Fragmento:
Carolina y yo habíamos tenido acceso a la propiedad gracias a una movida burocrática: ella trabajaba en el Colegio de Arquitectos y había descubierto una cláusula que permitía la ocupación temporal mientras duraran los trámites de restauración. En el fondo no nos interesaba el armatoste, sino la historia ridícula de los huesos encontrados bajo la sala principal y la colección de incunables en el gabinete sellado; así lo vendimos como broma a nuestros amigos, pero la verdad era que ambos ansiábamos registrar alguna rareza sobrenatural, un testimonio para alimentar nuestras noches de insomnio y mentiras.
Duración: 11:21
La casa del profesor Ledesma había dejado de oler a moho hacía tanto tiempo que sus actuales inquilinos pensaban que nunca había olido a nada. Sin embargo, en algún rincón de la madera, allí donde la humedad nunca terminaba de irse, persistían partículas del tiempo, febril y enfermo, en el que Ledesma volvió de su viaje a Nevada convertido en un animal distinto. Era diciembre y la humedad era apenas un relente sobre la piel de quien se atrevía a recorrer el bosque adyacente, una masa de álamos retorcidos y mugrientos.
Carolina y yo habíamos tenido acceso a la propiedad gracias a una movida burocrática: ella trabajaba en el Colegio de Arquitectos y había descubierto una cláusula que permitía la ocupación temporal mientras duraran los trámites de restauración. En el fondo no nos interesaba el armatoste, sino la historia ridícula de los huesos encontrados bajo la sala principal y la colección de incunables en el gabinete sellado; así lo vendimos como broma a nuestros amigos, pero la verdad era que ambos ansiábamos registrar alguna rareza sobrenatural, un testimonio para alimentar nuestras noches de insomnio y mentiras.
La primera madrugada transcurrió entre quejidos de la madera y una corriente fría que subía del sótano. Quiso la casualidad que Carolina —más intrépida que yo— bajase para comprobar el origen de esa respiración subterránea. La encontré arrodillada junto a la trampilla, solo visible gracias a un agujero en el suelo del recibidor. Me susurró algo que no entendí, pero supe que no era el tono lúdico habitual. Todo el aire, el espacio mismo, parecía replegarse sobre el umbral. Rosas marchitas y una especie de resina negra rodeaban la boca de la trampilla.
Abrimos la compuerta y nos enfrentamos, sin palabras, a una oscuridad más espesa y consciente que cualquier otra noche de la propiedad. Carolina sacó su linterna y descubrimos una escalera angosta, apenas más ancha que nuestros hombros. El aire era tan denso que teníamos que abrir y cerrar la boca para no asfixiarnos. Bajamos, uno tras otro, hasta que la lámpara alumbró una bóveda imposible: cavernas repletas de extrañas estalagmitas blanquecinas y masas de limo creciendo sobre los muros.
En una de las paredes, inscripciones en un alfabeto imposible cruzaban de lado a lado, y delante de ellas, un altar de piedra rodeado de ofertas: figuras talladas, pequeños frascos de cerámica y, justo en el centro, un pergamino tosco que aún contenía tinta fresca. Sobre el altar, un símbolo: el ojo vertical de pupila hendida, símbolo de una iniquidad anterior a toda geometría humana. Mientras mi mente intentaba rechazar lo que veía, Carolina murmuró: “Esto no es arte, es una invitación”.
Esa noche, los sueños comenzaron. Afuera, los álamos susurraron el nombre de Ledesma, pero adentro, los corredores se llenaban de sombras quebradizas: una sensación persistente de movimiento, justo en la periferia. Vi ciudades plegadas sobre sí mismas, calles a medio construir, y figuras lascivas que reptaban por túneles de limo negro; circunvoluciones de pesadilla danzando al compás de una música sólo posible en el umbral de la lucidez.
Intentamos alejarnos del sótano al día siguiente, pero la casa misma parecía convencida de que volviéramos. Las ventanas nos mostraban paisajes irreconocibles, cielos rojizos donde enormes seres flotaban suspendidos, vigilando —y en la estantería del despacho, un libro, cerrado la noche anterior, ahora amaneció abierto:
Sobre los descendientes de Y’golonac y la apoteosis del sacerdote de Tsathoggua, enloquecido por el aliento de su dios, el texto se desgranaba en lo que solo puedo describir como una orgía de putrefacción y goce sagrado.
“Cuando N’kai abre la boca, los lugares dejan de ser lugares”, leyó Carolina en voz baja. “Y la carne se hace ajena, y la lengua danza en oraciones nunca dichas”.
Apenas dos días después de aquella noche, nos encontramos incapaces de salir por la entrada principal. El marco de la puerta rezumaba una especie de baba viscosa y la chapa giraba hacia ambos lados sin encontrar su sitio de reposo; la luz de la mañana, reducida, infernal, penetraba solo hasta el zaguán y, más allá, la casa era un universo aparte, un estómago hecho pasillo.
El hambre y la sed llegaron con rapidez. El agua de la casa pronto adquirió un sabor amargo; los grifos expulsaban una sustancia más parecida a la vieja savia de los álamos que a cualquier líquido potable. La despensa, a la que apenas habíamos añadido víveres, resultó haberse vaciado de un modo absurdo; cajas cerradas la víspera amanecieron abiertas y llenas de polvo, como si hubieran decidido desintegrarse o como si un invitado invisible, dotado de un hambre cruel, se hubiese dado un festín interminable.
Fue entonces, en el tercer día, cuando Carolina apareció con la boca manchada de negro. Yo la descubrí frente al altar del sótano, de rodillas, mientras se arrancaba tiras finas de piel de la palma con la uña, murmurando oraciones en una lengua que no puedo descifrar. Sentí una náusea profunda, como si mi estómago estuviera en proceso de licuefacción. Al levantarme, una alcantarilla de la bóveda se abrió y del fondo ascendió una forma lechosa y viscosa: una burbuja palpitante que absorbía la luz, girando sobre sí misma antes de desintegrarse en cientos de tentáculos translúcidos.
Nunca he sido propenso a alucinaciones, pero allí, en ese abismo —en la inacabable catacumba bajo la casa— supe que aquello no era el resultado de la paranoia. El altar comenzó a emitir un zumbido y sentí que la calavera me vibraba, que mis pensamientos eran arrastrados hacia el núcleo de una entidad distinta, asimétrica, cuya piel era todo ojo y lengua. El aroma —aquí, por fin, se convierte en relato y no en testimonio— era el de la humedad primordial, una viscosidad que recordaba a los antiguos jagüeyes, pero impregnada de una alegría sádica.
Carolina y yo contuvimos la respiración y la cosa, esa burbuja de múltiples bocas, comenzó a aullar pacientemente, en una voz que tomaba pedazos de nuestra propia lengua, reemplazando cada sílaba por una sensación de vacío caliente. Comprendí entonces la naturaleza del hedor primigenio que emergía de debajo de la casa —no muerte, sino una vida distinta, húmeda, submarina, consciente de sí misma. Todo abismo, supe, es la promesa de una habitación a la que no regresaremos jamás siendo nosotros.
No sé cómo salimos del sótano —el siguiente recuerdo es de Carolina y yo llorando y temblando frente al despacho, cubiertos de limo y con la sensación de haber estado demasiado tiempo arrastrándonos por túneles imposibles. La casa había mutado: los pasillos parecían más largos, el techo de la sala principal se curvaba como una cúpula intestinal, y la luz de fuera era apenas un resplandor mortecino. Las figuras del gabinete, antes tallas informes, ahora tenían rostros: rostros de tumbas abiertas, bocas horizontales y ojos hundidos en la calavera.
Pensé en los relatos sobre Ledesma. En la correspondencia sepultada en su biblioteca, en la que describía un culto periférico, ajeno incluso a los viejos gnósticos de la región, que adoraba una entidad sin nombre traída, supuestamente, desde “ciudades subterráneas más antiguas que los continentes”. Los miembros del culto, ataviados con máscaras de cuero, rodaban por la tierra en noches de luna nueva y depositaban ofrendas en las raíces de los álamos —las raíces, ello lo comprendí entonces, eran también tentáculos, conectados a la matriz impía del abismo.
Carolina empezó a perder peso. Su piel se cubrió de un salpullido negro, como si el limo hubiese encontrado un modo de penetrar su sistema linfático. Decía escuchar música, y por las noches jadeaba, como si estuviese a punto de expirar tras un orgasmo interminable. Yo también fui cambiando. Algunas mañanas me descubrí masticando fragmentos de la madera podrida de la escalera y escupiendo filamentos que parecían raíces minúsculas. Descubrí en mis uñas una sustancia viscosa y verde, y mi aliento olía ya a tierra reposada y savia antigua.
La casa, o más bien lo que sea que habita bajo ella, comenzó a hablarnos entre sueños, o en esa extraña frontera entre la vigilia y la locura a la que uno solo accede cuando el cuerpo está demasiado débil para resistirse. Una voz llenaba los corredores con promesas delicuescentes: tu carne es un regalo, permite que la boca se abra y cante. Siente la dicha de no regresar jamás a tu nombre.
Una tarde, una figura se materializó en el corredor. No era ni hombre ni bestia, sino la memoria de algo que nunca debió ser carne. Rostro sumido en una burla de humanidad, con ojos que goteaban resplandor y una mantisa de tentáculos saliendo de la boca y de la espalda. Caminó hacia nosotros, lento, inexorable, y la realidad se doblaba a su paso como una sábana empapada de sudor. Carolina se echó al suelo y besó los tentáculos; yo intenté huir, pero mis piernas no respondían, ya parcialmente entregadas a otra voluntad.
“¿Quién es?”, pregunté, aunque la pregunta era trivial: reconocía ya esos gestos, ese caminar oscilante, de las pesadillas subterráneas.
La figura sonrió y su boca se hizo abismo.
“Soy aquel que desciende entre sueños y arrastra la lengua de quienes han de ser traspasados. Soy el visitante silente, el traductor imposible. El hambre de abajo. El anfitrión detrás de todas las máscaras”.
Lo comprendí: Nyarlathotep, el dandi del abismo, propagador de locura, había tomado en adopción el pozo bajo la casa y era, simultáneamente, la boca que devora y el oído que escucha, la sombra que baña el limo de N’kai y el relator que embriaga a los cultistas de Tsathoggua hasta hacerlos danzar y devorarse en comunión.
Caí de rodillas. El sudor me empapaba el rostro, las articulaciones crujían y el sabor del limo recorría mi lengua, como la caricia de una lengua enorme, ancestral. Nyarlathotep extendió sobre mi sien una garra de cinco dedos, todos terminados en fibras palpitantes, y la casa entera estalló de placer y hedor. Vi, en un destello interno, las arenas de ciudades sepultadas, a bestias blanquecinas batiéndose contra columnas chorreantes de baba y a delegaciones monstruosas entonando cantos en club yérgido hacia un lago infinito bajo la corteza del mundo.
Lo último que recuerdo de esa noche es el aliento de Carolina acaso decir mi nombre. O tal vez fue mi propio eco, una réplica de algún yo residual. Las paredes temblaron y en un instante nos vimos sumergidos en una luz que no se parecía a ninguna otra luz, y entonces supe —supimos— que ya no éramos nosotros, y que nunca lo volveríamos a ser.
***
Han pasado meses, presumo, aunque ya los días solo pueden medirse según los ciclos entre las canciones del abismo y los ratos de humedad quieta en que la casa se repliega y calla. A veces despierto en sótanos nuevos, debajo de nuevas casas, con el gusto dulzón de la savia y una boca que ya no es la mía, sino herencia de la Gran Lengua Subterránea. Voy dejando atrás relatos dispersos, huellas anónimas en paredes de limo, el hálito de una historia que no es la de Ledesma, ni la de Carolina, ni la mía, sino testimonio de que, allá donde el abismo abre la boca, el huésped siempre encuentra su anfitrión. Y que, en última instancia, la carne solo sabe descomponerse para aprender a cantar.
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