Portada del relato El Laberinto de Celephaïs
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Fragmento:


Durante el trayecto, ningún miembro del grupo habló en voz alta. Elliot perdió la noción de cuánto tiempo llevaban caminando; Lucille, normalmente reservada, anotaba símbolos en páginas que no conservaban la tinta al despertar; mientras Sloane, siempre al borde del colapso, avanzaba con los ojos fijos en un horizonte que sólo ella veía. Orme sentía el peso de los sueños apretando su pecho, infundiéndole la certeza de que los pasos por entre neblinas y caminos brotaban, en última instancia, de un deseo ajeno y despiadado.

Duración: 17:50

Libro El Umbral de las Ruinas Insondables

El Laberinto de Celephaïs
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Texto de ajuste de pausa.

El Laberinto de Celephaïs

I.

El tránsito de Ulthar a Celephaïs fue, para Nathaniel Orme y su reducida comitiva, menos un desplazamiento físico que un naufragio progresivo de la identidad. Todo rastro de aquello que pudiera considerarse realidad concreta se esfumó tras la última piedra de Ulthar, y el sendero, guiado aún por el enigmático gato jaspeado, se bifurcó en incesantes vueltas y pliegues de terreno que no existía en ningún mapa ni respondía a ley alguna. Los caminos se enredaban bajo un cielo de brumas color esmeralda. Pasaron a través de arboledas cuyas raíces se movían como serpientes lentas, y campos donde los astros caían sobre la hierba y ardían un instante antes de desvanecerse.

Durante el trayecto, ningún miembro del grupo habló en voz alta. Elliot perdió la noción de cuánto tiempo llevaban caminando; Lucille, normalmente reservada, anotaba símbolos en páginas que no conservaban la tinta al despertar; mientras Sloane, siempre al borde del colapso, avanzaba con los ojos fijos en un horizonte que sólo ella veía. Orme sentía el peso de los sueños apretando su pecho, infundiéndole la certeza de que los pasos por entre neblinas y caminos brotaban, en última instancia, de un deseo ajeno y despiadado.

Llegaron a una ribera, y allí el gato se detuvo, maullando ante una barca sin barquero. Como si el agua misma se hubiera cernido sobre sus pensamientos, los expedicionarios abordaron en silencio, y la barca los llevó sobre un río de reflejos, en cuyas aguas se adivinaban rostros que abrían y cerraban los ojos a su paso. Al llegar a la otra orilla, el cielo se desplegó bruscamente en un fulgor más blanco que cualquier mediodía, y una música delicada —la vibración de cientos de campanas diminutas— atravesó el aire. La barca se disolvió bajo sus pies; el grupo descendió, sin transición, a un terraplén de mármol blanquísimo.

El primer vistazo era el de un sueño de eternidad y gloria: calles que ondulaban en amplios arabescos, colinas coronadas con templos de oro pálido, y plazas de fuentes cantoras. Una multitud de colores y perfumes imponía su orden al caos de la mente. En todas partes se veían hombres y mujeres danzando suavemente, vestidos con túnicas etéreas, adornados con perlas y metales imposibles de nombrar. Celephaïs era, a cada mirada, una utopía visible, donde los deseos se materializaban y el pesar parecía ausencia absoluta.

Pero cuando el grupo hubo dado los primeros pasos, la perfección misma de la ciudad se volvió inquietante. Los habitantes los observaban con amabilidad distante, saludos precisos, sonrisas suaves, pero una inquietud subyacía en el ritmo de la vida: cada gesto parecía ensayado; la risa, cuidadosamente dosificada; y la ausencia de sombras derivaba en una claridad malsana. El gato jaspeado desapareció entre columnas de mármol sin decir adiós. Orme sintió en su interior una señal de advertencia —esa alternancia de atracción y rechazo propia de los reinos ajenos al entendimiento humano.

II.

Un funcionario de aspecto noble, ataviado con capa azul tornasolada y cuyas pupilas reflejaban constelaciones cambiantes, se presentó como Kiran el Gentil. Los condujo a través de grandes avenidas y delicados jardines, llevándolos hasta una posada de azulejos líquidos y aromas embriagadores. Allí les ofrecieron alimentos llenos de colores vibrantes y vinos especiados, que supieron a la sonrisa de una infancia olvidada. Por un momento, la tensión cedió; Sloane rió como no lo hacía desde antes de Leng, y Elliot conversó largo con Kiran sobre las maravillas urbanas, como si la pesadilla hubiese sido solo un espejismo.

Pero al caer la tarde, la luz cobró una calidad iridiscente, casi onírica. Orme, incapaz de reprimir su inquietud, interrogó a Kiran sobre ciertas peculiaridades del lugar: los rostros que repetían gestos, los mercados donde los vendedores ofrecían objetos cuyo sentido se perdía tan pronto como eran comprados, o el modo en que las plazas parecían multiplicarse para acoger multitudes de fisonomía idéntica. Kiran sonrió, enigmático:

—Celephaïs es la ciudad donde los sueños de los mortales toman cuerpo, viajero. Aquí el tiempo es un reflejo del deseo, y los recuerdos, una baraja de infinidad de posibilidades. Cuando uno entra a Celephaïs, debe cuidar lo que anhela, pues el sueño de uno puede encarnar la pesadilla de otro.

Lucille, fascinada, indagó sobre los mercados eternos que se extendían más allá de las murallas. Kiran la condujo entre laberintos de puestos y toldos vibrantes: había joyas que relampagueaban con el fragor de tormentas antiguas, libros que se escribían solos al compás del susurrar del viento, y espejos cuya superficie era más profunda que la memoria. No era difícil perder el rumbo ni la identidad entre tanto despliegue de maravillas, y pronto notaron que muchos habitantes lucían una especie de doblez en los ojos, como si recordaran una vida que jamás vivieron.

El grupo se dispersó entre los pasillos —Elliot fascinado por mapas que dibujaban mares cuyas costas cambiaban al tacto; Sloane, extasiada ante máscaras que apenas ocultaban rostros siempre cambiantes; Lucille absorta en un puesto de manuscritos que susurraban en todos los idiomas de la nostalgia. Orme deambuló, contemplando a los mercaderes cuyo acento cambiaba con cada frase, vendedores y compradores que alternaban edades y vestimentas con la sombra de un recuerdo incierto. Parecía que la ciudad, al acoger sueños, reviviera todas las pasadas y futuras posibilidades de la existencia, y que la amenaza dormía en la indiferencia de lo perfecto.

III.

La llegada del anochecer trajo consigo un súbito estremecimiento. Las farolas encendieron una luz dorada e hiriente, y el aire crepitó con la música de la última luz del sol, como si el día mismo se fundiera en una eternidad estática. Kiran retornó para advertirles que el Palacio del Sol Poniente abría sus puertas sólo durante el crepúsculo, dentro de la hora en que las sombras y los recuerdos se confundían. Invitó al grupo a acudir, asegurando que en ese lugar los viajeros podían asistir al “Cántico de las Ruinas Vivientes”, una ceremonia que evocaba, y en cierto modo invocaba, el paso de los sueños a la materia.

El palacio era una estructura descomunal, de muros de porcelana y cúpulas que subían hasta perderse de vista en el resplandor. Custodiaban sus puertas dos figuras altas cubiertas con velos tornasolados, que inspeccionaron al grupo sin palabras. El interior era sencillamente irreal: galerías que ascendían en espirales imposibles, bucles de escaleras que conducían a espejos sin fondo, y centenares de ventanas con vistas a paisajes que Orme reconoció de sueños y pesadillas personales.

En el salón central se congregó una muchedumbre imposible: había ancianos y niños con el mismo rostro, mujeres engalanadas como reinas y mendigos que portaban coronas, felinos dormidos en los tronos menos esperados. El ambiente vibraba, encabalgado entre la esperanza y el abismo. Sloane, arrobada, se perdió entre los presentes; Elliot, atraído por una pintura mural que cambiaba de motivos a cada pestañeo, comenzó a olvidar su procedencia. Lucille se acercó a Orme, alertándolo de que —en ese momento— las leyes conocidas del tiempo y la memoria parecían suspenderse. El profesor sintió el vértigo absoluto: una angustia mezclada con fascinación. El grupo, reunido, presenció cómo un coro de voces modulaba una melodía a la vez ancestral y desconocida.

El Cántico de las Ruinas Vivientes fue una danza coral de sombras y luces, una sucesión de figuras envueltas en velos dorados que, moviéndose lentamente, parecían reconstituir épocas y civilizaciones olvidadas. Por intervalos, Orme distinguía la imagen de la meseta de Leng envuelta en brumas, Arkham fusionada con ciudades imposibles, y Ulthar vigilada por ojos felinos. El ritual no era sólo una representación: al danzar, los presentes fluctuaban de edad, de género, de especie, de forma, como si la ciudad entera estuviese hecha de máscaras superpuestas y de historias a medio recordar.

Cuando la música alcanzó su clímax, los danzantes se detuvieron ante un altar de lapislázuli e invocaron, en idiomas secretos, la presencia de los “constructores de la realidad”. Kiran, de pie junto al grupo, explicó en un susurro:

—No hay límites en Celephaïs salvo los que impone el olvido. Aquí, la memoria es un don y una trampa; quien no recuerda quién es acabará siendo el sueño de otro.

IV.

Aquella noche duró más de lo que permite el tiempo humano. La primera en sentir el desdoblamiento de la propia conciencia fue Sloane, que tras perderse en una galería de espejos, reapareció de pronto con el cabello recogido de un modo diferente y pronunció frases en una lengua olvidada. Elliot, mirando fijamente uno de los mapas móviles de la ciudad, confesó no recordar del todo su nombre ni su vida antes del viaje. Lucille, inmersa en la lectura de un manuscrito, descubrió que el texto hablaba de una mujer idéntica a ella, pero cuyo destino había sido sellado en otras latitudes del sueño.

Orme, probado por el peso de las experiencias anteriores, logró mantenerse firme, recordando constantemente a sus compañeros el peligro del olvido. Pero a medida que el tiempo se hacía maleable, todos percibieron la sombra de una pérdida inminente. Las voces de la ciudad —cantos, risas, murmullos— fluctuaban, envolviéndolos en un trance narcótico. Nadie parecía alarmarse por los cambios de identidad: era parte del contrato tácito de habitar Celephaïs, donde cada deseo tenía el precio de una memoria extraviada.

En busca de orientación, Orme solicitó una audiencia con Kiran, quien los recibió en una sala de techos altos y paredes tapizadas con tapices que mutaban a cada parpadeo. Kiran les explicó que el Palacio del Sol Poniente era, en realidad, el corazón del laberinto de la ciudad. En ese palacio convergían los rutas de todos los que soñaban Celephaïs, y no era raro que los forasteros —al igual que los nativos— terminaran olvidando sus propósitos frente al hechizo de la belleza infinita.

—El laberinto de Celephaïs no es de piedra ni de puertas— advirtió el noble—, sino de deseos y recuerdos. Sólo quien conserve una razón inquebrantable puede abandonarlo por voluntad propia. De lo contrario, se quedará aquí, convertido en la máscara de un recuerdo ajeno, danzando en la eternidad de los que olvidaron regresar.

V.

Asustados, los expedicionarios se juramentaron no separarse y recitaron, al amanecer, fragmentos del ritual aprendido en Ulthar. Orme, tras una noche de insomnio, comenzó a advertir pequeñas fisuras en la perfección aparente de la ciudad: una fisura en el mosaico de una plaza, el eco de una carcajada demasiado idéntica a otra, sombras que navegaban sobre las fuentes aun cuando el sol comenzaba a despuntar.

El grupo se internó en los barrios exteriores, más antiguos y menos frecuentados, buscando pruebas de que la realidad podía aferrarse a elementos concretos. Hallaron una casa ruinosa, casi sepultada bajo capas de musgo azul: en el dintel, una inscripción en la lengua de la meseta de Leng sugería que aquel laberinto era más antiguo que la misma ciudad, construido a imagen y semejanza de un sueño colectivo. Los recuerdos —los propios y los ajenos— se entrelazaban en la arquitectura, mientras las voces de Ulthar y Arkham reverberaban en la mente de los viajeros.

Al anochecer, una bruma fragante anegó las calles. Lucille lloró en silencio la pérdida de palabras que acababa de olvidar. Elliot, desolado, no conseguía trazar ningún mapa coherente. Sloane se abrazó a sí misma y habló, fugazmente, con la voz de una muchacha de otra época: "Es peligroso mirar detrás de la máscara del deseo", alertó.

Orme, forzando su voluntad, recitó en voz alta los nombres de sus compañeros y los fragmentos más antiguos del manuscrito de Leng. Por un instante, la niebla se replegó y vieron, en la distancia, el contorno de un portal circundado por relieves que recordaban al ritual de los gatos en Ulthar. Comprendieron que la única salida posible implicaba desafío: debían confrontar, en el corazón del laberinto, al dueño y hacedor último de la ciudad.

VI.

El camino hasta el corazón del laberinto fue una sucesión de pruebas insidiosas. Espirales de callejuelas que sólo existían al mirarlas dos veces, umbrales que transportaban al grupo a recuerdos personales —los padres de Elliot, la infancia de Lucille, los sueños rotos de Sloane— y, sobre todo, la tentación constante de rendirse ante la perfección y el olvido.

Encontraron estatuas que cambiaban de lugar y expresión, retratando las fisonomías de los viajeros bajo apariencias ambiguas. Un lago de plata reflejaba, no cuerpos, sino los pensamientos más ocultos. El aire, cargado de perfumes imposibles, adormecía los sentidos, y sólo la disciplina férrea de Orme logró mantener unido al grupo. En fragmentos de vigilia y sueño, oyeron los ecos de los pactos de Ulthar, voces de gatos y sacerdotisas urgiéndolos a no olvidar quiénes eran.

Al llegar al centro del laberinto, cruzaron un arco dorado y se enfrentaron a una sala circular sin techo, abierta a un cielo atravesado por auroras inverosímiles. Allí, un trono de alabastro aguardaba. Sobre él, una figura envuelta en capas de luz y sombra —rostro imposible de enfocar, voz que era todas las voces— se presentó como el Custodio de las Máscaras.

—Sois viajeros de umbrales, portadores de pactos y víctimas del deseo— pronunció la figura, con un eco cuya nota inicial era familiar a cada uno—. Sólo os será concedida la salida si entregáis el recuerdo que os haya traído hasta aquí y asumís el precio de la continuidad. La ciudad entera, sus sueños, sus pesares, los caminos de la memoria: todo convergerá en vuestras elecciones. Decidid: ¿Conservaréis lo que fuisteis, o abrazaréis con las máscaras el destino de los olvidados?

Una a una, las voces del grupo expusieron sus miedos y deseos. Sloane —aún temblorosa— rogó que el recuerdo de su vínculo con la expedición no le fuese arrebatado; Elliot, entre lágrimas, preguntó si el amor por su familia podía sobrevivir al olvido; Lucille reclamó sólo retener la certeza de la existencia, aunque fuera en la duda. Orme, con voz cansada y terrible, suplicó conservar el conocimiento de que había un propósito en el descenso, que todo sacrificio no fuera en vano.

El Custodio los miró con los ojos de todos los sueños quebrados y, con un ademán, dejó caer una máscara por cada uno de los viajeros. El aire se electrizó; una música líquida y dolorosa elevó el umbral de la conciencia. Cada expedicionario tomó su máscara —y, al ponérsela, vivió en un instante la totalidad de lo que sería perderse en la ciudad para siempre—, y tuvieron la oportunidad, sólo por un segundo, de rehusar o aceptar el pacto.

Decidieron, con desesperación y coraje, conservar solo aquella parte de la memoria que hacía posible el siguiente paso del viaje: la certeza de que la realidad era frágil y los abismos esperaban. Las máscaras, entonces, se disolvieron, y el Custodio forzó una puerta en el aire mismo que comunicaba, a través de un puente de luces, con la otra orilla de Celephaïs. El laberinto, vencido pero no domesticado, se replegó en sí mismo.

VII.

Salieron de la ciudad en compañía de Kiran, que se despedía con la cortesía enigmática de quien sabe demasiado. La ciudad entera pareció contener la respiración; las calles se alinearon para mostrar la senda directa hacia la última muralla occidental. A sus espaldas, los coros continuaban el Cántico de las Ruinas Vivientes, y el aire se llenó de pétalos flotantes que descendían en silencio sobre los viajeros.

Ya en las afueras, la perfección de Celephaïs palideció, y el grupo sintió un cansancio feroz, como si hubieran envejecido una vida entera durante la travesía. Sabían, sin palabras, que habían dejado trozos irreparables de sí mismos en la ciudad; que algunos recuerdos, nombres y temores pertenecían ahora al flujo de sueños impersonales de Celephaïs, que los guardaría y perdería como ha hecho incesantemente desde antes de los tiempos humanos.

Orme vislumbró, en la colina opuesta, la silueta de una puerta velada por brumas ocres: el portal hacia Carcosa. Un estremecimiento —esta vez no de deseo, sino de inevitable destino— recorrió al grupo. Detrás, la ciudad suspendía su canto. Frente a ellos yacía la tierra donde la luz muere y los dioses portan máscaras en la penumbra.

Antes de marchar, Lucille, con lágrimas en los ojos, recogió en la palma de la mano la única joya que quedaba: el destello de un recuerdo auténtico —la amistad forjada en el crisol de la locura. Y cuando el grupo se lanzó a caminar hacia Carcosa, la noche cayó súbitamente, espesándose como la última página de un sueño. El eco de Celephaïs permanecería grabado en su espíritu, otro umbral cruzado, otro precio pagado por mirar más allá del abismo.

VIII.

En la orilla entre los sueños y la vigilia, antes de perder del todo de vista las torres, Orme miró hacia atrás. El aire vibró con un último fulgor, y una voz —femenina, y a la vez multiplicada por todas las que murmuran en los corredores del Palacio del Sol Poniente— resonó en su mente:

—Recordad lo que habéis sacrificado, forasteros. Sólo quienes entienden el precio de la memoria merecen cruzar el umbral de las ruinas insondables.

Sin poder definir si era alivio o condena, los expedicionarios pusieron rumbo al siguiente círculo de pesadilla, arrastrando las cicatrices invisibles de los que sobrevivieron al laberinto de Celephaïs.

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