Portada del relato El Retrato Prohibido
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Fragmento:


Nada en mi experiencia podía prepararme para el recibimiento. Las luces de la casa titilaban a través de vidrios deformes. Al aproximarme, la puerta se abrió sin un solo chillido. Tras el umbral me aguardaban figuras envueltas en capas de satén dorado, rostros ocultos, los ojos brillando en la penumbra como carbones vivos, todos marcados en la frente con aquella Y torcida.

Duración: 08:58

El Retrato Prohibido
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Texto de ajuste de pausa.

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En la gris y asfixiante ciudad de Arkham, la niebla solía brotar desde el Miskatonic como vapor de pesadilla, bañando en confusión y ceniza los altos edificios de piedra y los callejones infestados de secretos. Durante años, fui tan sólo un erudito inconforme, un universitario más obsesionado con la sordidez de los textos prohibidos. Pero lo que viví aquel febrero, lo que vi y desenterré entre las ruinas de mi antiguo linaje, aún retuerce mis sueños y arrastra mi cordura por el fango del insomnio.

Nací Sterling Westcote, descendiente ilegítimo de la línea Marsh, nombres ambos demasiado viejos y temidos en Massachusetts para ser pronunciados sin reservas y susurros. Nadie elige sus ancestros, pero puede elegir ignorar las advertencias del pasado. Lo hice siempre, hasta la llegada de la carta.

Fue redactada con tinta dorada y sellada con un sigilo retorcido: una espiral desenrollándose hasta una especie de letra Y de dos brazos fluyendo hacia arriba como serpientes. Era medianoche cuando la reconocí. La Marca... aquel símbolo amarillo, repetido en ciertas antologías ocultas y condenado en el oscuro arte de Robert W. Chambers. Era, indudablemente, el Signo Amarillo.

La carta, escueta y formal, no llevaba remitente. Invitaba—o más correctamente exigía—mi presencia en la antigua mansión electrónica de los Westcote, un caserón junto al pantano, apenas visible entre sauces retorcidos, lejos del bullicio de Arkham. “La herencia exige un renacimiento”, decía. “Acuda la noche del 21, vestido de negro; su linaje será puesto a prueba.”

No supe qué miedo me impulsó aquella noche lluviosa, pero obedecí. La travesía hasta la mansión fue un descenso en espiral. Recordé historias susurradas por mi abuela: sacrificios bajo la luna, ritos ejecutados en sótanos ennegrecidos por un culto vetusto, los Hermanos del Signo Amarillo, extranjeros incluso para los cultos más aberrantes de la región. Siempre los había creído locura... hasta esa noche.

Nada en mi experiencia podía prepararme para el recibimiento. Las luces de la casa titilaban a través de vidrios deformes. Al aproximarme, la puerta se abrió sin un solo chillido. Tras el umbral me aguardaban figuras envueltas en capas de satén dorado, rostros ocultos, los ojos brillando en la penumbra como carbones vivos, todos marcados en la frente con aquella Y torcida.

Mi anfitrión, un hombre de espaldas encorvadas y piel pálida como el papel, se inclinó. —Bienvenido al Nido, Sterling. Aquí se juzgará si la sangre Marsh aún late en tus venas. Esta es la Noche de la Selección.

Atravesé pasillos tapizados de retratos mal pintados, generaciones de Westcote y Marsh encaramados en poses que sugerían más tortura que dignidad. El aire olía a incienso y humedad, y un murmullo constante fluía por las paredes, a veces colándose en mis pensamientos como voces huecas.

Fui conducido a un salón abovedado, donde los Hermanos esperaban sentados en círculo alrededor de un gran emblema amarillo pintado en el suelo. En el centro, sobre un pedestal de ébano, reposaba un libro encuadernado en cuero humano, su cubierta manchada con la inconfundible Y.

—El Descenso de Hastur —susurró mi guía, y su aliento apestaba a lo añejo del tiempo perdido—. Aquí están nuestros votos y promesas. Lee, y aprende lo que te pertenece por derecho y maldición.

Toqué el libro, y una oleada de repulsa me recorrió como una descarga eléctrica. Abrí las páginas sólo para encontrar relatos de masacres, pactos susurrados a la intemperie, desesperadas oraciones a entes que acechaban en los pliegues de la realidad. Nombres prohibidos: Hastur, el Rey de Amarillo, Carcosa... Imágenes de ciudades derruidas. Visiones de locura, de gritos ahogados al otro lado del velo.

Cuando intenté apartarme, las manos enguantadas en oro me sujetaron. —Aún no —dijo la voz más vigorosa de un anciano cuyos ojos desbordaban éxtasis y terror—. Debes ver el Retrato.

En un rincón de aquel salón, tras un biombo de terciopelo, colgaba una tela cubierta de polvo. Me ordenaron, con la amplitud ceremonial de lo ineludible, retirarla.

Lo hice, y el mundo se tornó gelatinoso y resbaladizo.

El Retrato mostraba a una figura imposible: mi propio rostro, pero estirado, amalgamado con líneas serpentinas que se bifurcaban en una Y, extendiéndose en venas de azufre por el marco mismo. Mis ojos reflejaban el vacío del universo, y tras mi efigie otros rostros descompuestos emergían: los de mis antepasados, sonriendo con mandíbulas desencajadas. Eran risas que retumbaban en mi cabeza pese al silencio exterior, carcajadas que buscaron desbordar mi razón.

Los Hermanos entonaron un canto gutural. —Sterling Westcote, tú eres uno de nosotros. Todo lo que eres y todo lo que fuiste será devorado por el Rey que camina encapuchado.

Mi pavor se tornó físico cuando el aire vibró con un eco imposible, deformando las paredes y volviéndolas líquidas ante mis ojos. Voces antiguas brotaron de cada rincón:

—Ven. Únete al cortejo interminable. Celebra el desmoronamiento de la carne y la memoria...

No puedo transcribir adecuadamente lo ocurrido después, pues la propia realidad pareció tambalearse. Imágenes titilantes se sucedían: una ciudad sumergida bajo soles muertos; máscaras de oro sangrante flotando sobre un lago putrefacto; niños serpenteando bajo una luna negra mientras portaban antorchas que nunca se apagaban. Cada miembro del círculo arrojaba su capucha al suelo. Bajo ellas, sus rostros ya no eran humanos, sino amalgamas de carne y cera, modelados para ser reflejos perfectos del dolor.

Y el sonido. Por todos los dioses que debí nunca haber nombrado, el sonido era lo peor: una risa interminable, una resonancia demente que no salía de humanos labios, sino del aire mismo, como viento rasgando los retazos de lo real.

Recuerdo haber intentado huir; quise apartarme del círculo, pero mis pies se hundieron en el símbolo amarillo como si fuera un pantano de mercurio. Viendo mi terror, uno de los Hermanos—el más anciano—me ofreció el Libro.

—Firma el pacto, Sterling Westcote, y sobrevive al Reverso. O rechaza y únete a los Rientes, eternamente presos en el linaje.

Mi voluntad era arcilla. El horror de ceder y el terror de resistir bullían como cal en mi cabeza. Apreté el libro, y la tinta dorada del Signo pareció gotear en mis dedos, envenenando mi piel.

Y entonces, desde la oscuridad de las ventanas, emergió algo más.

No era exactamente una forma, sino una ausencia, una sombra tan densa que el resto del salón parecía iluminarse por contraste. Avanzó con pasos de aurora podrida, encapuchada, sin rostro visible, aunque la Y amarilla ondeaba en el pecho del hábito. De su interior florecían ecos de todas las pesadillas que jamás ha concebido el hombre.

Una voz se derramó en mi mente y en la sala, sin que ningún labio la pronunciara:

—La semilla ha sido plantada. Los Hermanos del Signo Amarillo han despertado. Tu sangre derribará el umbral. Elige, portador...

Horrorizado y temblando, firmé el libro con la sangre que me brotó de una herida invisible. En ese instante, una fractura devastó la mansión. Los Hermanos retrocedieron con gritos de júbilo, cayendo de rodillas. El aire se llenó de ceniza y oro, palpitando al compás del corazón de todos los presentes.

El mundo osciló. Me vi a mí mismo en el cuadro, ahora plenamente convertido en una de esas máscaras distorsionadas, mientras las luces explotaban y una melodía antinatural se apoderaba de mi cerebro. Entonces la visión alcanzó su clímax: me sentí escindido, divisado por ojos traslúcidos más allá del tiempo, convertido en mero peón de un tablero regido por fuerzas impensables.

Cuando desperté, yacía en la orilla lodosa del Miskatonic. Vestía el hábito amarillo. En mi frente ardía el Signo, latente bajo la piel. Nadie, ni policía ni médico, pudo explicar mi ausencia de días, ni el hedor de moho y putrefacción que me escoltó hasta mi casa.

Han pasado meses y aún escucho susurros en la penumbra. Nadie se atreve a hablarme. Mis viejos amigos me rehúyen, temiendo una maldición sin nombre. Mi reflejo en el espejo me es ya irremediablemente ajeno.

A veces pasan procesiones bajo mi ventana: figuras envueltas en oro, risueñas, con ojos que nunca me pertenecieron y que, sin embargo, conozco desde siempre.

Duerma usted bien, lector incauto, y olvide el Signo Amarillo, pues persiste en los espejos y en los sueños del insomne. Y cuando escuche risas a medianoche, rece porque nunca reciba una invitación sellada en oro, pues donde mi linaje terminó, puede que el suyo apenas esté por comenzar.

En el confín de la cordura, todos somos Hermanos; y el Rey de Amarillo nunca deja de caminar bajo la lluvia, buscando a alguien más dispuesto a firmar.

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