Fragmento:
Al principio, el libro fue una decepción: los caracteres en árabe eran dolorosamente difíciles de interpretar, pero algo familiar y oscuro brotaba entre las líneas. Las primeras páginas, las invocaciones, estaban salpicadas de manchas color óxido. Leímos en voz baja, alternando pasajes: “Quien invoque con la lengua del exiliado despertará al guardián de los abismos, cuyo nombre no es sino un eco en las cámaras del tiempo.”
Duración: 10:08
Al principio era solo un libro prohibido, hablado en tonadas susurrantes entre la élite de los ocultistas que frecuentaban la Sociedad Teúrgica de Arkham. Nunca me interesaron las fábulas de maldiciones o los delirios torcidos de profetas dementes, pero había algo en el nombre “Necronomicón” que perseguía incluso mi sueño, como una melodía lejana que no podía dejar de tararear mentalmente. Cuando Hull Obed, mi antiguo profesor, me mostró aquel ejemplar encuadernado en cuero roto y adornado con inscripciones persas, sentí un temblor en los dedos, un estremecimiento que me recordó la primera vez que toqué un cadáver en la morgue de la facultad.
Obed lucía desmejorado, más pálido que en sus días de juventud. Sus ojos azules no abandonaban el texto ni siquiera cuando me hablaba, y su boca, enmarcada por una barba hirsuta y manchada de tabaco, se curvaba en una mueca sardónica. “Este es el original, Allen”, murmuró, los dedos huesudos recorriendo el lomo. “No un facsímil ni una mera traducción. Este es el Necronomicón tal como Abdul Alhazred lo escribió en Damasco, antes de su… desgracia.” Mi incredulidad se desdibujó en el titubeo de su voz y, vencido por la atracción de lo prohibido, acepté su invitación a pasar la noche en su mansión al borde del Miskatonic.
La mansión se hallaba en estado de ruina incipiente. El viento crepitaba por los postigos y el rumor de las ramas contra los ventanales componía una sinfonía desagradable que agudizaba mi ansiedad. Cenamos en silencio, y a la media noche Obed dispuso una lámpara de queroseno entre ambos en la biblioteca. El Necronomicón aguardaba, encajado en una apretada caja de hierro forjado. “No lo abras si no estás preparado”, me advirtió. Pero en su mirada no había preocupación por mí, sino un ansia devoradora. Como un adicto ofreciendo la droga, él tenía la certeza de que yo caería.
Al principio, el libro fue una decepción: los caracteres en árabe eran dolorosamente difíciles de interpretar, pero algo familiar y oscuro brotaba entre las líneas. Las primeras páginas, las invocaciones, estaban salpicadas de manchas color óxido. Leímos en voz baja, alternando pasajes: “Quien invoque con la lengua del exiliado despertará al guardián de los abismos, cuyo nombre no es sino un eco en las cámaras del tiempo.”
Cuando mi voz pronunció aquel pasaje —un conjunto de sonidos guturales imposibles para la garganta humana—, mi realidad se estremeció. Hubo un fugaz olor a ozono y aguas muertas, y vi, por la periferia de mi visión, el parpadeo de una sombra reptante. Obed se detuvo, escudriñando mi rostro como un médico que observa el progreso de una enfermedad fatal.
“¿Viste?”, preguntó, su aliento fétido. Asentí.
Proseguimos en nuestra lectura, internándonos más allá del dominio de los sueños y entrando en los despojos de una mitología ajena. Las páginas describían deidades cuyo lenguaje era incomprensible, formas sin nombre culpables de exiliar al hombre mismo de su propio mundo interior. Abdul Alhazred, entre líneas incoherentes, suplicaba al lector que jamás intentase “el rito de los ojos abiertos”.
Me detuve, el corazón brincando en mi pecho. Obed, embriagado, no notó mi vacilación. “Es esto lo que busco, Allen. La revelación. El precio poco importa.” Bebió un sorbo de brandy y me animó a continuar. Mi razón luchaba contra el impulso de rendirme ante el embrujo del texto, pero mi curiosidad fue más poderosa que la prudencia.
La descripción del rito era incompleta, interrumpida por ilegibles garabatos y manchas que se perdían en la costura del libro. Aun así, dedujimos: había que reunirse frente a un espejo, encender una lámpara ritual (óleo mezclado con azufre y bilis), trazar con sangre una espiral invertida alrededor del propio reflejo y recitar el “verso negro” con la voz más neutra posible. Al final, se ofrecía el “Ojo que no parpadea”, que antaño había sido una perla, ahora corroída y negra, guardada —según Obed— en un relicario escondido en el interior de la caja. Lo extrajo con dedos temblorosos y me lo entregó; era un objeto viscoso, de superficie llena de vetas violáceas y un punto blanco que parecía moverse en el centro.
Obed insistió en que era mi deber realizar el rito. “Tú viste la sombra. Ya estás marcado. Además, la primera vez exige sangre joven.” Me dirigió sin atisbo de piedad al gabinete anexo, donde un vetusto espejo de cuerpo entero ocupaba la pared. Disponíamos de los ingredientes: el óleo de azufre y bilis (un preparado nauseabundo que había guardado en un frasco de farmacéutico), una navaja de barbero para la sangre y el infame Ojo que no parpadea.
Encendí la lámpara, y una luz verde se derramó por la habitación, transformando mi reflejo en una visión repugnante, de carne marchita y ojos huecos. Corté mi palma y tracé la espiral, el dolor amortiguado por una excitación febril. El Ojo centelleaba, ahíto de promesas. Pronuncié los sonidos guturales. El aire se volvió denso y frío; el reflejo en el espejo se distorsionó, y de él comenzó a surgir un humo negro, plagado de formas imposibles. Sentí un sabor salado en la boca —como un océano podrido— y una presión atroz en la cabeza.
De pronto vi: detrás de mí, en el espejo, extendiéndose en la negrura, surgía un rostro. No era el mío ni el de Obed, sino un semblante formado de miles de ojos diminutos, lips carnosos que recitaban mi nombre en un dialecto olvidado. “Bienvenido, Allen”, murmuraron todas las bocas. “Ahora verás.”
Mi visión se desdobló: vi mi propia vida, mi infancia, mis sueños, y luego el mundo entero de Arkham, desde la fundación hasta su futura ruina, y más allá. Vi los abismos: formas ingentes que dormían bajo la tierra y que se agitaban al contacto de ciertos sonidos. Vi a Obed sonriendo enloquecido y, al mismo tiempo, su putrefacción acelerada como si cientos de años pasaran en un parpadeo. Pero lo peor fue sentir las garras de “El Susurrador”, la entidad que ansiaba abrirse paso a nuestro plano.
Desperté tumbado en el suelo, la herida de la palma convertida en una boca diminuta que murmuraba el verso negro, insaciable. El Ojo seguía latiendo, como un corazón arritmico, y Obed se hallaba desplomado en el umbral, balbuceando algo sobre “el velo rasgado”. Afuera, la brisa nocturna se había transformado en un lamento, y el rumor incoherente llenaba la casa como si una horda invisible la habitara.
Arrastré a Obed al comedor y traté de razonar con él, pero sus labios solo repetían una frase en árabe: “Al-ladhi yakhsha al-mawt la ya’lam hayatahu.” (Quien teme a la muerte, no conoce su propia vida). Miré mis manos: la boca en la palma seguía murmurando, ajena a mi voluntad. Fui presa de un terror absoluto: no podía soltar el Ojo, y cuanto más lo miraba, más sentía su necesidad de masticarme desde dentro.
Decidí que lo mejor era escapar, pero toda la mansión se cerraba sobre sí misma. Gritos afónicos salían de las paredes, los cuadros sangraban tinta y en cada reflejo —cristales, candelabros, la pátina misma de la madera pulida— asomaba un fragmento de “El Susurrador”, ansioso por traspasar la membrana entre mundos. La única posibilidad era destruir el libro.
Tomé el Necronomicón y corrí a la chimenea, pero cuando intenté arrojarlo al fuego, una fuerza invisible, oliente a viceras y humedad, frenó mi brazo. El libro se pegó a mi piel, y sentí de nuevo la psicosis del espejo: multitudes diminutas chillando mi nombre, en idiomas no hablados. Solo entonces comprendí: el rito no era una invitación, sino una trampa. Cada lector que intenta destruirlo crea un lazo más poderoso con lo que duerme en las sombras.
Obed murió esa noche, entre convulsiones agónicas. La boca en mi mano se expandió y contrajo durante horas, hasta que al fin la cosí a fuerza de dolor, hilvanando la carne ante el espejo. No dormí: me sentaba junto al libro y oía risas entre las llamas de la lámpara verde.
Al alba, la mansión estaba irreconocible; los muebles carcomidos, las paredes cubiertas de moho. El Necronomicón, menos daño que nunca, me miraba como si esperara. Mi realidad se quebraba: ya no distinguía si era Arkham en donde me encontraba, o si habitaba uno de los planos que el Susurrador coleccionaba para sí. ¿Y si mi historia era solo un eco, repetida y deformada por cada lector que caía en el hechizo? Forzado por el horror y la desesperación, intenté abandonar el libro, pero al salir por la puerta sentí cómo la mansión retrocedía en el tiempo, y yo mismo me diluía, mi piel, mis ideas, mi memoria arrastradas hasta un abismo de insomnios y murmullos.
He escrito estas páginas para advertiros, aunque sé que estarán en vano. El Necronomicón no es un libro, sino un nido putrefacto abierto bajo la realidad. Abdul Alhazred no enloqueció, fue desmembrado por manos invisibles precisamente porque vio el reverso: la conciencia de que conocer es siempre ser conocido, y que aprender los versos negros es, en el fondo, un acto de canibalismo metafísico.
La boca en mi mano ha empezado de nuevo a hablar, ahora en la voz de Obed, aunque también la oigo en la risa de mi madre, en el grito de mi primer amor, en las canciones que entona el viento al anochecer. No queda mucho tiempo. Cuando termine de escribir, esconderé este manuscrito, pero algo me dice que el libro encontrará otra vez la forma de ser hallado.
Arroja agua bendita, reza, quema todos los espejos de tu casa, pero recuerda: si alguna vez ves la espiral invertida y el Ojo que no parpadea, nunca, jamás pronuncies el verso negro.
Pues no habrá regreso para ti. Y no sabrás nunca si quien te observa al otro lado del espejo eres realmente tú —o uno de los mil rostros de Tetragrammaton anhelando conocer el sabor del miedo humano.
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