Fragmento:
Escribo ahora, con la certidumbre de un condenado: Tulushuggua —cuya denominación ni siquiera es realmente pronunciable en este idioma, y cuyo verdadero sonido, anotado mediante símbolos similares a las convulsiones de un insecto moribundo, provoca sueños repulsivos y la promesa de sufrimientos inimaginables— acecha tras la frontera mental que todos nos esforzamos en ignorar. Es, según el marginalista árabe, el origen de ciertas reverberaciones en la noche, de la bruma derrotada bajo la luna, y de las voces que el viento arrastra hacia los cementerios en descomposición.
Duración: 11:40
Desde mi retiro forzado en la brumosa región de Kingsport, obligado por las circunstancias a una vida de casi monástica introspección, puedo al fin poner en palabras –aunque aún temo lo que un mero aliento pueda despertar– los horrores acaecidos en el verano funesto del 1927, cuando el límite entre este mundo y abismos tan vastos como inaprehensibles cedió bajo mi involuntaria pesquisa en el vil arte arcano. He jurado, por la piedad de mi progenie, que nunca llegaría a manchar la memoria de un hombre cuerdo con los detalles de aquel libro maldito que —ignoro por qué capricho del destino— llegó a mis manos en los últimos días de junio. Sin embargo, siento la presión de la confisión, la urgencia de advertir a quienquiera que posea la capacidad de comprender tales terrores. Tal vez mi conciencia se verá aliviada si, aunque tan sólo por un momento, la verdad se hace carne para el ojo atento, aunque temo que es la carne y no el ojo la que estos saberes buscan, para corromperla y poblarla de lo inhumano.
Fue entre los polvorientos anaqueles de la enemistosa biblioteca de Miskatonic donde, al consultar el registro vetusto de Berridge, topé con una referencia apenas descifrable, una vaga mención a un volumen tenido por inexistente. El bibliotecario Wescott, hombre de nervios dispersos y religiosidad desesperada, intentó disuadirme, balbuceando de que hasta mencionar el nombre verdadero de aquel tomo era un riesgo para el alma, que la mismísima Universidad sólo lo toleraba por razones que escapaban al alcance de los mortales.
Con creciente fascinación, logré acceder a un pasadizo subterráneo, empleado hacía décadas para preservar manuscritos considerados demasiado peligrosos para la mente común. Allí, olía a piedra húmeda, a pergamino podrido y a pánico reprimido. Las voces de otros lectores, subyugadas por el miedo, parecían implorarme silencio al abrir la puerta herrumbrada. Y allí, bajo una lámpara mortecina, a solas con las verdades que ningún hombre debe leer, vi por primera vez el título casi ilegible, grabado sobre la tapa de cuero ennegrecido y húmedo, y sentí una náusea primigenia, la cual reconocí instintivamente como señal de la más execrable revelación. El título, apenas perceptible, era "Al-Azif", el Necronomicón, en su versión siríaca adulterada.
Ni una hora después, con mis ojos escociendo, había leído lo suficiente como para saber que mi mundo –nuestro mundo– era apenas una costra, pálida y frágil, flotando sobre un océano negro e infinito, donde nadan presencias cuyo pensamiento lleva consigo la extinción de lo nombrado. En los márgenes del capítulo séptimo, en tinta desvaída por los años, hallé un glifo indescriptible que era, según la leyenda, el sello de una entidad cuya naturaleza las palabras humanas ni siquiera rozan. El autor sugería, con la sutileza de quien arroja una bomba en la mente, que los himnos de Nephren-Ka en la seca tierra de Egipto no eran sino evocaciones, imperfectas y fragmentarias, de liturgias más arcaicas aún, presididas por horrores "de aspecto viscoso e inenarrable" cuyo nombre, Tulushuggua, se repetía como un mantra prohibido.
Escribo ahora, con la certidumbre de un condenado: Tulushuggua —cuya denominación ni siquiera es realmente pronunciable en este idioma, y cuyo verdadero sonido, anotado mediante símbolos similares a las convulsiones de un insecto moribundo, provoca sueños repulsivos y la promesa de sufrimientos inimaginables— acecha tras la frontera mental que todos nos esforzamos en ignorar. Es, según el marginalista árabe, el origen de ciertas reverberaciones en la noche, de la bruma derrotada bajo la luna, y de las voces que el viento arrastra hacia los cementerios en descomposición.
Inquieto pero embriagado por lo prohibido, retorné más noches, cruzando las páginas como un suicida rodea el precipicio. Aprendí fragmentos de conjuros, y —de manera insensata— intenté reconstruir el Ritual de la Túnica Sorda, que según el texto magnetiza en torno al ejecutante la atención de Tulushuggua. La instrucción exigía, entre otras cosas imposibles y ominosas, el grabado sobre piel fresca de un diagrama compuesto por siete círculos y cinco triángulos interconectados, y la pronunciación simultánea de cinco sílabas que ninguna garganta humana debería repetir jamás. Cosí un trozo de cuero encerado, trazando los signos con una tiza rojiza, y busqué, entre los anaqueles, un refugio lo bastante alejado de oídos para no ser sorprendido por mis improperios nocturnos.
Nadie —o, para ser exactos, ningun humano— debió escuchar lo que lancé al aire en ese sótano la noche del 11 de julio. El silencio, quebrado por mi voz, parecía pulsar en el interior de cráneos ajenos. El aire se hizo denso y, súbitamente, experimenté una disociación escalofriante, como si cada nervio de mi cuerpo estuviese siendo manipulado lentamente por una voluntad extrahumana. Observé, atónito, que toda la estancia adquiría un aspecto blando, indeterminado, como si el mundo material estuviera recubierto por una membrana húmeda, viscosa y traslúcida. Alrededor de mí, las estanterías parecían hincharse, palpitar, diluirse en una sustancia igual a la baba de los sueños lúgubres.
De la esquina donde más sombras habitaban surgió entonces la visión —o la alucinación— de una masa informe, cuyos bordes zumbaban como enjambres de larvas flotantes. No había ojos, ni boca, ni miembros; sólo un constante burbujeo, una masa gelatinosa y oscuramente luminosa de la que brotaban tentáculos diminutos, protoplásmicos, que se agitaban en un silencio atroz. El terror me paralizó, aunque era sólo la antesala del horror verdadero: un crescendo en la percepción de ser observado no desde un punto, sino desde todos los ángulos posibles, hasta en mis pensamientos más íntimos, por una presencia múltiple, carente de forma definida, cuya mera atención resultaba intolerable.
No podría describir con exactitud lo que siguió. Percibí que la entidad absorbía el sentido de mi individualidad; que, por un instante, fui arrastrado a un espacio donde las leyes de la física son cadáveres, y donde la conciencia es meramente carroña para dioses hambrientos. Los susurros llegaron: no por ningún canal físico, sino retumbando en la sustancia misma de mi mente, llenando de corrupción todas mis ideas sobre la realidad y desintegrando mis seguridades en una sucesión de imágenes infecciosas. Advertí, y me estremece hasta la médula todavía, que el mismo lenguaje humano era una prisión: palabras, órdenes, límites, cuando la naturaleza de Tulushuggua está más allá del verbo, del concepto, de toda distinción ser/non-ser.
Lo más monstruoso no fue ver a la cosa, sino sentir que su hambre residía en la interacción, en la simetría de nuestra atención. Tomó de mí algo, un eco, una sombra de ser; y, a cambio, depositó en mi mente un fragmento de su vastedad, una simiente psíquica, un germen nauseabundo que siento revolverse dentro de mi raciocinio cada vez que cierro los ojos. Jamás he vuelto a soñar con claridad ni tranquilidad.
Por algún milagro, el vínculo fue interrumpido: ya fuese por un distraído portazo de un estudiante en la planta superior, o por un giro involuntario de mi propio cuerpo, logré salir de aquel estado de trance. La biblioteca había retomado su desagradable pero mundano aspecto. Sin embargo, en mi pecho palpitaba una angustia distinta, un miedo que anidaba bajo la piel, tan infeccioso como la peste. Sospeché —y esa sospecha me taladra constantemente— que aquello no fue un final, ni una huida auténtica, sino un permiso temporal. La entidad había "marcado" mi espíritu, dejado su infección aguardando el tiempo suficiente para que la siembra germinase en otra parte.
En los días que siguieron, fui víctima de pesadillas que me destrozaban emocionalmente. Soñaba con una ciudad sumergida en lodo negro, cubierta de geometrías antinaturales donde la gravedad parecía invertir sus designios, y donde multitudes de seres, a medio camino entre lo ameboide y lo humano, entonaban himnos de gorgoteos atragantados. No era Insmouth, ni Dunwich; era un lugar fuera del tiempo, de nombre impronunciable, que intuía era parte del propio "cuerpo" físico de Tulushuggua. Allí, vi morir y renacer innumerables veces mi propio cuerpo; vi mi rostro devorado por enjambres de apéndices viscosos que lo incorporaban a la masa primordial, y mientras todo esto sucedía, la conciencia de mi individualidad era triturada en un magma de sensaciones compartidas.
Empecé a temer por mi cordura diurna. Las cicatrices de mis prácticas arcanas se escurrían al mundo real: sombras con movimiento propio en las esquinas de mi visión, efímeras, como bocas que-miran; manchas pegajosas en las sábanas sin que hubiese humedad cerca; ocasionalmente, una sensación de movimiento bajo mi piel, como si un millar de diminutos tentáculos buscasen la superficie para emerger.
Los médicos descartaron todos los males conocidos; los sacerdotes rehusaron escucharme; la policía sugería, con horror mal disimulado, que simplemente necesitaba descanso. Nadie comprendía que lo que portaba era un mal más hondo que cualquier plaga física; que mis rasgos estaban empezando a perder definición, ya no me encontraba en los espejos, y a veces tardaba minutos en recordar mi propio nombre.
El rumor infame, propagado entre los últimos eruditos osados de la Universidad, era que el Necronomicón —o, más bien, aquello que usa el libro como anzuelo— selecciona a sus lectores tras un periodo de vigilancia que puede durar décadas. El texto no describe simplemente; "construye", "infecta", y va tejiendo en el lector un recipiente adecuado para lo innombrable. La mayoría de los que caen en la trampa acaban en la paranoia o la locura, pero unos pocos terminan servidor, o peor aún, portal.
Sólo hallé una mención secundaria a cómo romper el lazo: el "Rito del Olvido", cuyos fragmentos residían en los márgenes informes de una edición galaica del grimoire. Era preciso quemar, bajo la luz de un sol menguante, una réplica exacta del glifo de Tulushuggua, usando para el fuego la leña de tumbas profanadas y una sola gota de la sangre del practicante. Sabiendo que sólo me quedaban, a lo sumo, semanas antes de perder todo control sobre mi cuerpo y mente, viajé a los cementerios más antiguos de Arkham y robé unos maderos podridos bajo un terror nauseabundo.
Ejecuté la ceremonia la última noche de agosto. El aroma de putrefacción era insoportable. Encendí la pira, manché el glifo, recité, temblando, los versos prohibidos, y sentí cómo mi alma era desgarrada entre fuerzas titánicas, una tratando de retenerme en este lado, otra tentando con el abismo donde la individualidad no es más que barro fresco. El dolor fue abyecto; un dolor sin órganos ni límites, un estallido puro y sin ubicación. Me desmayé entre las brasas, y cuando desperté, entre vómitos y sudor frío, supe que algo se había quebrado o había cambiado.
Desde entonces, soy una sombra de lo que fui. Sobrevivo en este retiro, alejado de los humanos y de todos los volúmenes prohibidos. Pero a veces, bajo el sutil murmullo del viento contra la ventana, oigo el eco distante de esos susurros viscosos, pulsando desde el otro lado de la realidad; y siento, debajo de mi piel, un leve, asqueroso cosquilleo. Quizás no he huido, acaso sólo he postergado el final.
Ruego al lector prudente que rehúya ese libro prohibido y, si alguna noche escucha un rumor blando en la penumbra, sepa que no es sólo el viento. Hay cosas que quieren nacer a través de nosotros; semillas que buscan, bajo la carne, erguirse como nuevos troncos en el corrupto bosque de aquel abismo. No corra. No rece. No lea los nombres. Esos nombres ya resbalan bajo su lengua, aún sin saberlo.
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