Portada del relato Ulthar y el Misterio de los Gatos Vigilantes
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Fragmento:


—En Ulthar, los sueños son la lengua verdadera, y los gatos son sus mediadores. Lo que preguntas no se responde con palabras, sino con pactos. ¿Eres digno de cruzar hacia la memoria?

Duración: 15:41

Libro El Umbral de las Ruinas Insondables

Ulthar y el Misterio de los Gatos Vigilantes
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Ulthar y el Misterio de los Gatos Vigilantes

I.

El camino que les marcó el gato —gris y jaspeado, de ojos como carbones bruñidos— se desplegaba al margen de todas las rutas humanas conocidas. Para Nathaniel Orme y su grupo, Arkham se desvaneció en la bruma igual que un sueño derrotado por el alba; la transición fue tan suave que ninguno pudo precisar en qué momento las calles conocidas se tornaron senderos de la irrealidad, ni cuándo los umbrales reales cedieron su sitio a puertas que jamás recordaron haber cruzado. Caminaban todos en silencio —Orme, Elliot Marsh, Lucille Bertram y la perturbada Hildred Sloane— mientras el felino los guiaba, ora avanzando con paso seguro, ora deteniéndose a mirarlos con aire escrutador y antiguo, como si evaluara sus almas.

A su alrededor la atmósfera adquirió un espesor insólito. Las farolas y las casas giraron sobre sí mismas en perspectivas imposibles, y pronto los sonidos mutaron: la campana de la universidad se disolvió en una sucesión de campanillas leves, el murmullo de los árboles reemplazado por un rumor musical incesante, parecido a cientos de voces cuchicheando a la vez en un idioma familiar sólo para los sueños. Los expedicionarios comenzaron a notar detalles imposibles: una ventana en un tercer piso que reflejaba constelaciones ajenas al cielo de Nueva Inglaterra, el aroma de lilas en flor cuando no era aún la estación, una luna que jugaba a ocultarse tras cúmulos verdes.

Al doblar una esquina percibieron, apenas unos pasos por delante, un portón bajo, de madera negra, cuyas bisagras ardían con inscripciones desconocidas. El gato se detuvo allí y, como si recitara su papel en un ritual milenario, dio un maullido breve. El aire pareció plegarse sobre sí mismo; todo giró en un vaivén narcótico. Los cuatro cruzaron finalmente el umbral. El mundo al otro lado era una visión detenida en la memoria de lo imposible.

Ulthar los recibió.

II.

Ulthar era una ciudad de piedra suave, techos iridiscentes y plazas alfombradas con tapices de hierba azulada. El lugar exhalaba una serenidad letal en su belleza, como si ocultara bajo su apariencia de fábula algo insondable. Los gatos por doquier —de todos los tamaños y colores, con ojos llenos de elocuencia— se movían en libertad, trepando, acechando, mirándolo todo desde cornisas, alféizares y tejados inclinados. Los habitantes, delgados y apacibles, caminaban en grupos o solitarios, saludando a los felinos con una reverencia que rozaba la devoción.

Apenas cruzaron el umbral invisible a la ciudad, una vibración casi eléctrica recorrió a los expedicionarios. Sloane, que desde Arkham había sido la más alterada, exhaló un suspiro de alivio incongruente y los siguió moviéndose con una gracilidad desusada. Elliot, siempre lógico y racional, miró fascinado el juego de la luz sobre las plazas y los tejados: era un fulgor con reglas ajenas a cualquier ciencia. Lucille se quedó rezagada junto a una fuente, murmurando palíndromos en voz baja, mientras los gatos la rodeaban y, por un instante, se le subían a los hombros como buscando su bendición.

El gato guía se volvió hacia Orme, quien se detuvo y se esforzó por hablar: “¿Y ahora?”, preguntó al aire. No esperaba respuesta, pero la tuvo —y no vino del gato, sino de una anciana ataviada con túnicas de hilo azul noche, cuyo rostro era de una lisura inquietante.

—Sean bienvenidos a Ulthar, forasteros —pronunció en un idioma que todos, durante un fugaz e imposible segundo, comprendieron en lo profundo del sueño—. A donde llevan los gatos, sólo los dignos pueden llegar. Y sólo quienes escuchan el eco de lo perdido pueden permanecer más de una noche. Mi nombre es Ysil, sacerdotisa de los Pactos Antiguos.

La mujer los condujo hasta una casa modesta, donde los aguardaba una mesa dispuesta con frutas y panes desconocidos y una legión de gatos reposando en los alfeizares. Nadie les preguntó de dónde venían o adónde iban; en Ulthar, el presente era una marea que arrastraba o devolvía a quien quisiera perderse en él.

III.

Esa misma noche, alojados en cómodos pero extraños jergones, Orme tuvo un primer sueño vívido. Caminaba entre calles donde las casas alternaban el color de sus tejados según el sentido de la brisa; felinos de ojos jade lo seguían, guiándolo hacia un templo cíclope. Allí, bajo una bóveda tan alta que contenía constelaciones completas, una multitud de gatos lo miraba desde los peldaños, atenta y expectante. Una voz idéntica a la de Ysil, pero desprovista de cuerpo, le habló:

—En Ulthar, los sueños son la lengua verdadera, y los gatos son sus mediadores. Lo que preguntas no se responde con palabras, sino con pactos. ¿Eres digno de cruzar hacia la memoria?

Orme sintió cómo la pregunta penetraba en la médula de su ser y, sin proponérselo, recordó todos sus temores, todas las noches en blanco desde Leng, la inminencia del abismo. Un gato negro, de pelaje lustroso, saltó al altar central, y Orme comprendió que debía seguirlo. Se internó en la sombra de una puerta circular y despertó sobresaltado. A su lado, Sloane temblaba bajo la manta; Lucille murmuraba en sueños; Elliot dormía con los puños crispados.

Por la mañana, Ysil los encontró meditabundos. Los gatos se apiñaban alrededor del umbral, observando sin moverse, y la sacerdotisa declaró solemnemente:

—Esta ciudad vive en el equilibrio del pacto. Aquí los felinos son custodios de rutas y de almas. El que perturba su sueño, en Ulthar o en otros mundos, queda marcado y extraviado entre las sombras para siempre.

Los forasteros comprendieron —como si se lo dictara un recuerdo que nunca tuvieron— que Ulthar existía apoyada sobre un equilibrio tan real como inasible: era el lugar donde las puertas a otros reinos se cruzaban bajo la vigilancia severa y benévola de los gatos. No era un refugio, sino una encrucijada, y todo acto tenía un precio proporcionalmente horrible o milagroso.

IV.

Durante el día, Ulthar parecía una ciudad pacífica de otro tiempo; sus gentes los trataban con cortesía, no con curiosidad. Sin embargo, pronto notaron que por la tarde casi todos los humanos desaparecían tras puertas y cortinas, y sólo quedaban gatos en las calles—decenas, quizá cientos—custodiando tramos de muralla, tejiendo redes invisibles entre plazas y azoteas. Elliot, guiado por su manía cartográfica, intentó trazar mapas de las calles, pero la disposición urbana variaba. Calles que esa mañana habían encontrado se curvaban sobre sí mismas, plazas rotaban de lugar y hasta los nombres de las esquinas mudaban en inscripciones fugaces, grabadas apenas por el polvo y la luz sesgada del crepúsculo.

Al anochecer, Ysil llevó al grupo a una plazoleta donde un círculo de gatos, perfectamente inmóviles y con los ojos entreabiertos, formaba un perímetro en torno a una losa de mármol negro. “Hoy tendrán ocasión de observar el Ritual del Tránsito —anunció Ysil—. No todos los forasteros reciben ese privilegio, pues estos pactos unen y separan los mundos.”

Un hombre joven, de ropajes humildes y manos trémulas, se arrodilló en el centro del círculo. Siete gatos, cada uno de un color diferente, se acercaron lentamente y se acomodaron a su alrededor. El aire pareció espesarse todavía más: la luna iluminó, por un instante que se expandió más allá de lo humano, la runa trazada en la losa.

Lucille murmuró en voz baja:

—Esto es lo que describía el manuscrito… la llave es el sueño compartido, y la puerta, la voluntad de quien mira sin miedo.

El joven recitó una frase en una combinación de idiomas desconocidos: la voz retumbó como un trueno en miniatura. De su boca brotó una luz azul y —delante de los asombrados expedicionarios— el muchacho se desvaneció, dejando tras de sí una breve imagen de una ciudad más allá de cualquier mar o tierra conocida.

—El pasaje se ha cumplido —sentenció Ysil—. El destino lo llevará a donde sólo los gatos recuerdan el camino. Así, las ciudades sueñan unas con otras.

Orme preguntó, temeroso, cuál era la finalidad de tales rituales. Ysil, paciente, le explicó:

—Ulthar mantiene abiertos los caminos vigilados; si los guardianes son molestados, la frontera entre los sueños y las pesadillas puede desgarrarse. Vosotros habéis llegado en tiempos inciertos: las señales auguran tránsitos inestables, vaivenes que pueden romper el equilibrio. Cada ciudad está tejida en los sueños de las otras, y los gatos son su hilo y su aguja.

V.

Esa noche, cada miembro de la expedición sufrió sueños tan reales y perturbadores como solo en Leng hubieran imaginado. Sloane se vio a sí misma corriendo por un bosque de estatuas vivas, perseguida por gatos de ojos incandescentes, mientras en el extremo del claro una puerta resplandecía, invitándola a cruzar. Elliot fue arrastrado a una ciudad de aguas imposibles, donde gatos voladores tejían puentes entre las islas. Lucille soñó con manuscritos que se escribían solos, formas devoradoras arrastrando palabras desde las bibliotecas y gatos que susurraban fórmulas para cerrar abismos.

Orme, sin embargo, vivió el más claro de todos. Sus pasos lo condujeron, guiado por el gato negro del templo, hasta una cámara subterránea delimitada por espejos líquidos. Allí lo aguardaba Ysil —idéntica a sí misma y, a un tiempo, cambiada— junto a un altar labrado con símbolos que él reconoció como los mismos de la meseta de Leng. De las sombras emergió una voz nueva, digna de oídos no humanos:

—Cruzarás el umbral, pero el precio no es tuyo solamente. La verdad disfrazada hecho de noche y de piel susurrante. El eco de las ciudades es el eco de tu culpa.

Dentro del sueño sintió, en la tripa, una punzada de terror y de compasión. Una visión fugaz de Arkham sumida en un crepúsculo irreal lo hizo temblar. Despertó empapado en sudor, con la plena conciencia de que la encrucijada de Ulthar implicaba una decisión ineludible: avanzar para hallar la raíz del mal, aceptar el pacto o perderse para siempre en la maraña de maestros y guardianes.

VI.

El ambiente se volvió opresivo. De día, los gatos mantenían un estrecho círculo de vigilancia, siguiéndolos a cada callejón, a veces en grupos, a veces aislados pero siempre presentes. Lucille, agotada, sugirió buscar respuestas en el templo central, donde la leyenda decía que los arcontes eran tanto animales como presencias divinas. Ysil, que parecía leer sus pensamientos, los condujo a través de calles de piedra suave hasta el umbral de un edificio cónico. Los pórticos, recamados en oro y hueso, daban acceso a un recinto bañado en luz vacilante.

El aire del templo vibraba con canciones, maullidos y notas fuera del alcance de la voz humana. Ysil depositó una piedra blanca a los pies de un altar y, sin decir palabra, invitó a los forasteros a hacer lo mismo. Orme, tembloroso, entregó un amuleto que había traído de Arkham. Elliot extrajo un pequeño compás de latón, ya inservible desde Leng. Lucille, un jirón del manuscrito. Sloane, una trenza de su propio cabello.

Uno a uno los gatos se acercaron y olisquearon las ofrendas. Uno de ellos, de pelaje bermejo y ojos violeta, se sentó frente a Lucille y, sin previo aviso, le habló con voz audible en su mente:

—Soñadora antigua, sabemos de tu culpa. Sabemos de tu herida. El Ritual sólo se cumplirá si aceptas la pérdida.

Lucille palideció. Dejó caer otra página del manuscrito; la piedra blanca desprendió una luz azulada. Todos los miembros del grupo sintieron una tristeza absolutamente inhumana y, a la vez, el alivio de haber aceptado pagar parte del precio. Los gatos maullaron al unísono: la ceremonia era tan real que la atmósfera misma pareció vibrar. Ysil explicó:

—Ahora podréis observar, y ser observados. La verdad de los arcontes no es de este mundo ni del siguiente, pero lleva consigo la llave para cruzar a donde debéis ir. Usad el recuerdo de este pacto para andar los sueños de Celephaïs cuando llegue la hora.

VII.

Después de la ceremonia, la ciudad cambió de ritmo. Las calles se oscurecieron antes de tiempo, y todos los lugareños cerraron puertas y ventanas. Sólo los gatos permanecieron afuera, patrullando con solemnidad. Elliot detectó que los mapas que antes mutaban ahora formaban, vistos en conjunto, el contorno de un felino al acecho. Sloane se encerró en sí misma, murmurando nombres de ciudades que sólo existen en las pesadillas. Lucille, menos perturbada tras su sacrificio, ayudaba a Orme a recopilar símbolos de la experiencia: runas, inscripciones, canciones infantiles susurradas por los habitantes.

Una noche, el grupo fue convocado por Ysil a las afueras de la ciudad; allí, en una pradera alumbrada por fuegos fatuos, decenas de gatos formaban un círculo entorno a un estanque de agua oscura. “Esta es la Puerta de la Multitud —explicó la sacerdotisa—. Quienes hayan pactado están autorizados a observar lo que hay entre los mundos. Los que todavía sean esclavos de la duda, sólo verán sus propios miedos.”

Los forasteros, tomados de la mano y bajo la guía de los gatos, miraron al agua. Vieron imágenes superpuestas: la meseta de Leng respiraba bajo una niebla pesada; Arkham, fusionada a otras ciudades, oscilaba de vigilia a delirio; Celephaïs centelleaba en el confín de los sueños, y Carcosa —aún lejana— batía sus máscaras en una penumbra dorada e infinita. Los gatos maullaron una melodía común, y cada miembro del grupo sintió la certeza de que el tránsito hacia el siguiente sueño era inevitable, y peligroso.

VIII.

La última jornada en Ulthar fue un día de adioses y presagios. La mañana amaneció con una claridad imposible: los tejados reflejaban constelaciones cambiantes y todos los gatos de la ciudad acudieron pacíficamente a la plaza central. Ysil bendijo sus pasos. “Vuestros nombres serán recordados en el eco de Ulthar, para bien o para mal. De aquí sólo parten quienes son llamados”, dijo.

El grupo partió guiado, de nuevo, por el gato jaspeado, que se adelantó marcando el ritmo. Al cruzar las puertas occidentales, las calles comenzaron de nuevo a mutar; Orme lo supo: era el tránsito al reino siguiente. Lucille, en voz baja, recitó fragmentos del ritual aprendido:

—Soñar no es recordar. Soñar es cruzar, aunque la memoria muera.

A sus espaldas quedó Ulthar, descendiendo velozmente por entre las brumas como la imagen que deja el sueño al despertar. Los gatos los observaron partir, apostados en filas solemnes y sin maullar. El viaje hacia Celephaïs se perfiló como el único rumbo posible; la sombra de las ciudades interconectadas se avecinaba, cada vez más compleja, cada vez más letal para la mente humana. En el último instante, antes de que el horizonte se tragara la última piedra azulada de Ulthar, Orme creyó oír —dentro y fuera de sí— la promesa silenciosa de los gatos vigilantes:

—Regresarán las pesadillas, pero nosotros no olvidamos.

En la frontera entre la realidad y el sueño, el grupo marchaba con la certeza de que cada puerta cruzada sellaba un pacto irreversible. Ulthar quedaba atrás —pero el Misterio de los Gatos Vigilantes había dejado su marca imborrable, y la siguiente etapa del descenso apenas comenzaba.

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