Fragmento:
No me atreví a mentir. Confié lo inconfesable: que cada noche en Falona algo se infiltraba en mi sueño y me susurraba sonidos antiguos, invocando un dolor que no era del cuerpo sino del mundo mismo. Que desde hacía semanas, veía huellas húmedas, imposibles de rastrear, cruzando los umbrales de mi casa, y que el reloj se detenía a la misma hora: 3:11 am, justo cuando el último tren de la costa sonaba en la distancia.
Duración: 09:56
No recuerdo cuándo comenzó la compulsión. La mayoría de las historias que merecen contarse suceden porque en algún punto alguien tuvo la amabilidad –o la imprudencia– de mirar dos veces una sombra incitante... y continuar tras ella. No hay moral en esto; solo una concatenación atada y ciega de consecuencias, una madeja que no hace caso del caprichoso sentido común. Así fue como recalé en Dylath-Leen una madrugada de niebla, el estómago extraño y vacío, la mente tan asediada por el insomnio que no distinguía si la humedad en los huesos era rocío o angustia.
Venía huyendo de mi natal Falona, trastienda de leyendas al este de las Marismas Rojas, pero no por deseo, sino por necesidad. Uno elige sus ruinas. El rumor, en las tabernas de puerto, era siempre el mismo: en Dylath-Leen todo tiene precio y, si uno está dispuesto a pagar, puede comprar incluso la memoria de lo que nunca fue. Pensé que exageraban.
El primer vistazo que tuve del puerto fue una corona de mástiles disminuidos, cortados al nivel de la niebla; no se diferenciaba el mar del aire salvo por los haces de luz temblorosos donde la linterna de un guardia iba y venía. La ciudad parecía construida de oscuridad y lonas raídas, como si los edificios se tuvieran en pie no por ingenio ni arquitectura sino por acuerdo tácito con lo imprevisto. Los habitantes –tan grises y mustios como sus ropas– caminaban encorvados, siempre entrecerrando ojos a la menor ráfaga, reacios al mundo exterior.
Dylath-Leen es una ciudad de transacciones y silencios quebrados. Había llegado allí para encontrar a Rimaldo Kat, de quien se murmuran las peores cosas: que comercia en memorias y duerme con la tinta de pesadillas bajo las uñas. Necesitaba su ayuda; huía de cosas menos tangibles que la ley, pero más persistentes que cualquier hombre. Solo alguien con acceso a lo prohibido podía permitirme camuflar mi alma de aquello que la perseguía.
Me hospedé en la Vieja Caldera, posada a merced del salitre y de una taberna contigua que olía a miedo cocido en aguardiente. El dueño ni me preguntó el nombre, limitándose a mirarme con hastío y dejarme la llave en la mano sin contacto visual. Mis sueños aquella noche fueron apenas recortes chillones, visiones borrosas de criaturas palpando tras recintos de piedra negra y agua estancada. Uno no duerme en Dylath-Leen; solo cierra los ojos y espera.
A la mañana siguiente, me adentré en la lonja de ámbar, donde mercaderes sin conciencia intercambian mercancías húmedas por palabras que parecen arrastrar fango. Nadie mencionaba el nombre de Rimaldo Kat en voz alta; había que preguntar por ‘el escriba de los pactos ahogados’, o ‘el que trenza sellos para el olvido’. Tarde o temprano, si uno tiene dinero y la necesidad adecuada en el rostro, la ciudad se pliega y obtienes lo que buscas: una cita, cerca del espigón sur, cuando la segunda marea devora las piedras.
El aire en ese rincón de la ciudad era más denso y frío. Vi a Rimaldo antes de que él reparara en mí: una silueta encorvada, envuelta en capas raídas de hule, el rostro parcialmente oculto bajo vendas, solo un ojo visible, gris, observando la línea del romper de las olas con escepticismo. Sin preámbulos, extendí mi pago: una hebilla de zafiro, memoria heredada y perdida, que lentamente perdió su color entre los dedos de Rimaldo.
—Nadie viene aquí por voluntad —dijo, con voz como papel mojado—. ¿Qué busca?
No me atreví a mentir. Confié lo inconfesable: que cada noche en Falona algo se infiltraba en mi sueño y me susurraba sonidos antiguos, invocando un dolor que no era del cuerpo sino del mundo mismo. Que desde hacía semanas, veía huellas húmedas, imposibles de rastrear, cruzando los umbrales de mi casa, y que el reloj se detenía a la misma hora: 3:11 am, justo cuando el último tren de la costa sonaba en la distancia.
Rimaldo asintió con la resignación del confesor y me entregó un paquete envuelto en pergamino aceitado. No lo abrí hasta llegar de vuelta a la posada: dentro había una tablilla, grava negra tallada en signos que parecían retroceder ante mi mirada, y una nota: “Sumérgela cuando el faro se apague, y escucha.”
El resto del día lo pasé observando el faro del puerto desde la ventana. El viento traía consigo perfume de algas fermentadas y noticias de calamidades en alta mar. Cuando el haz del faro finalmente titubeó antes de apagarse por completo —un hecho improbable, porque me dijeron que la lámpara de Dylath-Leen jamás deja de arder—, descendí hacia la escollera, tablilla en mano.
El agua parecía espesa, casi sólida, y el mar tenía un color que ningún atardecer explicaría. Sumergí la tablilla apenas hasta cubrirla. El frío del contacto trepó brazo arriba, paralizando dedos y recuerdos por igual.
Primero fueron los ecos: palabras viejas, sin estructura, como si la lengua de los ahogados flotase en la corriente, mezclada con el arrullo de seres prehistóricos. Después, una presión minuciosa en la frente, un picor que obligó a mis ojos a parpadear lágrimas. Al abrirlos, vi la ciudad en negativo: Dylath-Leen, pero revertida, luminiscente bajo un cielo enfermo de lodo, donde cada farol colgaba invertido desde el techo de la realidad.
Y caminaban seres. Caminaban sobre el agua, sobre las casas, sobre los susurros de todos aquellos que alguna vez intercambiaron promesas en el mercado nocturno. No tenían rostro, sino cubiertas de hueso, y en sus manos blandían objetos que no eran herramientas, sino conclusiones: fragmentos de memoria, promesas nunca redimidas, culpas y terrores recolectados en la periferia de la cordura.
Por un instante, vi cómo las cosas que me perseguían en Falona no eran rastros individuales sino ráfagas de algo mayor: una inteligencia o voluntad que se alimenta de los errores y desgastes de quienes sobreviven a su paso. Allí estaba la respuesta: Dylath-Leen no era el refugio, sino el epicentro del descalabro. No una urbe simplemente antigua, sino un recipiente, una grieta en el tapiz del mundo por donde asoma algo sin piedad.
Me retiré del agua con la tablilla temblando en las manos. El zumbido en mi cabeza apenas me permitió regresar a la posada, donde barrunté la posibilidad de abandonar la ciudad en cuanto saliera el sol. Pero la noche es un animal celoso. Mientras yacía insomne, oí que la ciudad cambiaba: las maderas de las casas crujían en un idioma que ninguna criatura terrestre había oído; el caldero detrás de la taberna retumbaba, lanzando burbujas con nombres de quienes no regresarían jamás; los gatos callejeros, antaño tan ordinarios, miraban desde los tejados con ojos humanos, perfectamente atentos a cada movimiento que hacía debajo de las mantas.
A media noche, la puerta de mi cuarto emitió un suspiro, y alguien —o algo— se sentó en la silla junto a la ventana. No alcancé a ver su rostro, solo escuché el golpetear ritmado de uñas, como garras, sobre madera envejecida.
—Ahora puedes comprenderlo —dijo, una voz seca, distorsionada, idéntica a la de Rimaldo Kat, pero más anciana y profunda—. Lo que viste en las aguas es una versión menor, una sombra sin peso. Aquí en Dylath-Leen, los pactos se mantienen porque detrás de cada promesa incumplida, detrás de cada secreto mal enterrado, moran las raíces del hambre primordial.
Quise hablar pero no hallé boca ni lengua. Solo observaba, como un espectador atrapado en un cuerpo que ya no respondía.
—El precio de la huida —prosiguió la voz, mientras el frío se apoderaba de todo— es atestiguar. Ahora, tú también eres tributario de la grieta. Has traído contigo la fisura. Fuiste feria, ahora eres alimento.
Y con esa sentencia, el silencio se condensó hasta tornarse insoportable. Perdí el sentido.
Desperté tendido sobre la arena resbaladiza del muelle, la tablilla a mi lado, varios mercaderes curioseando a mi alrededor con miradas opacas. Alguien arrastró mi cuerpo de vuelta a la posada y allí permanecí, horas o días, sin poder articular palabra. Recordé fragmentos: el chillido de una piedra raspada bajo el agua, la lógica distorsionada de fisuras que serpenteaban entre las paredes de mi memoria.
Días después aún podía verles en sueños: visitantes a la ciudad imposible, caminando invertidos por las naves vacías del mercado, sin poder cruzar jamás a la tibieza del día. Se habían fracturado las fronteras y yo, absurdo mortal, formaba parte de aquellas transacciones: cada dolor recordado era su carnaza, cada temor escupido en los tablones, su festín.
Intenté quemar la tablilla tres veces, pero el fuego se extinguía a su contacto. La arrojé al mar, y esa noche, la marea la devolvió a mis manos, aún más fría y lluviosa de lo antes. Ahora, cada vez que el faro titubea, sé demasiado bien que algo me observa desde el reverso iluminado del mundo, esperando el momento en que termine por comprender que toda huida es una ronda inútil, un eco multiplicado hasta el infinito.
La posada se vació progresivamente a mi alrededor, y los gatos ya han dejado de mirarme; ahora me ignoran, saben que pertenezco más al reverso de la ciudad que a su plano visible. Nadie en Dylath-Leen me habla; soy la grieta ambulante, el recordatorio de una deuda infinita.
Y si alguna vez, amable viajero, te encuentras en una taberna junto al mar, y notas que entre los parroquianos hay uno que no envejece, que evita el faro, que nunca duerme y jamás relata por qué huyó de su ciudad natal, recuerda: hay transacciones que no pueden deshacerse. Y en los portales de Dylath-Leen, cada memoria tiene un precio; pero son los que pagan quienes finalmente se quedan para siempre, atados a la oscuridad entre las grietas.
Ningún amanecer es suficiente para los que quedamos mirando por la ventana el faro apagarse, esperando que detrás de la niebla haya olvido, y solo encontrando, una y otra vez, al abismo devolviendo la mirada.
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