Fragmento:
Ellicott, aunque ofuscado, se calzó los anteojos. Un destello —no de la lámpara del faro, extinta hace generaciones, sino de algo detrás de la costra de la realidad— lo atravesó. Las paredes y techos vibraban, repletos de formas reptantes, como gusanos de luz arrastrándose velozmente, ramales y filamentos, torsos que nunca terminaban, ojos negros y refulgentes superpuestos a cada ladrillo de piedra.
Duración: 09:19
No había mapa para ese tramo de la isla, aunque Ellicott llevaba uno, con las esquinas resecas y el papel manchado de humedad antigua. Ni siquiera era un mapa correcto, más un recuerdo garabateado por un cartógrafo que se había atrevido a inscribir el contorno de la costa, pero que se había detenido, como si hubiese temido avanzar hacia el interior. Ellicott visitaba la isla siguiendo las instrucciones de una carta cuyo remitente se ocultaba tras una inicial –P.– y que, más que invitarlo, parecía rogarle que acudiese, como si una obligación previa a ambos les atara y apremiara.
La oscuridad era densa, casi física. Había llegado justo al caer el sol, el ferry dejándolo en un embarcadero decrépito. El velho Sam, que manejaba la embarcación, se marchó tan pronto puso pie en la orilla. “No después de la puesta del sol en Pharol”, murmuró, como si pronunciando el nombre de la isla conjurase al tiempo mismo para que se apurara.
Ellicott sentía que la isla respiraba. La maleza susurraba, arrastrada por corrientes que no eran fruto del viento. El faro, ruinoso, partido por la mitad como un fémur astillado, se alzaba a lo lejos, bañado por la moribunda luz crepuscular. La carta hablaba del faro, de un encuentro y de la urgencia de llegar antes de la “apertura”. Palabras veladas, escritas en una minúscula pulcra cuya fuente percibía ahora nítida en cada sombra.
La senda de grava se desvanecía a su paso. Las zarzas se cerraban tras él como si repudiasen su andar. Ellicott recordaba aquellas palabras de su tía Abigail, quien de niño le advertía: “Aléjate del mar de Pharol. Hay aguas más viejas que el tiempo, y los hombres no fueron hechos para beber sus memorias.” Pero Ellicott era un hombre marcado por su incredulidad, y sin embargo, alguna fuerza, la letra de esas cartas, el peso del apellido de su familia inscrito en polvo sobre las piedras del faro, le traía de vuelta.
La puerta del faro se abrió sola, sin chirrido, como si hubiese estado aguardándolo, oliendo su aproximación a través de décadas. Dentro, las paredes estaban cubiertas de musgo y salitre y, sin embargo, se mantenía, un tapiz de polvo sin huellas, como si nadie pisara allí desde hacía siglos. Justo al centro, en la penumbra, un hombre vendado de pies a cabeza exceptuando los ojos, aguardaba sentado sobre un banco agrietado.
“P.,” murmuró Ellicott. Los ojos, de un gris líquido, le analizaron detenidamente antes de que el hombre asintiera.
“Tú has llegado; el llamado ha sido respondido, aunque eso no implica redención”, dijo, la voz amortiguada y áspera, como grava triturada bajo la lengua. “¿Has visto las señales en el cielo?”
Ellicott negó. “Nada fuera de lo común. Solo estrellas... aunque más vivas de lo que recordaba.”
El hombre rió, un estertor breve y ronco. “No ves porque no te has puesto los ojos.” Sacó de su bolsillo un pequeño estuche de madera. “Antiguos lentes. Tus antepasados los forjaron. Solo podrás mirar por segundos, o arderás.”
Ellicott, aunque ofuscado, se calzó los anteojos. Un destello —no de la lámpara del faro, extinta hace generaciones, sino de algo detrás de la costra de la realidad— lo atravesó. Las paredes y techos vibraban, repletos de formas reptantes, como gusanos de luz arrastrándose velozmente, ramales y filamentos, torsos que nunca terminaban, ojos negros y refulgentes superpuestos a cada ladrillo de piedra.
Pero, sobre todo, la noche, fuera del faro, adquiría una geometría imposible: planos sutiles ondulaban en torno a la torre, y nada le impedía saber que aquello estaba vivo, consciente, y los árboles y la maleza formaban parte de una boca que se cerraba alrededor de la isla entera.
Ellicott se arrancó las lentes. “¿Qué han hecho aquí?”
“No fuimos nosotros. Nosotros vinimos cuando ya estaba hecho. Pharol es un recipiente, un punto ciego en la mirada de todas las cosas.” El hombre se levantó con lentitud, arrastrando una pierna. “Hoy, la apertura será más amplia. Hay hambre en el mirador del cosmos, y necesitamos un pastor.”
“¿Pastor?”
El hombre asintió. “Alguien que guíe los ojos, que mantenga las rutas establecidas. Las razas antiguas usaban hombres. Luego, el mar los devoró, y nos dejaron con los recuerdos, la sangre necesaria.”
Ellicott retrocedió, topándose con la pared fría del faro. “¿Por qué yo?”
El hombre desató las vendas de su rostro. Allí no había piel, sino una máscara arrugada, ciega, donde la carne había sido reemplazada por un embrollo de raíces blanquecinas —como si la simbiosis con el entorno fuera completa. “Por el linaje. Porque el umbral responde al sacrificio de la línea directa. Eres el último, Ellicott. La boca exige una palabra tuya o destruirá todo. Todas las rutas se cerrarán, y las criaturas no se irán nunca más. Pharol comerá el mundo.”
Una pulsación gruesa resonó fuera, como los latidos de un corazón marino latiendo bajo la corteza de la isla. Ellicott intentó huir, pero la puerta se había sellado en silencio, pétrea, y el hombre, ya de pie, resplandecía desde el interior, de donde emanaban pequeños filamentos negros que trepaban paredes.
“¿Qué debo hacer?” balbuceó Ellicott, sintiendo su carne vibrar a una cadencia que no era suya.
El hombre levantó un cuchillo de obsidiana. Cortó, con precisión quirúrgica, la palma de su mano y, al hacerlo, un humo violáceo brotó de la herida.
“El faro fue la primera señal —dijo—, la baliza para los navegantes de la noche. Cuando se apaga, el camino a lo invisible se acumula, saturando cada piedra, cada raíz de la isla con lo que ha cruzado. Solo si dices la palabra antigua, la orla de la realidad se restablecerá. Si callas o te equivocas, las rutas se abrirán como venas desgarradas.”
Ellicott apenas podía mover los labios. Recordó los sueños; líneas negras cruzando el mar, voces de infancia cantando en bucles imposibles, la casa de su abuela que nunca tenía final, y el extraño salitre de su sangre.
“¿Cuál es la palabra?”
El hombre se inclinó, murmuró en un idioma roto, y Ellicott la escuchó no con los oídos sino con las paredes de su cráneo, impresas en sangre y pánico: “Ssu’vuraln”. No era sonido, era una forma; un contorno tras los ojos.
“Debes pronunciarla en el umbral —dijo el hombre— y renunciar a la vida que fue tuya. No volverás a ser hombre.”
Un temblor sacudió la isla. Fuera, las figuras titilantes, cada vez más persistentes, aguardaban en la maleza, brazos de luz fosca, mandíbulas abiertas. El faro crujía, el aire vibraba. Ellicott sintió a la vez terror y pertenencia, como si todo su linaje hubiese culminado en ese instante preludio al olvido.
Miró la puerta. Ahora era translúcida, y del otro lado sus propios padres, niños, viejos y muertos, lo observaban con ojos repletos de agua y tristeza, sus bocas abiertas en posiciones de grito y canto, sus lenguas reptando como medusas hacia el marco de la madera corroída.
Ellicott supo que el sacrificio no era solo la palabra, sino el anclaje. Que al pronunciarla, quedaría atado de modo irrebatible al círculo de la isla y al hambre tras el horizonte.
El hombre tendió la mano, y Ellicott, en trance, la tomó.
El mundo se replegó sobre sí. Por primera vez, Ellicott conoció el hambre de la noche: no la privación sino la ansia de absorberlo todo, de expandirse, de conquistar cada sueño de cada hombre que alguna vez se atrevió a mirar el mar cerrado de Pharol.
Sintió su carne diluirse, su conciencia expandirse, partes de sí mismo arrastradas entre raíces vivas, dentro de la roca, bajo el lodo. La linterna difunta del faro se encendió momentáneamente con una luz violácea, y una figura, Ellicott y no-Ellicott, se alzó sobre la baranda exterior, mirando hacia el abismo.
En la distancia, justo donde el mar y la noche se fundían, otra silueta esperaba. El iciotipo repugnante de un pastor anterior, retorcido en la geometría de la Isla, aguardaba el momento de ser reemplazado.
Ellicott habló.
La palabra —“Ssu’vuraln”— abrió una grieta en el aire. Los seres titilantes se arremolinaron, se disolvieron en luz y sombra. Durante una fracción infinita, la isla estuvo suspendida en una respiración, como si el cosmos dudase.
Un latido. Dos. Y la grieta fue sellada.
La noche volvió, pesada y negra, con el rumor callado del hambre aún palpitando bajo la roca. Sobre el mar, una baliza fugaz —no la linterna del faro, sino el pálido resplandor de unos ojos— anunció que Pharol estaba cerrada, por ahora.
Si alguien caminase hasta la torre al amanecer, hallaría la puerta abierta, vacía. El polvo se arremolinaría sobre las tablas, recordando fugazmente la silueta de alguien que alguna vez fue humano, y ahora era eco —fósil de hambre y vigía de un umbral sellado por sangre y sacrificio.
Pero bajo la maleza y la piedra, la noche aún respiraba, soñando su geometría paciente. Porque el hambre nunca desaparece. Solo cambia de forma, aguardando la próxima voz, el próximo nombre, la próxima palabra prohibida que la llame al mundo de los hombres.
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