Portada del relato Carcosa: La Máscara de la Desesperación
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


No hubo transición, como si la última luz de Celephaïs hubiera sido una cortina levantada para una función infame. La niebla dorada, espesa como seda podrida, envolvía las ruinas dispersas y los lagos sin riberas donde flotaban islas de piedras rotas y columnas. El aire tenía el aroma familiar de la descomposición, matizado por la sutil fragancia de las flores que sólo florecen tras el ocaso de toda esperanza. El grupo descendió, siguiendo el instinto más arduo que la razón; el instinto de que no hay regreso posible. En el último umbral, antes de cruzar un puente de piedra negra carcomida por líquenes, una bandada de cuervos alzó el vuelo; sus graznidos sonaban humanos. Ninguno de los expedicionarios pronunció palabra.

Duración: 15:40

Libro El Umbral de las Ruinas Insondables

Carcosa: La Máscara de la Desesperación
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Carcosa: La Máscara de la Desesperación

I.

El crepúsculo que recibía a Nathaniel Orme y a sus compañeros, exhaustos tras abandonar el laberinto de Celephaïs, no era como los atardeceres de ninguna realidad anterior. Una luz sulfúrea, más dorada que esmerilada, se extendía desde horizontes devastados. Los límites del mundo parecían desmoronarse gradualmente, y el aire estaba impregnado de esa promesa de finitud y terror indeterminado que marca a Carcosa desde el mito más antiguo. Sloane, pálida y espectral, notó primero esa cualidad inapelable: una opresión autoritaria que parecía arrancar incluso el deseo de cuestionar el porqué de la existencia. Lucille tembló apenas al traspasar las primeras ruinas, recordando —sin poder aferrarse al recuerdo exacto— ecos de sueños caucasianos donde la ciudad inundada siempre la aguardaba.

No hubo transición, como si la última luz de Celephaïs hubiera sido una cortina levantada para una función infame. La niebla dorada, espesa como seda podrida, envolvía las ruinas dispersas y los lagos sin riberas donde flotaban islas de piedras rotas y columnas. El aire tenía el aroma familiar de la descomposición, matizado por la sutil fragancia de las flores que sólo florecen tras el ocaso de toda esperanza. El grupo descendió, siguiendo el instinto más arduo que la razón; el instinto de que no hay regreso posible. En el último umbral, antes de cruzar un puente de piedra negra carcomida por líquenes, una bandada de cuervos alzó el vuelo; sus graznidos sonaban humanos. Ninguno de los expedicionarios pronunció palabra.

El ronco murmullo del agua contra los escombros era acompañado por otro rumor —más sordo, profundo— una vibración que acechaba los huesos: la melodía inaudible de una ciudad suspendida entre muerte y vigilia, atenta desde el fondo de milenios a la llegada de los forasteros perdidos. Orme sintió, muy dentro de sus entrañas, que todo aquello era una trampa; y, pese a ello, avanzó. Al borde del río, Lucille exhaló apenas un verso olvidado sobre lunas caducas, mientras Sloane tomaba la mano de Elliot con una solemnidad que era ya resignación. Sólo al pisar la primera losa sumergida de Carcosa, el grupo reconoció el peso de sus máscaras: la última barrera física, la última defensa de la razón.

II.

Carcosa no estaba vacía. Los primeros habitantes que divisaron entre las brumas erraban en silencio, cubiertos de sudarios y antifaces, blancos y dorados o amarillos, todos sin sombra propia a la luz perversamente clara del crepúsculo. Sus movimientos tenían la suavidad de una procesión litúrgica; los rostros de aquellos que deslizaban parecían desaparecer si se miraban demasiado fijo, y ninguno habló ni se detuvo al paso de los forasteros. Orme, con una opresión vieja, comprendió la naturaleza de ese silencio: la ciudad era escenario, y cada figura un actor obligado, resignado a repetir gestos y marchas cuya finalidad nunca comprendería del todo.

Las calles de Carcosa, sembradas de charcos en los que temblaban imágenes de paisajes jamás vistos, llevaban a plazas de baldosas gastadas inscritas en idiomas que superaban la más oscura de las escrituras humanas. El grupo caminó largo rato entre columnas desconchadas y fuentes secas. Por donde pasaban, las máscaras de los habitantes reflejaban fragmentos de sus propias pesadillas pasadas: Sloane creyó verse de pronto, disfrazada de doncella medieval, en el reflejo dorado de una ventana; Elliot, en una vitrina velada de polvo, contempló a su hermano muerto; Lucille sintió la presión de palabras no dichas, símbolos no traducidos, desplegarse bajo la superficie de un lago.

Al llegar a la avenida principal, un cortejo fúnebre se formó delante de ellos. Músicos sin rostro entonaban melodías con instrumentos que parecían absorber el sonido más que generarlo. Cada nota vibraba en el aire y la carne, y hacía que las piedras lloraran líquenes dorados. En mitad del desfile, una figura mucho más alta, investida en un manto amarillo desteñido por el orín del tiempo, llevaba una corona de relieves apenas reconocibles: máscaras incrustadas unas en otras, sonrisas y rictus congelados, todos sin ojos. Nadie dudó, ni un instante, de la identidad del Rey de Amarillo. Su sola presencia deformó la atmósfera: la luz era ahora abrumadoramente pesada, y el silencio dentro de los oídos amenazaba con desgarrar la razón. Sus manos, largas y blancas, trazaban señales en el aire que se repetían —eco a eco— en los movimientos de todos los enmascarados de la ciudad.

Orme intentó desviar la mirada, pero la mano invisible del monarca lo retuvo. Sentía, en lo más hondo, una resonancia con las obsesiones que lo habían perseguido desde Leng hasta Ulthar. Allí el saber se había manifestado con terror, pero en Carcosa el saber era letal por omisión: lo verdadero era lo que no podía ser pronunciado. El Rey extendió la mano y, sin palabras, les indicó al grupo que lo siguieran hacia el corazón de la ciudad ahogada.

III.

Cruzaron un camino de ruinas y mascarones caídos, mientras la procesión y los enmascarados desaparecían detrás de brumas cada vez más espesas. El grupo descendió por un corredor de arcos incómodos, esculpidos en mármol negro cruzado de vetas doradas. Orme, sintiéndose cada vez menos tangible, volvió a preguntarse —como lo hicieran hace eones en Leng— si seguía siendo aquello que empezó la búsqueda. El Rey no hablaba: sus pasos apenas susurraban sobre lo que alguna vez fue un tapiz de gloria ahora podrida.

Al fondo del corredor se abría el Salón de las Máscaras: un anfiteatro circular, cuyas gradas ascendían hasta perderse en penumbra, y cuyas paredes estaban tapizadas de máscaras de todas las épocas y culturas, desde las más simples hasta las más inhumanas. Una luz cenital, proveniente de un óculo imposible, dibujaba en el aire millones de motas lentas y doradas. Sobre el altar, el Rey se detuvo, extendiendo ambos brazos en una invitación oscura. Nadie los instó a hablar; pero uno a uno, los miembros del grupo sintieron la compulsión de la confesión. La atmósfera conspiraba para arrancar de ellos todo lo que habían callado, perdido o sacrificado en el paso por Ulthar y Celephaïs.

Lucille, la primera, se quitó la mochila y extrajo páginas arrugadas del manuscrito original de la meseta. Miró al Rey sin miedo: “No quiero ya más voces ajenas en mi mente. Prefiero el silencio a la memoria extranjera.” Al instante, una máscara azul y negra, de facciones dulces y ciegas, descendió girando hasta sus manos. Sloane se adelantó de inmediato, sosteniendo una figura de barro: “Las imágenes no me protegen de mis sueños. Quiero recordar el dolor real, no una senda falsa.” El Rey la recompensó con una máscara blanca y amarilla surcada de relieves, que temblaba levemente.

Elliot, con el rostro desencajado, gritó su confesión: “¡No recuerdo quién era antes de este viaje! Si Carcosa exige un tributo, acepto olvidar incluso mis mapas, con tal de seguir siendo yo mismo, aunque sea por última vez.” La máscara que recibió era de cobre opaco, con apenas un trazo de sonrisa rota. Finalmente, Orme enfrentó la presencia del monarca, la única voluntad posible en medio del delirio: “No deseo poder, ni siquiera conocimiento: sólo ansío evitar lo peor. Quíteme el miedo de haber traído el desastre a todos, déjeme aceptar el horror sin perder la conciencia.” Le fue entregada una máscara de hueso, cruzada de filamentos dorados resecos, y un peso antiguo se asentó sobre su alma.

El Rey de Amarillo elevó las manos y todas las máscaras vibraron al mismo tiempo. Un cántico rompió el silencio; voces innumerables —vivas y muertas, humanas e inhumanas— repitieron sílabas imposibles. El grupo sintió que Carcosa se expandía y contraía, inundada de memoria y desesperación, porque cada confesión fortalecía la red de máscaras y renovaba el sacrificio iterado desde el nacimiento de la ciudad. Las máscaras asignadas debían ser llevadas por una noche y un día; así lo dijo el monarca, sin pronunciar palabra, y así obedecieron.

IV.

El ritual de la Máscara trajo consigo la mutación más grave: la disgregación definitiva de la identidad. Cada expedicionario se movía por la ciudad como arrastrado por una fuerza exterior. El recinto, otrora en ruinas, parecía restaurarse por momentos; los reflejos de los lagos se convertían en superficies pulidas como obsidiana, donde los enmascarados danzaban su propia condena una y otra vez. Sloane se vio en el reflejo como un niño, echo de barro y nostalgia; Elliot avanzó por avenidas que eran a la vez mapas desmembrados y recuerdos de ciudades que nunca existieron; Lucille, atrapada en un bucle verbal, susurró palabras que nadie oía; Orme sentía que su máscara pesaba toneladas y que, al quitársela, se sumergiría en el vacío eterno.

La ciudad se pobló de presencias: figuras enmascaradas que reían y lloraban al compás de una melodía muda. El Rey vigilaba, ubicuo, a veces acechando desde los balcones sumidos en sombra, otras recorriendo con pies silenciosos los bordes de los lagos. Nadie podía recordar a ciencia cierta dónde terminaba la vigilia y comenzaba la pesadilla. El tiempo mismo se estiraba y contraía: durante horas la procesión circulaba en torno a una fuente de mármol, sólo para empezar sin previo aviso otra vuelta, igual y diferente.

Esa noche, la ciudad celebró la Gran Representación: todos los enmascarados se reunieron en una inmensa plaza donde varillas de oro, candelabros viejos y espejos rotos formaban escenarios improvisados. La pieza representada —o invocada— era siempre la misma: la caída de Carcosa, el exilio de sus antiguos dioses, la venida del Rey que no puede ser descrito, el ciclo inacabable de máscaras y olvido. Todo espectador era actor, y todo actor era espectador. Los expedicionarios descubrieron que, aun queriendo resistirse, sus cuerpos danzaban y sus voces recitaban parlamentos en una lengua que jamás habían aprendido.

Un delirio de imágenes se apoderó de Orme: la meseta de Leng yacía bajo las aguas negras de un lago infinito; Ulthar flotaba, envuelta en neblinas pálidas, sus gatos populosos convertidos en estatuas. Celephaïs descendía en espirales de oro hasta quedar reducida a cenizas. Los ojos del Rey de Amarillo se posaban, uno tras otro, en sus pesadillas, repitiendo infinitamente la escena del sacrificio que nunca basta.

V.

Al alba —si ese concepto sobrevivía a Carcosa—, el grupo fue devuelto al Salón de las Máscaras. El Rey se sentó, sin moverse, y por primera vez habló, aunque cada sílaba era más sensación que sonido:

“Las máscaras han absorbido vuestras voces y sueños. Si conserváis aún la voluntad, sólo un sacrificio final os devolverá a la senda de los mortales. Pero recordad: quienes han representado la farsa de Carcosa jamás regresan indemnes. Hay cuatro pasajes, y sólo uno conduce a la puerta del resurgir.”

Cada viajero, dándose cuenta del destino que había escogido, experimentó una desgarradora visión de sí mismo integrando el coro de enmascarados para siempre. Flotaron ante sus ojos escenas de vidas alternas y muertos vivientes, danzando una eternidad de ciclos rotos. Lucille, luchando contra la inercia narcótica del lugar, arrancó su máscara y cayó de rodillas: “¡Prefiero el horror al olvido perpetuo!”

Sloane la imitó de inmediato; Elliot, reconociendo finalmente la imposibilidad de rearmar su mapa interior, se quitó la máscara y la lanzó contra un muro donde se disolvió en sombra. Todos ellos se volvieron hacia Orme, que resistía, presa de un miedo demasiado humano: la fusión de todas las identidades, el olvido del horror inicial.

Fue entonces cuando Orme, con un gesto de dolor final, se quitó la máscara de hueso. El tiempo se combó y la sala vibró: las máscaras dispersas sobre las paredes comenzaron a caer, cubriéndolo todo en una tormenta de rostros vacíos. El Rey de Amarillo aplaudió en silencio, y la ciudad tembló. Un estruendo subterráneo —la música de mil cánticos olvidados— desgarró la atmósfera. Entonces, apareció ante el grupo una pasarela de luz funesta, al otro lado de la cual se vislumbraba un valle envuelto en la más absoluta de las neblinas: los Valles del Sueño, el abismo final antes de la redención o la condena.

VI.

Atravesando la ciudad en ruinas, perseguidos por ecos de risas huecas y la amenaza de quedar absorbidos para siempre por el papel que el Rey de Amarillo otorgaba a cada forastero, Orme y sus compañeros corrieron tan sólo el tiempo suficiente para sentir que el corazón se descomponía. Los muros crujieron, y algunas figuras enmascaradas los miraban con una compasión que era, al mismo tiempo, burla y advertencia.

En el puente final, sobre un canal en el que brillaban las lunas del pasado, Orme se atrevió a girarse. Carcosa descendía en la oscuridad y el susurro de máscaras saltando de las paredes al agua marcaba la estricta cadencia del olvido. El Rey los miraba desde los restos del palacio, su manto dorado agitado por un viento que no tocaba el mundo; los ojos, ahora infinitos, se acumulaban en una pupila cosmótica que parecía comprenderlo todo, y prometer el regreso de la ciudad cuando el sueño de los hombres vuelva a acunar la desesperación.

Elliot intentó señalar algo, pero su brazo tembló y apenas pudo balbucear: “¿Estamos vivos… o somos otras máscaras?” Lucille negó suavemente, pero en su gesto quedó grabada la posibilidad de que la duda no tenga respuesta. Sloane suplicó —con voz ya no humana sino lunar— que alguien la despierte cuando acabe la pesadilla.

Orme, en medio de la conmoción, repitió el fragmento del manuscrito de Leng que aún conservaba consigo: “La puerta de los que duermen no es la de los que sueñan. Para cruzarla, hay que sacrificarse en nombre de todos los que no pueden regresar.”

Pisaron la pasarela y el aire mutó: de la languidez dorada se pasó a una niebla sin forma ni sueño definido. Detrás, Carcosa se cerró sobre sí misma, como una flor nocturna, y la procesión se deshizo en ecos y recuerdos. Ningún viajero pudo decir qué había quedado atrás ni qué llevaría consigo al siguiente mundo, pero todos comprendieron el precio: cada umbral atravesado había sido un acto de fe y de mutilación espiritual. Les aguardaba el Valle, frontera última entre los deseos, el horror y la posibilidad de redención —o la perdición definitiva más allá de la noche eterna.

Y así, bajo la mirada perpetua del Rey de Amarillo, la expedición se disolvió entre brumas más densas. Carcosa, la Ciudad de las Máscaras, perduraba ahora en cada memoria fracturada, en cada sombra naciente, y su eco, inexorable, prometía regresar con cada nueva duda, con cada voluntad rota, con cada pesadilla imposible de abandonar.

VII.

Mientras la niebla se cierra tras ellos, y el tiempo mismo se disuelve en la blancura espectral de los Valles del Sueño, Orme pronuncia las palabras que le quedan —un conjuro y una despedida:

“Somos lo que dejamos en las ciudades soñadas. Y sólo recordamos lo que más tememos perder.”

La última máscara salta al vacío, y la ruina insondable de Carcosa continúa su danza en el espejo inquebrantable de la desesperación.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.