Fragmento:
Los hombres, a menudo —acaso por temor a su propia insignificancia— piensan que ciertos lugares del mundo no deberían ser hollados, ni por el pie ansioso del explorador ni por la mirada inquieta del soñador. Esos lugares se revisten de leyendas porque la razón reconoce lo que el instinto ya sabe: hay sendas que cruzan regiones donde otras leyes rigen, donde lo normal se desgarra y deja ver, apenas, la posible existencia de realidades impensables. Un mapa antiguo, un susurro en la noche, o la enigmática promesa de hallazgos prohibidos: si alguna vez has sentido ese escalofrío al contemplar la idea de sitios consagrados a lo imposible, ya me entiendes. Pero la historia que relataré no surge de la mera evocación supersticiosa. Es un hecho —aunque admito que jamás persuadiré a nadie por la vía de la razón— que yo, Adamus Blear, vi la Plaza Muerta, estuve en el Corazón Hueco de Fhegorath y oí los himnos de los seres que nunca fueron hombres.
Duración: 11:12
I
Los hombres, a menudo —acaso por temor a su propia insignificancia— piensan que ciertos lugares del mundo no deberían ser hollados, ni por el pie ansioso del explorador ni por la mirada inquieta del soñador. Esos lugares se revisten de leyendas porque la razón reconoce lo que el instinto ya sabe: hay sendas que cruzan regiones donde otras leyes rigen, donde lo normal se desgarra y deja ver, apenas, la posible existencia de realidades impensables. Un mapa antiguo, un susurro en la noche, o la enigmática promesa de hallazgos prohibidos: si alguna vez has sentido ese escalofrío al contemplar la idea de sitios consagrados a lo imposible, ya me entiendes. Pero la historia que relataré no surge de la mera evocación supersticiosa. Es un hecho —aunque admito que jamás persuadiré a nadie por la vía de la razón— que yo, Adamus Blear, vi la Plaza Muerta, estuve en el Corazón Hueco de Fhegorath y oí los himnos de los seres que nunca fueron hombres.
Todo comenzó, claro está, con los manuscritos de Paxton. Nadie recordaba bien su semblanza, pero la mención de su nombre bastaba, en los círculos de la sociedad arcanista de Boston, para tensar los labios y desviar la vista. Decían que Paxton había cruzado al “otro lado” de la geografía, allí donde las montañas de su niñez (algún paraje confundido entre la frontera de Vermont y Quebec) se sumían en desiertos gélidos, donde el musgo cubría viejas lápidas que ninguna iglesia reclamaba. Quizás fue la desesperada soledad de su vejez, o la obsesión de un sabio, pero su legado llegó a mis manos en una sola caja de cuero: cartas, apuntes, un cuaderno forrado en alpaca con páginas olorosas a polvo y almizcle—y sobre todo, unos mapas, trazados con meticuloso desdén hacia la lógica topográfica.
¿Es posible describir la fascinación que ese hallazgo provocó en mí? ¿Retratar la atracción enfermiza que los garabatos de Paxton ejercieron sobre mi ya marchita voluntad? Apenas si dormía; días y noches diluyeron sus límites mientras, febril, descifraba los lugares cuya nomenclatura escapaba tanto al francés como al inglés: Ysbroth, la muralla de Saael, Stir Nadragh… y, destacando ominosamente entre todos, las referencias a “K’rathul”, la latitud ilegible que sugería un profundo valle, sellado bajo cinco colinas sin nombre.
Llámalo necedad, morbo, o presagio funesto: sellé mi destino en el instante en que tracé con un compás la ruta sugerida por los mapas, y vi que pasaba por regiones apenas cartografiadas del noreste norteamericano. Paxton insistía en las precauciones: “Lleva pólvora seca, agua bendita, y no menciones jamás el nombre de la ciudad, salvo en un susurro, al alba.” ¿Advertencias de un demente, o código cifrado de algún conocimiento esotérico? Sea como fuere, no pensé dos veces en llenarme el morral de provisiones y, a la semana siguiente, partir hacia las colinas de Vermont, siguiendo la senda maldita.
II
La primera etapa fue simplemente ardua; las carreteras ponían a prueba los ejes de mi viejo automóvil, los pueblos eran cada vez más pequeños y los rumores más densos. Me hospedé la última noche en Whitefield, un caserío de gentes hoscas y desconfiadas, donde los niños me observaban por encima de las cercas como si supieran a dónde me dirigía. “No vaya a la cordillera del norte, señor,” me advirtió la posadera, Laurie, antes de dormirme. “Allá sólo crecen hongos venenosos y uno regresa... raro.” A la mañana siguiente, con el rocío aún colgando del aliento de los cedros, salí de Whitefield, internándome en empinados caminos de tierra que, en los mapas modernos, eran apenas líneas desvaídas.
Fue entonces, tras dos horas de marcha, que sentí la anomalía. El susurro de los álamos cesó con súbita perfección, como si un paño de silencio se hubiera descorrido sobre el paisaje. Los pájaros callaron; la tierra misma exhaló un olor rancio, mineral, como la bruma de una tumba abierta desde dentro. Caminé, dejando tras de mí el último rumor de civilización: la antigua verja de hierro, tan oxidada que el musgo la crecía como piedra. Allí, sin todavía concebirlo, crucé el umbral de lo invisible, penetrando los dominios del lugar-que-no-es.
No puedo describir la extensión exacta del lugar. Paxton lo llamó “el valle ciego”, pero esa es apenas una simplificación. Las colinas parecían multiplicarse como espejismos, y el sendero, antes definido por las raíces de viejas hayas, pronto se desvaneció, dejando mi marcha a la deriva entre malezas chirriantes y suelos anegados en limo terroso. La luz se volvió pastosa, crepuscular, aun a media mañana, y todo color —salvo el verdinegro derramado por los musgos— desapareció. Llevaba conmigo el cuaderno de Paxton; abría sus páginas una y otra vez, esperando que el dibujo de la Plaza Muerta o los garabatos del “Corazón Hueco” encajaran con algo tangible, concreto. No fue así.
La primera noche la pasé en la falda de una colina amplia, dormitando poco y mal. El ulular de algún ave se confundió con las alucinaciones de voces susurrantes, las mismas que Paxton balbuceaba en su cuaderno: “ven… ven... escucha”. A la mañana siguiente, la niebla cubría todo, y sin embargo, mi brújula parecía indicar que había avanzado menos de treinta metros en toda una noche de vagabundeo. Por alguna razón, esto no me asustó: me sentía extrañamente protegido, como si la propia irrealidad de la geografía me envolviera en un abrazo viscoso, tranquilizador.
III
No puedo fijar con precisión cuántos días vagabundeé por ese territorio condenado. No había luna, ni el sol era más que una mancha lechosa entre ramas quebradizas. El hambre y la sed se atenuaron; apenas comía nada, pero no languidecía. Fue entonces cuando vi, por primera vez, la posibilidad de una estructura: un montón de piedras, dispuestas tal vez por manos mortales, o por la acción de las mareas y los siglos. Las piedras estaban húmedas y cubiertas de líquenes anaranjados. Quise sentarme a descansar, pero, al posar mi mano en una de ellas, sentí bajo la piel un escalofrío tan atroz que retrocedí de inmediato. El aire parecía vibrar, picado como una telaraña recién rota. Un graznido —no de ave, sino de algo más grave y antiguo— sonó a mis espaldas.
Continué caminando, evitando ahora cualquier acercamiento a las piedras. Pronto encontré la entrada a la caverna. Apenas era una hendidura de metro y medio de alto, de boca irregular, pero un hálito tibio y fétido fluía de ella, ahuyentando incluso a los insectos. Recordé los párrafos de Paxton sobre “el Corazón Hueco”; su obsesiva descripción de cánticos y estalactitas dobladas en ángulos imposibles. Infinito pavor me retuvo un largo rato, pero mi curiosidad, esa fuerza demoníaca, pudo más. Me arrastré hacia el interior, iluminando el paso con mi linterna.
La gruta, al principio, fue angosta y opresiva, pero a las pocas yardas se ensanchó tanto que mis pasos resonaban como en una catedral sumergida. A mi alrededor asomaban vetas de un mineral fosforescente, titilando con un color que no sé nombrar y que hubiese horrorizado al más docto mineralogista. La sensación era de descender, no ya en el espacio, sino también en el tiempo. Una humedad viscosa me cubría la cara y los brazos; al caer una gota en mi lengua, sentí el amargor de siglos, la presencia de cosas innombrables disueltas en el lodo de la prehistoria.
Bajé aún más, y pronto noté que las paredes de la gruta estaban talladas. No se trataba de esculturas humanas: había formas, relieves serpentinos, que parecían correr en la piedra, esquivando mi luz con un reflejo siniestro. Figuras geométricas, estrellas de tentáculos caóticos, cráneos de animales sin equivalencia zoológica. Fue entonces que mi linterna reveló algo en el fondo: una sala circular, de suelo perfectamente plano, donde yacía, medio cubierto de limo, un ídolo de basalto.
La figura, tosca pero inconfundiblemente deliberada, presentaba a un ser sin rostro —apenas una hendidura alargada, de donde emergían cinco apéndices— descansando sobre una base surcada de glifos. Alrededor del ídolo, restos de huesos, humanos y animales, en avanzadísimo estado de descomposición, formaban un círculo ritual. Comprendí de inmediato —o, más bien, mi instinto lo supo— que ese era el centro del lugar prohibido. La razón de toda la rareza, el corazón mismo de K’rathul, si acaso ese nombre podía englobar nada de lo que yo veía.
IV
La atmósfera en la sala era aplastante; el aire zumbaba y olía a ozono y podredumbre. Avancé hasta el borde del círculo de huesos, oscilando entre el pánico y el éxtasis. Paxton escribió: “Sólo quien repita el himno callado, sólo quien acepte el olvido de la propia carne, verá la Plaza Muerta.” ¿Qué deseaba yo? ¿Encontrar la locura, o la sabiduría? Mis labios, casi sin mi permiso, comenzaron a musitar los sonidos que había copiado tantas veces del cuaderno: “Iagggl k’theruu… nasht… u’hlek…”
Entonces, en los resquicios de la cueva, comenzó a vibrar una melodía apenas audible, un gemido que era a la vez cántico y rugido, como si la roca retumbara en respuesta a mi cita. La sombra arremolinada alrededor del ídolo cobró densidad: formas bulbosas, tentaculares, surgían de la nada, componiendo una danza macabra. Quise moverme, huir, pero mis extremidades estaban firmes, sumidas en un espasmo de pavor. Las figuras oscilaban ante mis ojos, y, pese al temor atroz, sentí —sé, quizás— que me estaban midiendo, evaluando la calidad de mi carne, la blandura de mi mente.
El frío me atravesó hasta los huesos mientras la oscuridad crecía. El círculo de huesos comenzó a arder con una luminiscencia turbia, y cada nombre perdido en el cuaderno de Paxton parecía retumbar —no en el aire, sino en el interior de mi propio cráneo. “Ven… ven…” El cántico se volvió tan fuerte que caí de rodillas, y ante mí vi abrirse una grieta, y dentro de la grieta, la Plaza Muerta. La visión era alucinante: un espacio sin límites, cubierto de monolitos socavados por milenios, donde danzaban criaturas ciegas, roídas por el tiempo, en reverencia a un trono vacío.
La última imagen que retuve antes de perder la consciencia fue la de los ojos que no eran ojos, fluyendo como miasmas desde el ídolo y penetrando en mi cabeza, reescribiendo mis recuerdos, reformulando mi identidad. El horror, entonces, ya no fue miedo: fue una rendición, una aceptación de que yo había dejado de pertenecer al mundo que me creía suyo.
V
No sé cuánto tiempo permanecí en aquel trance. Me desperté, al fin, tendido en la entrada de la gruta, hambre y sed quemándome el estómago. El sol brillaba, los pájaros trinaban sobre mi cabeza, como si nada hubiese ocurrido. Mi mochila seguía allí, intacta, y el cuaderno de Paxton también, aunque sus páginas estaban en blanco, el papel tan pálido como la corteza de un abedul.
Regresé a Whitefield, destrozado y envejecido. Nadie me preguntó nada; apenas murmullos, miradas, un compasivo silencio. En mi corazón, la certeza de haber traspasado ese umbral que la humanidad debería dejar sellado. No tengo pruebas, sino estas páginas, y si las lees, tal vez comprenderás el profundo terror que sólo los lugares míticos, esos que huyen de los mapas y la razón, pueden provocar. No vayas a la senda de K’rathul, por más que la tentación te devore: recuerda que, más allá del miedo, existe el olvido, y en el olvido, la promesa de un horror mayor que la muerte misma.
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