Portada del relato El Silbo del Vientre Olvidado
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


"No puedo seguir. Las flautas, siempre esas malditas flautas... Me observo las manos y temo que sean garras... o escamas. ¿Es la daga tan solo hueso, o es raíz del propio tiempo? Si viene el silbo debajo de mi cama, sabré que no hay regreso."

Duración: 09:52

El Silbo del Vientre Olvidado
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Vivía yo, por entonces, en Providence, aunque cada fibra de mi ser anhelaba la imposibilidad de todo recuerdo asociado a ese tiempo. La vieja casona de Benefit Street, mucho antes luz de orgullo victoriano que cáscara de resonancias funestas, fue mi refugio cuando el hastío y la bancarrota barrieron mi nombre de la afamada sociedad universitaria. Había heredado la propiedad de un tío, muerto en circunstanicas vagas que prefiero no precisar, y fue en ese ambiente de airada madera carcomida y salones cubiertos por sombras densas que comencé a escribir mis observaciones y experimentos.

Providence, bajo su superficie plácida, burbujeaba con la historia, y sus cimientos parecían transpirar una humedad de eras inmemoriales. Pronto fui presa fácil de la ociosidad malsana, así que buceé en los libros de mi antepasado. Entre papeles y recortes amarillentos apareció, casi como invitación velada, la referencia al Dr. Corman Tillinghast, un etnógrafo cuyos estudios sobre el culto subterráneo de Yig —la Deidad con Rostro de Serpiente del horror precolonial— me resultaron tan fascinantes como perturbadores. Corman era visitante habitual de los abismos de Arkansas y Oklahoma, pero en su correspondencia más tardía dejó claro que había sentido la asfixia de lo imposible incluso en los plácidos jardines de Nueva Inglaterra.

El diario, prolijo hasta el fanatismo, concluía abruptamente a mediados del otoño de 1896, en frases sacudidas por una grafía temblorosa:

"No puedo seguir. Las flautas, siempre esas malditas flautas... Me observo las manos y temo que sean garras... o escamas. ¿Es la daga tan solo hueso, o es raíz del propio tiempo? Si viene el silbo debajo de mi cama, sabré que no hay regreso."

Un escalofrío me recorrió al tratar de imaginar el significado, y aunque cerré el diario con violencia, algo había anidado en mi mente. No fue tanto el contenido como la sensación de que yo mismo había sido invitado, entre líneas, a descubrir los objetos y ceremonias que tanto habían torturado al buen doctor. Tardé dias en dormir como antes. En los momentos de vigilia, la memoria de ese último párrafo crecía como un fardo húmedo y vivo.

El evento que desató la pesadilla ocurrió la primera noche de verdadero frío en noviembre, cuando la brisa arrastró largos hilos de niebla sobre la acera permitiendo que el olvido respirara, líquido y aceitoso, bajo los mismísimos portales. Ya había despachado a mi escaso servicio doméstico —tres días de ausencia— y reinaba tan solo el crujir de la madera y el zumbido remoto del viento. Fue entonces cuando descubrí la trampilla en la biblioteca, oculta bajo la alfombra persa y ceñida por argollas negruzcas. Abrirla fue más fácil de lo que hubiera deseado. Bajé con una lámpara de aceite y, una vez en el sótano, encontré la estantería de cedro que había leído en el diario, aunque lucía más vieja, como si hubiera nacido herida ya de vejez. No me haría falta explorar demasiado: justo al fondo, en una hornacina apenas visible a la izquierda, descansaban dos objetos que parecían hechos con materiales distintos pero hermanados por una misma repulsión.

El primero era una daga. Antigua, curvada, con filo verdoso como si se hubiera bañado eternamente en veneno o moho. El mango estaba hecho de una sustancia que no era hueso ni marfil, con grabados primitivos en tinta reseca, y a su tacto frío se sumaba el vértigo de sentir en el pulgar un latido ajeno al propio pulso de mi sangre. El otro artefacto era una flauta —extrañamente ligera y dulce en su manufactura, a pesar de que adornos y grietas evocaban un tránsito doloroso por manos, mortajas y bocas ya disueltas hacía siglos. El aire que la habitaba era amargo y casi táctil.

No sé qué locura me poseyó al tomar ambos objetos. La lógica dictaría su abandono inmediato, pero la mórbida fascinación que contenían era tan persuasiva que, en mi atolondramiento, sólo atiné a llevarlos conmigo a la biblioteca, dejando la trampilla abierta. Recuerdo ahora cuán distinto era el rumor de las tablas al cerrar la puerta, y cómo el reloj de pared se detuvo, exacto, en las dos y diecisiete.

Los días siguientes se desdibujan como el sueño de un adicto. Perdí contacto con antiguos colegas y amistades; el mismo rostro reflejado en los espejos se me antojaba trémulo, reptilino, escamado por la inquietud. Encontré dentro del diario de Corman una hoja suelta, a modo de confesión final: “Para conjurar el peso de la Daga de Yig, precisa uno de abrir la garganta del mundo con la llave reptiliana. Si oyes la flauta, agáchate y no respires.” No tenía sentido, salvo el eco de una clave perdida... hasta que, una noche, impulsado por el cansancio de todo lo racional, soplé la flauta.

El sonido no fue musical. No fue de este mundo. Una resonancia gutural, al principio apenas audible, como si algo desde el corazón de la tierra respondiera desde ultratumba. La vibración era líquida y abrasiva, y en sus fibras sentí mil mandíbulas abriéndose bajo mis pies. Durante largos segundos, el aire adquirió un hálito de descomposición, y la lámpara pareció vacilar atrapada por vientos trajinados desde grietas colosales. Fui consciente, entonces, de que algo se precipitaba desde el sótano; era una sensación física, el descenso del oxígeno, el modo en que mi lengua sentía un sabor ácido y yo mismo me retorcía en la butaca. Recuerdo el sudor y el temblor de mis manos, el impulso por quebrar la flauta, pero la melodía me tenía absolutamente cautivo.

Fue solo entonces, en el silencio posterior, que comprendí a qué se refería Tillinghast cuando advertía de no respirar: era el aire, que ya no era nuestro, y llenaba los pulmones de una vida extraña. Sólo entonces sentí, bajo la alfombra, un silbido que no era viento sino el suspiro de algo viscoso profilándose, reptando, necesitado —y adorado— desde edades anteriores al hombre.

Cuesta describir el horror asociado al tacto de la daga en mi puño, como si la propia carne se derritiera para acomodar nuevas fibras, nuevos saberes. No sangraba, pero la sustancia de la que estaba hecha producía un calor helado que parecía buscar, como un amante antiguo, el corazón mismo de mis nervios. Vi, entre sombras, la deformación de la estancia: los libros agolpándose como escamas, las cortinas agitándose al compás de una respiración que surgía de ninguna parte, o acaso de la trampilla abierta.

Esa noche soñé (si puede llamarse sueño a esa vigilia turbia) con una sala vasta y abovedada, donde un tribunal de seres sin rostro sonreía con bocas de víbora. Pisos de alfombra reptil, donde cada escala era un ojo, y un altar de piedra al que fui guiado por una multitud de acólitos, manos frías, sucias. En el altar, sostenida por lenguas bifurcadas, la flauta era insuflada por el sacerdote, cuyo rostro estaba cubierto por vendas húmedas. Al ritmo del cántico, mi visión de la daga oscilaba: a veces era hueso, a veces raíz, a veces simple fragmento de pesadilla. El tribunal murmuraba, y yo comprendía —sin palabras— que el sacrificio ofrecido sería el de mi mente, despellejada poco a poco como una serpiente ancestral.

Desperté sudoroso, taciturno, los músculos entumecidos. Por días, la vida cotidiana se volvió irreal. La ciudad entera adquirió un matiz verdoso, venenoso, y el apetito se extingió. Noté, incluso, que mis parpadeos se hicieron lentos y mi lengua sentía el deseo de reptar sobre cualquier superficie áspera. Los espejos me eran ahora odiosos. Atisbé, en esa extraña costumbre adquirida, una fractura entre mi yo anterior y el que asomaba a través de las noches: algo en mí serpenteaba bajo la piel, clamando por la flauta, por la daga, por alguna ceremonia imposible de desoír.

Las cartas de mis amistades comenzaron a inquietarse de mi silencio. No respondía, no leía siquiera. Los vecinos evitaban cruzar la acera frente a mi casa y un niño dijo ver luces verdes "bailando" en mis ventanas. Peor aún, una mañana hallé marcas en el jardín: no eran huellas humanas, pero tampoco de animal conocido. Parecían, más bien, el rastro de algo que se deslizara arrastrando un fardo. Esa noche la flauta —guardada, olvidada hasta ese día— emitió un silbo propio, aunque mi aliento no la alimentara. Era la respuesta. El sonido me heló la sangre y comprendí, aterrado, que de nada servía alejarme de la casa: lo que había despertado crecería en mi carne mientras existiera el recuerdo.

Me atreví, como último recurso, a escribir estas líneas. Cada vez que la flauta suena, mis dedos hormiguean con la promesa de abrirme la carne y acepar la daga. Pero, aún en mi delirio, hay lucidez suficiente para un último registro: la daga es la promesa y la flauta la ofrenda. Si uno convoca el silbo, entonces la ofrenda es la razón, la memoria, la humanidad misma. Y si baja por la chimenea el susurro del Vientre Olvidado, no huirá uno jamás de esas escamas interiores, de ese reptar de una mente implosionada y subyugada.

Termino, pues, este relato sabiendo que al anochecer la flauta llamará una vez más. No me atrevo a destruirla ni a la daga, pues una fuerza superior —nacida en los cimientos de la propia ciudad— me lo impide. Si alguien lee esto, si alguna vez las paredes sudan y en el bostezo del viento reconocen ustedes un silbo diferente: no lo escuchen. No busquen la trampilla. No hereden esta casa, ni sus recuerdos, ni su condena. Y si el aliento de la flauta les roza alguna vez mientras duermen, no respiren. Simplemente, no respiren.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.