Portada del relato El susurro bajo el lago ambarino
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Fragmento:


El camino hacia la cabaña fue peor de lo que temía, pues las sendas se hallaban cubiertas de maleza y, al aproximarme por la vereda occidental, percibí una quietud en la vegetación, una inmovilidad insólita en el aire, como si la existencia misma se hubiese ovillado en celosía defensiva. Al llegar al lago, célebre por la extraña coloración de sus aguas, no hallé reflejo alguno en su superficie, ni de árboles, ni de nubes, ni de mi propio semblante; solo ese ámbar ocre y visiones en fuga hacia las profundidades.

Duración: 09:48

El susurro bajo el lago ambarino
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Texto de ajuste de pausa.

De niño, escuché a mi abuelo balbucear, en aquellas noches de tormenta furiosa, leyendas que no eran para oídos jóvenes. Historias de lugares que no figuraban en ningún mapa natural, regiones cuya existencia parecía traicionar los límites de la cordura y desafiar los dogmas más elementales del tiempo y el espacio. Cuando peinó sus canas la muerte, mi madre nunca quiso hablar ni de su tumba ni de su postrera morada, una cabaña inclinada en las orillas de un lago olvidado del sur de Inglaterra; un lago de aguas anaranjadas, casi fulvas, donde, según insistía el abuelo, los días de verano cantaban los xanthos, y los cuervos jamás sobrevolaban el claro.

No fue sino cuando hube cruzado el pórtico de la madurez y caí en desgracia―a raíz de una serie de irregularidades desafortunadas en la empresa londinense donde trabajaba―, que recordé aquel refugio lacustre como mi destino final, una elección menos por deseo que por necesidad. Nadie supo entonces qué empujaba a un hombre instruido a recluirse en las tierras inhóspitas del Valle de Pillings. Mi última adres en la metrópoli fue enviada a un puñado de corresponsales y, tras una noche de tempestad y suspiros, me adentré en la marea fría del exilio.

El camino hacia la cabaña fue peor de lo que temía, pues las sendas se hallaban cubiertas de maleza y, al aproximarme por la vereda occidental, percibí una quietud en la vegetación, una inmovilidad insólita en el aire, como si la existencia misma se hubiese ovillado en celosía defensiva. Al llegar al lago, célebre por la extraña coloración de sus aguas, no hallé reflejo alguno en su superficie, ni de árboles, ni de nubes, ni de mi propio semblante; solo ese ámbar ocre y visiones en fuga hacia las profundidades.

Mi abuelo, durante sus últimos días, solía repetir que los mitos clásicos erraban: Cartago y Hiperbórea son invenciones de poetas, pero hay lugares peores, ocultos no fuera, sino bajo, en la urdimbre subyacente de la creación. Supe entonces que el lago tenía nombre prohibido, uno que ningún vecino repite, ni siquiera para los viajeros más desventurados, y que las tierras colindantes sólo aparecen en los relatos de viejas familias de gentes por demás reservadas.

Me instalé pronto en la cabaña, dejando la carpintería arcaica intacta. Pronto aprecié la desconfianza de mis escasos vecinos, que apenas asomaban la cabeza tras postigos carcomidos, limitándose a saludarme con un ademán torpe e inquieto; nadie ofertó ayuda ni se presentó realmente, salvo por el viejo Earnshaw, quien un crepúsculo se acercó hasta mi verja, arrastrando bajo sus botas grumos de la fértil pero marchita tierra pantanosa.

“Me alegro de que alguien viva la casa otra vez,” me dijo, “pero cuídese al caer la bruma, no todos los cantos son de mirlo. Algunas luces, dicen, llevan a un tiempo que no es el nuestro.”

Preferí reírme de tales supersticiones, y a cambio, sólo pregunté por el lago y sus historias. Earnshaw titubeó. “Es agua que recuerda. A veces, devuelve lo que uno ha perdido. O lo toma.”

Esa noche, los sonidos del bosque de abedules y cipreses me rodearon como un sudario. Juraría haber oído, en algún momento, un rumor de suspiros hondos que no pertenecía al viento. Dormí mal, poblado de pesadillas: en ellas flotaba ante mis ojos una constelación artificial, como de piedras preciosas clavadas en un telón negro, y al centro de ellas, una estrella de cinco puntas, inexacta y ondulante, la Estrella de Hali, cuyo nombre resonaba aunque nunca fuera enseñado.

La vida rural impuso su ritmo, y por un tiempo intenté redimir mi alma con labores triviales: cultivo el jardín descuidado, leo libros heredados del abuelo, examino papeles escritos en una caligrafía febril y nerviosa donde los nombres y las fechas son transmutados en mandalas incomprensibles. Una noche, la curiosidad fue más fuerte que el sueño. Dejando la lámpara titilando apenas, salí en busca de lo que o había atentado mi sosiego desde mi llegada: la orilla del lago a la luz de la luna.

El reflejo plateado del astro era absorbido por el agua, tragado y desvanecido hasta que el ánima del lago parecía la boca de un abismo cósmico. Había niebla baja y espesa, y al avanzar hasta la ribera, creí distinguir un leve punto luminoso bajo la superficie.

Al inclinarme, el agua se abrió a mi vista en reflejos imposibles. Vi, a través de los vapores, una ciudad sumergida, ciclópea, donde las sombras no correspondían a las antiguas leyendas de Atalantë, ni a los salones de la Atlántida. Eran torres y bóvedas, todas retorcidas hacia un punto invisible desde la tierra. Radiante pero podrida, esa visión hurtaba el aliento de mi pecho. Me eché atrás en seco, sintiendo un frío profundo y húmedo treparme por la espina.

En los días siguientes caí presa de un ánimo indescriptible: me acecharon ensoñaciones de un extrañísimo ritual, donde seres encapuchados bailaban bajo una estrella pulsante, la misma que centellea en la ciudad sumergida. Oía cantos en una lengua gutural, y las melodías eran acordes desordenados de flautas y tambores, imposibles de retener o reproducir. Una noche, la luz se hizo demasiada: la estrella parecía reflejarse en todas las superficies, incluso en mis propios ojos.

Busqué a Earnshaw, quien en la taberna del pueblo fingía no verme; apuré la cerveza junto a él y le arrojé mi pregunta como un rezo de desesperado: “¿Usted ha visto la luz bajo el agua?”. El campesino tembló. “Todos la hemos visto. Mejor sería nacer ciego. Algún día―dijo―, Hali abrirá el paso y habrá un regreso. Lo saben los del otro valle, los de la iglesia ruinosa. Nadie quiere hablar, pero todos lo presienten. Marchaos antes de la próxima luna nueva.”

Ya no podía. Algo en mí, algún residuo de la sangre de mi abuelo, me sujetaba al lago, y en las noches cerradas me veía de pie frente al agua, repitiendo salmos que no conocía y buscando en el limo signos y runas. Los papeles del abuelo, finalmente, parecían tener sentido: mencionaban, entre líneas, el “Paso del Umbral”, la “Casa del Lirio Anaranjado” y una fecha próxima que coincidía con el mes actual.

Esa noche, la más oscura y quieta de todas, la niebla cubrió tanto el bosque como la cabaña, y el aire se impregnó de efluvios que recordaban incienso marchito y flores de cementerio. Me arrastré, como poseído, hasta la orilla sepulcral del lago. La estrella brilló bajo el agua y, al mirarla, comprendí que no era un simple reflejo, sino una ventana abierta entre dimensiones donde Hali, u otra cosa, reinaba suprema.

Los lirios ambarinos en torno a la laguna se me antojaron súbitamente figuras humanas dobladas en adoración: cada tallo, una espina, cada pétalo, una mano alzada. Percibí cantos; no, más bien escuché voces, tan nítidas como si carne y hueso rodearan a mi figura temblorosa; un millar de lenguas decían mi nombre, y entre ellas el nombre perdido del abuelo.

La estrella bajo el lago giraba, y cada giro reveló imágenes ajenas a la conciencia humana: civilizaciones oscuras, banquetes monstruosos, y un trono donde se sentaba una figura envuelta en niebla ambarina―su rostro era una máscara de belleza y podredumbre, y en sus manos pendía un cetro ornado con raíces de lirio y rubíes informes.

Quise apartar la mirada y huir, pero mis pies estaban clavados al barro. Sentí entonces, en algún rincón ancestral de la mente, que el lago no sólo era un espejo, sino un umbral, y que las leyendas de Pillings eran apenas ecos de algo que ni los sabios de Hiperbórea ni los místicos de Cartago llegaron a comprender. El fulgor de la estrella era una llave, y el agua, una puerta.

Vi, para mi horror, que otras figuras―desvaídas y translúcidas―se congregaban a mi lado, cuerpos devueltos de la muerte o del olvido por el reclamo de la estrella. Vi al propio abuelo, joven y desfigurado, sus ojos enloquecidos por visiones que ningún mortal debe conocer, moviendo sus labios para transmitir un único mensaje: “El ciclo vuelve, hijo mío. Huyó de las estrellas, vive en los abismos. No cierres el paso.”

Las aguas se agitaron cuando la figura en el trono alzó su cetro y la estrella estalló en reverberaciones, arrancando de las profundidades innumerables insuficiencias y clamores. Un viento gélido me atravesó y caí, desmayado, con la melodía de las voces aún vibrando en mis sienes.

Desperté al amanecer, junto a la ribera, cubierto de lodo y musgo, con los papeles del abuelo esparcidos bajo mis manos. El lago estaba en calma, y sólo el brillo pálido de la Estrella de Hali en mi memoria me recordaba la naturaleza ominosa de la noche anterior.

Intenté huir ese mismo día, pero la carretera desapareció tras un mar de neblina; cada regreso a la cabaña era un laberinto de repeticiones, y no podía abandonar el valle. Algunas veces, desde la ventana, veo que flotan luces ambarinas en el agua, y oigo los pasitos de figuras invisibles en el jardín crepuscular.

Sé que, cuando la estrella vuelva a aparecer bajo la superficie del lago, el umbral se abrirá de nuevo, y no habrá fuerza humana capaz de cerrarlo. El tiempo que me queda lo empleo en escribir esta confesión, esperando que algún forastero, atraído por la mala fortuna o el fuego de la curiosidad, la encuentre y, tal vez, encuentre en ella un tenue aviso.

En el Valle de Pillings, la estrella espera. En la calma muerta del lago, otros sueños más antiguos que la humanidad aguardan su momento. Los lirios se inclinan cada noche, y los nombres de los que enfrentaron el reflejo marchito resuenan en las profundidades, donde ningún cuervo vuela jamás y la esperanza es apenas un eco de los que se han perdido.

Cuando llegue mi momento, sé que la Estrella de Hali gravitará sobre el umbral, y que mi rostro nadará, sin reflejo, en las aguas ambarinas donde mi abuelo ya no reposa solo.

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