Fragmento:
Me armé de valor, temblando como un monaguillo antes de misa negra, y abrí una rendija de la bodega sólo lo suficiente para que la linterna alumbrara el contenido. Lo que vi me arrebató el aliento: los cajones, ennegrecidos y cubiertos de óxido, parecían hinchados y pulsantes, casi como si respiraran. Sobre uno de ellos, recién removida la tapa, una sustancia viscosa y perlada destilaba lenta y silenciosamente, y entre la oscuridad creí ver retorcerse una forma imposible, pálida y cubierta de ventosas, que desapareció de inmediato con el ruido de la madera cediendo bajo peso no humano.
Duración: 09:18
El mar extendía su inmenso manto helado bajo la luna nueva, un abismo negro y carente de compasión sobre el cual el viejo bergantín de cabotaje “Providence” luchaba con las olas como un condenado lanza puñetazos a la inevitabilidad de la tumba. Zarpar de Arkham había significado dejar atrás la protección de la costa y la cercanía de lo conocido; y ahora sólo la tenue linterna de proa cortaba la niebla, asomando y ocultándose entre lívidos jirones de bruma como el último pensamiento cuerdo antes del delirio.
Al mando del “Providence” estaba el Capitán Amadeus Wicks, un hombre de semblante adusto y habla ruda, cuya fama de supersticioso no sobrevivía una sola noche en tabernas llenas de marineros hastiados de historias. A pesar de su rudeza, aceptó abordar una carga semiclandestina: extraños cajones sellados provenientes de Innsmouth, cuyo contenido, según los documentos, consistía en “objetos rituales y artefactos históricos rescatados del Atlántico”. Nadie a bordo creía realmente tal cosa, pues la sola mención de Innsmouth arrancaba gestos esquivos y promesas rotas sobre mantener la boca cerrada.
Fue Egbert Lorman, el contramaestre, quien primero notó la rareza de los cajones: goteaban agua salada a pesar de estar secos cuando los embarcaron en Arkham. Por las noches, cuando el viento cortaba el gemido monótono de la brisa, juraría que escuchaba algo raspando suavemente, como el roce de uñas contra madera vieja, proveniente del interior de la bodega. Nadie quiso acompañarle a revisar, y Egbert mismo, envalentonado por el ron y la rebeldía, halló razones para no bajar cuando el sol se hundía en los grises abismos del horizonte.
Fue al séptimo día, cuando navegábamos más allá del escarpado Cabo de Miskatonic, que los acontecimientos comenzaron a aferrarse a nuestra razón como tentáculos húmedos. La luna no apareció aquella noche y el mar era un espejo de obsidiana apenas encrespado bajo la “Providence”. El joven vigía, Nicholas Carter, volvió pálido como la ceniza de su pipa, jurando que, entre escamas de espuma, una perturbadora oscilación luminosa danzaba bajo el casco, siguiendo al barco. Esa misma noche, Egbert desapareció sin dejar rastro; sólo hallaron una voluta de sangre seca en la escotilla superior de la bodega y un fuerte hedor a salinidad y musgo podrido que ningún marinero pudo limpiar por días enteros.
La paranoia se enseñoreaba de la tripulación. El frío era más feroz y pegajoso, como una presencia viscosa que se colaba hasta los huesos cuando uno permanecía solo demasiado tiempo. A mí mismo se me encargó reemplazar al contramaestre en un turno de guardia junto a la bodega, donde los supuestos objetos históricos repiqueteaban suavemente, pese a que el barco se hallaba inmóvil, atrapado por una extraña corriente embarrada que hacía que las redes emergieran llenas de algas negruzcas y pequeñas criaturas translúcidas, desconocidas hasta entonces.
Me armé de valor, temblando como un monaguillo antes de misa negra, y abrí una rendija de la bodega sólo lo suficiente para que la linterna alumbrara el contenido. Lo que vi me arrebató el aliento: los cajones, ennegrecidos y cubiertos de óxido, parecían hinchados y pulsantes, casi como si respiraran. Sobre uno de ellos, recién removida la tapa, una sustancia viscosa y perlada destilaba lenta y silenciosamente, y entre la oscuridad creí ver retorcerse una forma imposible, pálida y cubierta de ventosas, que desapareció de inmediato con el ruido de la madera cediendo bajo peso no humano.
Arrastrando a la superficie lo que quedaba de mi coraje, corrí a dar aviso al Capitán Wicks, pero él ya se hallaba allí, como hipnotizado, murmurando en una lengua que jamás oí en ningún puerto sagrado o impío de la costa de Nueva Inglaterra. La linterna, presa del temblor de su brazo, alumbraba el interior de otro cajón, mostrando símbolos innombrables grabados en metal, y lo que parecía ser una máscara ceremonial hecha de hueso y nácar, con piezas móviles que se deslizaban perezosamente como si fueran labios buscando el habla.
El capitán giró hacia mí y, por un instante, creí que sus ojos no eran los suyos, sino dos orbes abisales sin párpado, que destellaban con una luz verdiazul como el fulgor de una medusa encendida. Gritó unas palabras, la mayoría ininteligibles salvo la constante y gutural repetición de “Y’ha-nthlei”, y se sumió de nuevo en su tarea profana. Intenté detenerle, pero fue como si una fuerza invisible trabase mis pulmones y oídos; tan sólo logré retroceder, tropezar y perder los sentidos envolviéndome el oscuro aroma del salitre ancestral de la bodega.
Cuando desperté, el barco entero estaba sumido en una noche antinatural, con océanos de negrura por encima y por debajo. Aunque debía ser ya media mañana, ni el sol ni nubes ni gaviotas se divisaban. La tripulación murmuraba entre sí, aquellas palabras inhumanas habían contagiado a unos cuantos; otros, pálidos como pescados hervidos, evitaban la mirada del capitán, quien se paseaba erguidísimo por la cubierta, llevando ahora al cuello la máscara de hueso y nácar como un ídolo de mar en alguna tétrica procesión. Sus ojos desprendían la misma luz marina que yo había captado en la bodega.
El mar, antaño compañero y adversario previsible, se había tornado en algo más resbaladizo, profundo e impenetrable para la mente humana. Escuchábamos, durante las últimas guardias, un zumbido subacuático que escalaba a escalofriantes melodías, extrañas y terribles. Parecía que las propias olas susurraban nombres olvidados, historias de ciudades sumergidas, de pactos secretos y dioses con siluetas de pez o calamar, ávidos de retornar a la superficie.
El primero en saltar por la borda fue James Rourke, el cocinero, quien, enloquecido por la falta de sueño y por el cántico de las profundidades, dejó a la vista una estela de sangre verdosa en la superficie antes de desaparecer. Luego le siguieron otros; algunos se amarraban pesados nudos de hierro, otros caían dócilmente, como si la llamada del abismo fuese la más dulce de las melodías. El agua espumeaba con formas que no eran de este mundo: tentáculos vaporosos, ojos múltiples, bocas llenas de fauces traslúcidas que se perdían en túneles orgánicos imposibles.
Comprendí entonces, con el hervor del delirio, que aquellos “objetos rituales” venían de ciudadades que nunca abandonaron el fondo del océano — Y’ha-nthlei, la Innsmouth de abajo, reino secreto de los profundos y sus protectores. Habíamos profanado sus reliquias y arrastrado sus pestes, rompiendo sellos y palabras que durante siglos habían mantenido a los horrores de las simas antiguas alejados de los barcos y las redes de hombres mortales.
Tuve que elegir: sucumbir como mis compañeros, entre la melodía y el vértigo, o resistir con uñas y dientes la obliteración de mi cordura. Huí a la cámara de cartografía, donde desgarré el diario de navegación con la esperanza de dejar alguna razón escrita, de advertir a quien leyese después que la ruta del “Providence” no debía repetirse jamás. Mientras lo hacía, vi por el ojo de buey cómo desde el fondo ascendía una masa indiferenciada de escamas, espinas, bocas y ojos: era una sola criatura o eran mil, pero todas ellas irradiaban una intención vorazmente alienígena, una hostilidad tan primigenia como el agua que nos rodeaba. El mar —su mar— se desperezaba para cobrarse el tributo que nos habíamos rehusado milenios atrás.
No puedo decir cuánto duró aquella vigilia. El barco crujía, cediendo a la presión de invisibles potencias abisales. Escuchaba, por momentos, fragmentos de oraciones en la lengua de Innsmouth, entonadas cada vez más cerca, acompañadas del chirriar de garras mojadas sobre tablas. Un remolino monstruoso empezó a formarse alrededor del casco, y las aguas enrojecieron como abiertas por una herida. El capitán Wicks, ahora casi irreconocible, dirigía la procesión final empuñando el ídolo, toda la tripulación tras él, en trance o ya metamorfoseados, con escamas en las mejillas y membranas palpitando entre los dedos.
Abandoné toda esperanza cuando sentí que el suelo cedía, el asfalto de la realidad desquebrajándose bajo mis pies. La cubierta se abrió como la boca de un animal sediento, y sentí que caía, arrastrado por nudos invisibles, hacia el centro del remolino. En ese descenso sin fondo, vi ciudades sumergidas, templos ciclópeos, siluetas monstruosas deslizarse entre corales petrificados y extraños fuegos verdes. Vi, finalmente, a Dagón en su colosal gloria, un dios sin edad, sin piedad, a cuya mirada todo hombre, toda historia y toda esperanza le resultaban indiferentes.
Ahora solo queda mi testimonio. He sido devuelto a la costa meses después, arrojado por el mar en una barca improvisada, loco y envejecido, ciego de un ojo y con marcas de ventosas en los brazos. Escribo estas páginas antes de que los siervos de los profundos vengan a reclamarme. Os ruego, evitad las rutas del “Providence”. No permitáis que los innombrables objetos de Y’ha-nthlei vean la luz de este mundo de nuevo. Rezad por vuestras almas. El mar no olvida ni perdona.
Ya percibo la humedad en mis pulmones y la melodía seductora de las profundidades llamando mi nombre, arrullándome hacia mi última travesía. Y, si leéis esto, que los dioses misericordiosos de la tierra firme os protejan de los secretos agazapados bajo las olas. Pues el mar es antiguo, mucho más antiguo que la memoria del hombre, y bajo su superficie laten horrores que esperan pacientes por el retorno de aquellos días en que el mundo era suyo.
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