Portada del relato La Nieve Que Aúlla Bajo Las Estrellas
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Las primeras ruinas las encontramos a media noche, tras dos días de marcha: tres obeliscos tumbados, cubiertos de glifos que ni Treffer supo identificar, y una suerte de menhir inclinado hacia la cordillera, como augurando una tragedia futura. Juraría que al rozar las runas con la linterna, parpadeaban suavemente, pero ni Boris ni los otros confirmaron mi observación -o no quisieron hacerlo.

Duración: 09:37

La Nieve Que Aúlla Bajo Las Estrellas
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Nunca olvidaré aquella velada en la que los portentos del olvido se manifestaron ante mis ojos, y juro que no lo haría siquiera si la razón se me fuera deshaciendo lentamente como la escarcha al sol letal de las regiones polares. Fue hace ya años, y sin embargo cada vez que la bruma nocturna se adueña de la ciudad, cuando las farolas sufren inconstantes parpadeos y el viento embiste con aullidos dignos del Limbo, despierto con el corazón maniatado por el pánico, los ojos secos e incapaz de distinguir si aún habito entre los vivos.

No era joven ni inexperto cuando se me ocurrió abordar el terreno de la Llanura de Leng, aberrante paraje prehumano tan escasamente cartografiado como plagado de fábulas sacrificadas en el altar de la incredulidad. Mi espíritu racional, mi devoción académica, nada de ello pudo vaticinar lo que encontraría más allá de aquel cúmulo de montañas no mapeadas, cuyas faldas nunca se funden en suaves colinas sino que caen en abruptos muros de piedra y blanca ventisca.

Mi objetivo, impulsado por el deseo de culminar mi monumental monografía sobre religiones extintas y cultos prohibidos, era documentar in situ los vestigios de aquel enclave legendario donde, según viejos manuscritos de Shterot, los delineamientos de lo real vacilan y hasta el tiempo parece titubear. Había leído sobre la orden de sacerdotes mutados, sobre las oscuras criptas llenas de fósiles que nunca correspondieron a animal terrestre alguno, y sobre las ruinas de unas ciudades cuyos contornos sugerían una geometría impía y nacida de pesadilla. El morbo académico me inducía a buscar, y lo encontrado refutó hasta mi último atisbo de escepticismo.

Planeé mi expedición durante semanas consultando mapas antiguos, traducciones de rollos yak, y sobre todo, aquel maldito códice de Shterot cuyo único ejemplar encontrado sobrevivió al incendio de una biblioteca hindú. Necesité intérpretes, porteadores y la complicidad de seres cuya ética renqueaba peligrosamente entre lo criminal y lo innombrable. Escogí para acompañarme a Treffer, un experto lingüista con rápidas manos y pulso de violinista, además de tres sherpás de Estonia -aunque ellos mismos nunca nombraban así a su tierra– y un fornido guía rusoviso de nombre Boris que nunca miraba a su interlocutor a los ojos, como si temiera encontrar reflejado en las pupilas ajenas algún secreto intolerable.

Iniciamos el ascenso desde el flanco menos inhóspito, cruzando valles ahogados por la neblina y montículos de piedra como huesos pulidos. Era invierno perpetuo en aquellos lares, pero algo en la palidez antinatural de la nieve advertía que su sustancia no era del todo terrena. Los sherpás oraban entre dientes, ignorando nuestros intentos de conversación cada vez que el viento descendía en oleadas extrañas y los relieves de la tierra parecían temblar en la periferia de nuestro entendimiento.

Las primeras ruinas las encontramos a media noche, tras dos días de marcha: tres obeliscos tumbados, cubiertos de glifos que ni Treffer supo identificar, y una suerte de menhir inclinado hacia la cordillera, como augurando una tragedia futura. Juraría que al rozar las runas con la linterna, parpadeaban suavemente, pero ni Boris ni los otros confirmaron mi observación -o no quisieron hacerlo.

Esa noche, mientras montábamos campamento, uno de los sherpás desapareció. Nadie recordaba haberlo visto abandonando la tienda y su nombre fue arrastrado por la ventisca como si nunca hubiera existido. Durante horas creímos oír pasos blandos, aplastando la nieve sin dejar huella, y una suerte de gorjeos guturales que se extinguían justo donde comenzaban a solidificarse en retahílas articuladas. Treffer sugería que fueran ecos provocados por cuevas ocultas en los riscos, pero aquel sonido recordaba más a una oración descompuesta que a un fenómeno acústico.

Avanzando al alba, la llanura nos recibió con montículos y huecos conectados entre sí mediante túneles y techumbres de mármol negro, visibles sólo cuando la ventisca cesaba por segundos. La geografía parecía querer repeler nuestra presencia. A cada paso la temperatura fluctuaba en grados imposibles y el cielo, de un azul que ninguna paleta jamás ha reproducido, parecía presionar sobre las costillas. Pero fue durante el tercer día cuando cruzamos las primeras ruinas reales, auténticas, ciclópeas, indescriptibles en sus proporciones y desprovistas de todo símbolo que evocase algo familiar para el ojo humano. Allí, la realidad, si merecía aún tal nombre, empezó a desmoronarse en fragmentos.

Fue Treffer quien primero halló el fragmento de hueso labrado. Su color era de un marfil enfermizo y tenía inscripciones que, según Boris, poseían ecos del dialecto de Shterot, una lengua tan vieja que sólo subsistía en la memoria de las piedras, los vientos y los cráneos de quienes habían renunciado a la cordura. Era apenas una falange, pero cuando la envolvimos en paños para examinarla, notamos que el aire alrededor de la expedición se arremolinaba y sobre nosotros presionaba una niebla tan densa como lodo con aroma a ozono y orín.

La visión que tuve esa noche aún me persigue. Una procesión de seres altos, con mantos de piel robada, ascendía por una escalinata de hielo, portando en alto antorchas cuyas llamas eran rojas y verdes a la vez. Sus rostros no eran rostros sino superficies blandas, sólo constelaciones de aberturas irregulares en las que efervescentes luces danzaban, pulsando de acuerdo a una melodía imposible de percibir, pero ineludible de sentir bajo el esternón. Iban llevando algo, una suerte de sarcófago informe de cuyo interior brotaban zarcillos de sombra y voces heridas de antigüedad. Vi cuando llegaban a una de las criptas, la misma junto a la que ahora dormíamos, y allí depositaban al ser o cosa que había dentro. Entonces comenzaron a cantar, o mejor dicho, a retorcer la realidad a través de ululaciones que hicieron que mi visión se tornara quebrada, como si viera a través de muchas pupilas.

Desperté cubierto de escarcha y sin aliento. Boris me contemplaba con terror, y supe que en mi sueño había gritado el nombre de un dios prohibido, uno jamás transcrito en apocryphos humanos, pero sí citado en los párrafos cerrados de los pergaminos de Shterot: Igh-Thutor, el Desollador del Horizonte, guardián y llave de la encrucijada. Treffer apenas murmuraba, escribiendo sin cesar símbolos incomprensibles en su cuaderno.

Nuestro descenso fue aún peor. La nieve se tornó viscosa y transparente; bajo la luz lunar se distinguían cuerpos y estructuras que en la vigilia no existían. Caminos tallados que no seguían ninguna lógica, puentes que colgaban de precipicios hacia ningún lado, y formas en la ventisca que mutaban cuanto más las mirábamos. Uno de los sherpás cayó exhausto; cuando quisimos socorrerlo, su cuerpo estaba tan rígido que al moverlo se quebró como piedra antigua. Fue entonces cuando, a lo lejos, distinguimos en la bruma un resplandor anómalo, cálido pero pútrido, que vibraba con un coloración que el ojo detesta recordar.

Nos vimos irresistiblemente atraídos hacia la luz. El viento, en vez de soplarnos en contra, parecía ahora empujarnos, y las sombras arrastradas a nuestras espaldas crecían hasta proyectarse como gigantes con manos demasiado largas. Al llegar a la fuente, fue Treffer quien se desplomó. Yace aún allí, eternamente petrificado en el instante de una revelación que ni yo mismo presencié por completo, pues corrí despavorido cuando el resplandor se tornó sólido y del suelo emergieron tentáculos pálidos, fluyendo como mercurio entre los huecos de la roca. Vi, con el rabillo del ojo, a Boris encogido, murmurando palabras de Shterot que en ningún momento habría entendido, suplicando a las cosas antiguas que le dejaran seguir siendo carne.

Corrí durante horas o eones. Juraría que la geografía cambiaba tras cada parpadeo, que los montículos jamás estaban en el mismo sitio y que las estrellas arriba destellaban con ritmos de sístole y diástole, como si el cielo fuera un gigante exánime atravesado por alguna enfermedad quae temporal. De lejanas criptas llegaban los ecos de la letanía del pueblo de Shterot, esos hijos desleales que aprendieron del cosmos la virtud del olvido, y que ahora, siglos o milenios después, aguardaban por el regreso de lo que fue sellado bajo la nieve que aúlla.

No sé cómo logré retornar. Creí ver, en el límite entre la vigilia y el vértigo, a uno de mis acompañantes, el primer sherpá desaparecido, pero su cuerpo era ahora una sombra fornida y acechante, dispuesta a devolverse hacia las criptas con obediencia de enjambre. Al despertar en una aldea ya fuera de las garras de Leng—habían pasado apenas tres mañanas, aunque mi barba y mi piel mostraban desgaste de meses—, nadie salvo un viejo pastor quiso escucharme, y esto sólo para advertirme que lo narrado era común entre quienes cruzaban el muro invisible de la razón.

Hoy, en mi estudio, con la falange aún en mi poder, de cuando en cuando la nieve de la llanura asedia mi ventana aunque viva a centenares de leguas. Hay noches en que, al entrecerrar la mirada, distingo contornos imposibles reflejados en la superficie del hueso. Oigo entonces el cántico de los que nunca duermen, las voces profundas, sacadas de la lengua de Shterot, prometiendo un regreso, un desbordamiento, y la ruina final de toda lógica y toda esperanza.

Sabed vosotros, diligentes buscadores del terror, que hay lugares donde el olvido no es mero accidente de la memoria, sino santuario, cárcel y trampa. Y que en las vastedades blanqueadas de Leng, bajo una nieve que jamás se funde y sobre estrellas que nunca duermen, aún laten sueños esperando su hora. Quizá, cuando la nieve aúlle de nuevo y yo ya no esté, vosotros estéis allí para escuchar. O quizá, ya estéis escuchando.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.