Fragmento:
Siendo presa de una creciente inquietud, dediqué la tarde y la noche siguiente a examinar lo que quedaba de su diario. Eblis hablaba de Bokrug, el Gran Lagarto, adorado bajo otros nombres innombrables por culturas sumergidas mucho antes del despertar de las primeras dinastías humanas. Sus cuernos eran descritos como tentáculos esmeralda, y aquellos que miraban su reflejo en el agua no veían sino sus propios sueños descarnados, doblados por la voluntad de seres que moran en la suma de todos los lagos y océanos: dioses de la putrefacción estancada y la conciencia torturada.
Duración: 09:24
Jamás creí, ni por un instante, que los fragmentos que heredé de mi difunto tío Eblis me llevarían al umbral del pavor absoluto, allí donde la cordura es sólo una niebla fugaz y el raciocinio, un eco ahogado en aguas infinitas. La última misiva de Eblis, trazada con temblorosa urgencia y manchada de lo que parecían huellas violáceas—restos de algún limo marino o tinta corrompida por sales ignotas—me instaba a marchar a su cabaña junto al lago de las Altas Arboledas. Insistía que sólo las cartas y el diario estarían a salvo conmigo, lejos de toda mirada ajena. Repetía una y otra vez con tinta aguada: “No mires el lago… jamás después de medianoche.”
Supe demasiado tarde que Eblis, famoso por su obsesión con las mitologías de los arabescos antiguos y los dioses paganos de tierras sin mapas, había estado indagando más allá del límite permitido por la mente humana. Sus anotaciones hablaban con una mezcla de asombro y repelente fascinación de la “Orilla Gris”, una franja limosa que aparecía cada ciertos años en un costado del lago, allí donde, durante ciertas noches, el reflejo de la luna menguante parecía quebrarse y multiplicarse escabrosamente, como si el agua misma se abriera hacia otro espacio.
Al llegar, la cabaña exudaba un vaho pesado de estancamiento, entrecortado con el vago hedor a limo y peces podridos. Las paredes estaban cubiertas de símbolos extraños que sólo conocía de un fragmento de manuscrito traducido por el propio Eblis, quien juraba que provenían de un grimorio hallado en el desierto cerca de Irem, la Ciudad de los Pilares. Varias páginas de su diario estaban arrancadas, y hallé a mano una pequeña caja de madera, lacrada con resina morada y asegurada con un trozo de cuero ajado. Una nota adjunta: “Para abrir sólo ante absoluta desesperación.”
Siendo presa de una creciente inquietud, dediqué la tarde y la noche siguiente a examinar lo que quedaba de su diario. Eblis hablaba de Bokrug, el Gran Lagarto, adorado bajo otros nombres innombrables por culturas sumergidas mucho antes del despertar de las primeras dinastías humanas. Sus cuernos eran descritos como tentáculos esmeralda, y aquellos que miraban su reflejo en el agua no veían sino sus propios sueños descarnados, doblados por la voluntad de seres que moran en la suma de todos los lagos y océanos: dioses de la putrefacción estancada y la conciencia torturada.
Había también referencias atisbadas, como a hurtadillas por un testigo temeroso, de Hali, el Lago Ambarino, cuya superficie es un espejo inquisitivo, guardián y celador del reino de Carcosa, la ciudad indecible. Se preguntaba si el pequeño lago, tan limitado en espacio, podría ser en realidad una herida, un desgarrón donde las aguas de Hali y otras más antiguas y mortíferas todavía tocaban nuestro mundo. Y se respondía, cada vez con menos escepticismo, que sí.
La última anotación estaba casi borrada, escrita con temblor furioso:
“Vinieron de la orilla cuando la luna se partió triple en el cielo y las ranas callaron. No eran sombras, ni hombre, ni pez: eran la respuesta, insaciables y eternas. Sus máscaras flotaban como nenúfares. El agua tembló, y la música… oh, la música… ¡Carcosa!”
La noche en la cabaña fue un lento despliegue de terrores primordiales. Afuera, la superficie del lago parecía encendida por una luna espectral, un fuego fatuo de brumas añil y jade. Porque, según relataba Eblis, era durante la tercera luna menguante de junio que los cortejos de Bokrug celebran su impía liturgia. Me asomé con cautela: segundos después sentí un tirón gélido en mi abdomen, una urgencia por mirar más, por sumergirme en esas aguas que brillaban con matices que no tenía nombre en lengua humana.
Reprimiendo el deseo, me retiré y abrí la caja de madera. Allí, oculto dentro, reposaba un fragmento de cuarzo muy pulido, envuelto en tiras de cuero empapadas en resina. Al tocarlo, me invadió la súbita impresión de oír acordes lejanos, apenas más que el susurro de una brisa, pero cargados de una angustia tan vasta, tan abisalmente fría, que por un instante, mi ser se diluyó en el pánico absoluto. Me acechó una visión: la cabaña ya no era tal sino la cámara sumergida donde los fieles indecibles arrodillados entonaban himnos de ahogado al cuerpo semisepultado de un dios saurio, cuyos ojos de piedra no reflejan la vida sino su negación.
Al regresar a la consciencia, advertí que la humedad en la estancia se había vuelto un vapor acre, denso, cargado de vibraciones invisibles. Unos golpeteos rítmicos se alzaron fuera, tras la ventana que miraba al lago. Al asomarme —de nuevo con aterrada cautela— vi en la orilla manchas pálidas: sombras humanoides, delgadas y altísimas, que portaban máscaras color marfil y azulcobalto. Danzaban silenciosas en una coreografía antediluviana, sumergiendo los pies en la creciente membrana acuosa que parecía extenderse más allá del agua física, reptando distancias imposibles. Las máscaras no escondían rostros sino vacío, y tras ellas asomaban, casi por error, destellos fugitivos de apéndices o bocas donde no cabía carne humana alguna.
Sentí a la vez terror y una atracción insana. En mi mente, cada hebra de duda era suplantada poco a poco por certidumbre: aquello que los habitantes de las ciudades sumergidas temieron durante eones, aquello que huyó de la destrucción de la ignota Sarnath en pos de reverencia y olvido, había encontrado grieta en nuestro mundo y reclamaba mi testimonio. Retrocedí, sintiendo que debía hacer algo. Recordé que el fragmento de cuarzo era, según la críptica descripción de Eblis, “la clave para cerrar, por un ciclo al menos, la costura maldita del lago”, aunque no incluía instrucciones, sólo una letanía sellada en un sobre a su lado.
Con manos crispadas rompí el sello, y leí el texto en voz alta. Se trataba de una extraña salmodia, plagada de sílabas incapaces de reproducir aquí fidedignamente, presidida por el signo estelar de los Antiguos y elegida para invocar la protección de quienes sólo prestan atención cuando la conciencia humana corre el peligro de ser apartada de su camino natural. Cuando el último eco se extinguió, sentí un temblor menor en las tablas del suelo, un crujido húmedo como de madera pudriéndose bajo un peso colosal.
El lago, detrás de la ventana, se agitó como si una gigantesca criatura tratara de volverse sobre sí misma. Vi a las figuras enmascaradas detenerse y, al unísono, inclinarse hacia el agua, introduciéndose poco a poco, desvaneciéndose como vapor. Por un instante creí ver, bajo la superficie ahora tornada de un magenta fluorescente, la silueta de una entidad reptiliana, de tamaño inconmensurable, vuelta sobre sí misma en un interminable acto de desmembramiento; la cabeza, coronada de apéndices retorcidos, flotaba sobre su propio cuerpo, mientras dos ojos iridiscentes se posaban sobre mi alma, y allí toda razón amenazó con naufragar definitivamente.
Me alejé tambaleante, presa de la sensación de haber sido atravesado por una conciencia ajena, trans-temporal, atemporal. El fragmento de cuarzo se partió entre mis manos, liberando un resplandor tan pálido y frío como el interior de una tumba olvidada, y en ese momento percibí, con una claridad absoluta, que la ceremonia había sido contenida, pero sólo provisionalmente. El ciclo se cumpliría de nuevo, en otro tiempo, bajo otra luna, y el lago buscaría una grieta en la realidad para escanciar sobre el mundo moderno su linfa venenosa y sus queridos monstruos, ávidos de observadores, no de víctimas.
Temblando, salí de la cabaña cuando el alba apenas comenzaba a asomar, y me dejé caer en el lodo de la orilla opuesta, sumiéndose mi mente en una niebla lechosa, aletargada, cicatriz para siempre de lo que sólo puede entenderse en las regiones prohibidas por la propia cordura. Nadie creyó mi relato. Ninguna pesquisa halló rastro de los cuadernos de Eblis ni del fragmento de cuarzo, ni de la cabaña misma, que una tarde de agosto fue tragada por las aguas sin dejar cimiento, como si toda la tierra hubiera cedido ante el avance imperceptible de la misma carcasa espiritual del lago.
Los sueños, sin embargo, no se extinguieron. Todas las noches, bajo la luna menguante, escucho una melodía indecible, y veo máscaras flotantes —algunas, ahora, con mis propios rasgos, distorsionados y vacilantes— danzando alrededor de un océano de lágrimas negras. Y sé, como sólo lo sabe un iniciado mutilado por la revelación, que esos seres aguardan, bajo la piel de cada superficie acuática, bajo los espejos del miedo, bajo la vida civilizada y sus risas, aguardando, hambrientos, el regreso de la penumbra líquida… aguardando que alguien, por ilusión, desesperación o simple azar, mire demasiado tiempo el reflejo, y la grieta vuelva a abrirse.
Así termina este primer testimonio —si alguno ha escuchado de la Orilla Gris, del eco de Carcosa, de una música cubierta de limo y pérdida—. No busquéis el lago, no repitáis la letanía, y no miréis jamás en la profundidad de un espejo acuoso tras la medianoche. Pues hay dioses esperando, y sólo desean testigos. Y cuando consigan uno, ya nada podrá salvar la memoria —ni la del alma ni la del mundo— de descender a lo innombrable.
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