Fragmento:
Recuerdo en particular la noche en la que fui admitido formalmente entre ellos. El ambiente era denso, saturado por una bruma que no podía atribuir únicamente a los inciensos orientales. Se me pidió, como último paso, contemplar el Signo Amarillo, objeto que reposaba en el fondo de una urna. Era difícil de definir, pero sugería a un tiempo la forma de un cometa y el zarpazo de una criatura de pesadilla. Cuando mis ojos se posaron en el signo, mi razón fluctúo como la llama de una vela a merced del viento, y una oleada de imágenes febriles me atravesó con brutalidad: ciudades en ruinas sobre planetas muertos, procesiones de figuras encapuchadas marchando hacia un lago imposible, y un trono vacío más allá de las estrellas.
Duración: 11:55
Me veo forzado, pues, a dar testimonio de una oscura verdad, cuyas ramificaciones acaso sobrevivan a mi frágil cordura; permitidme, al menos, la amargura del preludio antes de la caída. El atroz relato que —con tintas temblonas y titubeantes dedos— ofrezco, refiere lo acontecido durante aquel verano de 1923 en Providence, cuando me mezclé con hombres y mujeres para quienes el silencio pesaba más grave que la ley y la vida. Esto es, la cofradía de los Hermanos del Signo Amarillo.
Yo era entonces joven, aunque ya aquejado por los primeros síntomas de esa enfermedad intelectual que consiste en el ansia del conocimiento prohibido, y que lleva —como san Agustín alguna vez advirtió— a asomarse al abismo. Mi fascinación con la literatura esotérica y las tradiciones ocultistas me condujo, de forma insidiosa y gradual, a trabar vínculo con el infame círculo de la Mansión Corbin, un edificio aislado sobre la calle Prospect dominando la ciudad adormecida y cuyos muros, ennegrecidos por el moho y el tiempo, exhalaban una persistente pestilencia a marismas y pesadumbres.
El primer contacto con los Hermanos fue inofensivo y, en cierto modo, inocente. Asistí a una velada literaria en la que un personaje pálido, cuyo acento arrastraba sílabas con lassitud decadente, leyó entre titubeos fragmentos de un drama titulado "El Rey de Amarillo". La obra, según decían, era prohibida en Francia y destruida dondequiera intentara aflorar. Aquella lectura despertó en todos los presentes una ansiosa inquietud. Yo, en particular, sentí lo que solo puedo describir como la anticipación de una revelación. Un oscuro presagio, cubierto por velos de palabras.
En el transcurso de las semanas siguientes, fui invitado a reuniones más privadas. Eran celebradas en sótanos alumbrados tan sólo con cirios amarillos, y los asistentes —cubiertos de harapos color azafrán— se saludaban mediante un extraño y silencioso gesto: extendían la mano izquierda, la mantenían unos segundos en el aire, y luego la dejaban caer, como si el peso de algún secreto invisible la arrastrara al suelo.
Con el tiempo, descubrí la naturaleza de ese secreto. Los Hermanos del Signo Amarillo adoraban, en el sentido más literal, a una entidad vinculada a una constelación desconocida; una fuerza o ser cuya presencia pesaba sobre el tiempo humano con la ominosa certeza de la fatalidad. El rito central de la cofradía consistía en la invocación de nombres impronunciables cerca del crepúsculo, cuando las sombras de la Mansión Corbin parecían proyectarse más allá de los límites del mundo conocido.
Recuerdo en particular la noche en la que fui admitido formalmente entre ellos. El ambiente era denso, saturado por una bruma que no podía atribuir únicamente a los inciensos orientales. Se me pidió, como último paso, contemplar el Signo Amarillo, objeto que reposaba en el fondo de una urna. Era difícil de definir, pero sugería a un tiempo la forma de un cometa y el zarpazo de una criatura de pesadilla. Cuando mis ojos se posaron en el signo, mi razón fluctúo como la llama de una vela a merced del viento, y una oleada de imágenes febriles me atravesó con brutalidad: ciudades en ruinas sobre planetas muertos, procesiones de figuras encapuchadas marchando hacia un lago imposible, y un trono vacío más allá de las estrellas.
A partir de esa noche, mi vida se dividió en dos hemisferios: el mundo común del día, y el inframundo ritual del Signo Amarillo, al que descendía semana tras semana, empujado por una fuerza inhumana. Los Hermanos parecían conocer mi destino mejor que yo mismo, y su vigilancia —que nunca era ostensible— se hacía sentir en gestos y susurros durante las horas insomnes, cuando los ruidos de Providence menguaban y el susurro del viento traía consigo acentos ajenos.
Una tarde de agosto me encontré, casi por azar, sentado con la joven Isobel M----, de la que se rumoreaba gozaba de una belleza exangüe y de una inteligencia que coqueteaba peligrosamente con el genio. Durante horas, sin reparar en la marcha del tiempo, compartimos los pasajes prohibidos de Van Schachter, los sueños de Blavatsky y las profecías indescifrables de Chamberlain. Hacia la medianoche, Isobel me confió una verdad brutal: “Lo que los Hermanos buscan, no es sólo servir al Rey de Amarillo. Buscan preparar la llegada de Carcosa.”
Hasta ese momento, el nombre de Carcosa había sido para mí sólo un eco literario, un término flotando en la locura de viejos poetas o dramaturgos malditos. Pero en la voz de Isobel, sonó como una sentencia. Una realidad. Me aseguró que, entre los Hermanos más antiguos, corrían historias de un portal a ese mundo imposible, al que sólo se accedía mediante el rito adecuado y la renuncia total a la razón.
Sintiendo tambalearse mis cimientos, decidí retirarme de la cofradía. Intenté evitar la Mansión Corbin y a sus habitantes. Pero, cada vez que pasaba cerca de la casa, el viento traía consigo vaharadas de lirios y cenizas, y en mis noches de insomnio escuchaba el roce de pies descalzos tras mi puerta.
Un viernes, incapaz de soportar la presión del silencio, regresé a la Mansión. La atmósfera estaba aún más opresiva; las sombras parecían extenderse hasta invadirme los pulmones, y los ojos de los Hermanos brillaban con una especie de luz interior malsana. En el centro del sótano, sobre un círculo trazado con polvo de hueso y azufre, reposaba un antiguo espejo enmarcado por símbolos que palpitaban con vida propia. El Maestro —un sujeto alto, imposible de envejecer— me invitó a aproximarme.
—¿Estás dispuesto a ver la verdad detrás de la máscara? —dijo, y su voz era como fango moviéndose en charcos profundos.
Sin saber muy bien cómo, accedí. El Maestro pronunció sílabas que sólo en sueños uno podría oír. En el espejo, mi reflejo perdió definición hasta transmutarse en algo ajeno: una figura vestida de amarillo pálido, con los gestos encadenados al delirio y la mirada extraviada en paisajes alienígenas. El entorno del sótano desapareció, y fui arrojado —no encuentro mejor verbo— a una avenida de cipreses que morían en una orilla blanquecina de lo que sólo podía ser el lago de Hali.
Todo era silencio, salvo el goteo sordo del agua contra la orilla y el susurro de una voz sin dueño. El cielo sobre Carcosa era amarillo y se hibridaba con el humo púrpura de incendios invisibles. Vi procesiones sin fin, máscaras que flotaban sobre cuerpos sin rostro, y escuché —en el aire— nombres imposibles de recordar en estado consciente. La figura del Rey, lejana y augusta en el trono negro, me miró con el desinterés de la muerte absoluta. Sentí que, si avanzaba un solo paso, la locura sería irreversible.
De pronto, fui devuelto al sótano frío de la Mansión Corbin, sobre el círculo de polvo. Los Hermanos me observaban sin pestañear, pero el Maestro sonreía con una satisfacción apenas contenida. Sentí que algo dentro de mi ser se había roto —una membrana del espíritu que preserva la cordura— y que mi vida quedaba definitivamente atada a ese otro mundo.
En los días que siguieron, las apariciones se multiplicaron. Soñaba con Carcosa, pero a veces, al despertar, una sustancia amarilla manchaba las sábanas y en el aire de mi cuarto flotaba un hedor a lirios marchitos. Algunos objetos cambiaban de lugar, y la noche se llenaba del rumor de pasos invisibles recorriendo mi apartamento.
Intenté alertar a la policía, recurrir a la Iglesia, incluso consulté a un psicoanalista de Boston; todos coincidieron en diagnosticar una ansiedad excesiva ligada a mis lecturas. La ciencia y la fe eran igualmente ignorantes en relación a los horrores que había rozado. Sólo Isobel parecía comprender: cuando le confesé mi visión, me condujo —sin decir palabra— a un parque cercano donde, grabado en el tronco de un sauce, vi el Signo Amarillo, sangrando una resina oscura como brea.
El verano terminó en medio de un insólito calor, y la Mansión Corbin fue cerrada durante unas semanas, por supuestas reformas. Me consolé pensando que la cofradía había desaparecido de mi vida. Pero entonces comenzaron los sueños vívidos de multitudes bailando bajo un cielo imposible, de pantanos fosforescentes donde los peces cantan letanías en idiomas muertos, y una voz —la del Rey, indudablemente— que susurraba palabras sin idioma en el fondo de mi mente. La vigilia era peor: vi a los Hermanos en la calle, siempre ataviados discretamente, saludándome con su gesto funesto.
La paranoia se convirtió en costumbre. Las paredes de mi apartamento parecían reblandecerse en ocasiones, y en la penumbra se abrían poros oculares que espían y acechan. Los espejos reflejaban brevemente a la figura del Traje Amarillo antes de devolverme mi rostro, y en la radio crujían frecuencias que sólo pronunciaban: "Ven".
Una noche, vencido por el dolor y la fascinación, regresé una vez más a la Mansión. La encontraba idéntica, aunque más antigua aún, si cabe. Me recibió el Maestro, quien afirmó que la transición estaba próxima; que la membrana entre los mundos era tan fina como la piel de una fruta. Arriba, una docena de Hermanos entonaba un cántico monótono, girando lentamente en torno a una figura encapuchada que blandía el Signo Amarillo.
El rito final, supe entonces, no podía ser otra cosa que la apertura definitiva del portal entre Providence y Carcosa; la sumisión de nuestra ciudad —nuestro propio mundo— al gobierno del Rey de Amarillo. La cofradía ya había infiltrado mil mentes ansiosas de revelación, como la mía. Isobel apareció entonces, sus ojos hinchados de llanto y delirio, y me indicó el camino de huida. Supe que intentaba protegerme, aunque era demasiado tarde.
Comenzó el rito. La casa se estremeció. Del espejo brotó una neblina amarilla que se ramificó por techos y paredes; los Hermanos, presa de la histeria, se postraron mientras la figura central —el Maestro— se despojó de su capucha, revelando un rostro infinitamente antiguo y ajeno, sin rasgos humanos reconocibles, tan solo una máscara lisa bajo la que el vacío palpitaba. No recuerdo cómo logré huir, solo que la voz de Isobel, y un atávico instinto de supervivencia, me arrastró a la calle.
Desde entonces vivo como un paria. Huí de Providence, sí, pero el Signo Amarillo —y su mensaje— me sigue allá donde voy. El mundo exterior, para mí, quedó velado; a veces, tras los párpados, entreveo las ciudades derruidas bajo cielos de otro sol. Oigo los cantos de los Hermanos resonar en el viento y el rumor del lago de Hali al otro extremo de mi locura.
La cofradía sigue activa: sé de reuniones secretas en departamentos de Boston y Nueva York; la veo en las miradas perdidas de ciertos artistas, el simbolismo recurrente en las pesadillas de tantos escritores. Lo inevitable está en marcha, y confío sólo en que mi testimonio sirva de advertencia. Evitad el Signo Amarillo a toda costa; el precio del conocimiento de Carcosa es la pérdida irrevocable del alma y la razón.
Demasiado tarde he aprendido que todo don siniestro se paga, y que hay cosas ocultas a la mente humana por sabias razones. Yo, que fui Hermano del Signo Amarillo, soy ahora menos que hombre, más que sombra: y mientras escribo estas palabras, la voz del Rey resuena en mi cráneo y la neblina amarilla se filtra de nuevo bajo la puerta, reclamando a su siervo más fiel.
Que quien lea esto huya, y borre el nombre de Carcosa de su memoria antes de que sea también tarde para él.
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