Fragmento:
El calor era peor abajo, terminado en un sótano retorcido, de paredes chorreantes y losas irregulares. Una luz asfixiante temblaba en una esquina, y allí, sobre tres columnas de piedra, Sophie vio la mesa y tres anillos dorados, apenas diferenciados del color del pus.
Duración: 08:28
Había algo antinatural en el aire de Krakensberg desde el tercer día de julio, cuando el calor húmedo se volvió demasiado denso y cada sombra parecía hincharse, viva, al anochecer. Sophia llegó en bus, embutida en su chaqueta negra, los ojos ocultos tras gafas ahumadas que no se quitaba ni en el interior. Miró desde el andén —tan callado, salvo por el rumor de los bueyes deformes en su redil vecino— y comprendió que ese regreso a la casa de sus abuelos no era un viaje, sino una condena.
Sólo regresaba porque Javier, su hermano perdido, había mandado una postal: uno de esos breves mensajes demente, todo en letras apretadas, máquina de escribir, que decían sólo: “He visto Al Lugar otra vez. Es necesario que seas testigo. R.”
El auto de alquiler la traqueteó por el camino de grava, más árboles podados como huesos rotos a ambos lados, hasta el portón coronado por dos mascarones amarillecidos que siempre la miraron con dientes de cera. Pasó la verja, el suelo crujió, y la casa la recibió como ninguna madre: una carcasa antigua, húmeda, tan extrañamente dorada por la luz tardía que parecía secreta, falsa.
Javier la esperaba en la galería, recortado contra el crepúsculo. Había cambiado. Esa fue su primera impresión: los hombros caídos, mirada que no pestañeaba y un tic casi violeta en la comisura de los labios. La besó en la mejilla. “Entremos. Está por salir la luna”, murmuró.
No era un saludo normal. Nada allí era normal. Las paredes de la casa olían al tiempo, al moho, a recuerdos podridos. Aun así, Sophia fue tras él por el pasillo donde colgaban los retratos de familia, viejas daguerrotipos ya enmohecidas salvo uno: un hombre vestido de amarillo, sonrisa fina, los ojos en blanco.
“¿Por qué me llamaste, Javier?”
“Hay algo en la casa. Algo que ha vuelto porque el abuelo murió. Algo de lo que hablaban cuando creían que no escuchábamos.”
No supo qué decir. Tomaron té en el salón que siempre pareció flotar en un crepúsculo perpetuo. Javier jugaba con algo bajo la manga —parecía un anillo—.
“¿Sigues teniendo esas pesadillas?”, preguntó él.
Sophia recordó el amarillo de la luz, el color de la sangre coagulada en su sueño adolescente: hermanas y hermanos que cantaban en la lengua de los funerales, la figura del Hombre del Signo Amarillo guiando una danza degenerada bajo la luna.
“Nunca se han ido,” admitió.
Javier sonrió, mostrando la encía.
“Te mostraré algo.”
La condujo hacia la parte más antigua de la casa, escaleras de madera curvadas por gusanos. La llevó hasta una pequeña puerta. Una trampilla.
El calor era peor abajo, terminado en un sótano retorcido, de paredes chorreantes y losas irregulares. Una luz asfixiante temblaba en una esquina, y allí, sobre tres columnas de piedra, Sophie vio la mesa y tres anillos dorados, apenas diferenciados del color del pus.
Los reconoció. Eran los anillos de la familia, reliquias que nadie debía tocar salvo el Primogénito.
“¿Qué quieres de mí?”
“Pon uno. El abuelo decía que si los Signos se reencuentran...”
Sophia negó con la cabeza.
“¿Por qué haría eso?”
Javier la miró. Los ojos, dorados, como a punto de estallar.
“Él está llamando.”
“¿Quién?”
“El que lleva la Máscara.”
Hubo un silencio. Entonces, fuera, los bueyes comenzaron a gañir, como si olieran a un predador cuya sombra les arrastraba la piel por debajo de la carne. Sophia retrocedió y se dio cuenta de que la puerta de arriba había sido cerrada, y el sótano entero vibraba con una música solapada, un murmullo de palabras viscosas que apenas comprendía:
He venido. Siempre he estado en el fondo del espejo.
“Javier, vas a matarnos.”
Él lloraba ahora; las lágrimas eran doradas, pringosas, viscosas.
“No entiendo por qué el abuelo nos dejó esto…pero cuando pongo el anillo, veo cosas. Oigo cantos en el lago. Veo al hombre que vive bajo nuestro linaje, el que susurra a las vísceras.”
Sophia sintió la náusea subiendo desde el tuétano. Algo se arrastraba en el rabillo del ojo, una silueta alta y embozada en túnicas empolvadas del mismo amarillo sin nombre que la luz que goteaba del techo.
No estaba sola.
El aire se volvió doloroso. Sophia levantó la mano y tocó uno de los anillos. El oro parecía tener una vida húmeda, pulsando débilmente como un latido compartido.
“¿Qué quieres de mí?”, repitió.
La voz, más allá de la habitación, aplastó los sílabas humanas.
La herencia. La máscara. Los sueños de tu sangre.
Javier se inclinó hasta el suelo, balbuceando.
“Sophie, si no lo hacemos juntos, nunca parará con nosotros. Quieren entrar, tomar mi cuerpo. La abuela decía que su tía hablaba con las estrellas muertas, Sophie. No quiero ser como ellas…”
Las luces se apagaron. Un fogonazo amarillento brotó del techo, y una figura apareció entre ellos. La percepción de Sophia se partió en cuatro, en dieciséis. Veía su infancia, una noche interminable, la cara del Hombre tras el espejo, siempre allí, aguardando el instante en que los tres anillos se unieran. Todas las pesadillas asumían volumen, textura, saliva; formaban palabras dentro de su soledad:
Baila conmigo en la ciudad donde los muertos hablan.
Había algo atroz en esa voz: su propio odio, el ritmo de su pulso, la planeada implacabilidad de todo lo que Sophie había visto y había imaginado nunca.
“No quiero hacerlo”, gritó.
El Hombre del Signo Amarillo inclinó la cabeza. Era bello y terrible: la piel relucía como oro podrido, una boca que apenas recordaba los dientes, los ojos como ventanas llenas de lluvia ácida.
La presión era física, un tambor en el oído. Sophia miró a Javier: sangraba oro por la nariz, los ojos casi en blanco, sonrisa convulsa.
“Sólo hay que ponérselo. Hay que ser uno con la herencia.”
Sophie tembló, instinto de supervivencia luchando contra una compulsión más vieja que ella, que cualquier humano. Si se ponía el anillo... ¿acabaría como Javier? ¿O peor?
Aferró el anillo, sintiendo el frío viscoso bajo la yema. Un sudor fétido le humedeció la espalda.
“¡Ven!”—clamó la sombra, desplegándose, haciendo resbalar figuras filiformes a través de las losas, emitiendo chillidos que sólo se oían en la médula espinal.
Javier se desplomó y su carne se volvió traslúcida, mostrando venas como hilos dorados.
Sophia se negó a poner el anillo. Lo arrojó contra la sombra. El círculo giró, incandescente, y algo gritó al quebrarse el metal contra la pared. Una llamarada fétida barrió el sótano y la oscuridad se agitó con alientos que no eran aire sino reminiscencias de familia, voces al borde de los sueños.
La sombra se disolvió, no derrotada sino apartada, rejuvenecida y expectante. Javier no se movía. Tenía la mirada perdida, la boca entreabierta, y cuando Sophia se inclinó para tocarle, lo único que sintió fue un frío antiguo, mineral.
Subió arrastrando los pies, saliendo del sótano mientras la casa temblaba con una música sin ritmo.
Cruzó el umbral y atrás dejó la casa: los anillos, el retrato que ahora tenía los ojos bien abiertos, el barro amarillo filtrándose en la madera.
La luna era demasiado grande. El pueblo dormía, ignorante.
Esa noche, cuando trató de huir, comprobó que los caminos de Krakensberg no llevaban a ninguna parte. Alrededor de ella se alzaban las colinas cubiertas de niebla, y al fondo, en la casa, la luz amarilla ardía toda la noche, revelando a los muertos la senda de regreso.
Ahora, los bueyes mugen cada vez más cerca, y el eco de los pasos de su hermano —o de quién fue su hermano— la persigue sin descanso.
Sophia sabe que no ha terminado. Sabe que, en alguna generación próxima, los anillos volverán a brillar, anunciando el regreso del Hombre del Signo Amarillo y su hambre impersonal.
Las pesadillas nunca se marchan de la sangre. Y la herencia reclama, desde el fondo de la casa, la obediencia de quienes aún pueden llevar el oro en los nudillos sin volverse locos.
La luna, allá arriba, es el verdadero testigo.
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