Fragmento:
El arribo a Palaoa fue un suplicio para los sentidos: la isla, apenas visible tras una capa de niebla pútrida, emergía retorcida y deforme, como si la misma estructura de la roca hubiese sido elaborada por constructores ajenos a las leyes de la gravedad y la lógica euclidiana. Las ruinas de piedra emanaban fragancias dulzonas y corrompidas, y cada bloque mostraba relieves de serpientes, obeliscos entrelazados y algo que, a pesar de no haber sido del todo tallado, sugería rostros grotescos y paródicos, ni enteramente humanos ni enteramente saurios.
Duración: 09:45
El silencio verde en el fondo
El descenso a Asarathal
No creo que ningún mortal pueda nunca comprender el horror de aquel viaje, ni relatar los sórdidos sucesos de la expedición Armitage-Vogel a las islas Remotas de la Polinesia Sur Occidental, sin que el alma tiemble reclamando la misericordia de la locura. Y, sin embargo, puesto que soy el único sobreviviente, y puesto que mi testimonio quizá prevenga a otras generaciones de un destino semejante, reúno las ruinas tambaleantes de mi cordura para consignar los acontecimientos tal como en verdad ocurrieron. Pido disculpas anticipadas por mis lapsos y desvaríos, ya que los recuerdos parecen emerger de regiones de pesadilla, donde el tiempo y la razón han sido desmembrados irreparablemente.
Todo empezó en un atardecer opresivo de 1925, cuando el profesor Lothar Armitage, insigne criptólogo de la Universidad de Miskatonic, me hizo llamar a su despacho, oculto en la penumbra de la vieja torre este. La carta de Bacon de 1606 que mostraba en su escritorio tenía ribetes crípticos y gráficos grotescos: círculos y serpientes entrelazadas —más viejas que cualquier símbolo sumerio estudiado hasta el momento— sugerían una cultura demoníacamente previa a la conciencia humana. Al alzar la voz, ronca e hipnótica, Armitage delineó el propósito de la expedición: un viaje hacia la remota isla Palaoa, con la intención de descifrar recientes hallazgos encontrados por el marino noruego Jonas Vogel, entre los que destacaban monolitos de piedra negra, cubiertos por inscripciones parecidas a las de la Crónica Eibon, y sin embargo aún más perturbadoras.
Con la promesa de riquezas arqueológicas y revelaciones sin parangón, partimos una semana más tarde a bordo de la goleta "Orphiel", desde Dunedin. El capitán Hollis y su tripulación, endurecidos por años de contrabando en las aguas del Sur, mostraron creciente inquietud desde que la brújula empezó a fallar a cien millas de nuestro destino. Esas noches bajo la cruz del sur, envueltas entre bancos de niebla y relámpagos verdosos, parecían sufrir la opresión de una inteligencia informe, de un ojo reptiliano que aguardaba, paciente, bajo el abismo.
El arribo a Palaoa fue un suplicio para los sentidos: la isla, apenas visible tras una capa de niebla pútrida, emergía retorcida y deforme, como si la misma estructura de la roca hubiese sido elaborada por constructores ajenos a las leyes de la gravedad y la lógica euclidiana. Las ruinas de piedra emanaban fragancias dulzonas y corrompidas, y cada bloque mostraba relieves de serpientes, obeliscos entrelazados y algo que, a pesar de no haber sido del todo tallado, sugería rostros grotescos y paródicos, ni enteramente humanos ni enteramente saurios.
Fue Jonas Vogel quien, equipado con instrumentos de medición modernos y una dosis casi hercúlea de indiferencia, halló la entrada de la cripta: una pesada losa semicircular en el centro de lo que había sido una plaza ritualística. La tapa, grabada de extremo a extremo con espirales que hervían bajo la luz de nuestras linternas, cedió tras un día entero de trabajo, dejando entrever una escalera carcomida que descendía hacia un abismo de tinieblas y humedad. Era como si el aire respirara en nuestra contra, dificultando cada movimiento, y a cada metro descendido el frío y la aprehensión aumentaban exponencialmente.
El descenso mismo trastornó a varios de los marinos polinesios que habíamos contratado como porteadores; sus rostros, ya de por sí imperturbables, sufrieron muecas convulsas a medida que avanzábamos. No hablaban, pero uno de ellos murmuraba de tanto en tanto un nombre extraño: "Asarathal". Más tarde, Armitage intentaría —en vano— identificar semejante fonema en los archivos de Miskatonic.
Los muros de la cripta, tallados en basalto oscuro, apenas reflejaban la luz. Pero cuando avanzamos por el primer corredor largo, mis ojos discernieron figuras en alto relieve: escenas de rituales que incluían sacrificios humanos, ofrendas de huevos y símbolos que no se correspondían a ninguna mitología conocida. Los monolitos sugerían la existencia de criaturas que, aunque se asemejaban a humanos, tenían cabezas alargadas, bocas repletas de dientes curvos, y torsos escamosos sujetos por robustas garras. Detrás de ellos, siempre en segundo plano, figuras aún más enormes y sugerentes de una serpiente primordial vigilaban el espectáculo con miradas pétreas y eternas.
Fue ahí, entre los primeros recodos, que los horrores comenzaron. Uno de los marinos, Hao, se adelantó con su linterna y desapareció tras una esquina. Sólo escuchamos un grito ahogado, inhumano, seguido por un chasquido húmedo. Al llegar nosotros, no quedaba más que la linterna, parpadeando sobre una mancha viscosa que olía a almizcle y descomposición. Vogel, aunque pálido, insistió en proseguir. Armitage, intoxicado por el furor de lo desconocido, no se detuvo ni un instante.
Avanzamos quizás durante horas en ese laberinto de humedad y ruina, hasta que alcanzamos una cámara circular, mayor que todo el refectorio de la universidad de Miskatonic. Aquí, el pavimento tallado contenía un pozo central, y desde las sombras más profundas fluía un murmullo confuso —como el de miríadas de seres arrastrándose entre los ecos del subsuelo. Las inscripciones en las paredes se tornaban más claras aquí, y Vogel, anotando febrilmente, tradujo fragmentos inconexos: "He aqui la ofrenda... / la simiente de Yig... / sangre cálida sobre las piedras oscuras..."
La atmósfera era tan pesada que sentí desvanecerme. Los marinos, horrorizados, se negaron a proseguir, balbuceando letanías deformadas. En ese momento fue Armitage quien, en una especie de trance, rozó los relieves centrales. Un mecanismo ancestral, más antiguo que cualquier ciencia humana, activó una compuerta lateral, revelando una galería aún más profunda. Allí, descendiendo en espiral, visualizamos los primeros vestigios de quienes serían más tarde conocidos por los estudiosos de la Antigüedad como los "Hombres Serpiente de Asarathal".
No eran estatuas. Al principio los confundimos con grotescas figuras talladas en la roca: humanoides de tamaño imponente, envueltos en piel y escamas azuladas, con pupilas verticales que reflejaban la linterna de Vogel. Fue la brisa venenosa que emanaban al exhalar, y el lento girar de sus cabezas, lo que nos convenció de su atroz vigencia.
El horror que me sobrecoge aún hoy —y cuyo sólo recuerdo me provoca arcadas— es la forma en que uno de esos entes, con la languidez de un dios reptil que trasciende el tiempo, alzó su cabeza, fijando sus orbes impiadosos en nuestra dirección. Era como un sacerdote de una fe olvidada, y tras inhalar el aire pútrido, se dirigió a nosotros en un lenguaje que no era sonido, sino invasión mental: imágenes superpuestas de caos antiguo, batallas cósmicas y cultos de sangre, nos sobrecogieron a mí y a todos los presentes. Armitage gimió, presa de un estado de shock que sería irreversible.
Entonces comprendimos el círculo vicioso de la existencia. Aquel abismo no era un sarcófago, sino un templo sagrado. Los hombres serpiente aguardaban, custodios del gran ciclo, la eternidad fría de su señor, el Gran Yig, cuyos sueños gobernaban la isla. Un segundo después comenzaron a avanzar.
La confusión se apoderó del grupo: los marinos huyeron despavoridos, uno de ellos estrellándose contra un muro y partiéndose el cráneo. Vogel, con la cordura lacerada, disparó su revólver inútilmente contra uno de los seres, sólo para ver la bala rebotar entre escamas relucientes. Yo tiré de Armitage, ahora catatónico, mientras la marea de formas reptilianas surgía de los recovecos más profundos de la cripta.
Jamás podré relatar con claridad los detalles de aquella huida. Todo lo que queda en mi memoria es un torbellino de gritos, escalofríos, la sensación de lenguas húmedas deslizándose sobre mi piel y el eco interminable de cánticos guturales que provenían de todas las direcciones. Caí, me levanté, e incluso recuerdo, ya próximo al umbral, volver la cabeza y ver cómo Vogel era rodeado, alzándose en vilo mientras imploraba ayuda en un idioma que no era el suyo.
Emergimos al exterior, al crepúsculo, sólo para contemplar que el cielo de la isla había cambiado: las nubes formaban espirales verdes y púrpuras, como si la totalidad de la atmósfera conspirara en el rito. Apenas conscientes, alcanzamos la playa y pedimos socorro a Hollis, quien reunió apresuradamente a los supervivientes y ordenó el zarpe de inmediato.
Durante días, el mar permaneció agitado, y tanto la brújula como el reloj se negaron a funcionar adecuadamente. Armitage murió dos días después del escape, presa de convulsiones espasmodias y arrojando espuma verdosa por la boca. Hollis y el resto de la tripulación sufrieron terribles pesadillas los meses siguientes, y murieron uno a uno en circunstancias atroces.
Yo mismo, de regreso a Arkham, vagaba como un espectro por las oscuras avenidas, aquejado por un temor más allá de todo raciocinio: una vigilancia constante, una mirada reptiliana acechando desde los sueños y los rincones más oscuros de mi despacho. La Crónica Eibon, los sigilos de la losa, todo apuntaba a la existencia de un orden antiguo, mantenido en letargo por los Hombres Serpiente y su deidad sibilante, esperando la ocasión adecuada para retornar al dominio de la superficie.
Termino aquí este relato, sabiendo que sus implicaciones no provocarán sino escepticismo o risa. No importa. Cada vez que el rocío cubre la ventana de mi dormitorio, cada vez que el viento arrastra formas y susurros desde el suroeste, sé que los guardianes de Asarathal aguardan pacientes, en criptas bajo islas olvidadas; aguardando que la humanidad, por error o arrogancia, vuelva a perturbar la espiral de su sueño inmortal. Porque una vez los vi. Y no sobreviví indemne.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.