Portada del relato Las Mareas de la Ruina
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Fragmento:


“¿Qué conoces de la petrificación de alientos?”

Duración: 10:05

Las Mareas de la Ruina
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Texto de ajuste de pausa.

I

Todavía me asalta el hedor a algas podridas y nitrato, perfumando la brisa gélida con recuerdos de una degradación ajena al tiempo humano. Mi relato será, como debes comprender, una excusa lastimosa ofrecida al tribunal de la cordura; sólo espero que me creas lo suficiente para no acercarte jamás a la trampa húmeda del gran Atlántico austral, donde la razón y la memoria se deshacen como arcilla húmeda entre dedos trémulos.

No puedo precisar el año con exactitud. La guerra había terminado, aunque la paz nunca había sido más que un rumor en la boca de los hombres. Mi búsqueda de secretos arcanos —heredada de un abuelo que fue cartógrafo en el río Clyde y lector obsesivo de mitos— me había llevado a aceptar la invitación de un tal Rutgers, barón de una fortuna marchita pero dueño aún de un pequeño vapor, el Fomalhaut. Su tarjeta olía a pergamino y almidón, su apretón de manos sugería algo reptiliano; llevaba grabada la imagen desvaída de una estrella de seis puntas y una advertencia: “Ojo a los vientos que nunca se duermen”.

Salimos desde el puerto de Boston un jueves perezoso de septiembre, bajo cielos encharcados de ceniza, con una tripulación de seis hombres endeudados o demasiado viejos para el tráfico turbio de la modernidad. El objetivo era claro sólo para Rutgers, que recitó a media voz, en francés empapado de guturales, instrucciones sobre los bancos de pesca frente a la costa de la Isla Bouvet. A mí me confió solamente la frase: “Recuerda la geometría, no la fe”.

Las primeras jornadas transcurrieron entre la paranoia de los sueños nacidos del balanceo y el resplandor de los pequeños faroles de aceite. Había un clima de expectación podrida en el ambiente, una ansiedad que superaba con creces la propia tensión de navegar hacia mares tan malditos como el Trench de Leng, ese abismo sin fondo rastreado por balleneros y cartógrafos dementes.

II

La noche del undécimo día, mientras el Fomalhaut surcaba aguas negras como la tinta de un escriba poseído, comenzamos a escuchar los cantos. Primero un eco, luego una polifonía que alzaba y desenredaba sílabas en idiomas sin vocales. El contra-maestre, Apelbaum, puso el oído en la madera y murmuró una letanía hebrea. El rostro de Rutgers se transmutó en un jeroglífico de temor.

“Esto”, dijo, arrastrando la voz, “es el umbral. Lo cruzaremos al alba”.

Nadie durmió. Los marineros se enredaron en sus mantas, los nudillos blancos. Algún rezagado dejó caer en la cabina unos dados antiguos, tallados con signos que después sabría que pertenecían a los monjes encadenados de Leng, los mismos que tallaron el primer templo bajo la influencia de aquello que se dice espera aún en la profundidad.

Fue entonces cuando Rutgers me llevó aparte, hasta la cámara de mapas. Allí, bajo la luz temblorosa, desplegó un pergamino viscoso, de un marrón verdoso inconfundible. Mis ojos intentaban seguir las líneas cuando me preguntó con voz ajena:

“¿Qué conoces de la petrificación de alientos?”

Hice ademán de negar, pero mi memoria era traicionera: entre los retazos de Grimoires y los susurros que mi abuelo me contara de las montañas moradas, los nombres surgieron, tímidos como larvas. Ghatanothoa. El Imperecedero. El Primer Devorador.

Rutgers asintió. “Bajaremos donde duerme. Necesito ojos que no miren, oídos que no escuchen, manos que no se tiñan de sal. Sólo tú puedes abrir los sellos si olvidas temer”.

Acepté porque era incapaz de retroceder. No por valentía, sino por una rendición irracional ante el vértigo.

III

Los días siguientes fueron un descenso; no por el mar, sino por el ánimo. El mar se adensaba, como si la presión del abismo subyacente intentara hervirnos; las olas golpeaban a contratiempo, y en su espuma flotaban membranas desgarradas, semillas de estrellas y fragmentos de hueso. La brújula deliraba, girando con avidez en órbitas cada vez más agudas.

“Hemos entrado en la margen exterior”, susurró el primer oficial, un bretón de ojos que nunca parpadeaban.

Fue entonces cuando emergieron los primeros signos físicos: los relojes se detenían; las fotografías tomadas mostraban figuras ausentes, y los papeles expuestos a la brisa del mar adquirían líneas e inscripciones, como si un escribano insomne los hubiera trabajado con una exactitud aterradora en los márgenes.

Al vigésimo día del viaje, la marinería estaba reducida a un puñado de sombras que susurraban oraciones heridas. El pánico les llevaba a apilar cajas de sal en la proa, tentando así a los Antiguos con el último regalo de los vivos. Yo, obligado por Rutgers, pasaba horas descifrando las inscripciones del mapa —un verdadero laberinto de ángulos hiper-euclídeos que evocaba la construcción imposible del supuesto templo submarino de Leng—, mientras mi cordura comenzaba a fragmentarse como una concha bajo el pie cruel de un gigante.

IV

La mañana que divisamos la estructura, el mar estaba tan quieto que el Fomalhaut parecía flotar sobre un abismo de vidrio. Lo que vi no era el trabajo ni de hombres ni de dioses; sobresalía del agua una masa ciclópea de basalto y coral negro, entretejida en formas que hacían sangrar los ojos, como si el mirar directo trajera el dolor de la recordada eternidad.

Arcos invertidos; pilares que nacían de la muerte de otros pilares, grabados profundos de ojos estriados que seguían a quien los contemplaba. La forma del templo era un desafío a la razón: una espiral que descendía sin término al corazón de la noche, al núcleo de lo inhumano.

Rutgers me mandó balbuceante a tomar el plomo y la cuerda, mientras él murmuraba invocaciones en lenguas olvidadas. El barco fue anclado con cuidado, y una barca fue echada al agua, tripulada por Rutgers, yo mismo, el primer oficial y uno de los marineros, un islandés cuyo nombre no alcancé nunca a aprender.

Mientras remábamos, noté que la corriente nos arrastraba como el aliento de un coloso dormido. El aire se volvía viscoso, vibrante de potencialidades insalubres. El propio Rutgers palidecía con cada metro y parecía encoger en su asiento, como si la cercanía le restara no sólo ánimos sino volumen y peso.

Atracamos en una hornacina natural tallada entre dos columnas que servían de umbral. Casi al instante sentimos el cambio: una quietud asfixiante, la sensación de que el aire y el agua estaban hechos de la misma sustancia, esperando ser despertados.

Rutgers me empujó suavemente: “A ti te corresponde”.

V

La entrada se abría como una úlcera negra sobre el coral. El primer paso dentro del templo fue un umbral genuino al otro mundo. El suelo estaba cubierto por limo verdoso y hojas de pergamino empapadas, todas grabadas con los mismos caracteres tortuosos que había visto en el mapa. Las paredes goteaban, pero era un sudor distinto, abisal: olía a mineral no catalogado, a eternidad en descomposición.

Nos adentramos por un corredor principal, que se curvaba con una geometría indescriptible. En ciertos tramos, era imposible decir si subíamos o descendíamos. El tiempo perdía significado; mi reloj, recuperado milagrosamente, marcaba las horas al revés.

En la cámara final —un recinto esférico imposiblemente vasto, como si la realidad se hubiera inflado dentro de un cráneo de basilisco enterrado— nos aguardaba la estatua.

Ghatanothoa.

No era una escultura, sino un espejo de terror embalsamado, un cuerpo titánico sumido entre membranas y tentáculos, los ojos envueltos en una especie de arnés de metal tallado con runas. La sola presencia de esa estatua era una blasfemia contra la carne y la mente: parecía absorber la voluntad de mirar, y a la vez, devolverla amplificada, corrupta.

Rutgers comenzó a recitar un texto que sólo después reconocí como el célebre Juramento de Olvido de Leng. Pero su voz fue ahogada por un bramido subterráneo. La estatua vibraba, y mi cuerpo sentía, bajo la piel, la presión enorme de un millón de siglos mirando desde el fondo del abismo.

La mente del islandés se quebró en ese instante: intentó apartar la mirada, pero fue arrastrado por un impulso más allá de la voluntad. Sus pies se petrificaron ante mis ojos, tornándose de esmeril y obsidiana, luego las piernas, el torso, hasta que sólo quedó un caparazón grotesco, arqueado en la agonía última. Rutgers gritó, no de terror, sino de triunfo vil, y avanzó hacia la estatua, sumergiendo sus manos en la membrana que la protegía.

No recuerdo cómo logré apartar la mirada. Siento que el aire mismo se volvió sólido y me arrojó hacia atrás, rodando por el corredor invertido, cegado por un dolor nuevo y absoluto en el corazón y los ojos.

VI

Desperté mucho después, tendido sobre la cubierta, la barca a la deriva, sin Rutgers, sin islandés, sin mapas ni inscripciones. Sólo el Fomalhaut a la distancia, con sus faroles apagados, y una niebla casi líquida que se enroscaba en mis tobillos y muñecas.

El primer oficial, envejecido diez inviernos, me recogió sin mediar palabra. Nadie preguntó por los ausentes. Navegamos de regreso en silencio, como si el viaje hubiera sido un parto forzoso de realidades internas.

No volvió a verse más el Fomalhaut ni a ningún hombre de su tripulación. Los periódicos hablarían de tormentas, de monstruos, de locura, de motines. Yo, sólo, quedé para proteger esta historia, para advertir a los que se sientan atraídos por los abismos del Atlántico austral.

Hay, aún, noches en que sueño con la estatua. No me atrevo a mirar lo que hay tras mis párpados cerrados; sin embargo, siento que crece dentro de mí la hiedra de la petrificación, una urgencia de contemplar aquello prohibido, aquel arrullo de piedra y sombra. Sé que un día dejaré de moverme, de respirar, y sólo quedará mi concha vacía, atrapada por siempre en el eco y la marea del Templo.

Y cada ola que golpea mi ventana, cada bruma que se cuela, me recuerda que la eternidad nunca reposa. La fe puede morir, pero la geometría, nunca.

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