Portada del relato La Mano de Ulthar
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Fragmento:


Por eso la historia de Ramón S. —un traductor de medianía apenas conocido en los círculos de los bibliófilos de segunda mano de Madrid— nunca ha estado contenida en antología alguna. La contaré como quien desangra una memoria que germinó en el lomo de un manuscrito, esperando siglos la humedad del miedo.

Duración: 09:59

La Mano de Ulthar
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Texto de ajuste de pausa.

A veces, la noche no es suficiente. A veces, los horrores buscan grietas en la razón, hasta colonizar cada destello de duda, cada sueño que huye del amanecer. En ese territorio de penumbras existe un libro que los escépticos llaman fábula y los estudiosos maldición: el Necronomicón. Pero no conocen la historia que precedió a ese tomo, el rastro de tinta negra que viajaba sigilosa en otros volúmenes, en papiros que ninguna hoguera supo consumir. El Libro de Eibon, entre todos, llamaba como una voz de ultratumba entre la fronda de lo prohibido.

Por eso la historia de Ramón S. —un traductor de medianía apenas conocido en los círculos de los bibliófilos de segunda mano de Madrid— nunca ha estado contenida en antología alguna. La contaré como quien desangra una memoria que germinó en el lomo de un manuscrito, esperando siglos la humedad del miedo.

Todo comenzó aquella tarde opresiva de septiembre en un piso del barrio de Lavapiés, cuando Ramón, empapado por una tormenta madrileña, recibió un sobre lacrado sin remitente claro. Recuerdo con nitidez la compulsión con que rajó el papel: un mensaje escueto, escrito en una garra de negras sílabas que reía de las reglas ortográficas. Rezaba, ambiguamente: “La palabra aguarda en la casa de los vientos, vístete de azufre y abre.” Adjunto venía una tarjeta: una dirección apenas inteligible, y el símbolo bicéfalo de una serpiente enroscada, que Ramón no reconoció entonces como el sello de Eibon, sino como una broma de mal gusto.

Los hechos siguientes fluyeron con la lógica surrealista de una pesadilla ineludible, como si las ideas no fueran propias. Él mismo confesó más tarde —en esa voz temblorosa de quienes han olido lo absoluto y lo funesto— que era como si una cadena invisible lo arrastrara fuera de sí. Tras la cena más insípida y repetida del mundo, y dos horas de debates estériles consigo mismo —debates en los que nunca tuvo opción de ganar—, caminó hacia la ciudad vieja, hasta los recovecos más abandonados por los turistas y también por los dioses.

La calle, estrecha, parecía retorcerse bajo la farola pestilente de un gas que era más sombra que luz. Un edificio podrido, como si antes hubiera sido cárcel y luego cuadra y, por último, nido de ratas, lo acogió en su vientre. La puerta cedió con un suspiro, y una sirena de silencio pareció encenderse en la médula de Ramón; los peldaños chirriaron como si supieran la gravedad de la entrada de quien no debe pasar.

El piso estaba cubierto de polvo, de páginas rotas y plumas de un pájaro descomunal que solo podía haber anidado en sueños prehumanos. En la última sala, recostado sobre una mesa ritual —porque no merecía otro nombre— un ejemplar de pergamino y cuero, latiendo como un músculo recién desollado, jadeaba bajo el haz apenas perceptible de la luna filtrada por una ventana mugrienta.

Ramón se acercó sin quererlo, con un temblor que ya no era frío. Al tocar la superficie del libro, una repugnancia visceral lo paralizó: era caliente, pegajoso, y traía de regreso a la memoria los relatos de la infancia sobre el Libro de Eibon y sus traducciones aberrantes, de páginas que, si eran pronunciadas, hacían sangrar las paredes. Recordó haber leído que Eibon de Mhu-Thulan, brujo y nigromante, había dejado entre líneas no solo conjuros: sino puertas, anzuelos para ese otro universo donde las leyes de la carne se invierten y la locura es preámbulo del conocimiento.

Abrió la primera página, y de inmediato sintió que la habitación respiraba en su nuca. La escritura era todavía más imposible que en el mensaje: giraba sobre sí misma, infectando el aire, invocando de manera latente sonidos que luchaban por salir no de una garganta, sino del suelo mismo, del moho, de las alacenas rotas. Entre aquellas líneas, y por alguna razón que no pudo explicar, Ramón sintió la certeza brutal de ser esperado, de ser necesario para una obra antigua que no poseía autor ni público, solo un hambre insaciable.

Leyó. Palabras primero inconexas, luego abrumadoramente familiares, se colaron en su lengua como llagas que sabían a metal y tierra. La secuencia no debe ser repetida, sólo insinúo lo que seguirá para quienes repitan el error: “Ph’nglui nilgh’ri Eibonic norghul-soth.” Bastó un susurro de esa fórmula para que el aire cambiara de densidad, como si ahora respirara agua o la pesadilla misma.

La casa se rebeló, entonces, revelándose. Huesos brotaron bajo las vigas como raíces apolilladas; una sombra liquida reptó hasta los pies de Ramón y le lamió los tobillos con la dulzura de una promesa infernal. En las paredes comenzaron a aparecer símbolos circulares, arcanos, que no parpadeaban con la luz sino con los latidos de su corazón. Desde el suelo, brotaron dedos translúcidos, garras de algo no nacido o no muerto, que arañaban el aire reclamando oraciones perdidas.

Fue en ese instante cuando entendió —quizá no como idea, sino como saber insertado en la carne— que aquellos textos eran denominados "la Sangre del Libro". Los eruditos del Necronomicón sólo habían rozado la piel de lo prohibido; aquí debajo, dirigiendo la orquesta de gritos, estaba la esencia: el idioma oscuro que Eibon recopiló tras habitar con los Ultores, entidades para las cuales los dioses son solo huespedes temporales de materia abyecta.

El manuscrito contaba, entre otras atrocidades, la historia de las Puertas Móviles: umbrales vivientes que buscan anfitrión en quienes leen lo indecible. Las puertas eran ellos mismos, carne ofertada a las inteligencias del abismo, las que nadan alrededor del Trono de Azathoth y comen el vacío en la frontera del tiempo. Toda la obra de Eibon parecía un comentario sobre el hambre de leyendas, un modo parasitario de sobrevivir a través de quien se atrevía a leer, secuestrando su mente y transfigurando su cuerpo en vestíbulo de Lo Otro.

Ramón intentó cerrar el libro, pero el artefacto se adhirió a sus manos, la carne penetrada ahora por filamentos de escritura y dolor. No era solo una esclavitud: era el comienzo de una migración. Tuvo la impresión, y luego la evidencia, de que los pasajes más antiguos mutaban, reescribiéndose con su propia sangre que ya no le pertenecía, sino que se deslizaba por las vetas de pergamino, oscureciéndolo todo. Borrándose a sí mismo de la memoria del mundo.

A su alrededor, los susurros se convirtieron en rugidos: fragmentos de plegarias antiguas, risas rotas, gemidos de condena y júbilo, como si la casa estuviera celebrando una boda imposible entre el hombre y el vacío. Fue en medio de esa cacofonía que la figura apareció, entre las sombras del fondo: una silueta, oscura y titilante, con los labios cocidos y los ojos que, en lugar de retinas, alojaban pequeños fragmentos de meteorito. Era Ulthar, el guardián de los pergaminos, aquel espectro que sólo puede existir en las horas en que el miedo es más denso que la materia.

Ulthar habló sin deshacer el hilo de su boca, con una voz que atravesó el pecho de Ramón: “Has leído. Ahora eres puerta. Tus sueños serán la alacena donde los hambrientos cenarán.” La frase —absurda y sin embargo certera— se quedó flotando, y lo peor fue que en su mente incluso el lenguaje había comenzado a sumirse en el delirio: los significados resbalaban entre sí, intercambiando muerte por gozo, memoria por carne, oración por castigo.

Hubo entonces una presión, primero leve, luego como el estallido de una estrella en el cráneo de Ramón. Se vio a sí mismo desde fuera —o quizá fue el libro quien lo miró— y vio cómo brotaban de sus dedos hilos de tinta y tendones, extendiéndose hacia los muros, arrastrando detrás de sí jirones de realidad. Si parpadeaba, veía otros mundos, cubiertos de tormenta y ceniza, donde criaturas ciegas y tentaculadas arrastraban tributos de libros vivos a un altar de sangre. Y supo, en un relámpago de lucidez que lo devoró, que no podía gritar. Que su voz era ahora la del manuscrito, arrastrando más lectores, invitando a otras mentes hambrientas.

El guardián avanzó, y con dedos invisibles acarició el rostro de Ramón, imprimiendo en su frente un estigma de palabras que sólo videntes y dementes lograrían descifrar alguna vez. “Aleja la cordura, porque aquí no hay redención ni ciencia, sólo absorción.” Y así, la casa comenzó a desmoronarse, como piel vieja desprendida de un monstruo satisfecho. Afuera, la tormenta se había rendido, pero en el interior la lluvia era ya materia de otro universo, húmeda de voces y lodo que canta.

Ramón, arrodillado entre la sangre y las letras, sintió que su memoria era pasto de una quema lenta pero inexorable. Se vio convertido en pasaje, en paréntesis, en frase menuda y oblicua dentro de los márgenes del Necronomicón, ahora infectado por el virus de Eibon. Comprendió entonces el destino infame de los que buscan conocimiento a cualquier precio: acabar siendo escritura de lo innombrable, célula de aquel tejido enfermo que se agazapa en las bibliotecas prohibidas y se alimenta del miedo y la soledad.

Las últimas líneas del manuscrito, las que apenas pudo distinguir con la visión borrosa, le advirtieron —o lo tentaron— con la promesa más antigua: “El que ahora recita, será leído. El que lee, será llamado.” Afuera, la noche al fin había caído del todo. Pero en aquel piso, en las horas sin nombre que siguieron, los vecinos juraron oír susurros de papel y hueso, la melodía de una lengua extinta abriendo las costuras entre el sueño y la vigilia. Nunca encontraron el cuerpo de Ramón, pero en las librerías viejas del Rastro, entre tomos malditos y encuadernaciones imposibles, algunos dicen que a veces una voz los llama, arrastrada desde una página que exuda tinta fresca y les promete un saber que no se puede olvidar ni destruir, sólo temer.

Todos los que hayan leído hasta aquí notarán un leve temblor, un presagio difícil de espantar. No es la habitación la que aguarda. Es el lenguaje mismo, el que ahora ha reclamado un invitado más. Y todo lo demás es silencio, y puerta, y abismo.

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