Portada del relato Bajo las Aguas que No Sueñan
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


—Dicen que los abuelos las tallaban —murmuró Samuel— para protegerse de lo que hay debajo. Creían que si alguien te miraba en sueños desde el agua, sólo así no te arrastraría.

Duración: 10:04

Bajo las Aguas que No Sueñan
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El principio del fin fue el trabajo de campo. Siempre lo es: una invitación informal a observar algo, a tomar unas muestras, a ayudar a un viejo colega necesitado. Solo semanas atrás mi vida había sido la de cualquier académico de mediana edad adicto a la cafeína y a los libros, escribiendo artículos sobre antiguas culturas costeras para lectores aún más exiguos que las mareas. Pero durante estos últimos días he dejado de confiar en los mapas, las brújulas o los límites de mi propia percepción.

Samuel Roncero fue quien se contactó conmigo. Lo recuerdo porque leía sus cartas con cierta cautela, como si sus palabras fuesen trampas camufladas en gramática. «Están dragando cerca de la costa», decía la primera. «Han aparecido artefactos raros. Creo que deberías venir.»

No fui por la promesa de la novedad científica, sino por el tono urgente: un deseo de advertir, una vibración soterrada en la caligrafía. Tomé el tren y luego el ómnibus hasta llegar a San Agustín del Mar, un arrabal varado entre acantilados y la niebla helada. La población se escondía tras ventanas enteladas. Incluso los perros parecían tener miedo de ladrar en la madrugada. Samuel me esperaba bajo la marquesina del hotel, alzando la mano con dedos temblorosos.

El primer día me llevó a los almacenes donde estaban los objetos que los pescadores habían sacado de los bancos fangosos junto al puerto. Había elementos comunes —ánforas resquebrajadas, ganchos de bronce—, pero en una repisa apartada descansaba una piedra pulida, casi esférica, cuya superficie negra absorbía la luz. Sentí escalofríos al tocarla. Nadie supo decirme a qué civilización podía pertenecer aquel mineral, ni yo supe encontrar paralelismos en mis libros. Sin embargo, lo más inquietante era la sensación de movimiento: cada vez que apartaba la vista, juraba percibir un giro lento, como el de una cosa soñando dentro de su prisión de mineral noche tras noche.

Esa noche, en el hotel, el sueño me abandonó. Me invadía un zumbido bajo, el tipo de nota persistente que a veces queda tras escuchar una maquinaria muy antigua, o el rumor de olas lejanas rompiendo en una cala subterránea. Salí al pasillo y creí escuchar pasos, arrastrando los pies despacio, como si alguien se negara a despertar por completo. Pero cuando abrí la puerta, sólo encontré la penumbra vacía y el eco de mi propia respiración.

—No debiste tocar la piedra —me dijo Samuel a la mañana siguiente, rodeado de papeles amarillentos, con los ojos ausentes.

Le pregunté qué sabía realmente sobre el objeto. Me respondió que los pescadores decían que venía de “el Otro Banco”, una zona que sólo visitaban los más desesperados, y de la que a veces los expertos veían regresar a los barcos con capturas color amarillo negruzco, peces tuertos o arrugados, y redes repletas de limo. Nadie preguntaba mucho; todo era miseria y superstición mezcladas con bruma marina.

Samuel me enseñó entonces el registro de un hombre de mar, Ramón Pintos, desaparecido hacía días. En el cuaderno había notas incoherentes sobre “los rezos de la espuma”, y dibujos esquemáticos de algo redondo, rodeado de tentáculos, ojos, bocas. Una frase se repetía en los márgenes: “Todo regresa a la cúpula de abajo”.

Salimos esa tarde hacia el muelle antiguo. El olor a algas muertas era tan punzante que sentí náuseas. Unos niños jugaban entre las piedras brincando sobre lo que pensé al principio que eran estrellas de mar. Sólo cuando me acerqué entendí que eran figuras recortadas en cuero, con símbolos grabados en espirales, y ojos en número impar.

—Dicen que los abuelos las tallaban —murmuró Samuel— para protegerse de lo que hay debajo. Creían que si alguien te miraba en sueños desde el agua, sólo así no te arrastraría.

Me quedé pensativo, pero una risotada ronca interrumpió el silencio. Un grupo de ancianos bebía junto a una mesa apolillada en la entrada del Club Náutico. Uno de ellos, con la piel hinchada y los labios resecos, nos hizo señas torciéndose los dedos hasta casi romperlos. Samuel murmuró que era mejor no mirar ni responder. Ignoré su consejo.

—¿Usted es el que vino a husmear? —dijo el anciano, acercándose demasiado a mi oído—. El mar devuelve lo que no quiere. Hay versos que no debe tartamudear nadie, ni siquiera en broma.

Antes de que pudiera preguntar más, Samuel me tomó del brazo, devolviéndonos al hotel. Aquella noche la inquietud se tornó física. No logré encontrar sosiego: sentía un pulso acompasado, inhumano, brotando desde el fondo de la tierra. Había algo perverso en los silencios del edificio, como si aguardase en el aliento previo a una explosión.

Las pesadillas no tardaron en acosar mi dormir. Me veía a mí mismo flotando a la deriva, descendiendo hacia un abismo sin fondo en aguas negras plagadas de formas translúcidas, tan grandes que sólo podía percibir fragmentos: un ojo reluciendo como una luna lejana, una boca rodeada de ondulaciones y apéndices, voces ululantes que cruzaban distancias imposibles. La piedra que había tocado se partía y lo que salía de su interior no era materia ni luz, sino aquel zumbido, expandiéndose hasta abrumar todos mis sentidos.

Desperté con la garganta seca, convencido de que alguien horadaba mi mente desde el otro lado de la puerta. Samuel no estaba en su habitación. Bajé al vestíbulo: había huellas de pies descalzos impresas en el polvo del corredor. Convencido de que la locura o la somnolencia me jugaban una mala pasada, salí al muelle en busca de aire fresco. Pero el aire olía, aún bajo el cielo nublado, a carne podrida y sal.

No estaba solo. Junto al límite del puerto se agolpaban, tan silenciosos como un rebaño sin pastor, media docena de figuras: eran los ancianos del club, algunos niños, otros cuerpos pálidos a medio vestir. Todos miraban hacia la línea oscura del horizonte. Detrás, las olas, inusualmente altas, golpeaban las piedras. En el centro de la multitud reconocí a Samuel: su expresión era vacía, pero su postura – los hombros rígidos, los brazos pegados a los costados – sugería una batalla interna feroz.

Me aproximé con cautela, pero el anciano del club rompió el círculo, alzando la voz:

—¿Sabe ahora, extranjero? ¿Siente las palabras descendiendo bajo su piel? —Su mirada era como la de un depredador viejo, lenta pero certera.

Lo ignoré, concentrándome en Samuel, y en los ojos llorosos que no me veían. No tuve tiempo de reaccionar: una fuerza invisible me zambulló en el fango memorístico de mi infancia, en las primeras pesadillas que nunca confesé a nadie; ecos de lugares húmedos, la sensación de que algo arrastraba sus tentáculos debajo de la cama, aguardando a tocarme.

—Todo cuanto ha sido, será, y lo que sueña, devora —canturreó alguien detrás de mí.

El agua empezó a alzarse donde no debía, desbordando el borde del muelle, formando un charco que crecía con rapidez antinatural. La piedra negra, que yo había dejado en el taller, rodaba hacia mí impulsada por la pendiente invisible. Al chocar con mi pie descalzo (no supe cuándo me descalzaron), sentí como un pinchazo, y luego calor, y luego la certeza de que el abismo se derramaba, liquido y viscoso, en la raíz de mi cerebro.

La multitud empezó a entonar un salmo que no tenía palabras, sólo sonidos: ululación, gemidos, chillidos, hasta que el timbre se fue sincronizando en una única nota baja, como la vibración de una membrana colosal.

Mi visión se distorsionó. Una cúpula de sal y limo comenzó a formarse donde el agua chocaba contra el muelle. Bajo su superficie, destellos de lo imposible: espacios infinitos comprimidos en un punto, ojos flotando, estructuras vertebradas imposibles, extendiéndose hacia confines donde no llegaría ningún sueño, ni ordinario ni cósmico.

Samuel, de algún modo, logró apartarse de la corriente. Sus pupilas se enfocaron un instante.

—No lo mires. No dejes que te vea.

Pero nos estaba viendo. A todos. Sentí un peso intolerable en el pecho, el deseo casi físico de abrirme el cráneo para dejar salir los pensamientos que no cabrían tras haber sido infiltrados por aquel otro.

La voz regresó —ya no humana—, recitando en mi mente los versos de Ramón Pintos: “Todo regresa a la cúpula de abajo / nada retorna a la carne sin pagar / las mareas llevan, las mareas traen, / lo que entra, entra para soñar…”.

Era imposible mirar a otro lado. En el interior de la cúpula una mancha agitaba apéndices, pero esos eran sólo manifestaciones triviales. Lo real era la consciencia: el abismo pensante, la Idea del Hambre que todo engulle, sueña y olvida al mismo tiempo. No había propósito, ni juicio, ni siquiera horror; aquello era el horror, el pulso original antes de la vida y el tiempo.

Comprendí en ese momento que las fronteras eran ilusiones, y cuando sentí que mis pensamientos se fundían con los del otro, supe que ya nadie podría distinguirme de entre los cultistas, o de entre las rocas, o tal vez del limo que colgaba de sus túnicas. Todas las historias que había estudiado no eran advertencias, sino recuerdos de una verdad recurrente: lo que duerme bajo el agua no aguarda, no descansa; palpita para que nunca olvidemos que nuestros dioses no han muerto, simplemente han cambiado de nombre.

Cuando los primeros rayos del sol rasgaron la niebla sobre San Agustín del Mar, la cúpula de sal había desaparecido, y con ella Samuel, y todos aquellos que aún podían soñar con una vida aparte. Me encontré de rodillas, cubierto de limo frío, la piedra negra palpitando bajo mi lengua como un huevo que nunca eclosionará —al menos, no mientras vos me sigas leyendo, mientras creas que todavía estoy a salvo detrás de estas palabras.

Escucho el zumbido cuando cierro los ojos, sé que volveré a descender, y que al final, cuando la cúpula se cierre una vez más sobre todas las cosas, ya nadie podrá distinguir de dónde viene el murmullo que late debajo de las aguas que no sueñan.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.