Portada del relato La promesa de las tumbas olvidadas
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


—Las laderas de Dunwich están huecas —murmuró Absalom—. Tan vacías por dentro como nuestros propios corazones al desangrarse el linaje.

Duración: 10:04

La promesa de las tumbas olvidadas
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

La única luz que invadía el interior del molino abandonado era el resplandor tibio y agotado del crepúsculo, colándose entre las tablas putrefactas y aislando fragmentos irregulares del polvo flotante. Clifford Partridge agradeció esa luz—lo suficiente para ver la entrada sin tropezar con los escombros, pero también lo bastante débil como para ocultar las arrugas nerviosas en el rostro de su tío. Fuera, la colina de Dunwich comenzaba a sepultarse en la niebla nocturna y Clifford, en pleno ascenso, había sentido el gélido dedo de la superstición recorriéndole la nuca. Incluso los pájaros enmudecían cuando uno se aventuraba tan cerca de la cima.

Dentro, el tío Absalom aguardaba, encogido, junto a la tolva rota. Era un hombre encorvado, abrumado más bien por el peso de linajes y secretos que de los años. Con voz vacilante y gutural, había invitado a Clifford a acompañarlo esa tarde, urgencia disfrazada de reminiscencia, prometiéndole las únicas respuestas que la familia Partridge aún podía ofrecer sobre cierta sección del Necronomicón. De niño, Clifford había escuchado historias fragmentadas—murmuros sobre “lo innombrable”, retorcidas leyendas de las colinas estériles de Dunwich y las viejas familias de la región. Pero nunca las había tomado en serio hasta que, al pie de la colina, vio las extrañas grietas en las piedras, como si hubieran sido arañadas desde dentro.

—Sabía que acudirías —dijo el tío, apenas un susurro—. Sabía que, tarde o temprano, este secreto te reclamaría.

Clifford miró alrededor: la maquinaria oxidada, los sacos desechos, y aquel aire rancio efusivamente terroso, que olía a algo más antiguo que el moho. Caminó a través de la penumbra, sereno en apariencia, pero sintiendo el pulso acelerarse en su garganta.

—¿Por qué aquí? —preguntó.

—Donde mejor se oye lo que no debe ser oído —contestó el tío. Señaló los cimientos del molino—. Este lugar no es tan viejo como la colina, pero fue erigido para custodiarla.

El molino, uno de tantos esparcidos por el condado, era en realidad una tapadera, según rumores diseminados en las tabernas y fogatas, para ocultar pasadizos o sellar pozos. Clifford, investigador de literatura prohibida y escéptico con causas espiritistas, se había encogido de hombros ante tales habladurías. Pero los sueños habían empezado hacía un mes—primeras sombras y ecos creciendo en desesperación—y no fueron menos intensos tras la carta de su tío.

La madera crujió bajo los dos hombres; Absalom encendió una lámpara de aceite y la movió en círculos, deteniéndose en un rincón del suelo terrizo. Allí, cubierto de hiedra moribunda, había una trampilla de hierro, sujeta por grapas gruesas y oxidadas. Clifford distinguió grabados: líneas curvas, espirales, signos antiguos y repulsivos. El aire pareció espesarse, opresivo, como cargado de promesas de tormenta.

—Las laderas de Dunwich están huecas —murmuró Absalom—. Tan vacías por dentro como nuestros propios corazones al desangrarse el linaje.

Le cedió la lámpara a Clifford y extrajo una llave torpe y ennegrecida de su abrigo.

—En tiempos lejanos —prosiguió el tío, introduciendo la llave en la cerradura de la trampilla— los Partridge velaban por estos confines. No éramos los únicos, pero sí los más persistentes. Un deber y una maldición.

El sonido del cerrojo sobresaltó a Clifford: una nota metálica como si respondiera a ecos de siglos anteriores. El tío empujó la trampilla y el olor que emergió era fuerte, arcilloso, y tan frío que Clifford reprimió un escalofrío involuntario. El hueco parecía abrirse a un pasadizo en espiral descendente, excavado a mano, apenas sostenido por vigas de abeto dispuestas irregularmente.

—Bajarás solo —dijo el tío—. Debes ver con tus propios ojos.

Clifford asintió, no sin antes mirar a su tío con desgana—cierta duda, cierta rabia reprimida ante tantos enigmas—. Pero el peso de la oportunidad histórica, y la sugerencia tácita de redención familiar, pudo más. Se inclinó y empezó a bajar, cada peldaño más frío y resbaladizo que el anterior. La lámpara lanzaba sombras danzantes sobre las paredes de tierra: Clifford creyó ver líneas talladas, ideogramas espasmódicos, fragmentos de nombres proscritos… fragmentos del lenguaje del Necronomicón, tal vez uno aún más ancestral que el árabe infame del demonólogo Abdul Alhazred.

Pronto, el familiar hedor a moho cedió ante otra fragancia: un aroma dulzón y corrupto, penetrante, que evocaba carne en descomposición. Clifford tragó saliva y forzó su avance, escuchando su respiración rebotar a través del túnel, que se ensanchó repentinamente. El pie de las escaleras desembocaba en una bóveda subterránea mucho más grande de lo esperado. Allí, en medio del suelo aplanado, se alzaba un círculo de losas negras, y sobre ellas, un altar de piedra oscura, deformado y erosionado como si hubiese resistido siglos de lluvias ácidas.

Clifford se detuvo, la lámpara temblando en su mano, mientras el pánico, apenas contenido, afloraba en su piel. Observó el altar: junto a él reposaban cinco libros esparcidos de modo irregular, entre ellos uno de lomo gastado con caracteres árabes: el Necronomicón. Se arrodilló junto a ese infame tomo y pasó la mano sobre su superficie. La piel lo recibió con una cálida vibración, como si el libro palpitase bajo la palma.

No se atrevió a abrirlo enseguida. Sus ojos recorrieron el círculo; sobre las losas, vio manchas oscuras, formas atípicas de salpicaduras ya perfectamente secas. Había, en los extremos sur y norte, figuras esculpidas de formas aberrantes: como hombres encorvados pero con rostros de carnero, tentáculos sobresaliendo de bocas deformes, pies hendidos y torsos entrechocados.

Desde la profundidad de las sombras, algo crujió. Clifford tembló al escuchar lo que parecía un gemido sutil, el rozar de extremidades sobre la piedra. El instinto le dictó huida, pero otro impulso—ese deseo malsano de saber—le obligó a quedarse.

Soltó la lámpara sobre el altar, permitiendo que iluminara ambos lados, y se decidió a abrir el Necronomicón. Las páginas, agrietadas e irregulares, exudaban el miedo antiguo de las leyendas. Leyó una frase en latín sucio tallada a oscura tinta: “Conjuratio ad expiandum custodes nequam”—Una invocación para ahuyentar a los guardianes viles.

Un giro del aire le hizo volver la vista hacia la bóveda oscura del pasaje. Corey sabía, de modo irrefutable, que no estaba solo. Vio, por apenas un instante, la silueta de algo que se arrastraba en silencio hacia el altar: el destello fugaz de una extremidad viscosa, el brillo glauco de un ojo múltiple entre la negrura.

Contuvo la respiración. Las palabras del Necronomicón danzaron ante su vista: “Sigillum pervasit. Cum audias campanam in absinthio, retrocedas”. Clifford no recordaba ese pasaje de ningún otro manuscrito, pero la urgencia en la advertencia era irrefrenable. Prestó atención. Por sobre el tenue gemido del túnel, se oía un tañido muy débil, tin, tin, como la más lejana de las campanas, amortiguada por capas de tierra y olvido.

El ser de la penumbra avanzó. Clifford vio, con horror paralizante, que sus extremidades terminaban en pezuñas hendidas, que la piel parecía de piedra goteante y la cabeza—una aberración indefinible—oscurecía cualquier posible rostro humano. Los ojos, sin pupilas, sin parpadeo, vibraban al ritmo del campanilleo.

—Clifford, lee en voz alta —susurró la voz de su tío, apenas un eco hueco desde las profundidades de la trampilla abierta—. Hazlo antes de que cruce el círculo.

Desesperado, Clifford buscó el pasaje exacto y pronunció la frase fatídica. La bóveda vibró con un aire electrificado; el ser se detuvo a escasos pasos del altar, moviéndose como si luchara contra una niebla invisible. Las campanas repicaron, ya no distantes, sino cercanas. Clifford sintió su cabeza inundarse de visiones: campos alienígenas, soles verdes, serpientes amarillas arrastrando el cadáver de ciudades humanas.

Absalom apareció junto a él, pálido y espectral, mirando al ser de piedra con un aura de resignación feroz.

—No a todos los guardianes se los puede expulsar —dijo—. Los Partridge, los Marsh, los Whateley… todos pagamos en sangre si lo intentamos.— Señaló el Necronomicón—. Es inevitable. Se alimenta, Clifford; se alimenta de quienes preguntan demasiado.

El ser, rugiendo en un idioma imposible, se abalanzó contra el altar. Clifford sintió la piedra vibrar bajo sus rodillas y vio, por última vez, el rostro de su tío tornar en una máscara de desesperación y entendimiento. Sintió la tentación de cerrar el libro, pero el Necronomicón no se lo permitía; la carne viva de su cubierta se adhirió a sus dedos, exhalando vapores que le nublaron la vista. Clifford cayó de lado cuando algo invisible y viscoso cercenó el círculo y tocó su tobillo. Al instante, la bóveda entera se estremeció.

En el último instante, Clifford miró a su tío. Vio en sus ojos la promesa de una verdad más atroz, la herencia de los Partridge: no custodiar, sino sacrificar. Cada generación, un hijo se entregaba precisamente a ese altar, para mantener encerrados a quienes habitaban las catacumbas huecas de Dunwich, para aplacar los dioses que dormían detrás de las piedras, y darle al Necronomicón su tributo de locura.

Clifford sintió su cuerpo y su razón fragmentarse. La lámpara se extinguió entre una bocanada de viento podrido y las campanas repicaron todavía, un eco lejano para los vivos—un himno triunfal para los muertos. En la superficie, la niebla cubría el molino, sellando, por ahora, los horrores de la colina.

Solo la luna, asomando tímidamente entre jirones de nubes, parecía recordar lo que yacía atrapado bajo el molino, velando en silencio mientras otra generación de Partridge desaparecía, reclamado por un destino maldito y sellado en las páginas de un libro que no podía dejar nunca de ser leído.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.