Fragmento:
Yo, espíritu racional y de sólida formación científica, me lanzaba así en brazos de lo inexplicable, movido sólo por el magnetismo enfermizo que la personalidad de Gleaves ejercía sobre mí, y por la oscura promesa de asomar a horrores atávicos, más allá del límite de la comprensión humana. Así, armados de linternas, mantas y viejos textos anotados por visitadores de sectas rurales, emprendimos, entrada la noche, nuestro trayecto hacia el ocaso de la razón.
Duración: 10:21
I
Vaya uno a saber por qué carriles fatales discurría mi ánimo cuando gocé de la imperdonable tentación de aceptar el extraño misal de mi colega Dr. Albert Gleaves y, con él, la invitación para acompañarlo en una expedición nocturna al páramo de Cartwright, a escasos kilómetros de Arkham. Recién había comenzado aquel insólito mes de octubre, tan desprovisto de lluvias y lleno de un inquietante sofoco, cuando se me permitió el acceso a sus recientes y temibles investigaciones sobre las antiguas sectas residentes en los pliegues más sombríos del valle del Aylesbury.
Gleaves sostenía con un fervor fanático que nunca vi en otro erudito –ni siquiera en el difunto Derby– que los cultos prehistóricos, olvidados por la mayoría de historiadores sensatos, mantenían aún ritos y sacrificios en recónditos santuarios, ocultos a los ojos ajenos. Mientras los hombres civilizados desdeñaban estos rumores, los hombres de campo y las figuras encorvadas por la superstición compartían historias de encuentros letales, nieblas obstinadas, y de “hombres plásticos” que venían, en noches húmedas, a entonar plegarias a entidades primordiales cuyos nombres nunca debían ser articulados.
Yo, espíritu racional y de sólida formación científica, me lanzaba así en brazos de lo inexplicable, movido sólo por el magnetismo enfermizo que la personalidad de Gleaves ejercía sobre mí, y por la oscura promesa de asomar a horrores atávicos, más allá del límite de la comprensión humana. Así, armados de linternas, mantas y viejos textos anotados por visitadores de sectas rurales, emprendimos, entrada la noche, nuestro trayecto hacia el ocaso de la razón.
II
El páramo de Cartwright es una extensión funesta donde la niebla se asienta como un sudario pegajoso y dulzón, obligando a la mente a concebir visiones de cosas viscosas y resbaladizas. A cada paso, el silbido de la brisa susurraba nombres antiguos, y el suelo parecía rendirse bajo los pies, como si bajo el verdín húmedo acecharan masas de materia blanda, hundidas desde eones atrás en la negrura primordial.
Gleaves marchaba en silencio, musitando a veces pasajes del “Cultes des Goules” y pasajes aún más prohibidos que jamás supe el origen. Así estuvimos un tiempo indeterminado, hasta alcanzar un claro donde brotaba un monolito de piedra pulida, mitad sumergido, mitad cubierta de líquenes, cuyas inscripciones parecían huidizas en la oscuridad intermitente de nuestras linternas. Allí, sin hablar, comprendí que debíamos aguardar. Todo pareció volverse más opresivo: la humedad rasgaba la piel, y sentía el aroma dulzón de la podredumbre mezclar los resuellos de las raíces enterradas con una nota, mas profundamente, de algo ajeno al ciclo natural.
Cuando, de pronto, un murmullo se alzó desde el límite de la niebla. Voces que no eran humanas, ni de animal alguno del mundo conocido, estallaron en un rumor inquietante: palabras burbujeantes, sonidos de agua corrompida y chillidos amortiguados. Muy a mi pesar, supe que ante nosotros se aproximaba no sólo una congregación, sino posiblemente una conjunción de dos horrores: el culto blando y lóbrego de las criaturas de Eihort y la vasta devoción viscosa a Zhothaqquah, el dios-sapo de las sendas cavernosas. Al acto, una sombra informe —más profunda que la noche, acechando a ras del suelo— reptó desde la niebla y, al posarse junto al monolito, se tornó en masa anhelante de tentáculos y bultos que se asomaban por puros instintos insaciables.
III
No sé describir mi turbación ante aquel grotesco desfile, pues apareció ante nosotros, encabezada por la sombra, una procesión de figuras alargadas, de piel blanquecina, traslúcidas y casi inhumanas en su plasticidad. Vestían andrajos, pero sus cuerpos eran como de cera, ahondados por vetas azuladas y deformaciones amortajadas que sugerían la corrupción de generaciones sin luz; si alguna vez tuvieron huesos, los habían interceptado los favores degenerados de cosas foráneas.
Entre aquellas figuras se mezclaban seres aún menos definidos –viscosas bestias amorfas, de múltiples ojos, con garras palmeadas– y, de su movimiento, brotaba un hedor penetrante a amoníaco, mezcla de la tumba y el limo. No eran simples degenerados: asomaban a veces esbirros hibridados, rostros humanos en cuerpos de sapo, y bocas que rezumaban una baba que se fundía en la niebla misma. Los ojos de uno de aquellos seres, de dimensiones inhumanas y de un súbito resplandor amarillo, se cruzaron con los míos, y supe que sabía de mi presencia y mis miedos.
Gleaves, muy lejos de mostrar el menor temor, extrajo un frasquito de su abrigo y vertió en el suelo un polvo negruzco, al tiempo que entonaba los versos escritos en aquel misal. El aire vibró, y la sombra amorfa retrocedió levemente, dejando al relieve el monolito y parte de su inscripción:
“En el útero* del sueño nacido,
hijos viscosos del Abismo vendrán,
del barro al crisol elevado,
por la lengua y la sangre reunidos están.”
En ese instante, desde lo invisible, una figura emergió: alta, esbelta, vestida de negro, con la tersura felina de un espectro y la sonrisa deforme de una esfinge saciada de tormento. Todo en esa entidad —Nyarlathotep— proclamaba distinción antinatural, y sin embargo, cualidad de terrenalidad que la hacía aún más atroz: porque era la suma de todos los miedos humanos, cristalizada en presencia inabarcable.
IV
“Nadie aquí sabe mi verdadero nombre”, dijo, con la voz de todos los pesares del universo goteando melosos de cada sílaba. “Pero todos aquí anhelais mi función. El Mensajero tiene mil rostros, pero cada uno de vuestros sueños lo reconoce con exactitud...”
Gleaves, prosternado en la hierba, comenzó a convulsionar; la congregación de seres viscosos murmuraba fervorosos, danzando torpemente en torno al monolito. Sentí la presión de una voluntà invisible empujar mi persona hacia adelante, y tras un susurro cuya fuente sólo puedo adivinar en los mil nombres prohibidos, fui forzado a arrodillarme ante Nyarlathotep.
El Mensajero extrajo de los pliegues de su túnica una masa palpitante, como un huevo de sustancia lechosa y lodo pétreo. Lo sostuvo en alto, y murmuró: “Beben de la simiente de Eihort. Beben el limo imbécil de Zhothaqquah. La prole vendrá. La sangre nueva abrirá la puerta, y de ella brotaréis todos vosotros, en formas aún más cruentas, aún más gloriosamente repulsivas.”
Las figuras blancuzcas alargaron sus dedos goteantes, y de sus bocas brotó un cántico como rugido, melodía de fonemas terminantes, la promesa de un pacto antiguo. Vi con horror inenarrable cómo la niebla parecía fluir desde la boca de los presentes, congregándose junto al huevo, infundiéndole vida. El huevo palpitó, se agitó tan fuerte que supe que de romperse surgiría una condenación irrevocable para la tierra y para la carne.
De forma oscura comprendí entonces la esencia de ambos cultos; el pacto de los hijos de Eihort, condenados a la carne laberíntica, esclavos de un ciclo de vejación corporal; y los adeptos de Zhothaqquah, convertidos en blanduras y babas, mitad bestia, mitad excremento cósmico, una masa palpitante de rencores y pústulas.
Entre rugidos y chillidos, la procesión giró en torno al monolito. La sombra amorfa pareció fundirse con la misma superficie pétrea, la cual vibró y tembló, revelando hendiduras que bebían el sudor malsano de la noche. El huevo comenzó a agrietarse.
V
Intenté huir, pero la presión invisible me oprimía. Intenté orar, mas todos los nombres humanos carecieron de valor ante la vastedad del horror. Nyarlathotep alzó su rostro, y por primera vez me miró. Hay en la mirada del Mensajero una negación absoluta y total: la negación de la cordura, de la esperanza y la vida. Supe, en ese instante, que toda nuestra carne y toda nuestra historia eran juguetes suyos, ingredientes para mezclarse en la olla asquerosa de los dioses ciegos. “El ciclo va a abrirse”, anunció. “La progenie quiere nacer.”
El huevo gigante reventó de pronto. Un chorro de baba humeante azotó los cuerpos de la congregación, bañando el claro de líquido fosforescente. De allí surgieron criaturas apenas humanas: piel traslúcida, rostros desdibujados, extremidades azules, y una mirada huera, insaciable, de perfecta vacuidad. Eran los herederos de ambos cultos, y su hambre se notaba en cada chisporroteo eléctrico de sus miradas hediondas.
Varios de aquellos seres cayeron sobre Gleaves, rasgándole la piel, metiéndose dentro de él, bebiendo y lamiendo su carne y huesos, transformándolo en una masa abotargada que palpitaba y crecía, con espasmos de deleite animal. Vi a los otros hombres-cera fundirse con las criaturas, volviéndose uno sólo: el culto, la prole y el sacrificio, todo mezclado en el mortero del Mensajero. Nyarlathotep reía, un chillido interescalar, vibrando en mis huesos.
VI
Desmayé. No recuerdo cómo escapé del círculo nauseabundo. Algo me arrastró, o acaso la propia repulsión al horror me impulsó a galopar en la noche, con el alma en llamas, sin linterna y sin rumbo, hasta tropezar con un seto en la vera de la carretera. Allí me halló un carretero a la salida del sol, mugriento y balbuciente, reducido a despojo balbuceante.
Al reponerse algo de mis facultades, relaté una versión tibia de los hechos. Nadie me creyó, salvo uno de esos extraños eremitas del Aylesbury que, al escuchar mi relato, sólo asintió muy despacio y nunca me volvió a hablar. Los periódicos noticiaron la desaparición del Dr. Gleaves, y la policía catalogó su caso, como tantos otros, entre los “desvanecidos” del páramo de Cartwright.
Sé ahora que nunca debí mirar la sonrisa de Nyarlathotep ni oír el cántico arrullador de las hijas de lodo y huevo. Sé que el ciclo se ha abierto, y que en las noches de niebla siento resbalar por mis sueños los dedos fríos y viscosos de las nuevas criaturas. Escribo esto para advertir al lector más allá del tiempo, aunque tal vez sea inútil.
Las nieblas han empezado a retornar. La tierra cobra un dulzor inhumano. Basta que uno de ellos se acerque y sople sobre mi carne, para que me funda en la horda, para que mi memoria muera en el crisol de la prole viscosa.
Rezad, si alguna vez los sueños os muestran al Mensajero. Rezad, aunque sepáis que la esperanza es sólo el primer peldaño hacia el horror sin nombre.
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