Portada del relato Los Lamentos de la Cripta de Vhoorl
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Fragmento:


Mis sueños, desde esa noche, fueron sometidos a la voluntad de terrores que no procedían de mi mente. Imágenes de túneles febriles, de corredores interminables y húmedos en los que algo reptaba en la penumbra, impulsado por una urgencia ancestral. Siempre la misma voz, aún más opaca que el silencio, susurrando desde algún punto difuso: “¿Recuerdas, lector, los dedos hambrientos del segundo umbral?”

Duración: 09:23

Los Lamentos de la Cripta de Vhoorl
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Texto de ajuste de pausa.

Un secreto se hunde en las páginas más malditas de El Libro de Eibon, una de esas verdades oblicuas y no para ser compartidas con el entendimiento tembloroso de la civilización. Si hay algo que la mente pueda apenas vislumbrar, en la opresiva penumbra de la conciencia, es esa sensación nacida de la lectura de los capítulos pertenecientes a la Era Sablyosiana: una etapa licuosa, resbaladiza, en que la tierra misma era un teatro de rarezas y presencias insólitas venidas de abismos no–humanos.

Permítanme entonces, antes de que mi mano flaquee, poner por escrito la última noche acaecida en la ruinosa Villa de Parth; un relato arrancado con sangre y locura de las negras grietas de lo que fue la cripta de Vhoorl. El documento lo conservo aún, desgarrado y marcado con manchas que ningún químico podría erradicar, envuelto siempre en una banda de piel de animal, pues los ecos de sus palabras laten con persistente desolación en mi memoria.

Llegué a Parth en medio de un invierno interminable, con la tierra acuchillada por ventiscas y el silencio solo interrumpido por crujidos helados. Iba en busca de cierta piedra grabada —un fragmento de supuesta procedencia prehumana que el doctor Ustane había hallado al excavar los cimientos colapsados de la cripta de Vhoorl—, para analizar las runas y deducir, si era posible, su antigüedad y significado oculto. Pero los aldeanos me miraron siempre de reojo; entre susurros de pestilencia y miedo, escuché el nombre del libro y el de quienes alguna vez se atrevieron a leerlo. Ninguno dormía en Parth las noches de luna negra, y ningún fuego ardía cerca de la ruina, cuyo contorno oscilaba entre la realidad y el velo del delirio.

Era ese invierno en el que, tras semanas de investigación infructuosa, un anciano de mandíbula temblorosa se me acercó con paso furtivo y me entregó una hoja de papel untada en polvo blanco: “Sólo lo entenderá si escucha”, murmuró, “pero no escuche demasiado. Nadie debe oír más allá de la segunda puerta”.

El mensaje —fragmentos de un pasaje críptico, apenas legible— hacía referencia a Baoht Z’uqqa-Mogg, la “Espiral Sorda”, y a algo que acechaba tras el umbral. El fragmento, cuyo trazo parecía grabado más con uña que con pluma, concluía abruptamente: “Y cuando sus dedos toquen el sueño, sacad vuestra lengua de entre los dientes y no oréis, pues la oración es carne y la carne es llamada”.

Mis sueños, desde esa noche, fueron sometidos a la voluntad de terrores que no procedían de mi mente. Imágenes de túneles febriles, de corredores interminables y húmedos en los que algo reptaba en la penumbra, impulsado por una urgencia ancestral. Siempre la misma voz, aún más opaca que el silencio, susurrando desde algún punto difuso: “¿Recuerdas, lector, los dedos hambrientos del segundo umbral?”

Pero —y he aquí la maldita temeridad de la erudición humana— regresé a la cripta de Vhoorl. Su armazón de piedra se alzaba, descompuesta y vencida, sobre un valle donde la geología parecía negar su lógica; allí, bajo una losa cubierta de odio e incrustaciones mohosas, me arrastré con lámpara y pala, dispuesto a hallar el fragmento de roca inscripta que me faltaba para reconstruir el conjunto. Descendí hasta donde el aire era viejo, costroso, y olía a humedad viciosa y algo ácido, indefinible.

Allí, mientras excavaba, mi lámpara proyectó por un instante una sombra indivisible y espasmódica. Tuve la sensación fugaz de que el espacio se expandía y contraía, como si al romper la costra sedimentada del suelo hubiera liberado algo. Una corriente helada me rozó la espalda y la lámpara titiló, volviendo a la vida sólo para mostrarme, junto a la losa fracturada, una abertura apenas visible como un rebanamiento quirúrgico en la estructura pétrea.

Sabía de la leyenda que los hombres de la antigua Vhoorl habían sellado “dos puertas dobladas”, destinados a impedir que ninguna criatura ajena al raciocinio humano asomara su verdadera forma al mundo. La primera puerta, decían, atrapaba la curiosidad; la segunda, la esperanza. Nadie debía cruzar ambas; hacerlo, rezaba el texto, era ahogar la mente en un mar sin orilla poblado por criaturas a las que ningún dios ni demonio se atrevería a nombrar dos veces.

Con la lámpara tiritando y la lógica soportando apenas el flujo de mi sangre, me arrastré hacia la abertura. El pasadizo descendía en espiral —no de forma arquitectónica, sino con el absurdo capricho de lo orgánico, recordándome la alternancia de las falanges de una mano monstruosa— y conducía hasta una cámara hemisférica recubierta de símbolos. El fragmento perdido, allí, relucía envuelto en una capa de escarcha inverosímil.

Extrañamente, en vez de embargarse mi mente de triunfo, sentí un terror insólito, como si fuera observado desde el propio espacio hueco de la cámara. Y entonces, al tomar el fragmento entre las manos, un estremecimiento discontinuo me sacudió: el suelo vibró con el ritmo convulso de un corazón enorme, ciego y maligno.

La lámpara se extinguió y la oscuridad se colmó de respiraciones; un roce húmedo, nauseabundo, lamió mi tobillo y después la tibieza de dedos en espiral, múltiples y blandos, comenzó a recorrer mis pantorrillas en dirección ascendente. Quise gritar pero un impulso ancestral—como si la advertencia del anciano me preservara—me obligó a forzar la mandíbula, cerrando mis dientes con furia hasta sentir el gusto dermatinoso de mi propia sangre.

Veía, en ese total anochecer, el cortejo mental de lo que me acechaba: dedos y bocas, bocas y dedos. La forma de Ygolonac, el innombrable, acechando entre fisuras, su cuerpo sin rostro coronado por bocas sucias de apetito ancestral; y, arrastrándose detrás, espirales infinitas de carne babosa, como si la forma de Baoht Z’uqqa-Mogg estuviese sellada detrás, carente de cualquier sonido salvo el crepitante rumor de plegarias que anhelaban brotar pero eran devoradas antes de nacer.

La oración —ya lo había leído en el fragmento— es carne, la carne es llamada. Y cuando los dedos de Ygolonac buscan bocas donde no hay rostros, Baoht Z’uqqa-Mogg traza una espiral en la lengua del insensato, hasta borrar toda palabra y convertir en plegaria aquello que fue pensamiento.

Por siglos, aquellos que excavaron en busca de conocimiento bajo Vhoorl sólo hallaron la mutilación de significados y la corrupción del lenguaje. Ahora, atrapado en esa cámara húmeda, mientras mi cuerpo soportaba la caricia invasiva de dedos invisibles y sentía la presión de una espiral que me apretaba el corazón, comprendí. Baoht Z’uqqa-Mogg, la sombra sin eco, aguardaba el silencio final de los que rezan sin esperanza, mientras Ygolonac, el usurpador de oraciones, engullía desde el umbral las imágenes mentales de los que osaban recordar.

El contacto se prolongó un instante pero, en la certeza de la condena, ese instante fue una eternidad convulsa: mi mente navegó paisajes de lujuria y abyección, vi bocas formándose y disolviéndose en mi piel, dedos remolineando entre las vértebras mismas de mi ser. De mi garganta quiso brotar una súplica y sólo el dolor de mi masticación me detuvo de clamar. Entendí el pavor, la advertencia: toda palabra era una invitación, todo lamento añadido a la carne era una puerta que se abría.

Retiré—¿o fui expulsado?—de esa cámara, y me arrastré, medio inválido y medio loco, hacia el aire enfermizo de la noche. El fragmento de piedra aún en mi puño palpitaba con la sugestión de oraciones asesinadas. Cuando pergeñé, días después, la trama básica de lo sucedido, me di cuenta de que aquel saber no tenía traducción posible.

El Libro de Eibon, al margen de sus delirios y parábolas, únicamente advertía: “Cuando la segunda puerta se dobla, ningún eco se alza.” Esa doble imposibilidad de plegaria o de sufrimiento verbal, sellaba el destino de los que estaban destinados a saber demasiado.

Ahora, mientras transcribo con manos temblorosas y la lengua adolorida por noches de mordidas involuntarias, siento que no soy ya enteramente un hombre. En ocasiones, sobre la piel húmeda de mi nuca, siento la presión insistente de dedos ajenos, y un hilo de silencio —espiralado y grueso como una cuerda de carne— me aprieta hasta gritar con los dientes cerrados. Escribo estas líneas y me horroriza pensar que cada palabra es, en verdad, un dedo; que cada frase es el esbozo de una boca insaciable, hambrienta de voces que no deben ser pronunciadas.

La verdad de la cripta de Vhoorl, sellada tras la doble puerta, es sólo la frontera de un páramo aún más insidioso: el lugar donde la lengua se retuerce y la mente es devorada entre plegarias y silencio; donde los nombres de Ygolonac y Baoht Z’uqqa-Mogg apenas son el eco de la auténtica desesperación. No hay exorcismo en la erudición—ningún talismán ni promesa de olvido—cuando el horror es el lenguaje mismo.

Así, le suplico a quien halle este relato: nunca ores después de leerlo, jamás susurres en soledad. Al hacerlo, podrías encontrar que entre tus dedos surgen bocas diminutas, ansiosas de pronunciar lo innombrable, y tras tu oído un rumor espiralado que aguarda pacientemente a que cruces, sin quererlo, la segunda puerta. Y entonces, no serás ya lector, ni escritor, sino carne ofrecida a las entrañas infinitas de la tiniebla.

Que sólo la memoria se conserve y que las plegarias permanezcan mudas, pues hay cosas que ninguna página escrita debió atreverse a soñar.

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