Fragmento:
Mi fascinación se volvió obsesión. Dediqué mis días a rastrear cualquier vestigio del culto en mapas, diarios, registros de juicios y correspondencias condenadas a la humillación del polvo. Todo convergía en la mención de una caverna o sima en las colinas al noreste de Arkham, un lugar que incluso los descendientes de los primeros colonos preferían no nombrar. En el burdel de la calle Derleth, una anciana de nombre Agatha —cuyos ojos opacos recordaban el nácar rancio, o la cegadora luna llena sobre charcos fétidos— dejó caer, entre copa y copa, que aquel pozo era anterior a las piedras, anterior incluso a la lujuria de los bosques. Su voz, ahogada y pastosa, siseó una advertencia: —No te acerques al Nido de la Omisión. No busques lo que la noche ha olvidado a propósito.
Duración: 09:32
Al principio, me resultaba difícil explicar el modo como comenzó todo, pero ahora, desde la cama empapada en soledad de este hospital, puedo soportar las mil punzadas de recuerdos afilados que me asedian. La noche envuelve mis pensamientos y, con el roce de cada hoja del viento en la ventana, regreso allí; a la otra oscuridad, a la sima de donde mi razón emergió herida, asida todavía a jirones de una cordura tan frágil como la mirada de los que me escucharán y, desde la incredulidad, me juzgarán.
Llegué a Arkham empujado por intereses académicos y la desilusión de la vida universitaria en Providence. Las bibliotecas húmedas y las aulas polvorientas se habían vuelto para mí prisiones de lógica marchita. Mi supervisor, el profesor Williston, me sugirió vagamente que explorara la documentación sobre los pueblos antiguos de la región, especialmente lo que atesoraba la colección de manuscritos inexplorados de la Miskatonic. Por un tiempo, los diarios mohosos y los códices en latín medio que relataban cultos paganos me sustentaron —pero había una carpeta mal catalogada, apenas distinguible, que contenía referencias dispersas sobre una secta perdida, marcada a fuego por un símbolo residual: un ojo coronado de llamas, de cuya pupila emergía una sierpe devoradora.
El folio estaba signado por un nombre apenas legible: "B-Z'M". La caligrafía se desvanecía, pero en sucesivas entradas se hablaba de un círculo clandestino que actuó en la frontera entre Arkham y Dunwich entre los siglos XVII y XVIII. Entre parábolas oscuras y versos ilegibles, volvían una y otra vez palabras impresas en rojo: "el que traga luz en la Grieta", "el que nunca es dicho", "la Matriz y el Saco". En la penumbra de la sala de manuscritos, sentí —por primera vez— un picor detrás de los ojos, como si una entidad invisible husmeara en mi pensamiento.
Mi fascinación se volvió obsesión. Dediqué mis días a rastrear cualquier vestigio del culto en mapas, diarios, registros de juicios y correspondencias condenadas a la humillación del polvo. Todo convergía en la mención de una caverna o sima en las colinas al noreste de Arkham, un lugar que incluso los descendientes de los primeros colonos preferían no nombrar. En el burdel de la calle Derleth, una anciana de nombre Agatha —cuyos ojos opacos recordaban el nácar rancio, o la cegadora luna llena sobre charcos fétidos— dejó caer, entre copa y copa, que aquel pozo era anterior a las piedras, anterior incluso a la lujuria de los bosques. Su voz, ahogada y pastosa, siseó una advertencia: —No te acerques al Nido de la Omisión. No busques lo que la noche ha olvidado a propósito.
Desoyendo todo, preparé mi expedición: lámpara, papel, brújula. Más de una vez, mientras reunía mi exiguo equipaje, sentí dolor en la nuca y la incómoda impresión de murmullos girando a mi alrededor, voces inaudibles rozando la realidad, pese a los pasillos casi vacíos de la pensión donde dormía.
La caminata, unas tres horas entre la neblina, me condujo al pie de un montículo extrañamente simétrico, oculto en un bosque de cedros y abedules retorcidos, cuyas raíces, parecía, rechazaban crecer hacia cierta hondonada innatural. La entrada apenas visible entre zarzas fue un agujero ovoidal, húmedo, oliendo a hierro y a viejo recelo de animal herido. Al introducirme ahí, la linterna dibujó en el limo del suelo marcas circulares y drapeados informes, cicatrices antiguas que parecían cobrar vida propia cuanto más las miraba.
El túnel, en vez de descender, parecía doblarse sobre sí mismo, adquiriendo a momentos una lógica contradictoria, como si cruzara pliegues invisibles en el espacio. Mis sentidos se turbaron; el tiempo se volvió caprichoso. Perdí la noción de las horas, pues el tic-tac de mi reloj se detenía o aceleraba según los latidos de una pulsación honda, un rumor subterráneo que venía —o así quería creerlo— desde muy por debajo de la corteza terrestre.
No sé cuánto caminé. Al llegar a una vasta cámara cuyas paredes estaban pulidas hasta parecer espejos de obsidiana, la linterna sólo logró arañar parpadeos en la efigie central: un hueco ovalado custodiado por siluetas serpenteantes, con labios de mármol y máscaras de fauces abiertas. Noté extraños relieves en las piedras, surcos que refulgían como si la realidad se desgarrase en finos hilos de luz negra. En ese momento, sentí que algo vasto y hambriento, desde el otro lado de la cámara, me observaba.
Retrocedí; el suelo amorfo parecía latir bajo mis botas. La lámpara vaciló. Un atisbo de movimiento en la penumbra, aunque imperceptible, despertó la helada certeza de que había cruzado un umbral imposible, un velo tras el cual el lenguaje humano sólo podía tartamudear necedades. Oí —sin poder ubicar la fuente— la reiteración de sílabas que rasgaban el aire: Baoht Z’uqqa-Mogg, nombre sobre nombre, disfraz de lo innombrable, arrastrándose como babas de éter sobre mis pensamientos.
La mente, ante tal presión, se debate entre aceptar la demencia o buscar consuelo en cualquier superstición, pero yo lo supe —con una lucidez tan inhumana como inútil— que aquello, aquello que se cobijaba en la hondonada, no era un dios ni un demonio, sino una grieta viva en la tela misma del ser. No tenía forma fija ni objetivo discernible, sino el horror eterno de la expansión: una matriz de vacío pluriforme, donde de vez en cuando germinaban nombres extraviados y conciencias rotas, arrastradas desde todos los confines del cosmos.
No recuerdo haber huido. Recuerdo sí la huella fría de tentáculos hechos de pura omisión, resbalando entre mis huesos mentales con promesas de fusión, de olvido, de sumisión al hambre primordial. Recuerdo, antes de perder el sentido, los ecos de un latido multiplicado, un pulso sin corazón, cuyo ritmo contagia el vacío a todo lo que alguna vez tuvo realidad.
Me desperté cubierto de limo cerca del anochecer, casi enroscado en la maleza a cien metros del agujero. Aullaban los coyotes a lo lejos. Sentí la lengua hinchada y una opresión aguda en el pecho, como si una mano invisible jugase con mis costillas. Corrí hacia Arkham, y cada sombra parecía la silueta de la matriz imposible de la sima, expandiéndose con indiferencia ciega.
Cauteloso, seguí semanas recluido en mi cuarto, anotando a tientas lo poco que recordaba. Las pesadillas se enroscaron en mi descanso: visiones de vientres universales devorando galaxias, de ciudades enteras tragadas a través del ojo llameante multitudinario; soños plagados de voces sin cuerpo, entonando himnos guturales a una progenitora mayor que las leyes, el primer vacío paridor de dolores y de memorias exiliadas.
Comencé a atisbar, en los reflejos de los cristales empañados de mi ventana, formas anómalas; filamentos de negrura que titilaban en los límites de la percepción. Las palabras de la anciana resurgieron entre mi fiebre: "No busques lo que la noche ha olvidado a propósito". Y sin embargo, ya había buscado, y lo buscado había abierto su ojo en mí. Observaba. Observaba y crecía dentro de mi dermis, en cada instante de titubeo, en cada vacío de mi memoria.
Al principio, los médicos dijeron que mi cuerpo estaba envenenado; después, que mi mente se había astillado por el acercamiento a sustancias fúngicas. Pero sabía —y a veces aún sé— que la causa es otra: que un fragmento infeccioso de ese ser de la omisión germina en mi interior, dictando nuevos parásitos de pensamiento, versos y nombres prohibidos que escribo inconscientemente en las paredes de la clínica.
No se trata de locura ni de obsesión, sino del conocimiento fatal de que hay fuerzas que solo pueden ser conocidas a través del tacto de lo innombrable. He presenciado, en los espasmos de una segunda percepción, a otros seres sedientos de olvido, otros huéspedes recién paridos en cascarones humanos, deambulando por Arkham con ojos sin fondo y labios insensibles. Escucho sus pasos en los corredores, la impronta viscosa que dejan a su paso.
Lo sucedido en la caverna no fue un descubrimiento sino un bautismo, una confirmación de la porosidad de nuestro mundo; la prueba de que la realidad es solo una membrana tenue salpicada de agujeros vivientes, a través de los cuales un hambre madrezuelo, Baoht Z’uqqa-Mogg, se nutre de atención, de olvido, de todo lo que recién es y está por dejar de ser.
No sé si quienes me oyen pueden entender el horror que trasciende miedo y razón, el terror líquido de verse absorbido desde dentro por una matriz ancestral, ni el frío que me invade con cada rastro de sombra nueva sobre el blanco de estas sábanas. Siento, a veces, en la coyuntura de los sueños y la vigilia, el peso de tentáculos suaves que acarician mi mente, la presión insistente de un nido que se extiende y nos coloniza a todos.
Quise advertirlo, dejar este testimonio como un masticado mensaje entre las fauces del olvido; pero sé que ni palabras ni fuego ni reclusión pueden evitar lo que germina bajo la piel del mundo. Por eso escribo y temo, por eso callo y sueño; porque he mirado y he sido mirado, porque en mi lapsus de razón sentí la grieta en la realidad abrirse, y allí, en el confín, la matriz omnipresente de la omisión y del triunfo de lo no dicho.
Sé lo que viene. Y temo, sobre todo, lo que será dejado atrás, lo que será tragado sin nombre, lo que poblará el silencio después de nosotros. El hambre de Baoht Z’uqqa-Mogg no termina: solo cambia de huésped, de tiempo, de cicatriz. Y yo —como tú, si has leído hasta aquí— soy ya duele testigo y omisión, eco de la grieta, semilla del olvido.
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