Portada del relato La llamada de los crustáceos alados
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Fragmento:


Fui incapaz de resistir el tirón de la investigación. Una semana después, partí hacia Vermont, concretamente hacia Townshend, donde un puñado de casas se diseminaba entre abetos y abedules, cerca de las abruptas estribaciones de las montañas. Al llegar, la desolación me envolvió. El frío cortante y los densos bosques eran testigos mudos de la desesperanza. El tramo final de mi viaje lo cubrí con un guía local, Matthew, quien al escuchar mi propósito torció el gesto y murmuró supersticiones sobre “diablos del cielo” y “crustáceos de la noche”. Rechacé sus advertencias, considerando que se trataba de miedos rurales y leyendas, y proseguí solo por el diminuto sendero nevado que se abría entre las rocas.

Duración: 10:23

La llamada de los crustáceos alados
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Texto de ajuste de pausa.

Era costumbre de los habitantes de Arkham y sus alrededores contar historias a la luz de las velas cuando el viento nevado azotaba los cristales: relatos de formas inhumanas acechando en la espesura de los bosques oscuros, de perturbar ruidos nocturnos, de inexplicables desapariciones. Sin embargo, ninguna de esas historias tenía la amarga verdad de la que fui testigo, ni aventuraba siquiera la naturaleza cósmica y monstruosa de las criaturas que, ocultas de la vista y de la memoria, trabajan con un paciente y frío propósito en los rincones más fríos del mundo.

Mi nombre, aunque ha dejado de importar, es Francis Gardener. Antes de la pesadilla que truncó mi razón, fui profesor de biología en la Universidad de Miskatonic, en Arkham, y mi mayor pecado, acaso, fue una insaciable curiosidad que a menudo me llevó a profundidades prohibidas. Quien lea estos papeles que aquí dejo sabrá, al menos, que advertí a la humanidad, aunque tarde.

Todo empezó en marzo de 1927, durante el último periodo de nevadas. El Dr. Henry Wilmar, antiguo colega y geólogo reputado, había desaparecido semanas antes, tras anunciar su partida hacia las colinas de Vermont. Decía haber hallado evidencias de un curioso mineral nunca antes catalogado, que brillaba con tonalidades iridiscentes bajo la luz lunar. La última carta que recibí de Henry hablaba de “rumores de seres extraños” entre los sujetos de sus estudios y del sonido de “alas de membrana, como de murciélago o langosta” en medio de un inusual deshielo nocturno. La carta—su caligrafía crispada y trémula—me llenó de inquietud.

Fui incapaz de resistir el tirón de la investigación. Una semana después, partí hacia Vermont, concretamente hacia Townshend, donde un puñado de casas se diseminaba entre abetos y abedules, cerca de las abruptas estribaciones de las montañas. Al llegar, la desolación me envolvió. El frío cortante y los densos bosques eran testigos mudos de la desesperanza. El tramo final de mi viaje lo cubrí con un guía local, Matthew, quien al escuchar mi propósito torció el gesto y murmuró supersticiones sobre “diablos del cielo” y “crustáceos de la noche”. Rechacé sus advertencias, considerando que se trataba de miedos rurales y leyendas, y proseguí solo por el diminuto sendero nevado que se abría entre las rocas.

Tras una marcha extenuante, la cabaña del Dr. Wilmar emergió ante mis ojos. Se hallaba agazapada en una hondonada flanqueada por paredes de pizarra negra. Al acercarme, percibí que la madera estaba cubierta de un limo amarillento y viscoso de olor desagradable. La puerta se encontraba entreabierta. Dentro, la penumbra era casi total; apenas unos retazos de luz se filtraban por las rendijas del techo. De repente, tropecé con algo blando: era Wilmar, o lo que quedaba de él.

Su cadáver mostraba descomposiciones anómalas: la piel repleta de hendiduras, como si extrañas flores hubieran brotado debajo y luego se hubieran marchitado. La cabeza parecía intocada pero la base del cráneo, en la nuca, presentaba una herida; había sido trabajada de forma desagradablemente precisa. Los instrumentos anatómicos estaban esparcidos junto a un frasco lleno de algo negruzco y movedizo. Lo peor fue cuando leí su diario —una crónica de días interrumpidos por pesadillas, de un zumbido nocturno creciente, de visiones de luces rosadas y figuras inhumanas arrastrando extraños aparatos por entre la nieve.

Esa noche, acampé cerca de la cabaña, pues la tormenta había empezado y no tenía cómo regresar. El viento parecía ladearse en lamentos, como si la propia naturaleza intentara advertirme. Mientras intentaba dormir entre los gruñidos del clima, un rumor sordo arañó mis sentidos: no era el viento, sino un batir acompasado, membranoso, seguido de un indescriptible murmullo de voces tintineantes y secas, como si insectos discutieran en una frecuencia que la mente humana no debiera captar. Temí por mi cordura.

Al asomarme, la luz se filtró en la hondonada por entre los árboles y vi —¡oh, dioses, mis recuerdos tiemblan solo de evocarlo!— las criaturas. Eran altos como un hombre adulto, su piel semejaba hongo mojado o coraza quitinosa, rematada por alas traslúcidas que relucían bajo el reflejo de la luna. Sus cabezas eran una pesadilla de tentáculos y apéndices como los de un cangrejo, carentes de ojos, y en el centro de donde uno esperaría una boca brotaba un orificio palpitante, que sólo más tarde entendería era tanto un órgano sensorial como de comunicación.

Cada una cargaba instrumentos imposibles de describir: cilindros giratorios, tubos arremolinados de materia metálica que no correspondía a ningún conocido en la Tierra, y urnas de tapa sellada por cera azulada. Los observé extraer algo de la base de la nuca de Wilmar: un tubo de materia mojada que terminó en uno de sus aparatos. Durante la operación, nunca dejaron de emitir sonidos, como si discutieran animadamente acerca de la naturaleza de la presa. Supe entonces que la muerte de Wilmar era solo un principio.

Me marché de inmediato, a sabiendas de que había visto demasiado. Sin embargo, una combinación de curiosidad y miedo atávico me mantuvo cerca, escondido entre ramas podridas y grava. Durante días, anoté sus patrones nocturnos: siempre trabajaban bajo el manto de la niebla o la luna nueva, ignoraban a cualquier animal, pero parecían muy atentos al más leve susurro humano. Más de una vez sentí que una mirada —carente de órgano visible, pero despiadada en intención— se posaba sobre mí. Un alud de pasos arrastrados pasaba periódicamente a pocos metros de mi escondite, mientras extrañas formas —a veces con un brillo fosforescente, otras sin reflejo alguno— recorrían líneas rítmicas entre la nieve.

Los aldeanos, aun en su ignorancia, sabían algo: los Mi-Go, les decían. Recogí sus murmuraciones en la taberna del pueblo vecino: decían que venían de Yuggoth, una luna o planeta oscuro en los confines del sistema solar, y que cazaban cerebros humanos para llevárselos en cápsulas donde podrían vivir y experimentar entre las estrellas. Uno de los ancianos —un hombre que nunca daba la espalda a la montaña— me relató historias de viajeros que jamás regresaron, y la superstición de nunca dejar que los hijos durmieran cerca del bosque: “Porque si te oyen soñar, vendrán por ti, y todo lo tuyo quedará reducido a polvo, menos tu mente, que irá a los cielos, presa por la eternidad”.

La obsesión pudo más que el miedo. Una noche, seguí a una de las criaturas siguiendo las luces azules que surgían de uno de sus extraños aparatos. Me condujo a la entrada de una cueva oculta bajo raíces de abedul podrido. Durante horas, la criatura involucró sus instrumentos en una especie de oratoria: signos tallados en la roca, patrones matemáticos imposibles reverberando en las paredes, burbujas de un material gomoso que se expandían y contraían bajo la presión de fuerzas invisibles. El aire dentro palpitaba con energía ajena a este mundo; sentía retumbar mi cráneo con cada onda, como si resonara en mi propio liquido cefalorraquídeo.

En un rincón, distinguí varias urnas como las que portaban: preguntándome qué contenían, la curiosidad venció al terror y, aprovechando la ausencia de tres de ellos, logré acercarme. Cedía el precinto de una de las tapas cuando una conciencia ajena, helada y abismal, penetró mi entender. Era una presencia de orden vastísimo; supe al instante que no era un individuo, sino una legión, y que observaba a través de mí todo cuanto percibía. De una bocina viscosa, una voz burbujeó directamente en mi mente: “Hu-ma-no, tus formas y tus sueños corresponden a material utilizable. No temas al tránsito. Se preservará el conocimiento”.

Huí, o creí hacerlo, con el corazón a punto de quebrarse. Pronto me di cuenta de que llevaba algo pegajoso al dorso del cuello: una sustancia viscosa que supuraba calor; ardía como el sol y, durante horas, caí en un estado de semiconsciencia. En ese lapso, sueños de constelaciones invertidas, formas membranosas y ciudades ciclópeas entre glaciares asteroides invadieron mi mente. Era como si proyectaran una advertencia velada: que la existencia humana era sólo una variable temporal, que los Mi-Go nos superarían en paciencia y saber, que éramos recursos en su indescriptible empresa cósmica.

Desperté de nuevo en la cabaña, sólo, empapado en sudor cuyo aroma a hongos no podía quitarme. La muñeca tenía una incisión fresca, donde parecía haber sentido el zarpazo de una garra. Registré todo en mi diario, intentando separar el hecho de la pesadilla, pero no lo logré. No volví a dormir bien. El miedo ya no era sólo a lo desconocido, sino un conocimiento insoportable: que la mente humana es materia transmutable, y que acechan en los abismos de la tierra y del éter seres para quienes nuestros pensamientos son perlas, mercancía, o mera bagatela.

He dejado Arkham y he sellado este testimonio en el depósito del banco, pues temo que el simple acto de recordarlo ya es suficiente para atraer a esos diablos alados. Lo que nadie sabe, lo que ningún relato de taberna osa susurrar, es la última revelación que la presencia Mi-Go me regaló en un susurro final: que algunos de sus colegas ya se han asentado en las mentes de humanos corrientes, y que en todas partes del mundo, ministran nuestra especie, recogiendo los sueños más fértiles y las mentes más lúcidas, para destinarlas al trámite estelar.

Quienquiera que encuentre estas palabras, haga caso de ellas: las montañas de Vermont no son el único vestigio de las migraciones de los Mi-Go, ni los bosques donde odiosas luces surgen sin explicación el único escenario de su obra. Protéjase de los susurros en la nieve y del zumbido de alas en la neblina: pues donde la lógica fracasa y la biología es pisoteada, acechan los ingredientes de la pesadilla más allá de la mente humana.

En la soledad de mi cuarto, mientras la noche avanza y el viento ulula entre las maderas, solo puedo recordar aquel último instante en la cueva: el contacto viscoso en mi cuello, la certeza de que, en algún lugar, un recipiente preparado para mi mente continúa aguardando, palpitando con impaciencia fungosa, hasta que llegue el momento de la cosecha estelar. Y sé, con un horror que me estruja más allá de toda esperanza, que la humanidad jamás será capaz de comprender al invasor que ya camina entre sus sueños.

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