Fragmento:
La primera jaula que izamos, al tercer amanecer, venía extrañamente intacta. Y vacía. Los cebos permanecían, limpios, envueltos en algo gelatinizado que refulgía con un iridiscente enfermizo. Salva fue el único que se atrevió a tocarlo, y luego todo su antebrazo desarrolló una sarpullido rosado y ampollas, como si una legión de lenguas invisibles le hubiera lamido la carne. El marinero soltó una blasfemia y la jaula fue echada de nuevo al agua, pero la sensación de profanación ya era un muro entre nosotros y el regreso a puerto.
Duración: 10:29
Sumergido en un delirio de insomnio y bruma salina, el capitán Osvaldo Trujillo escribió por última vez en el diario de a bordo aquel 21 de mayo, atracado al norte del archipiélago frío. Su caligrafía apretada apenas se leía bajo la mancha del óxido y la humedad, pero el mensaje era inequívoco: “El mar llama con una lengua que devora la razón, y no vuelve lo que toma”.
Yo era segundo de abordo en ese barco, el Ízaro, un arrastrero vasco deteriorado, comprado barato por la empresa de mi hermano para faenas incómodas en el Atlántico Noroccidental. Mi nombre da igual, hoy solo interesa de mí lo que entonces desconocía. Fui testigo y cómplice de una noche que el mar se tragó, pero no digirió jamás.
Navegábamos para una misión precaria: recuperar las jaulas de langosta lanzadas sobre una zona vetusta, prohibida al resto por la superstición y la influencia sempiterna de los vientos. Antaño, historias llenaban las tabernas; marinos juraban que la corriente allí no era de este mundo, que silbidos etéreos se escurrían por las escotillas y los peces traían ojos de muñeca rota.
El capitán Trujillo, alcohólico irremediable, parecía invencible ante el agobio de esas habladurías. Nos arrastró a todos, convenciendo a la tripulación con promesas de las langostas más pesadas y carnosas, ignorando el frío espectral que cubría ese rincón cartografiado en los años veinte, olvidado a propósito. Éramos solo seis en cubierta: Trujillo, mi hermano Eneko, el griego Papadakis —serio y brutal—, Salva (el cocinero valenciano viejo y taciturno), yo y un tipo alemán que llamábamos Klaus, cuya única virtud era beber más vodka que el capitán.
La tormenta empezó antes de tiempo, como un mal presentimiento, cortando las comunicaciones y sumergiendo el barco en un letargo abisal donde el viento ululaba interminable, como una orquesta de huesos contra el casco. Por dos noches, el trabajo habitual fue sustituido por el acopio histérico de rumores y pesadillas compartidas en voz baja, cuando el ron barato no bastaba para ahogar los escalofríos.
La primera jaula que izamos, al tercer amanecer, venía extrañamente intacta. Y vacía. Los cebos permanecían, limpios, envueltos en algo gelatinizado que refulgía con un iridiscente enfermizo. Salva fue el único que se atrevió a tocarlo, y luego todo su antebrazo desarrolló una sarpullido rosado y ampollas, como si una legión de lenguas invisibles le hubiera lamido la carne. El marinero soltó una blasfemia y la jaula fue echada de nuevo al agua, pero la sensación de profanación ya era un muro entre nosotros y el regreso a puerto.
Klaus, esa tarde, encontró una figura de metal oxidado entre las cuerdas. Apenas distinguible entre los restos de algas, era una especie de idolillo, amorfo, con miembros desproporcionados y orificios donde debían haber facciones. Juró haberlo visto moverse al mirarlo, pero nadie lo creyó hasta que el griego, borracho, lo arrojó sobre la mesa declarando que se trataba de una “llave”. Insistió con dientes apretados que esos amuletos no eran de hombres, que en las islas de su juventud los viejos pescadores ponían marcas hexagonales en la proa para mantener lejos la “gente de abajo”. Era su eufemismo para los espectros marinos, amantes del silencio y el ansia.
Fue la noche siguiente cuando Eneko, siempre escéptico, bajó a la bodega para arreglar la bomba de achique, convencido de que las filtraciones eran culpa del óxido, no de una maldición. Tardó más de una hora en regresar. Lo hallamos al fin sentado en el suelo, envuelto en la oscuridad, murmurando palabras inaudibles. Su piel estaba tan fría que se le pegaban las monedas en la frente cuando tartamudeaba. Papadakis le aplicó un trago forzoso de whisky, pero solo consiguió que vomitara agua negra con pequeños restos de lo que al principio imaginamos eran algas, pero cuyas estructuras filamentosas eran más bien semejantes a nervios.
Esa madrugada, Trujillo cambió la ruta, moviendo al Ízaro fuera del cuadrante prohibido, aunque nadie lo discutió. La paranoia era tal que nadie dormía, y todos, incluso yo, empezamos a registrar sueños donde mareas de criaturas translúcidas y extendidas reventaban en la superficie y extendían tentáculos sobre la borda, buscándonos con lujuria cósmica.
La cosa se rompió finalmente al quinto día. Klaus no apareció para su vigía. Lo encontramos junto a la proa, hinchado, los labios partidos en una sonrisa grotesca y los ojos abiertos, fijos en el horizonte. El idolillo de metal estaba clavado en su pecho, como si hubiera sido insertado a martillazos. Nadie podía explicar cómo, porque sólo él había tenido acceso al objeto, y la sangre que empapaba su camisa era de un azul imposible.
Trujillo, que hasta entonces había sostenido la moral de la tripulación con inyecciones de grosería, se quebró. Aulló que el mar le hablaba, que había comprendido el “léxico de las profundidades”, y que no podíamos huir porque ya nos habían olido. Insultó a Papadakis en varios idiomas y luego se encerró en su camarote con el fusil de señales. Lo último que escuchamos de él fue un rezo gutural, una letanía entrecortada mientras el faro marino, al que nos manteníamos siempre cerca, titilaba como una luciérnaga enloquecida.
A partir de ahí, los fenómenos se precipitaron. El reloj marcaba horas alternativas, el compás giraba sin patrón y los relojes de pulsera parecían vibrar en sincronía con algo procedente de la bodega. A veces un pulso grave ascendía por las mamparas, alterando la presión en nuestros oídos y haciéndonos temblar de fiebre —algunos juraban que debajo del barco algo enorme se frotaba, dejando una estela de prurito en la madera.
El griego sugirió arrojar todas las jaulas y el idolillo al mar, revertir el rumbo, buscar tierra a ciegas si era preciso. Pero cada vez que nos aproximábamos a la borda, la marejada crecía con violencia, como si “lo que yacía debajo” respondiera con una hostilidad activa. Cuando la calma volvía, era peor: de las profundidades emergía una cacofonía de burbujas y chirridos, que uno sólo podía explicar imaginando que un rebaño de bestias ignotas forcejeaba, hambriento y sapiente.
Papadakis fue el siguiente. Cayó una noche sin luna, durante su guardia. Sólo oímos un grito seco, luego chapoteos desordenados. Cuando llegamos corriendo, vimos la estela de su cuerpo hundiéndose en el mar. Por un instante nimbo de claridad, mi linterna captó la sombra de algo vasto, fragmentado, que ocupaba el agua justo bajo la suela de los botes salvavidas. No era un pez ni un cetáceo. Era algo retorcido, repleto de ángulos severos y tentáculos tan finos como cabellos. Al contacto con la luz, desenrolló una especie de apéndice fosforescente y la lámpara estalló en mi mano.
A partir de entonces —quedábamos Salva, Eneko y yo—, se desató una sucesión de gritos y alaridos que partían del camarote del capitán, quien, según creíamos, se había pegado un tiro. Las puertas permanecían selladas, y de su interior brotaban sonidos líquidos, salmodias y esa melodía subacuática, como el eco del canto de una ballena demente.
La locura se filtró por las rendijas. Salva entró en shock catatónico —pálido, seco como una sardina reseca— y, en el clímax de una crisis de pánico, se arrojó al agua tras una figura que sólo él pudo ver, llamándola en valenciano con voz maternal. Lo vimos forcejear un segundo antes de que algo lo arrastrara de un tirón, dejando un giro violento en la superficie. Tras eso, solo burbujas y un olor pútrido, a huevos rotos.
El barco, entonces, giró en redondo. Las brújulas apuntaban hacia el centro del cuadrante prohibido. Algo —la cosa bajo el casco, el influjo de la figura de metal, el propio deseo suicida de los condenados— nos dirigía hacia un punto específico. Eneko, enloquecido pero lúcido, propuso incendiar el barco: “Mejor cenizas que quedarnos para siempre en la boca de eso”.
Yo no podía moverme. En mis oídos zumbaba un lenguaje hecho de burbujas, un clamor de palabras que no reconocía, pero que sentía en la raíz misma de los huesos: “Venid”, “Regresad”, “Normalizad la deuda”.
Faltaba poco para el amanecer cuando Eneko, atado con cables a la barandilla, logró finalmente romper el candado del camarote del capitán. Lo que vimos adentro nos robó la última pizca de cordura. Trujillo no estaba solo. O más bien, lo que quedaba de Trujillo era apenas una morralla de huesos y piel surcada de incisiones, pegada al ventanal como si lo hubieran lamido desde fuera. En el suelo, extendido a sus pies y rodeado de agua salada que no tenía cómo haber entrado, un rastro de escamas y dientes dispersos formaban un círculo. En el centro, el idolillo de metal parecía crecer, hinchándose, palpitando con cada ola que chocaba contra el costado del barco.
Una voz —o la idea de una voz— llenó el camarote. Era la voz que el mar pone en los sueños más mezquinos. “La deuda es vieja; no os corresponde, pero aceptáis el trueque por simple rumor. Dad la llave, recibid lo que yace”.
No sé si salté o fui arrojado. Recuerdo caer al agua helada, luchar contra una corriente viscosa y negra que se aferraba a mis extremidades como fractales de algas. Recuerdo los reflejos —caras oscuras, ángeles ahogados, lenguas de sal que recorrían mi piel recitando mis peores pecados, uno a uno. Por algún milagro o castigo, logré volver a la superficie. Vi el Ízaro por última vez mientras se hundía, escorado, como si algo corpulento tirara de su quilla desde el fondo, borrando de la historia ese pecio y a todos los que aún gritaban en su interior.
Me encontraron días después, inconsciente en una balsa, delirando sobre jaulas vacías y lingotes de metal. Era el único superviviente. No me creyeron, por supuesto. Me encerraron días en observación mientras la prensa local tejía una historia sobre tormentas y alucinaciones, marineros dementes.
Hoy, cuando me acerco a la costa, siento una opresión en los huesos, un silbido que trepa por las rocas. El idolillo desapareció junto con el barco, pero los sueños persisten. El mar habla y espera, repitiendo su reclamo antiguo. Sé que algún día dejaré que me arrastre de nuevo, y esta vez no espero regresar.
Porque lo que hay abajo no olvida. Lo que toma el mar, ya no vuelve. La deuda permanece, y su léxico no precisa testigos, solo esclavos.
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