Aquella semana de agosto fue prodigiosa en tormentas. Se precipitaban sobre Blackthorn Valley como hordas míticas, sacudiendo ventanas y techos hasta arrancar confesiones de los miedosos y promesas de los fuertes. En mitad de ese caos eléctrico llegué a la aldea, un naufrago en tierra sobre la carretera serpenteante y húmeda, con el parabrisas empañado y el corazón agitado. Traía poco equipaje pero demasiadas preguntas, y los secretos me colgaban del cuello como una soga fina.
Nadie en la gasolinera habló mucho cuando pregunté por la hostería Logan. El dependiente, un hombre huesudo de mejillas lacias y una marca oscura en la sien, refunfuñó y se frotó las manos con trapos negros. Una anciana envuelta en chales, que sostenía un saco de harina, arrugó el hocico y miró hacia otro lado. Fue la muchacha pelirroja, Alina, la que me dio mal las indicaciones entrecortadas y supersticiosas; con gesto nervioso anotó sobre un cartón el único camino para llegar allí sin perderse.
Durante dos días no supe si era huésped o prisionero. Se decía poco en la cena, salvo breves cuchicheos y miradas incisivas de los Hogan, que presidían la mesa larga, siempre con el candil mal calibrado y los cuchillos torcidos sobre el mantel de hule. El viento parecía multiplicar la humedad en los huesos; corroía las puertas y tejía lamentos bajos en las rendijas del suelo. El tercer día, tras una siesta inquieta marcada por sueños viscosos —insectos atrapados en mis párpados, voces guturales en lenguas ininteligibles—, el anciano Hogan me invitó a la sala de estar para tomar un whisky. Fue allí donde todo cambió.
El pasillo hacia la sala era un túnel de penumbras, revestido de fotos familiares en sepia. Entre los retratos, distinguí a niños y mujeres ya desaparecidos, y hombres con gorras planas, todos con la mandíbula severa y la frente fruncida. Al fondo, tras un biombo de hojas marchitas, aparecía la escena central: la sala, una chimenea apenas encendida, y junto a ella un mueble de caoba en cuyo estante bajo reposaban varios libros mugrientos. Sentado en una butaca estaba el señor Hogan, sosteniendo el vaso, la luz del fuego reflejada en sus anillos. Me indicó que me sentara frente a él, luego aguardó a que el crepitar de la leña dominara el silencio.
Me preguntó sobre mi interés en Blackthorn Valley, y tuve que mentir sobre genealogías y pesquisas de temas rurales. Él sonrió, mostrando dientes amarillos como sémola envejecida, y me ofreció el whisky.
—Aquí —dijo con voz suave— todo lo viejo vuelve, señor Caldwell. Los muertos no dejan quieto su sitio y las raíces no sueltan su presa. Quizá usted lo entienda mejor si, esta noche, acepta ver lo que hay más allá del trigal.
La invitación era irracional y siniestra, pero el whisky ardió en mis venas y el sueño reciente aún me revolvía la compostura. Acepté.
Esa madrugada, antes del alba, salí al campo guiado por Hogan y dos de sus hijos. Atravesamos la maleza y la bruma, con linternas de gas que dibujaban halos en el rosío. Chirriaban insectos entre los matorrales, y ningún gallo osó anunciar el día. El trigal, alto como un hombre, se agitaba de manera antinatural aunque el viento estaba en calma. Sentí que las espigas susurraban entre ellas palabras ajenas, retorciéndose como dedos finos.
Al final del campo, un claro. Allí, oculta entre sauces y gravilla, se erguía la “otra casa”, esa de la que apenas se hablaba y a la que los niños locales nunca se atrevían a acercarse. No tenía puertas ni ventanas visibles, solo tablones remendados y runas talladas de forma obsesiva por sus paredes externas. Los Hogan encendieron torcazas negras en forma de cirios y me instaron a acercarme.
—No entre todavía —dijeron—. Espere a que le llamen.
Yo temblaba; en parte por la borrachera, en parte por el presentimiento visceral de abismo. Me apoyé en un poste húmedo y aspiré el aire, denso como sangre vieja. Un sonido reptante emergió de dentro. Era semejante a estertores, o quizá el arrullo de una lengua disuelta siglos atrás bajo capas de polvo y miedo. Hogan murmuró:
—Rhogog quiere saber de dónde viene y hasta dónde puede llegar.
No conocía aquel nombre, pero noté que al pronunciarlo la tierra pareció ondular, y un amargor traslúcido me devastó la garganta. Me urgieron a entrar. Di un paso, otro. Atravesé el umbral, un portal marcado con barniz negro y con ramitas secas empapadas en jugos que apestaban a cobre y brea.
Dentro estaba oscuro salvo por una orla de luz ambarina que no supe identificar. El espacio era mayor de lo que sugería el exterior; techos curvados, escaleras en espiral que no conducían a ningún piso visible, y una mesa en el centro con una losa sobre la que rezumaba una baba translúcida. Todo parecía flotar por momentos, como si el tiempo o el espacio hubieran decidido ausentarse brevemente. Me apoyé en la pared para retener el vómito mientras el crepitar de la luz palpitaba con cada latido de mi corazón.
Y entonces, los susurros ganaron nitidez. Me hablaron en soflamas arrítmicas, en inglés anticuado y dialectos inmemoriales, pero entendí la esencia:
Rhogog, la boca cavada en la oscuridad, el rostro impensado que reside en los bordes de la percepción. Quiere senderos, busca bocas, devora nombres para reconstruir el mundo. En Blackthorn Valley, me decían, es tradición enterrar los secretos: pero algunos secretos regresan, o peor aún, se despiertan sin ser llamados. Aquella casa era un faro tenebroso, un imán para lo prohibido, y yo, un peón o heraldo, no lo sabía.
No sé cuánto tiempo estuve en trance. Pude ver, entre las grietas del suelo, haces de luz que giraban como gusanos-rojos; vi huellas de seres acechantes, borrosos, moviéndose en otra capa de la realidad, cada uno con vastos ojos, con fauces y miembros retorcidos. Y una voz —única, grave, líquida— se me introdujo en el pecho:
—Si respiras, llevarás mi sombra. Si hablas, serás mi sangre. Ve afuera y siembra.
Cuando regresé, sentí el cuerpo ahuecado, y noté que no caminaba; flotaba, desplazado entre mundos. Hogan estaba en el umbral, sonriendo con satisfacción. Sus hijos no tenían rostro, solo un vacío donde antes hubo humanidad. Les seguí de vuelta por el trigal, escuchando como la casa detrás se estremecía, expandiéndose con cada paso, como si exhalara un aire antiguo que nunca fue oxígeno.
Esa noche ya no pude dormir. Los sueños se fragmentaron en visiones encrespadas: mares de dientes, dientes de obsidiana mascando mi propio nombre una y otra vez, y la voz líquida de Rhogog silabeando oraciones que helaban la médula. La hostería se estremecía de madrugada, los huéspedes murmuraban con sábanas hasta el cuello, y en mi pecho sentía una semilla palpitante, una urgencia de hablar y propagar lo indescriptible.
Quise marcharme al alba, pero el coche ya no estaba. Alina se me acercó en la penumbra del vestíbulo, me sostuvo la mirada con unos ojos agrandados por el insomnio. Me advirtió que me ayudara de la ruta vieja, bordeando el pantano, “antes de que la casa se despierte otra vez”. Insistí, rogué una explicación, pero solo obtuve medias frases sobre pactos antiguos y linajes destinados a renovar la casa, a nutrirla con historias frescas y nombres extranjeros.
Huí por la senda embarrada, bajo una llovizna ácida y persistente. La aldea se cerró sobre sí misma, y la casa, oculta, me devoraba la cordura incluso desde la distancia. Los días siguientes se fundieron en recuerdos trastocados: al dormir, sentía un gusano recorriendo mi tráquea; al despertar, la necesidad imperiosa de hablar con extraños, de contarles del claro y de la baba y del nombre prohibido.
Hoy escribo estas líneas desde una pensión en la ciudad, los nudillos crispados sobre el papel. Cada vez que se apaga la luz, la sombra de la casa se cuela por debajo de la puerta. Cuando llueve, el olor a brea y cobre fermenta en el aire. Sé que Rhogog aguarda, paciente, quebrando lo que fui hasta moldearme en su relator. Tal vez mi historia sea la próxima semilla. Tal vez tú, lector, al leer estos trazos, has dejado entrar un poco al Otro Lado.
Cierra los ojos. Escucha el rumor en la madera de tu habitación. Pregúntate si detrás de la próxima tormenta, en el borde de tu rincón, hay algo esperando que pronuncies su nombre. Porque lo antiguo vuelve. Porque los nombres secretos solo duermen… y el relato que alguien escribe para advertirte puede terminar siendo, para otro, una invitación.
El resto, ya lo sabes. No pongas nunca el oído en la tierra húmeda de Blackthorn Valley. No sigas los murmullos del trigal. Y, sobre todo, nunca, bajo ningún pretexto, cruces el umbral de la casa sin ventanas cuando la noche sea más negra que el barniz de los que ya han sido elegidos.
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