Portada del relato En la bruma de la bahía
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Fragmento:


Las semanas pasaron en una rutina malsana, luchando contra el moho, la soledad y las excentricidades de Wagner, que en cada tomo demostraba obsesión por divinidades marinas proscritas: consagraciones a criaturas híbridas, semiconchas, semihumanas, que recibían ofrendas en las profundidades por parte de linajes degenerados, relatos de templos sumergidos y astillas de un pavor primordial. Una noche, mientras ordenaba un anaquel a medias devorado por termitas, di con un cuaderno de tapas de cuero hendidas con símbolos de innegable reminiscencia árabe. Era corto, copiado al parecer de un original más extenso, y anunciaba en grandes caracteres: “Ecos en la espuma bajo las lunas muertas”. El temblor de mi mano fue involuntario: el primer pasaje susurraba, no en inglés sino en una suerte de dialecto mezclado con latín y semítico, frases que traducidas significaban algo así como: “El rumor ancestral aguarda cuando las olas callan y en la bajamar del alma, ojos miran desde la obsidiana".

Duración: 08:47

En la bruma de la bahía
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Texto de ajuste de pausa.

Temprano en mi juventud, fui enviado por azares de la desgracia a cuidar, durante un invierno inhóspito, la biblioteca privada del difunto profesor Wagner, un excéntrico investigador de antigüedades marítimas y mitos primordiales con residencia en un caserón victoriano que dominaba la bahía de Innsmouth. Apenas llegué, sentí la opresión del ambiente: el viento salado que roía los vidrios, el crujir irregular de las delgadas paredes acezando las largas noches, y, sobre todo, la malsana humedad que impregnaba las tablas, alfombras y mis propios huesos. La gente del pueblo, de pómulos anchos y miradas huidizas, evitaban la propiedad con supersticioso sigilo. Solo el viejo Jeremy, encargado de suministrarme víveres, osaba aproximarse lo suficiente como para dejarme, una vez por semana y sin palabra, una caja de alimentos en la escalera trasera.

La biblioteca que debía custodiar y ordenar era famosa en leyendas académicas; decían contenía manuscritos y grimorios que Wagner atesoraba con celo demencial, incluyendo versiones apócrifas y fragmentarias del infame Al Azif —o Necronomicón—. Aunque estudié arqueología y tenía suficiente sangre fría para hurgar entre los fangos de lo oculto, los comentarios de mis predecesores me llenaban de justificada aprensión: al menos dos antiguos asistentes desaparecieron sin dejar huella, y uno fue hallado flotando, irreconocible, en las aguas cercanas, la expresión de un horror imposible grabada en sus facciones.

Las semanas pasaron en una rutina malsana, luchando contra el moho, la soledad y las excentricidades de Wagner, que en cada tomo demostraba obsesión por divinidades marinas proscritas: consagraciones a criaturas híbridas, semiconchas, semihumanas, que recibían ofrendas en las profundidades por parte de linajes degenerados, relatos de templos sumergidos y astillas de un pavor primordial. Una noche, mientras ordenaba un anaquel a medias devorado por termitas, di con un cuaderno de tapas de cuero hendidas con símbolos de innegable reminiscencia árabe. Era corto, copiado al parecer de un original más extenso, y anunciaba en grandes caracteres: “Ecos en la espuma bajo las lunas muertas”. El temblor de mi mano fue involuntario: el primer pasaje susurraba, no en inglés sino en una suerte de dialecto mezclado con latín y semítico, frases que traducidas significaban algo así como: “El rumor ancestral aguarda cuando las olas callan y en la bajamar del alma, ojos miran desde la obsidiana".

No puedo explicar qué fuerza me impulsó a leer de corrido. El texto, entre citas y glosas a pasajes del Necronomicón, narraba cómo un culto creció en torno a la roca de Devil’s Reef, frente a la costa de Innsmouth, manteniendo contacto —mediante sueños y letanías proferidas en noches de tormenta— con los que moran en abismos sin fondo, y, lo que era peor, con sus heraldos, aquellos designados para transmitir a los hombres los mensajes y designios de las Aguas Profundas. Eran cosas innombrables cuyo paso apenas rozaba la desprevenida conciencia humana: ecos, ruidos sibilinos a los que solo los sensitivos, los "oídos sellados", como los llamaba el grimorio, podían descifrar entre las ráfagas de viento y el romper del oleaje.

Pasaron días en los que, pese a mi disciplina, mi sueño era invadido por imágenes borrosas: formas macilentas que reptaban entre corales, tentáculos estirados sobre costras de sal, y la voz de un ente invisible que susurraba siempre tras de mí, en un idioma imposible que, no obstante, lograba entender en la pura pesadilla. En el umbral entre la vigilia y el sueño oí el nombre “Nyarlathotep”, como un rumor acechante bajo las tablas húmedas, acompañado de sonidos de goteo y trajines arrastrados en las paredes. La presión de aquellos murmullos era tan asfixiante que llegué a plantearme abandonar el trabajo y correr inmediatamente al puerto, aunque solo hubiera marchas nocturnas, niebla y el mar, siempre el mar, henchido de miasmas y pesadillas.

Una madrugada, al repasar obsesivamente el cuaderno, me fijé en un apéndice: un mapa borroso trazado sobre papel ya ajado, con indicaciones para hallar, en uno de los pasillos subterráneos de la mansión, un pozo de piedra asociado al llamado "Altar de la Salmuera". Obsesionado por el misterio, encendí mi lámpara y, con una mezcla de terror y fascinación, descendí al sótano —una maraña de pasadizos enmohecidos por la filtración constante de agua marina—. Mi corazón palpitaba con desquiciante intensidad. Al fondo, más allá de cajas y baúles, hallé una pesada losa de pizarra. Al desplazarla, el aire rezumó un perfume a podredumbre ancestral, a algo que jamás fue destinado a ser respirado por humanos.

La abertura conducía a una escalera de caracol muy estrecha. Cada peldaño que hube de pisar sentí que me arrancaba años de vida, tal era la ansiedad en mi pecho. La humedad generaba un eco constante de resoplidos y una suerte de murmullo —¿agua o respirar de entes súbditos?— que me hizo sentir compañía. El descenso parecía no terminar; el hedor, más fuerte con cada metro, tenía un dejo de sal y algo blando, casi almizclado, como vientres de peces eviscerados. Cuando al fin llegué a la cámara descrita en el cuaderno, mi luz descubrió un altar hecho de piedras cubiertas de limo, rodeado de diagramas tallados en la roca y, en el centro, una cavidad oscura: el pozo. Me acerqué, tratando de ahogar el pánico: los susurros eran ahora muy nítidos; palabras inidentificables, con un ritmo frenético, inhumano, que reverberaban en la tapia y ascendían en mi espina dorsal como un temblor gélido. Algo chapoteó suavemente en la negrura.

Contra toda prudencia —o guiado por una voluntad ajena— musité las palabras halladas en el grimorio. Había advertencias, sí, pero la lógica de mi situación se había disuelto en la tempestad de superstición y terror. “Y’ha-nthlei nogguh Nyarlathotep dag-on!” balbuceé, sintiendo una presión repentina en las tinieblas. El pozo exhaló una brisa salobre, y la luz tembló, como si unas manos húmedas apartaran mi lámpara. Acezando bajo mis pies, algo ascendía. Supe, con lucidez enferma, que el altar y el pozo no fueron jamás construidos para el rito humano, sino para la alimentación de las cosas que, en las noches de siroco, cruzan silenciosamente entre nuestro mundo y el otro.

La masa que emergió del pozo no tenía forma distinguible: sólo la sugerencia de tentáculos y branquias, de membranas y bocas palpitantes. Alrededor, ojos numerosos y vibrantes abrían pupilas verticales que captaban todo sesgo de mi espanto. Fue el horror lo que impidió que me moviera mientras los susurros, multiplicados en mis sienes, me arrastraban a un trance lúgubre. “Él se agazapa, él acecha en la voz de las olas, su heraldo de mil rostros acude...”, repetían las voces tras mis ojos y bajo la carne de mi cráneo.

No sé cómo escapé. Tal vez, como los borrachos o los locos, fui presa de un arrebato incontrolable de adrenalina, y abrí paso encima de las losas, corriendo a ciegas por el túnel hasta la escalera y de vuelta al sótano lleno de toscos objetos de bronce y redes podridas. Solo cuando la luz grisácea del amanecer acarició mis mejillas, salí tembloroso al porche y me desplomé, llorando —sí, sollozando, sin resto de dignidad—, mientras sentía todavía, en lo más profundo, la caricia viscosa de una entidad sin piedad.

Aquel día, huyendo del caserón, supe lo que era la locura. No eran alucinaciones, ni espasmos del insomnio. Los pobladores de Innsmouth —ojos enrojecidos, miradas de costado— sabían por qué evitaban la mansión y el mar en ciertas noches. Fui hallado días después por el viejo Jeremy, incapaz de hablar el idioma humano, solo repitiendo en susurros los acentos ignotos del heraldo estelar.

Me revuelco aún en pesadillas. Todavía, ya lejos, percibo en las noches húmedas los arrullos asfixiados en las olas de mi propia sangre, y sé, con un terror que solo la realidad más abyecta concede, que el pozo y su altar subsisten, aguardando, bajo la espuma de la bahía, el regreso del rito. Porque el susurro nunca parte, jamás calla: arrastra en su corriente de babas la promesa de la marea final y la risa interminable de aquel que aguarda —oculto— bajo todas las formas, en los pliegues de la realidad y el miedo.

Se dice que los ecos del Abismo nunca mueren; que esperan. Y he comprendido, demasiado tarde, que Innsmouth es solo una húmeda grieta en el velo trémulo, y que el Necronomicón, lejos de ser una advertencia, es un ruego para que, durante unos instantes más, el murmullo ancestral permanezca insatisfecho, insaciado, solo susurrando… Justo antes de abrir de par en par los mares y el alma de quienes, alguna vez, miraron demasiado hondo y escucharon, aterrados, el silbido de la marea de Nyarlathotep.

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