Portada del relato El círculo que bulle
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Fragmento:


No respondió durante días. La lluvia seguía y las voces se hacían más insistentes: a veces, en el silencio absoluto, escuchaba como si una uña larga e invisible rascara la madera hasta astillarla. Al cuarto día llegó la respuesta. El correo era casi ilegible, plagado de frases crípticas:

Duración: 09:21

El círculo que bulle
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Tenía el hábito insano de mirar por la cerradura antes de abrir la puerta. No confiaba ni en mi reflejo —y menos aún en el pálido resplandor que por las noches filtraba el quicio. El apartamento lo heredé de mi tía, una mujer que, dicen, desapareció sin dejar más rastro que la nota que encontré bajo el felpudo: “No abras la puerta después de medianoche”, advertía con una caligrafía oscilante, “Y nunca te atrevas a escuchar a través de la madera”. No elaboraba más; por años, creí que su mente se había dispersado en la vieja soledad de la casa Gris.

Seis meses después de mudarme, ya no lo tenía tan claro.

No era ignorante, aunque sí escéptico: para mí, las leyendas sobre portales y horrores susurrando desde la lámina del mundo no eran más que fábulas para que la gente como yo no durmiera bien. Estudiaba símbolos antiguos en la universidad. La casa de mi tía estaba cerca del campus y entre mis libros, mi whisky, y gruesos cortinados —todo aportaba una atmósfera propicia para leer sobre alquimia y demonología sin perder el control. O eso pensaba.

Esa madrugada de octubre, me desperté sudando, la garganta seca, convencido de que alguien o algo mascullaba mi nombre del otro lado de la puerta principal. El reloj marcaba las 2:41. El viento ululaba en el callejón. Tratando de tranquilizarme, me puse las pantuflas y busqué el interruptor, pero la casa entera parecía sumida en una negrura acechante, como si la realidad fuera una hoja húmeda a punto de desintegrarse entre mis dedos.

Respiré hondo y me encaminé al vestíbulo, donde la fría luz de la luna recortaba mi sombra en la pared. Al pasar, sentí, en el fondo del pasillo, un murmullo viscoso. Era real. Era imposible. Alcancé la puerta, y por costumbre me asomé a la cerradura. Ahí fue cuando vi una luz titilante —ámbar y fucsia, imposible, oleando como vida propia, casi líquida— y un ojo: enorme y redondo. Lo juro, por todo lo que soy; un ojo, sin hueso ni párpado, vibrando contra la ranura, y debajo, labios translúcidos que murmuraban sibilantes.

Me eché hacia atrás, las sienes latiéndome. No fue miedo lo que sentí —fue que la lógica de mi vida, la certeza del “afuera” y el “adentro” se fundía como una vela a punto de derretirse. Y entonces recordé la advertencia de mi tía. Giré en redondo, volviendo a mi dormitorio asustado, avergonzado, furioso conmigo mismo por prestar atención a esas fantasías de viejas dementes.

No conseguí dormir. A las ocho me presenté en el campus como una sombra más y, entre clases, busqué los libros menos prestados: grimorios, actas de la inquisición, antiguas colecciones sobre rituales de apertura. Rastros de portales, umbrales —la tipología de los espacios donde la membrana es más fina y la realidad, porosa y anhelante.

Dos noches después empezó la lluvia. El eco de los murmullos se acentuó. Me acurruqué sobre la cama, tapándome los oídos. Pero era inútil: la voz, ahora multiplicada por mil, vibraba. Decía palabras que la lengua humana no puede articular: golpes en la madera, un bostezo ciego más allá de la puerta. Durante el día, rastreé en internet casos de fenómenos similares, desapariciones, exorcismos. Encontré un foro descuidado: Invocación del Portal. *Hay lugares donde la realidad se adelgaza*, decía el mensaje fijado; *si escuchas, ellos pueden oírte. Y anhelan entrar*.

El foro era demente y cutre, pero entre la maraña de teorías paranoicas surgía un nombre, un tal Quentin L. Solverson, analista retirado, y su método para “fortificar umbrales”: una mezcla de física exótica, geometría sagrada, y antiguas letanías. Hablaba de círculos de sal y mercurio, y de “no mirar jamás si el quicio resplandece”. Sus palabras me pusieron la piel de gallina. El correo electrónico estaba aún activo. Desesperado, le escribí un mensaje.

No respondió durante días. La lluvia seguía y las voces se hacían más insistentes: a veces, en el silencio absoluto, escuchaba como si una uña larga e invisible rascara la madera hasta astillarla. Al cuarto día llegó la respuesta. El correo era casi ilegible, plagado de frases crípticas:

*Ha comenzado. Círculo DEBIDO. Recuerda: espejo cubierto. Símbolo del nudo, frente al umbral. Habrá una petición. Lo que te ofrezcan: RECHAZA. Sella con sangre.*

Lo interpreté como una mezcla de locura y ritualismo. Pero me aferré a cada palabra. Tenía poco que perder. Busqué hilo rojo y gis. Dibujé un círculo a diez centímetros del umbral, y marqué con tiza ese símbolo que Solverson llamaba “el nudo”: un lazo sin fin, como un 8 aplastado o una sierpe que se devora la cola. Insistí con más sal en las esquinas, garabateando palabras de sellado en latín, griego, e, improvisadamente, en inglés.

Esa noche, la tormenta entró en un crescendo ensordecedor. Perdí la cuenta de las horas. La electricidad falló, y la penumbra volvió a ganar terreno, apenas rota por el parpadeo de un rayo lejano. Cuando la hora se detuvo a las 02:41, la puerta comenzó a crujir como si palpitaran en ella músculos y huesos. La ranura de la cerradura titiló. Yo, arrinconado junto al círculo, empuñando una navaja oxidada, esperé sin atreverme a cerrar los ojos.

El resplandor se expandió hasta el quicio, la madera supurando luz y sombra en una amalgama repulsiva. Un susurro, más alto que nunca, se adueñó de la sala:

—Hijo de sangre, abre. Sabemos tu nombre.

No contesté. Me acuclillé tras el nudo, apuñalando mi dedo, dejando caer una gota de sangre en la sal. El resplandor retrocedió.

—Tres veces llamaremos. ¿Por qué nos rechazas? Aquí es frío, y tú eres cálido.

El idioma era un atropello, pero el sentido llegó a mi mente como el aguijón de un recuerdo antiguo y malsano. No respondí.

Hubo un golpe, luego otro. Un tentáculo, negro y resplandeciente, asomó por la rendija inferior de la puerta. El nudo tembló, el círculo centelleó turbio, y yo recité atropelladamente pasajes de Heptamerón y del grimorio de mi tía. El tentáculo se encogió, como si la realidad misma le quemara.

La voz se volvió más dulce:

—Dános una palabra vieja. Déjanos oír. No mirares, solo escucha. Traemos saber.

Forcé la calma, mordiéndome el labio hasta sangrar. Luchaba con el impulso, visceral, de acercarme, abrir, soltar el pestillo y mirar la carne brillante del otro lado. Pero el recuerdo de ese ojo sin hueso me retuvo. El aire se heló.

—Pasan horas. El círculo mengua, hijo de sangre. Pronto, veremos juntos.

Sentí cómo el tiempo se derretía, las paredes de la casa ondulando a la vez que la lógica de las cosas: vi las figuras en la moldura moverse, asomar dedos más allá del papel tapiz, ojos de gatos asomando pupilas negras por grietas que nunca existieron. Me acurruqué, sollozando, rogando a cualquier dios hambriento que escuchara.

No abrir la puerta. No mirar. No responder.

Aferrado a la navaja, permanecí en ese trance hasta que sonó el teléfono a las 4:15. Era la voz de Solverson.

—Escucha: cuando el primer canto termine, la brecha cerrará. No te muevas. No hables. Hay manchas antiguas bajo tu piso. Si ves luz otra vez… no será la luna.

Colgó. La voz del otro lado de la puerta se tornó irritada, chillona, como una mosca atrapada en vidrio ardiente. Hubo un último empujón, una súplica, un aroma dulzón a productos químicos, y el resplandor titiló. Un silencio tan funerario siguió que, apenas lo noté, lloré.

Me atreví a salir del círculo cuando comenzó a clarear. La puerta amaneció cubierta de marcas: círculos, garras, lenguas. Pero seguía cerrada. No dormí en esa casa jamás de nuevo.

Al volver más tarde, hallé los detalles que cambiaron todo. Bajo el tapiz, en el vestíbulo, descubrí un mosaico. Un círculo idéntico al que yo había dibujado, sólo que, en el centro, había una mancha oscura, negra, como óxido o costra añeja. Alrededor, nombres: Martha, Lyle, Tía Esther. Muchos nombres, demasiados. Ninguno mío, aún.

Puse la casa en venta. Nadie la compró. Me mudé al otro lado del país. Pero a las 2:41, a veces, llueva o no, despierto sobresaltado, oliendo a sal y mercurio, con las palabras de la voz reptando en el fondo de mi memoria. Murmura: “Déjanos escuchar…”

Y siempre me asalta el impulso —sólo un instante— de acercarme a la puerta, mirar por la cerradura y abrir. Porque sé, en lo profundo, que el círculo y el nudo sólo retrasan al hambre, no la satisface. Y que quien invoca un portal, aunque tan sólo sea con su atención… nunca acaba completamente solo al otro lado.

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