento prohibido.

Allí, en ese no-lugar, Nyarlathotep me mostró la verdad: la historia secreta del cosmos, el linaje extraterrestre de nuestro sufrimiento, la inutilidad de rezar o razonar. Vi las antiguas puertas erigidas en la prehistoria terrestre, los pactos sellados por sacerdotes degenerados que ya no eran hombres. Vi su hueste, esparcida por el universo: devoradores de estrellas, sembradores de locura. Comprendí que eran incontables las formas que podía tomar esta entidad. Nyarlathotep era el caos disfrazado de mensajero, la ruina envuelta en un manto humano. Era el intermediario insidioso, el emisario de otros dioses aún más lejanos, dormidos y desinteresados por la miseria y piedad que caracterizan nuestras rezas.

No sé cuánto tiempo permanecí allí; el tiempo mismo no tenía significado. Fui testigo de combinaciones cromáticas y sonoras imposibles para los sentidos humanos. Cuando, finalmente, Nyarlathotep decidió que había aprendido suficiente —que la desesperación había desbordado los límites de mi psiquis— me arrojó de vuelta a mi cuerpo.

Desperté en una camilla del hospital de Providence. Me dijeron que había sido encontrado semiinconsciente en la iglesia, con el rostro cubierto por una máscara ennegrecida imposible de quitar. Sólo tras días de trance y fiebres delirantes, fui librado de su peso, aunque no del recuerdo. La ciudad, a partir de entonces, fue otra: las calles menos pobladas, el ánimo de sus gentes quebrado, la actividad académica y cultural decaída. Algunos dicen que Providence nunca volvió a ser la misma, que algo innombrable había cruzado los umbrales esa temporada. De los presentes en la iglesia, la mayoría desapareció; los pocos que dieron con ellos murmuraban cosas terribles y sin sentido, hasta que final y misericordiosamente enmudecieron.

Han pasado los años. Estoy solo, viejo y tembloroso. A veces, siento la máscara cerca, o distingo en un espejo una sombra ajena detrás de mis hombros. Sé que Nyarlathotep acecha siempre, mutando de forma y vínculo, paseándose entre laboratorios científicos y misas negras, en el consultorio del psicoanalista o en el antro infecto donde se desarrollan las enfermedades del alma. Nada lo detiene, y cada generación es seducida por un disfraz distinto: el político, el artista, el loco de la esquina.

Este relato no será advertencia suficiente, pero si alguna vez, en el cauce de una noche sin luna, encuentra usted a un extraño de rostro cambiante que le ofrece una máscara, rehúyalo. No escuche sus promesas, ni acepte sus palabras. Porque, aunque la ciudad lo niegue, aunque la razón se rebele, Nyarlathotep es paciente. Y de vez en vez, vuelve para recordarnos que la piedad, la lógica y el tiempo son juguetes de fuerzas para las que sólo somos humo entre las grietas del mundo. Y usted, lector, ahora ha escuchado el rumor.

Tal vez, en sueños, ya esté caminando los caminos de Nyarlathotep.

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