Portada del relato El Testamento de Hastur
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Fragmento:


El apartamento de Valin olía a vela y a hule, con muebles victorianos y cortinas de terciopelo cerrado. Paul me recibió sin sonreír, el rostro devastado y el cabello desordenado. Sobre la mesa, cuidadosamente envuelto en paño negro, descansaba un libro mural de antiquísima manufactura, de cubiertas ásperas, tachonado con el símbolo de una especie de estrella tentacular inscrita en un círculo amarillo, y cifras enloquecidas girando en torno a una forma semicircular. “Histoire des Frères du Signe Jaune”, rezaba el lomo.

Duración: 10:11

El Testamento de Hastur
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Texto de ajuste de pausa.

Mi querido lector, si por casualidad de la vida esta narración cae en tus manos, yo solo te suplico que entiendas: las palabras, por retorcidas y frenéticas que parezcan, no son más que el testimonio desesperado de un hombre que ha tocado briznas de una realidad demasiado vasta para que el espíritu humano la abarque. No busco expiación, ni consejo; apenas aspiro a la comprensión de un alma entre los vastos legiones de los condenados a vagar en la ignorancia.

Todo comenzó en la sofocante primavera de 1921, cuando el aire de París parecía impregnado de una inquietud inexplicable. Mi nombre es Émile Verlaine, profesor de historia del arte en la Sorbona y tipógrafo de un manuscrito que cambiaría -y arruinaría- para siempre el curso de mi existencia. Si bien la rutina universitaria nunca careció de extrañas lecturas y excentricidades, aquel mes llegó a mis manos una nota de Paul Valin, colega estudioso de cultos mistéricos y mitología comparada, quien me pidió encarecidamente su ayuda para descifrar un volumen adquirido “de un talnosferatu” en la brumosa Lyon. El mensaje estaba encriptado: Valin no confiaba en el correo tradicional, y solo tras largas horas ante la lámpara de parafina logré reconstruir su invitación: “Ven esta noche. Trae papel y pluma. No informes a nadie.”

El apartamento de Valin olía a vela y a hule, con muebles victorianos y cortinas de terciopelo cerrado. Paul me recibió sin sonreír, el rostro devastado y el cabello desordenado. Sobre la mesa, cuidadosamente envuelto en paño negro, descansaba un libro mural de antiquísima manufactura, de cubiertas ásperas, tachonado con el símbolo de una especie de estrella tentacular inscrita en un círculo amarillo, y cifras enloquecidas girando en torno a una forma semicircular. “Histoire des Frères du Signe Jaune”, rezaba el lomo.

El lenguaje en que estaba escrito era un francés arcaico, intercalado con glosas en latín y pasajes en lo que descubrí, horrorizado, era desconocido para la filología académica. El mismo Valin no sabía —o no quería decirme— cómo había adquirido el manuscrito. Sospechaba yo entonces (y lo confirmo ahora con pesar), que Valin conocía más de lo que dejaba entrever; en el rincón más oscuro de su biblioteca colgué la gabardina y, una vez sentados, comenzó a contarme la oscura historia que ahora intento —con manos temblorosas— poner por escrito.

Valin empezó su relato con manos crispadas y voz trémula, narrando cómo halló referencia a los “Frères du Signe Jaune” en cartas cifradas, libros prohibidos y raros grabados hallados en anticuarios nocturnos, que solo abrían sus puertas a quienes poseían ciertas “credenciales”. Era una sociedad secreta, tan invisible en la superficie de los diarios como poderosa bajo el lodo de la superstición y la herejía. Surgida en los inicios del siglo XVIII, extendía sus tentáculos a través de Europa, Asia Menor y el Nuevo Mundo. Sus miembros, eruditos y despreciados, creían en un mundo más allá de la razón; evocaban a “los que acechan en los pliegues de la realidad”, y rendían culto a una fuerza que llamaban Hastur, el Innombrable.

Lo que diferenciaba a los Frères del Signo Amarillo de las demás sociedades ocultas, narraba Valin, era su búsqueda de fisuras en la realidad: brechas por donde cosas innombradas —seres, pensamientos, recuerdos suprimidos por siglos— se filtraban en las mentes de los desesperados y los locos. Se hacían llamar “heraldos del regreso”; sus ofrendas eran el caos, los sueños rotos y el arte degenerado.

Como ejemplo, Valin sacó de entre las páginas del libro una litografía antigua —una representación de la ciudad de Carcosa a orillas de un lago irreal, donde figuras enmascaradas y cubiertas por capas tachonadas del signo amarillo bailaban eternamente bajo estrellas moribundas, delante de un rey coronado cuyas facciones nunca emergían entre los pliegues de un manto carmesí. Al fondo, una luna enferma gravitaba sobre una torre que parecía continuar su ascenso más allá del papel, hacia algún abismo celeste.

Mientras Valin recitaba pasajes y yo hacía notas, la temperatura de la habitación bajó perceptiblemente y la llama de la lámpara crepitó con un extraño fulgor verdoso. El texto, pensé, parecía diseñado para desafiar la cordura: nombres imposibles, fechas que retrocedían antes de la historia, geografías de pesadilla. Se narraban sacrificios en la colina de Montfaucon, desapariciones de artistas y poetas, y una obra citada continuamente: “El Rey de Amarillo”, manuscrito que condena a la locura y la perdición a quienes lo leen.

El clímax de la velada llegó cuando Valin, tras observar algo que se movía en las sombras, susurró: “Esta noche hay reunión; me han invitado. Quieren que vayas conmigo.” La sangre me heló y sentí, por vez primera, el peso asfixiante de algo monstruosamente antiguo e implacable.

Mi escepticismo profesional luchaba con el pavor instintivo que Valin y el libro emanaban. Sin embargo, la curiosidad, ese gusano imperecedero en el corazón del hombre ilustrado, me ganó la partida. “¿Dónde?”, pregunté, esperando secretamente que rehusase.

La cita era en la rue des Martyrs, en un edificio en ruinas que ni la policía ni el registro municipal eran capaces de ubicar con exactitud en los planos. Salimos envueltos en gabardinas bajo una lluvia glacial, adentrándonos en calles desiertas, pasando por portales que solo parecían existir al desearlos. A medida que avanzábamos, los ruidos habituales de la ciudad decayendo, sumidos en una niebla cada vez más espesa, sentí que los muros y aceras se retorcían, como si adoptaran una topografía de mal sueño.

Llegamos a una puerta sin aldaba, señalizada únicamente por el Signo Amarillo pintado con polvos fosforescentes, a la luz de una luna que parecía mirarnos con aborrecimiento. Valin tocó, y pronto apareció un individuo de ropas deshilachadas, de rostro inexpresivo, con una extraña marca circular en la frente. Sin palabra alguna, nos hizo seguirlo. Caminamos por corredores húmedos, y el aire se llenó paulatinamente de un hedor nauseabundo, mezcla de papel podrido y vino rancio.

Entramos en una sala circular revestida de tapices y velas amarillentas. Un círculo de figuras encapuchadas susurraba en voz baja cánticos extraños, mientras en el centro, sobre un podio de mármol manchado, se hallaba un antiguo volumen abierto, junto a una máscara dorada en forma de media luna. Reconocí símbolos repetidos en el texto de Valin. Cuando nos aproximamos, el cántico cesó abruptamente y uno de los encapuchados —voz velada, temblorosa como una hoja— preguntó: “¿Estáis preparados para ser testigos?”

Antes de que yo protestase, una presión irresistible me selló la boca y nubló mi pensamiento. Un perfume denso, como de incienso alienígena, colapsó la realidad, y mi punto de vista pareció elevarse, como si mi conciencia fuese devorada por un remolino de colores y sonidos imposibles.

He intentado desde entonces, muchas veces y en vano, racionalizar lo ocurrido. En ese trance, “vi” —¿o soñé?— Carcosa, la ciudad innombrada, flotando en una vasta llanura negra bajo soles incoloros, la piedra de sus torres en perpetuo gotear de luminiscencias antinaturales, y el lago que reflejaba un cielo surcado por constelaciones ajenas, danzando en patrones que ningún astrónomo humano pudiese trazar, a excepción de algún loco prisionero en Charenton. Vi a los danzarines sin rostro; vi al Rey vestido de harapos dorados, extendiendo su mano y abriendo su manto, bajo el cual bullía un abismo infinitamente más aterrador que la misma muerte; escuché melodías que destrozan la mente, fragmentos de idiomas que los hombres han olvidado para su propio beneficio.

Al despertar, yacería en una litera mugrienta, atado, con Valin temblando a mi lado. Había mordido mi lengua y sangrado por la nariz, y las marcas del Signo amarillo ardían en mi frente como una estrella dolorosa. Los otros encapuchados habían desaparecido. Al buscar la salida, comprendimos que el edificio se había esfumado: estábamos en un hueco de escalera, con las paredes rezumando agua, y el libro había desaparecido junto con la máscara. Salimos a la rue des Martyrs, pero la ciudad parecía diferente ahora: todo el bullicio exultante de la vida parisina se encontraba ausente, reemplazado por un silencio mortuorio y formas acechantes que se movían en las esquinas, sin atreverse a salir a la luz.

Desde esa noche, ambos nos convertimos en otras personas. Valin se volvió paranoico, no salió más jamás de su apartamento, y supe que meses después lo hallaron muerto, con ojos arrancados y una sonrisa imposible grabada en la boca. Yo mismo sobreviví a base de la más férrea disciplina, escribiendo cuanto recordaba a la luz del día, y destilando sin cesar la duda de mi noche en Carcosa. Si a veces me encuentro susurrando palabras en lenguas que ningún erudito reconoce, sólo yo sé que son fragmentos de plegarias para mantener a raya la mirada del Rey Pálido, que se filtra aún por las rendijas de mi conciencia.

He visto, de tanto en tanto, el Signo Amarillo en los lugares menos pensados —en la puerta de los cementerios, en la carátula de antiguos espectáculos de teatro, en las esquinas de los cuadros más enfermos de la colección de arte moderno de la ciudad. No es casualidad. Aquellos que lo portan saben. Nos observan, y esperan. Porque la hermandad nunca desaparece: solo se repliega, acechando en la penumbra, aguardando el momento propicio en que las brechas se abran de nuevo y suene la nota final del cántico, y un mundo diferente —antiguo y horrible— descienda sobre el nuestro.

Ahora, en la penumbra de este cuarto, siento ya el rumor de pasos en la escalera; la sombra bajo la puerta avanza lentamente, y veo el resplandor amarillo que se infiltra por las grietas. Si tú, lector, llegas a comprender lo que he intentado advertirte, quema este testimonio y rehúye a los hombres que portan el símbolo amarillo en las solapas de sus ropajes. No existen refugios; todo lo que hay es espera. Aquí termina mi relato. Mi nombre es Émile Verlaine, y por última vez suplico: Nunca busques el Signo Amarillo. Porque si lo haces, la puerta se abrirá para ti, y conocerás a los Hermanos del Signo… y al Rey que no debe ser nombrado.

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