Fragmento:
Elgin se sobresaltó y regresó, tambaleante, a la escalera. Un frío nuevo nació en su médula. No podía permanecer allí abajo ni un instante más, no con ese susurro creciente en su oído. En su mente, como una semilla negra, fue sembrándose una imagen: una mano cuyos dedos extendidos se disolvían y, alrededor, el tiempo acelerado corroyendo carne, hueso y mármol por igual. Esa imagen acudiría a él todo el día siguiente, acompañando cada una de sus acciones.
Duración: 10:22
El invierno que asoló la villa de Dunworth llegó tarde ese año, portando una niebla tan espesa y permanente que los días parecían perpetuamente sumidos en el crepúsculo. Ya en noviembre los aldeanos sentían su carácter insidioso, el modo en que el aire helado entraba en sus huesos y el sonido del mundo quedaba como ahogado bajo esa mortaja de vapor antiguo. En el corazón de la bruma, la rectoría de piedra se erguía, fría y apartada, como si todas sus esquinas y bóvedas fueran veneradas por el polvo del olvido.
Elevando una lámpara chirriante, el reverendo Elgin Travers recorría los corredores con lento andar. Desde hacía semanas un miedo viscoso se había adueñado de su ánimo. Algunas noches, al preparar los sermones en la biblioteca, se sorprendía revolviendo sin propósito páginas grises, extrayendo libros decrépitos de estantes carcomidos, hipnotizado por la creciente acumulación de polvo en los lomos, como si una nevada de muerte cayera adentro, ignorando tabiques y ventanas cerradas.
Se dijo que era propio del clima, del abandono. Pero entonces comenzaron las otras cosas. Primero, los susurros en la piedra, tintineos apremiantes como el roce de piel seca contra el mármol, apenas discernibles entre el latido del reloj y el océano de niebla. A veces creía divisar en el umbral una sombra cenicienta que, de inmediato, se licuaba como humo ante el menor movimiento.
Pero esa noche, impulsado por una ansiedad que era más del cuerpo que del pensamiento, Elgin bajó hasta la cripta situada bajo la capilla adyacente. Los escalones de granito crujieron a su paso. Iba a investigar un fenómeno —por primera vez dicho en voz alta durante el almuerzo con la señora Braithwaite, la viuda que limpiaba efervamente, sin lograr nunca vencer el murmullo de polvo—: “Algo deshace las cosas aquí abajo. No sólo el polvo. Las estatuas… los rostros. Como si se deshicieran en la oscuridad”.
Dentro de la cripta, el aire era todavía más seco, viciado y con un aroma terroso, viejo más allá de lo humanomente soportable. Allí estaban las tumbas de los antiguos rectores, y en cada sarcófago, en lugar de inscripciones nítidas, había ahora surcos, huellas que parecían corroídas por un ácido invisible… o por el tiempo acelerado. Cuando dirigió la luz de su lámpara sobre los rostros tallados de los ángeles, vio que las mejillas se habían hundido, como si en pocas noches hubieran envejecido siglos.
Avanzó hacia el rincón más remoto, donde yacía el libro de actas parroquiales, cubierto por una lámina de polvo tan gruesa que juraría que por la mañana había sido apenas una brizna. Sus dedos trazaron una letra sobre la costra y creyó percibir un movimiento en la propia sustancia: la ceniza vibró, como empujada por una brisa interna, y recobró, caprichosamente, su posición original.
Elgin se sobresaltó y regresó, tambaleante, a la escalera. Un frío nuevo nació en su médula. No podía permanecer allí abajo ni un instante más, no con ese susurro creciente en su oído. En su mente, como una semilla negra, fue sembrándose una imagen: una mano cuyos dedos extendidos se disolvían y, alrededor, el tiempo acelerado corroyendo carne, hueso y mármol por igual. Esa imagen acudiría a él todo el día siguiente, acompañando cada una de sus acciones.
Al anochecer la niebla era tan espesa como la harina, la luna una mancha difusa sobre los tejos del cementerio. Elgin acudió al estudio; deseaba toda compañía posible, incluso la de los libros mutilados. Pero algo distinto lo esperaba. Sobre su escritorio, junto al libro de oraciones, halló la lámpara caída, y a su alrededor, una especie de círculo de cenizas frescas. Sintiéndose angosto y erguido, como atrapado en una pesadilla, contempló la trama dentro del polvo: allí donde miraba, distinguía diminutas huellas, no mayores que las de un gato, pero sutilmente distintas, como si pertenecieran a pies dispuestos en otros ángulos.
Llamó a la señora Braithwaite, cuya fe le hacía perder todo miedo a la oscuridad, y juntos rastrearon el polvo hasta la entrada de la vieja sacristía, una pieza inutilizada. Elgin abrió la puerta y toda su piel se erizó: el interior estaba recubierto de un polvo nuevo, levemente dorado, cuyas olas brillaban donde la lámpara temblorosa las bañaba. Sobre la mesa había una figura: un bulto encapuchado, tallado en madera, que año tras año había permanecido allí como símbolo del Temor de Dios. Ahora, el rostro era una mueca sin rasgos, sólo una masa agrietada, reducida a polvo.
“No hay que tocar nada”, susurró Braithwaite, sus ojos centelleando con una extraña lucidez. “A mi madre le hablaron de esto, una vez: un dios viejo que desgasta al mundo. Nadie debe invocarlo, ni siquiera por curiosidad”. Pero Elgin, que leía las Escrituras buscando consuelo, percibió en esas palabras una sentencia silenciosa: como si algo —alguno de aquellos susurros de la piedra— hubiese despertado, hambriento, por la soledad y la decrepitud de la rectoría.
Los días siguientes trajeron pesadillas. Todas comenzaban igual: Elgin se hallaba atrapado en la cripta, y a su alrededor, las tumbas se abrían por sí mismas, pero no para expulsar cadáveres, sino para liberar masas de polvo remolinado que formaban rostros antiguos, cada uno mirándolo con el reproche de quien es testigo de la eternidad. Por la mañana su cabello parecía más ralo, su piel atestada de grietas sutiles; experimentaba, mientras se aseaba frente al espejo, la inquietante impresión de que todo su ser se desmoronaba poco a poco.
La señora Braithwaite comenzó a ausentarse, alegando que la humedad la enfermaba, aunque nunca antes se había doblegado ante el frío. Otra criada, Jodie, llegó en su reemplazo, pero bastaron dos días antes de que desapareciera sin rastro, dejando abierta la puerta trasera y, sobre la alfombra por la que se marchó, una delgada pero insólita película de polvo color lino.
Elgin intentó cerrar las estancias afectadas, cubriendo rendijas, rozando cada hueco con aceite sagrado y sal, como lo hacían en los años de peste. Pero nada lentificaba el proceso. Lo que ocurría era menos una marea, más bien una marea que surgía dentro de las cosas, aniquilando desde el corazón hacia fuera. En la capilla, los feligreses se arrodillaban y, al levantarse, descubrían motas de polvo incrustadas en las mangas y los cabellos, y el órgano sonaba más hueco que nunca: como si el aire alrededor se espesara con cada acorde.
Elgin empezó a notar detalles inexplicables. Las horas transcurrían de manera errática: algunas partes del día se licuaban veloces, otras se estiraban en eternas suspensiones. Olvidaba los nombres de los niños que bautizaba, las fechas de los fallecidos, y al leer los registros parroquiales, las letras envejecidas se amalgamaban en una caligrafía irreconocible, como si los mismos signos del lenguaje cedieran ante un proceso de degeneración universal.
En una de esas largas noches vegetativas se atrevió a pasear fuera, entre las lápidas apenas visibles por la niebla. Notó, bajo los pinos, un agujero en la tierra, rodeado delicadamente por círculos de polvo. Se arrodilló y distinguió en la tierra removida una mano minúscula, momificada y seca, que se fragmentó como ceniza al primer gesto. Por un momento le pareció oír, más allá de toda lógica, un murmullo risueño mezclado con el viento —un sonido demasiado antiguo para ser humano.
Al regresar al despacho, quiso ver si estaba perdiendo la razón. Consultó a médicos, repasó manuales de locura, intentó analizarse. Pero lo que se desmoronaba en Dunworth era de otro orden, más allá de toda dolencia de la mente. Era una enfermedad del mundo. El tiempo mismo parecía estar desmoronándose.
A la semana, la villa entera estaba afectada. Casas antiguas cedieron como cartón ante el frío, los vejetales se descomponían en polvo en menos de una jornada; los perros y gatos desaparecían, dejando sólo rastros cóncavos en los adoquines cubiertos de polvo brillante. La gente del pueblo empezó a irse, abandonando su herencia, presa de un terror visceral. Nadie osaba referirse abiertamente al desastre, pero las palabras que se escuchaban entre susurros eran “antiguo”, “vejez”, “pérdida total”.
Elgin, atrapado por su sentido del deber y la insania creciente, exploró la sacristía una vez más. Esta vez, la figura encapuchada no estaba. En su lugar, una calavera humana dormía sobre la mesa, agrietada y cubierta por polvo semejante al oro pálido. Observó sus propias manos: ya no eran firmes y seguras, sino nudosas, gastadas, con motas de un polvo que no pudo limpiar con agua bendita.
Al caer la noche, un sonido sutil —la respiración de alguien a punto de dormirse para no despertar jamás— lo llevó hacia la cripta. Allí aguardaba. En la penumbra, distinguió una forma sentada en la losa mayor. No era sólida, ni etérea, sino ambas cosas a la vez: la silueta de un ser imposible, cuyas manos eran nada más que residuos y, donde debía haber un rostro, una mancha en continuo desmoronamiento.
La voz no fue oída, sino introyectada, empujando desde dentro de su pecho:
“Todo lo que existe vuelve a polvo.
Lo que toco vive todo su tiempo en un instante.
¿Quién eres tú para interrumpir mi cosecha?”
Elgin, incapaz de apartar la mirada, empezó a desmoronarse; sintió cómo su piel, sus huesos, su historia caían en cascada hacia la nada, como si en ese instante el tiempo de su vida se desgarrase y se comprimiera en un aluvión de ceniza. No sintió dolor, sólo una expatriación inexorable del cuerpo.
En el último instante, mientras lo que quedaba de él se integraba en las olas de polvo que barrían la cripta, comprendió que no era el terror de morir la mayor angustia, sino el terror anterior e inimaginable de vivir demasiado, de experimentar, en segundos, la vejez del universo, de quedar expuesto a la mirada de un dios antiguo y ajeno para quien todos nuestros nombres y hechos son nada más que residuos en la corriente de lo inevitable.
Cuando llegó la primavera, la rectoría yacía cubierta bajo metros de polvo, y la brisa arrastraba pequeñas figuras —residuos de lo que una vez fue humanidad— que bailaban sobre la hierba, bailando al compás mudo de la vejez universal, danzando bajo la sombra de quien sólo deja cenizas tras sí.
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