Portada del relato La Sombra sobre Cynaiboth
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Fragmento:


Cada noche, en la decrepitud de mi estudio en la mansión del valle, descendía con la linterna parpadeante abrazado al voluminoso grimorio, recorriendo párrafos incomprensibles, signos y diagramas que parecían moverse con los titubeos de la luz. Allí, bajo el influjo del vino y de una ansiedad creciente que yo mismo no me atrevía a comprender, hallé descrito, tras veintitrés páginas de hermético latín, un pasaje conocido como "La Letanía de los Poliedros", mencionado por los discípulos de Eibon como el preludio a las auténticas Puertas de la Estrella.

Duración: 09:01

La Sombra sobre Cynaiboth
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Texto de ajuste de pausa.

Hoy, tras innumerables semanas de infructuosos esfuerzos y desalientos, he dado con la razón última y anhelada de mis laboriosos estudios en la rama más oscura y silente de las ciencias arcanas. Hablo, aunque mi pluma titubee, de la presencia y estudio del terrible Libro de Eibon; un manuscrito cuyas páginas veteadas por el tiempo guardan registros de conocimientos vedados incluso para los mismos inmortales sacerdotes de Hyperborea, y en cuyo críptico relato de invocaciones, nombres ancestrales y fórmulas perdidas se oculta, como un tumor, una puerta, un sendero inadvertido por la mente común.

Cada noche, en la decrepitud de mi estudio en la mansión del valle, descendía con la linterna parpadeante abrazado al voluminoso grimorio, recorriendo párrafos incomprensibles, signos y diagramas que parecían moverse con los titubeos de la luz. Allí, bajo el influjo del vino y de una ansiedad creciente que yo mismo no me atrevía a comprender, hallé descrito, tras veintitrés páginas de hermético latín, un pasaje conocido como "La Letanía de los Poliedros", mencionado por los discípulos de Eibon como el preludio a las auténticas Puertas de la Estrella.

No he de mentir: lo que leí me llenó, al principio, de repugnancia y casi de asco, tal era el atrevimiento blasfemo de sus palabras. Decía que más allá de la geometría terrestre existen espacios de formas imposibles y que nuestro mundo, apenas una mota entre infinitos planos sostenidos por poliedros centelleantes, podía ser trascendido —con el ritual adecuado— para atisbar y cruzar los umbrales de otros reinos, donde la lógica y la muerte carecen del menor significado.

Aun así, cuanto más avanzaba en la lectura, menos podía contener ese oscurecimiento que embarga la razón; ese vértigo como un alud que empuja a los hombres hacia las simas del saber prohibido. Consulté a eruditos de la Universidad de Miskatonic, escribí cartas que fueron respondidas con mutismo alarmado, y hasta busqué en los sueños respuestas, aunque estos se volvieron moradas de insomnio y visiones nauseabundas. Siempre retornaba, como un globo atado a la oscuridad, al Libro de Eibon —todo en mi vida, amigos y trabajo, fue cediendo espacio a la fiebre de lo imposible.

Fue en la duodécima noche de enero cuando, por fin, me decidí. El manuscrito pedía sangre de la mano izquierda —la ofrenda debía manar de una incisión fresca— y el encierro en completa soledad. Practiqué el signo según los diagramas, dispuse sobre la mesa de abeto un poliedro de cristal incoloro, y entoné la Letanía, notando cómo el aire se volvía pesado y viscouso, casi masticable. Los muros de la estancia temblaron y, aunque el viento azotaba los postigos, juraría que nada de lo que oía provenía del mundo físico.

Lo primero fue el cambio de las sombras. De la lámpara surgieron formas inesperadas, giros y ángulos que no correspondían con objeto alguno de la habitación. Pulsos de luz sin fuente ni dirección se derramaban sobre el poliedro, haciéndolo brillar con una intensidad sobrenatural. Entonces, en el zumbido de mis oídos, creí escuchar un murmullo metálico en una lengua no nacida en Babel, y mi sangre —aún fresca sobre la mesa— burbujeó de un modo que desafió toda biología.

La Puerta se abrió. No hablo de madera ni hierro: era un quiebre en la realidad, una fractura instantánea y dolorosa. A través de ella no se veían paisajes ni abismos estelares, sino apenas figuras crispadas, rotas en ángulos, que se entrelazaban y replegaban en incesante movimiento. Supe, de inmediato, que miraba el interior mismo del Poliedro Eterno, la matriz geométrica primigenia que los sacerdotes de Eibon solo vislumbraron en sueños; un espacio donde cada arista era un universo y cada cara un umbral de gritos desterrados.

Por una locura que aún no me perdono, extendí la mano sangrante hacia esa ulceración imposible. Sentí, en mi carne, la presión de millares de mandíbulas invisibles, como si algo antiguo y hambriento devorara no solo mis huesos, sino también los recuerdos, los anhelos, todo rastro de humanidad. Retrocedí con un grito que apenas debió oírse fuera de mi paladar. Sin embargo, la Puerta seguía allí, respirando, jadeando como un monstruo bajo el lecho de la realidad.

Durante días, después del primer contacto, el poliedro se mantuvo frío, opaco, y sentí —ahogado de temor— que algo había pasado conmigo. Ya no era posible dormir sin notar, al cerrar los ojos, la arremolinada danza de los Poliedros. En el reverso de mis párpados se dibujaban formas que el hombre jamás ha de ver: octaedros flotando en el vacío, dodecaedros entrelazados por membranas alabeadas, y entre ellos, criaturas de carnosidad imposible, de ojos que miraban sin comprender nuestras leyes.

Oh, las cosas que supe entonces. Duermo apenas, pero cuando sueño, veo lo que la Puerta me ha enseñado; razas antiguas, anteriores a la piedra y la célula, cuya existencia depende de la estricta arquitectura de esas geometrías, criaturas que solo necesitan un leve resquicio —una grieta en el cristal de la razón— para colarse en nuestras esferas. Escucho ecos de voces que pronuncian sílabas como "Thogua", "Azgoth", "Cynaiboth"; palabras cuya sola mención hace temblar los cimientos del yo.

Pero esto no fue el final. Persuadido por la malsana curiosidad, sellé la Puerta, guardé el poliedro en su bolsa de terciopelo y me lancé al estudio incesante del Libro. Ya no podía vivir sino en la penumbra del saber prohibido. Desde Miskatonic envié cartas codificadas a viejos compañeros, mas la mayoría rehusó conversar; uno, el doctor Linnaeus, respondió apenas con un telegrama: "Destruye el poliedro. Quemad el libro. ¡Son llaves, no umbrales!"

No les hice caso. Como un perro hechizado acudí cada noche a los rituales, dándome cuenta, tarde y para siempre, de que la Puerta ya no necesitaba mis cánticos. Establecido el vínculo, el otro lado podía ahora manifestarse en delirios diurnos, sombras que reptaban por debajo de las mesas, o el parpadeo de mil ojos tras los copos de polvo en la luz. Noté también que en el pueblo donde resido comenzaron a murmurar, a evitar la colina sobre la que se alzaba mi mansión; perros huyendo aullando al atardecer, niños que decían ver luces extrañas cuando cerraban las cortinas.

Una tarde, exhausto y mudo, decidí que debía comprender la naturaleza del horror, no por valentía, sino por desesperación. Volví al manuscrito, repasando, letra por letra, cada indicio sobre las Puertas. "Son atajos —leí entre líneas escritas en tinta disuelta—, medios de acceder a potestades que no conocen el tiempo como un río, sino como un mar contenido." Decía también, en la Letanía, que las Puertas eran espejos, y que el mayor peligro reside en que, al abrirlas, podrían usar nuestro reflejo para manifestarse.

Esa misma noche, cuando la lumbre menguó y la bruma subió desde el río cubriendo la ventana, supe que el umbral se abriría otra vez, pero no ya por mi voluntad.

Lo sentí primero por el frío: un viento áurico y errante que no podía explicarse por fisuras en la madera. Luego vinieron las sombras, danzando como insectos embriagados, y en el centro de la mesa, el poliedro comenzó a brillar con luz azulada, profunda y antinatural. Del Libro de Eibon surgió un eco hueco, como si alguien (o algo) susurrara mi nombre desde el reverso de la realidad.

Sobre la mesa se dibujó el signo de la Puerta, en la sangre donde mis primeras ofrendas ya se habían secado. Aquello que miré a través del poliedro emergió; una figura desprovista de una forma definida, sujeta solo al capricho de geometrías múltiples y poliedros que se desparramaban de sí mismos. Supe, en ese instante, que tenía un rostro: el mío, aunque fragmentado y desfigurado por ángulos imposibles.

No huí, no recé. El terror absoluto no permite movimientos ni plegarias. Sentí cómo los muros de mi estudio se desintegraban, se plegaban como si nunca hubieran estado allí. El monstruo-poliedro me miró, y en esa mirada fui despojado de todo lenguaje, toda memoria y toda razón. Expulsado de la posibilidad de escapar a mi humanidad fragmentada.

Después, nada. O al menos, nada de lo que aquí retengan la tinta y la pluma; porque he seguido, de alguna manera, existiendo más allá de la Puerta, en un reino donde la conciencia es tortura y la geometría no admite redención; donde otros presencias, tras los poliedros, aguardan el más mínimo resquicio para acceder a su reflejo en nuestro mundo.

Puede que, desde entonces, la Letanía del Libro de Eibon continúe, impasible, para cualquier otro lector fatídico; la Puerta siempre espera, y no reclama más que un corazón dispuesto al abismo. Un abismo cuyas leyes sólo Eibon, y aquellos extraviados como yo, han aprendido a balbucear entre pesadillas y chillidos cuando la mansión, en silencio, se pliega para siempre sobre sí misma.

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