Portada del relato La sima de Y’ha-nthlei
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Fragmento:


Sólo después, una vez sumergido en los abismos de lo indecible, llegué a entender que la curiosidad puede ser una fuerza tan mortal como la ignorancia.

Duración: 09:46

La sima de Y’ha-nthlei
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Texto de ajuste de pausa.

No sé si algún día alcanzaré a comprender la osadía, o acaso la locura, que me llevó a aquel cubil de humedad y musgo, durante la primavera muerta de 1923. A veces llego a sospechar que fui guiado por una voluntad más vasta y sutil que la humana, un imperceptible empuje que se infiltró en mis pensamientos más íntimos hasta inclinar mi ánimo hacia cauces de obcecación y fiebre. Aquella ciudad azotada por el salitre, Innsmouth, estaba marcada en mi mapa mental como un simple punto entre el ignoto oeste de Arkham y las playas grises y sin promesa del Atlántico; pero su eco subterráneo y mohoso fue creciendo en mis sueños de formas viscosas y voces susurrantes, hasta que no pude hacer más que obedecer.

Tampoco puedo negar el perverso atractivo de la ciencia cuando ésta se viste de horror. Me seducía pensar que lo que yo perseguía no era otra cosa que la verdad; la verdad, aunque fuese lo suficientemente insana como para corroer la razón de quienes la contemplan. Siempre he sido, o me creía, un hombre de aprendizaje sólido y espíritu escéptico, y las historias del Orne, del Manuxet y de los marchitos barrios costeros de Innsmouth de ningún modo fueron suficientes, al principio, para repelerme. Antes bien, actuaron como aguijones en mi curiosidad.

Sólo después, una vez sumergido en los abismos de lo indecible, llegué a entender que la curiosidad puede ser una fuerza tan mortal como la ignorancia.

Mi primer contacto directo con la anomalía fue en la biblioteca privada de la universidad de Arkham, oculto entre los polvorientos registros del profesor Waldegrave, quien ya entonces yacía sumergido en un prolongado sopor febril que lo mantenía aparte de este mundo. Revisando apuntes heredados de naturalistas y de criptozoólogos muertos hacía décadas, hallé la alusión a una “entraña azul” o “vena marina” bajo la población de Innsmouth, un pasaje cavado, quizá naturalmente, quizá por manos más antiguas que las humanas, y que ciertos iniciados llamaban Y’ha-nthlei. Allí, según Waldegrave, se operaban aquellos pactos inconfesables entre los habitantes terrestres y entidades subacuáticas de naturaleza limítrofe con lo innombrable.

Las leyendas locales hablaban de sombras que no eran sombras, de seres que acechaban bajo el agua y a veces ascendían en noches de luna nueva, y de linajes corrompidos por un contacto atávico, inmemorial. La mayoría se reía de estas habladurías. Yo mismo, hasta entonces, sólo admiraba su atmósfera poética y malsana. Sin embargo, la persistencia de ciertos detalles —fragmentos de huesos, escamas, rastros de algo más—, avalados por autorías diversas y por evidencias recogidas en la mismísima costa Innsmouthiana, me forzaron a conceder un mínimo de plausibilidad al asunto.

Así, armado de una linterna de carburo, una cámara fotográfica y no poca arrogancia, llegué al lúgubre poblado una tarde empapada de niebla y marea. El recibimiento fue congruente con lo esperado: recelos, miradas huidizas y una atmósfera impenetrable de hostilidad y secreto. Los viejos hablaban en cuchicheos que se fragmentaban ante mi cercanía, y sólo una niña, lisiada y parda como una estatuilla tallada en algas, dijo una palabra ante mi presencia: “Profundo”.

Pasé la noche en la pensión de la señora Tilton, entre retablos de santos inquietantes y el rumor de una tormenta que al principio atribuí al clima, solo para descubrir más tarde que provenía, a intervalos precisos, de la gruta marina de la que me habían advertido. Mi ansiedad creció como crecen las mareas: con insistencia, pero sin alcanzar el paroxismo hasta que, mediada la noche, un murmullo sibilante, a medio camino entre la plegaria y la bestialidad, me arrancó del sueño.

Al alba, recorrí la playa y me interné en la maleza que bordea el acantilado occidental. Allí, según mis anotaciones y mapas subjetivos, debía de hallarse la boca de la supuesta sima, velada tras cortinas de algas y rocas hendidas. No tardé en localizar una abertura medio cegada por cascotes, quizás a propósito. Un aire húmedo, casi gelatinoso, exhalaba de sus profundidades con un hedor a marea podrida y sal antediluviana que hizo replegar mis tripas.

Franqueé la boca de la caverna solo movido por una extraña mezcla de horror y júbilo: aquello era el umbral del enigma, tal vez del fin. Adentrándome a tientas entre estalactitas que rezumaban una especie de mucílago, fui descendiendo unas gradas toscas y resbaladizas. El silencio se hacía más opresivo a cada paso, amoratado por la impresión de que otros seres —no piedras ni animales conocidos— compartían la oscuridad conmigo.

Estaba en eso cuando, al dar vuelta en un recodo, escuché ese zumbido sutil, una vibración que parecía brotar del propio tuétano de la roca. Me detuve. Era lo bastante agudo para penetrar en los huesos, pero al mismo tiempo tan bajo y sordo que uno se preguntaba si debía atribuirlo, en cambio, a la imaginación.

Continué descendiendo. En algún momento, perdí la cuenta de los metros y, con ellos, el contacto con el tiempo normal. Recordaba vagas referencias de Waldegrave sobre “pasadizos isótropos” y “curvaturas ajenas a la visión terrígena”, ideas que repelen la lógica pero que se imponían, allí abajo, como axiomas. Por fin, la luz de la linterna tropezó con una superficie imposible: un muro de cristal oscuro y pulido, ajeno a la labor humana.

Bajo mi temblorosa luz, emergió un pasillo de geometrías horripilantes; arcos catenarios que se retorcían en ángulos que no obedecían ni el álgebra euclidiana ni toda aquella geodesia que uno creería universal. Había inscripciones—me niego a llamarlas jeroglíficos—, que parecían arrastrar tras sí la pátina de millones de años y al mismo tiempo, una frescura amenazadora, reciente.

Más en profundidad, caí en la cuenta de que el aire no era aire. Un vapor azul, casi líquido, me envolvía y exigía cada vez más esfuerzo para avanzar. El zumbido se transformó en pulsaciones, tan nítidas como los latidos de un corazón titánico al que yo me estuviera aproximando.

De pronto mis pies tocaron agua, o algo parecido al agua. Era fría y viscosa, se pegaba a mis botas y trataba de arrastrarlas. Cada paso era una batalla. Por fin, la galería se abría en un espacio más amplio, y al levantar la linterna fui testigo del teatro de la atrocidad.

El centro de la sala era un lago subterráneo, cuyo líquido resplandecía alternando profundos tonos de esmeralda y cobaltina, aunque no había fuente de luz visible. La orilla estaba jalonada por altas estatuas esculpidas en un material inconsistente entre piedra y concha, que recordaban tanto a batracios como a dioses desconocidos, y en sus ojos refulgía una sabiduría tan antigua que hizo encogerse mi alma.

Sentí entonces la extraña certeza de que era observado: no sólo por los ojos de las efigies, sino por algo prestamente oculto bajo el agua. Intenté hacer una fotografía de la escena, pero la cámara falló, incapaz de captar detalles en aquella luz profanadora. Fue entonces que surgió el canto: una letanía grave y chirriante, entre el croar de un millar de ranas y los gritos distorsionados de las ballenas.

Aterrado, retrocedí. O eso traté de hacer, pues mis piernas se negaban a obedecer, como atadas por una telaraña de miedo primigenio. El agua empezó a bullir, algo emergía.

He intentado siempre buscar términos precisos para las visiones del abismo, pero el horror cósmico no puede ser descrito sino por alusiones, por mutiladas aproximaciones. Lo que asomó a la superficie era un rostro que no es rostro, unos ojos que no son ojos: puntos de anteluz, anticientíficos, inscritos en una geometría de repulsión. Lo rodeaban apéndices que a veces simulaban miembros, otras veces ramas, y otras, las fauces de un abismo vivo.

Fue un segundo, una eternidad. Como si todo el tiempo terrestre se hubiera plegado, se comprimiera bajo el peso de esa efigie. Supe que aquello no sólo existía antes de los hombres, sino antes de toda vida, de toda ley natural. Que había soñado el nacimiento del mundo, y que lo seguiría soñando, incluso después de que la humanidad desapareciese tragada, tal vez, por su misma ignorancia y soberbia.

El terror fue tan absoluto que mi mente rechazó el espectáculo. Delirio, negación, pesadilla: todo se fundió en una especie de letargo, de duermevela antinatural. Recuerdo el olor nauseabundo, el runrún zumbando bajo mi piel, el color imposible…

Desperté horas, tal vez días después, arrojado en la costa, cubierto de limo y con la ropa rasgada. No había sangre ni heridas reconocibles, pero me dominaba una temblorina que no he conseguido aplacar en los años transcurridos. Cerré los ojos y, sólo por un latido, recordé algo: una promesa, un acuerdo sellado en la oscuridad acuática. Algo que me vinculaba ya para siempre a las profundidades y sus moradores. Desde entonces, sueño cada noche la ciudad sumergida, los laberintos azules, los rostros de pesadilla. Y cuanto más trato de huir, de refugiarme en los consuelos de la ciencia o el arte, más siento el llamado de lo que repta y aguarda bajo las aguas.

Los médicos que ahora me asisten, incapaces ya de hallar explicación a mi mirada extraviada, han llamado a mi estado “melancolía profunda con ideación delirante”. Pero yo sé bien que no hay muros ni sábanas lo bastante gruesos para apartar mi mente —y quizás, un día, mi cuerpo— de aquello a lo que le di la espalda en la sima. Hay verdades que nunca deberían ser buscadas; hay puertas que nunca han de franquearse. Porque lo que mora en la oscuridad, lo que acecha bajo la superficie de este mundo, no duerme. No olvida.

Se alimenta de quienes osan mirar y después creen haber escapado. Yo he mirado. Y ya no puedo cerrar los ojos.

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