Portada del relato Las Runas del Asedio Despierto
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Fragmento:


La sala olía a pergamino podrido y aceites de linaza. Leigh iluminó su camino con una lámpara eléctrica, pero esto apenas reducía las sombras danzantes detrás de los estantes más antiguos. Los suelos estaban marcados por extrañas huellas, casi hendidas en el linóleo, recordando la piel consagrada de serpientes milenarias. Sentía la presencia de algo —un rumor prehistórico, un eco reptiliano— en el aire.

Duración: 08:24

Las Runas del Asedio Despierto
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Texto de ajuste de pausa.

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Atherton Leigh, profesor del Departamento de Ciencias Antiguas en la Universidad Miskatonic, recogía su gabán cuando escuchó el crujido de la lluvia sobre el techo de su despacho. Octubre carcomía Arkham; la niebla reptaba por los charcos cuando emprendió el camino hacia la sección restringida de la Biblioteca. Un alumno extraviado − uno con el atisbo de locura en los ojos − le había susurrado una advertencia días antes acerca de un volumen especial, cubierto en cuero resecado y con costuras de latón verdeazulado. Leigh no era ingenuo al Necronomicón: había incursionado en sus páginas, había sentido su mirada sin párpados leerle a él. Esa noche, no obstante, los nombres que ahora buscaba relampagueaban en la penumbra entre “Yig” y “Itzkhu-Lz’nagh”.

La sala olía a pergamino podrido y aceites de linaza. Leigh iluminó su camino con una lámpara eléctrica, pero esto apenas reducía las sombras danzantes detrás de los estantes más antiguos. Los suelos estaban marcados por extrañas huellas, casi hendidas en el linóleo, recordando la piel consagrada de serpientes milenarias. Sentía la presencia de algo —un rumor prehistórico, un eco reptiliano— en el aire.

Halló lo que buscaba: *“De Viscaborum Hypnagoga”*, atribuido a un tal Nigellus de Rhopur. El libro parecía respirar, su cubierta hinchándose débilmente cuando la tocó. Tras varias páginas, halló la sección deseada, bajo el epígrafe críptico “Las Calles Anilladas de Kaa-Shuth”, entre una colección de conjuros de metamorfosis y notas en un idioma cuyo alfabeto parecía reptar lentamente al mirarlo. Leigh leyó en voz baja, luchando por mantener su propia voz encima de unos zumbidos que empezaron a vibrar en sus huesos: “Wyrm” e “Yg-Draaz” repetían los márgenes en estilizadas runas.

Empezó como un susurro entre las vigas del techo, luego una presión en el estómago, la sensación de ser devorado por dentro. Una frase repiqueteó en su mente: “Donde el limo es carne y la carne no recuerda su nombre.” Leigh no compartió el pánico; su espíritu ansioso quería saber más. Más allá de un simple culto a Yig, las rúbricas decían que bajo la superficie de la tierra, bajo las ruinas anteriores a cualquier texto humano, hibernaban los basiliscos de Kaa-Shuth, los remanentes de la Edad Verdinegra, esclavos y amos del Wyrm.

Los llamados “Hombres Serpiente”, según la interpretación de Nigellus, no solo sobrevivieron a la extinción de Lemuria, sino que arrastraron consigo parte de las tinieblas originales: un fragmento consciente del Gran Gusano, entidad sin tiempo ni propósito salvo devorar y mutar toda vida bajo la faz de la tierra. Leigh tradujo con dificultad un pasaje:

“Aun cuando la civilización de escamas fue destruida por los fuegos del cosmos y por la cólera de los Hombres de la Superficie, los Sibilinos Kaa-Shuthi plantaron sus sacerdotes raicillas en el esqueleto mismo del mundo, llamando a través del Wyrm a la substancia informe... aguardando la Muda Eterna donde la carne de la superficie sería tomada, licuada en limo, y rehecha a imagen de la conciencia primordial.”

El texto relataba que la entrada a la ciudad oculta estaba codificada en sueños, pero también marcaba ciertos puntos geográficos − glifos enterrados al pie del Miskatonic, en los túneles sellados bajo las colinas de Dunwich, en el sótano olvidado del hospital de Arkham. Leigh sintió el corazón apretarle el pecho; la súbita certeza de que no había nada erróneo en la prosa, sino en el mundo mismo, transido y horadado por una fuerza que no debía estar viva después de 300 millones de años.

Esa noche volvió a su apartamento, pero no durmió. La inquietud lo empujó, antes del amanecer, hasta el antiguo puente de la ciudad, donde la humedad y las nieblas formaban cúmulos de baba alrededor de los pilares. Allí, repitió en voz baja una letanía transcrita del Necronomicón: “Ni la piedra ni la carne, solo la espiral; ni la sombra ni la luz, solo el hambre que espera.”

No fue la visión lo que lo derribó, sino el olfato. Un hedor dulzón, como de azufre mezclado con almizcle podrido, se arremolinaba a su alrededor. Vio movimiento: bultos arrastrándose fuera de las junturas del puente, tomando forma primero de niños perdidos, luego de adultos calvos y musgosos, y finalmente de algo que sólo podía describirse como carne derretida, fluctuante, que buscaba su propio límite entre lo reptil y lo humano.

Recuerdos de la mayoría de esa noche le llegarían a Leigh en fragmentos: cómo fue capturado suavemente, no por fuerza sino por una vibración en sus palabras internas; cómo fue guiado por túneles laterales que ningún plano urbano registraba, cómo los muros se fueron cubriendo de frescos donde, entre las molduras, las figuras mitad humanas, mitad serpiente ejecutaban la danza de la muda bajo la luna verde. Todo era limo, y de ese limo brotaban ocasionalmente ojos o dientes, o cosas más antiguas y ajenas.

En la cámara central, apenas iluminada por vesículas que colgaban desde el techo y exudaban una fosforescencia verdosa, Leigh fue depositado delante de un altar repleto de huesos y cascarillas de piel, similar a los anillos de una serpiente olvidada. Detrás del altar, un sacerdote − o lo que quedaba de uno − se perfilaba en sombras. Su voz no salió de la boca, sino del movimiento ondulante de su carne, proyectándose directamente al cerebro de Leigh:

“Tú que has leído el llamado, tú que portas la semilla de la duda, eres digno de contemplar la Muda Eterna.”

“¿Qué… qué buscan?” susurró Leigh, tragando ácido, la lengua pegajosa.

“Somos el germen sin edad. El Wyrm es principio y retorno. Nosotros, hijos del limo, no fuimos hechos para ser superficie; la Ciudad Humana es el sueño efímero del barro rebelde. En breve, el círculo se cerrará y la carne volverá a ser limo. No temas. Tu piel será útil.”

El juicio llegó en forma de canto. Las criaturas, hombres-serpiente y abominaciones sin nombre, entonaron en coros una letanía que podía desollar la mente: “Shuggaa-draaz, Shuggaa-draaz…” Mientras lo rodeaban, Leigh sintió su piel agrietarse y aflojarse, sus huesos vibrar al compás del cántico, sus pensamientos diluirse en la vorágine ancestral.

Con un último resquicio de voluntad, gritó el nombre prohibido del Wyrm, que había memorizado del Necronomicón: “Zraa-Ketholongr!” Fue como rozar el núcleo de una nueva realidad. La caverna se encogió. El sacerdote retrocedió, la carne de sus acólitos comenzó a supurar, a elongarse y retorcerse en formas ambiguas e indecibles.

El tiempo se colapsó. Leigh fue descuartizado y reconstituido, sintiendo cómo lo que fue Atherton Leigh vagaba ahora en una batalla interna: parte suyo seguía humano, parte era limo ancestral, parte era una serpiente primordial que arrastraba recuerdos de océanos perdidos y de soles que nunca nacieron.

* * *

Despertó varias semanas más tarde en el hospital de Miskatonic. Nadie pudo explicar cómo apareció inconsciente a la puerta principal. Su piel tenía una palidez aceitada e insectil. Sus recuerdos eran jirones pero latentes, sueños febriles en que reptaba por pasillos brillantes de mucosa y marfil, en que devoraba las génesis del miedo e incubaba los deseos ciegos del Wyrm.

La policía encontró huellas borrosas en el puente aquella noche, pero no hallaron caverna alguna. Leigh fue considerado víctima de algún brote psicótico, y enviado al cuidado de la familia. Sus manos, sin embargo, a veces latían despacio bajo la piel, como si aguardasen la oportunidad de escamar, de cambiar, de escribir su propio nombre en runas circulares.

Tuvo la certeza de que la Ciudad seguía allí abajo, y que la llamada del Wyrm nunca desaparece del todo, pues siempre hay carne que desea olvidar su nombre y volver a la espiral de limo. Leigh comenzó a garabatear fórmulas en la pared de su dormitorio, letras que sus familiares no pudieron borrar por semanas y que, tras una noche de lluvia, parecieron brillar en la penumbra con un fulgor enloquecedor, como atentos a recibir órdenes.

Así, en el núcleo podrido de Arkham, bajo la vigilancia perenne de pesadillas que yacen entre lo humano y lo abisal, el hambre del Wyrm volvía a manar, y los últimos vestigios de los hijos de la serpiente aguardaban, inmutables, el día en que la ciudad de los hombres no fuera más que un breve parpadeo bajo la mirada de la Muda Eterna.

FIN

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