Portada del relato Piedras entre las Nubes Élnocturno sobre Kiarthos El Testamento de Yaggash La Cripta de las Once Columnas Los Cautivos de la Bru
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Fragmento:


Decidieron penetrar más hacia abajo, hilados por la necesidad irracional de saber. Durante metros, avanzaron bajo relieves más abigarrados, en pasadizos donde el polvo parecía vibrar en espera del soplo de alientos que predijeran su regreso. Algo en el aire susurraba nombres: K’thunag, Iddhag, Yaggash... Ecos secos de un tiempo mineral, muy anterior a cualquier nacimiento que el alma pudiera soportar.

Duración: 09:57

Piedras entre las Nubes Élnocturno sobre Kiarthos El Testamento de Yaggash La Cripta de las Once Columnas Los Cautivos de la Bru
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Texto de ajuste de pausa.

Fue Isolde la primera en notar el extraño temblor bajo sus pies, una vibración que les subía por las piernas como el tañido de una campana lejana. El acceso, tallado entre placas de roca negra y rodeado de símbolos que recordarían vagamente a la obra de los antiguos mexicas, les suplicaba retroceder, pero la soberbia es siempre el peor bálsamo para el miedo. Con los pies sumidos en barro grisáceo, penetraron finalmente en la penumbra cargada de mineral y polvo.

La linterna primero, y luego la antorcha, mostraron lo inenarrable. La caverna era una catedral para deidades inmemoriales. Columnas labradas en la piedra se fundían a la bóveda en formas grotescas, parodiando cuerpos cuyos miembros y cabezas se confundían entre llamas y tentáculos. Grabados serpenteantes llenaban las paredes, y algunos parecían moverse con el titilar de la llama, como si desenrollaran una historia a ojos que no debían verla jamás.

—¿Sabéis qué dice aquí? —musitó Naunhofer, aferrando su grimorio, la luz coloreando de rojo su cara—. Habla de “el segundo encadenado, el primero testimoniado”. En la cosmografía chorazian se alude a un culto que “vigila y petrifica con su sólo existir”.

—No son palabras —dijo Isolde, agachándose donde un gran medallón de piedra formaba el núcleo de la cámara—. Son advertencias. Mirad los rostros. ¿Veis? Ninguno está completo. Hay líneas a mitad de los rostros, y otras cruzando los ojos.

Julius se inclinó. El cincel había rasgado los semblantes como si intentara negarlos, borrar toda individualidad en nombres y facciones. En el centro, destacando bajo la pátina verde y la cal, se alzaba una figura indescriptible: rugosa, retorcida, que no evocaba criatura firme de carne ni planta ni sombra. Todo cuanto era, desafiaba la razón: simetría rechazada, boca dentro de boca, ojos donde debían estar costillas, lóbulos en el torso, manos tibias imprimidas sobre la piedra. Julius retrocedió, con una mueca de repulsión.

—Rhagorthua —susurró Isolde apenas audible—, “el Eco Silente bajo la Necrópolis Marchita”. Y allí, muy cerca—. Detuvo su índice sobre una grieta—. «Los servidores de la piel hincada rezan a la cara que devora, para nunca volver la vista a la montaña».

Las palabras dejaron en el aire una pesadumbre mortal. Julius no pudo evitar mirar al techo, temeroso de que la fealdad ahí tallada pudiera manifestarse fuera de la piedra.

Decidieron penetrar más hacia abajo, hilados por la necesidad irracional de saber. Durante metros, avanzaron bajo relieves más abigarrados, en pasadizos donde el polvo parecía vibrar en espera del soplo de alientos que predijeran su regreso. Algo en el aire susurraba nombres: K’thunag, Iddhag, Yaggash... Ecos secos de un tiempo mineral, muy anterior a cualquier nacimiento que el alma pudiera soportar.

En el siguiente recodo, Naunhofer tropezó con algo que ninguno deseaba hallar: vestigios humanos, una hilera de cadáveres alineados junto a la pared, momificados sin pudor ni ceremonia. Sus rostros —aquello que quedaba de ellos— estaban partidos por hendiduras que, si uno quería engañarse, podían parecer obra de la erosión. Pero quién sabría realmente.

—Ningún animal hace así a los cuerpos —dijo Isolde, tapándose la boca.

—Probablemente —dedujo Julius, superando el asco—, son víctimas del culto. Las hendiduras protegen, tal vez, de lo que no debe ser mirado. Un acto de piedad o desesperación...

—¿O de fe? —añadió Naunhofer—. He leído de los seguidores de Ghatanothoa, que se mutilan voluntariamente para no ser petrificados por la visión de su ídolo.

Mientras Julius reflexionaba, sintió que todos los crujidos a su alrededor ganaban voz propia. El eco de la caverna se volvió coro, y por un segundo supo con certeza que otros habían llegado antes, y que otros vendrían después, a alimentar el hambre nunca saciada de esa piedra insaciable.

Avanzaron hacia una sala aún más vasta, donde once columnas monstruosas describían un círculo alrededor de un altar hundido. De la losa brotaba una neblina, más densa y atroz, que parecía compuesta no solo de agua, sino también de polvo de hueso y sueños no realizados. Sobre la piedra torneada se encontraba un libro: encuadernado en cuero tan gastado que apenas podía leerse la filigrana dorada de la portada.

La linterna parpadeó. Un viento gélido recorrió sus nucas, y en la penumbra, las sombras de figuras ausentes sobre las paredes se retorcieron como serpientes gordas y ciegas. Julius tomó el libro, temblando, y se obligó a leer un pasaje en voz baja, más por desesperación que por deseo académico.

"Desde la opacidad inenarrable, la Niebla Devora-Rostros reclama su peaje de carne. Aquellos que descienden, ruegan no ver, no recordar, no ser..."

Era una oración, casi una súplica tallada en versos. Decidieron, sabiendo que la neblina les devoraba el juicio, buscar la llamada cripta inferior; guiados por la obsesión de constatar lo imposible, abrieron un paso estrecho en la roca, avanzando hacia un descenso donde el suelo exudaba lodo, y los muros chorreaban un sudor algo aceitoso.

El silencio omnipresente fue roto por un estremecimiento, una corriente sorda que hacía vibrar los tímpanos, no los oídos. De improvisto, las paredes cambiaban: en vez de relieves, había reproducciones toscas de la figura central, la que antes había repugnado a Julius, ahora repetida una y otra vez, como una letanía de fango petrificado.

A medida que avanzaban, cada cual sentía sus propios pensamientos resquebrajarse. Las imágenes que debían ser estáticas parecían girar, fundirse, mirarlos con odio ciego. El miedo se volvió líquido, y para cada uno tomó forma personal: para Isolde, la vergüenza de traicionar a los vivos por el saber antiguo; para Julius, el horror a perder la cordura y la razón bajo aquellas piedras.

Al fondo del corredor, la necrópolis les aguardaba. Era una sala circular, cuyo techo desaparecía en una tiniebla densa, como si allí la gravedad colapsara. En el centro, un pedestal, y sobre él, una piedra negra tallada a medio labrar, burbujeando de formas inacabadas, a punto de nacer pero eternamente inertes. Alrededor del pedestal, los restos de cientos, quizá miles, de devotos: bocas abiertas en un grito que nunca terminaría. Allí, a pocos pasos, Julius supo el verdadero nombre del miedo.

La figura sobre el pedestal, aunque incompleta, repetía rasgos comunes de Ghatanothoa: la rastreadora de los ojos, la devoradora de rostros, la que nunca debe ser admirada de frente. Y, sin embargo, en sus líneas reventadas veía el eco atroz de Rhagorthua, deidad de la necrópolis, amalgama de los olvidados, controlador de las brumas que borran el rostro y el alma.

Sobrevino entonces la revelación.

No era el culto el que temía el regreso de su monstruo, sino que el monstruo era esclavo de su culto; nacido, invocado y perpetuado en los cánticos sin fin de los que llegan y escapan para nunca volver iguales. Los siervos se mutilaban el rostro para no ofrecerlo: ofrenda cruel a un dios hambriento, y, a cambio, Rhagorthua preservaba al cultista en piedra, y a Ghatanothoa lo sostenía en la neblina misma, insaciable y vigilante.

La voz de Isolde, quebrada como el hielo al mediodía, fue apenas audible.

—No podemos mirar más. Si seguimos, no saldremos de aquí. Nos convertiremos en estatuas de barro y grito, como ellos...

Pero Julius, incapaz de frenar el impulso de concluir, de rozar el borde del abismo, se acercó al pedestal. El aire se hizo cemento en los pulmones. El corazón golpeó, no en su pecho, sino dentro del cráneo. El libro, todavía en su mano, mudó de peso: sentía cómo su piel se adhería a la encuadernación, como si la obra misma reclamase su carne como nuevo testamento.

—No sois testigos —musitó una voz que no era humana, ni tampoco del todo voz—. Sois el siguiente eslabón en la cadena. La piedra os retendrá. La bruma os apartará. Pero mirad, pues miráis y dais existencia, y en dar existencia, dais hambre.

Julius luchó por apartar la vista, pero en la piedra bailaban mil ojos, y cada ojo era el suyo. Los huesos crujieron en sus oídos antes de crujir en realidad. Un velo se extendió sobre el mundo, haciendo de todos los sonidos un zumbido apagado. Ni el chillido de Naunhofer, ni el último suspiro de Isolde, le salvaron: sólo el eco interminable del vacío, la sensación de que su carne era moldeada, comprimida, devorada, vuelta estatua entre la niebla.

¿Y la realidad? Decía la tradición del culto que a cada explorador perdido le seguía la aparición paulatina de la “Bruma Devora-Rostros” en las aldeas circundantes. La niebla arrastraría consigo el recuerdo de los inquisitivos, hasta que sólo quedasen sombras en la memoria de los vivos, y leyendas de gritos estancados en las piedras.

Quien hoy ronda cerros y cavernas de Sibransk siente a veces, entre el sueño y la vigilia, un peso inenarrable, un temblor bajo la piel. Los doctos dirán que no es más que mito. Pero, si uno se aventura lo suficiente, encontrará el umbral sellado y los rostros hendidos en la roca, y sabrá con el corazón encogido que aquellos que buscan ver lo imposible, sólo añaden ojos hambrientos a la niebla.

Se dice que todavía, alguna noche, una estatua nueva aparece entre las columnas de la cripta, y que cada rostro es, en lo esencial, un retrato de la insaciable curiosidad humana. Lo demás es sólo piedra, bruma y olvido. Y el hambre que nunca cesa.

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