Portada del relato El susurro de las cornetas negras
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Fragmento:


Regresa al lago, allana las cosas antes de que el velo caiga.

Duración: 11:34

El susurro de las cornetas negras
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Texto de ajuste de pausa.

El relato empieza bajo el cielo plomizo de un otoño tardío en Spokane, cuando Arthur Singer recibió la carta lacrada con cera amarilla opaca—aquel tono entre el oro podrido y el mosto de vino barato, similar al sueño febril de un brujo moribundo. Era uno de esos días en que la luz parece girar y contraerse, lanzando sombras que se arrastran a lo largo de los zócalos y los fríos ventanales. Los pájaros, torpes de sueño, piaban en ráfagas irregulares, y la bruma domesticaba la mañana, haciéndola pastosa.

Arthur había dejado atrás los secretos desde hacía años. Decía vivir tranquilo, celando manuscritos y primeras ediciones en la biblioteca universitaria, pero la carta le devolvió—en un instante—al nervio roto, al hedor de las habitaciones selladas y a la aguja siempre ladeada en el compás de la paranoia. El remitente solo decía: “E.K.”. Las iniciales ardían en el papel, y Arthur sintió cómo despertaba algo antiguo en la médula de sus huesos, un eco de la noche de la cosecha, catorce años atrás.

Decidió abrirla en el sótano, donde el polvo y el olor a papel viejo le hacían sentir escondido. Los tablones crujieron bajo sus pies. Estaba solo salvo por los pulcros fantasmas de la biblioteca: la lámpara verde que no iluminaba rincón alguno, la mesa manchada de tinta donde los antiguos bibliotecarios habían encuadernado el pasado con hebras de miedo.

La carta era breve:

Arthur,

Han vuelto a preguntar por ti. Ella los manda.

Regresa al lago, allana las cosas antes de que el velo caiga.

No dejes que te encuentren.

E.K.

Arthur cerró los ojos. Notó otra vez el sabor agrio de la sangre en la garganta. ¡Ese lago! ¿Cuánto tiempo había enterrado esa noche, apartada como un animal moribundo al borde de la conciencia? Por un instante—y solo por un instante—se le ocurrió rechazar la vieja maldición, quemar la carta, marcharse lejos a donde solo existiera el rumor del canal universitario y el óxido de una rutina disciplinada. Pero la carta era un lazo imposible de cortar, tejido de palabras como juramentos.

Empacó poco: una lámpara de batería, su antigua navaja, y un ejemplar de Las palabras oscuras bajo la piel, la novela maldita que E.K. había escrito y que, según Arthur, era la raíz de la locura. Caminó hasta su coche, al acecho de las sombras y del sonido—amortiguado—de las cornetas. Nadie en su entorno reciente conocía la historia del lago, ni por qué en ciertos atardeceres, Arthur contemplaba fijamente los márgenes del agua, esperando ver surgir figuras envueltas en andrajos de azafrán.

La vieja carretera era un intestino superpuesto en el campo húmedo. El bosque a ambos lados parecía rumiar su propio miedo. El cielo se había ido apagando; el otoño aullaba, sin alegría ni consuelo. La cabaña estaba igual: techumbre de tablones ruinosos, verja oxidada, el sauce negro inclinado hacia el agua. Y ahí estaba E.K.: Ezekiel Koening, con la piel plegada en arrugas eternas, la barba manchada de nicotina, esa mirada de perro sarnoso y sabio que había arrastrado a Arthur al borde mismo.

El ambiente era pesado y caliente, como si los árboles respirasen sobre ellos. En la mesa había tres vasos y un plato de tocino frío. Uno de los vasos, el de la izquierda, estaba manchado de rojo. Arthur pensó en sangre. Pensó en vino rancio. Ezekiel sonrió sin alegría.

—Sabía que vendrías —dijo, voz rota, dientes manchados de historias—. Las cosas se están moviendo. Los hermanos han vuelto.

Arthur titubeó en la puerta. “¿Todos?”, preguntó.

—No. Solo los que siguen soñando con el Rey. Los otros…

Un viento rompió el silencio. El sauce se tambaleó, su reflejo difuminándose sobre el lago. Arthur no era tonto: supo que había alguien afuera, vigilando; que regresar era sellar un destino largamente postergado.

Entraron en la cabaña. El interior olía a moho y flores podridas; había libros, cuerdas, una máscara amarilla tirada en la esquina. La chimenea vomitaba humo pardo. Ezekiel se sentó a su lado, tendiéndole el libro de Las palabras oscuras bajo la piel.

—Fíjate en la dedicatoria —dijo.

Arthur abrió la primera página. No recordaba haber visto esa mano, tan cuidadosa y fina: “A los hermanos del Signo Amarillo, con amor en la derrota. Nuestra Reina nunca duerme.”

—No la escribí. Al menos, no conscientemente —explicó Ezekiel—. Me desperté con la pluma en la mano, la dedicatoria escrita, y la sensación de que yo era otro dentro de mi piel. Eso fue hace una semana. Desde entonces, las cosas han ido… torciéndose.

Arthur volvió a poner el libro sobre la mesa. El aire parecía pulsar. Afuera, ruidos de pasos y crujidos, como si animales secretos caracolearan entre la hojarasca. El ocaso empezaba a tocar el lago, tiñéndolo de un amarillo envejecido.

—Escúchame, Arthur: vinieron preguntando por ti. Un hombre y una mujer. Llevaban máscaras. Olían a óxido y a flores cortadas. Preguntaron por la noche de la cosecha. Sabían nombres, detalles. Vinieron al lago. Llamaron a la puerta. Les mentí. No estoy seguro de que se hayan ido del todo.

Arthur reprimió el temblor de sus manos. Había sido, la noche de la cosecha, parte del círculo—una hermandad rota por el conocimiento y el terror. Adolescentes, habían jugado con el folclore y el caos, convocando fuerzas que no comprendían. Algunos murieron. Otros se perdieron entre los pliegues del olvido o la locura. Los sobrevivientes… quedaron marcados.

Nadie hablaba del símbolo pintado en el granero: una S pesada y torcida, en cuyo centro un ojo dorado parecía mirar directamente hacia fuera del mundo. El Signo Amarillo.

Se quedaron en la penumbra, bebiendo whisky y contemplando la negrura invadiendo el lago. Sólo cuando la luna apareció, delgadísima y opaca, Ezekiel habló de nuevo.

—Me he estado preguntando, Arthur… ¿esa noche, qué fue lo que realmente vimos?

Arthur no quiso responder. Recordaba los rostros—los de antes, y los otros, los innombrables—reflejados en la superficie del agua, la danza de niños con máscaras y la siniestra melodía en la brisa. Recordaba el bucle en el que las plegarias de un idioma muerto se mezclaban con el graznido de cornejas, y cómo los círculos en el agua crecían, como si algo intentara emerger.

A la medianoche, tocaron a la puerta. Tres golpes, espaciados. Ezekiel empuñó la navaja, Arthur un atizador de la chimenea. El aire era un río denso, poblado de murmullos.

La silueta tras el cristal era femenina, alta, vestida de terciopelo amarillo raído. El rostro cubierto con una máscara ciclópea, el ojo del Signo resplandeciendo en el centro, imposible de enfocar. Un filo de voz rasgó la noche:

—Venimos por ustedes.

Tras ella, un hombre esperaba. Llevaba corbata negra, el torso desnudo pintado con cadenas de símbolos. Cuando la mujer habló, los árboles se encorvaron hacia la casa, como desollados por el viento.

—La Reina busca al que quebró el círculo y al que aún guarda el libro.

Ezekiel temblaba. Arthur sintió el terror treparle la espalda, vieja e implacable marea. Había una parte de sí mismo, acallada todos esos años, que siempre había esperado esa noche: la última llamada, el ajuste de cuentas.

—No busquen resistirse —dijo la mujer—. El drama está en su última función. Carcosa despierta de nuevo.

Arthur evocó las escenas de la novela de Ezekiel: máscaras sometidas a la risa del Rey, lagos devorados por niebla, danzas donde los vivos y los muertos se confunden. Había sido una novela—o eso creía—pero ahora comprendía que era una crónica cifrada: instrucciones, advertencias, invocaciones.

—¿Qué quieren? —preguntó Ezekiel. Su voz era tan delgada como un hilo de humo, lista a romperse.

—Al que recuerda. Y al libro. El Signo te marca aún. Venid, hermanos, vamos al lago. Ella los espera en la niebla.

El hombre del torzo pintado se acercó. Los pasos no hacían ruido. En los ojos de la máscara había fuego y un frío antiguo. Ezekiel retrocedió, pero Arthur le tomó el brazo.

—No sirve de nada —susurró—. Ya estamos dentro, otra vez.

Siguieron a la pareja al lago. El cielo era un techo de hierro, las luces de Spokane lejanas y mudas. En la orilla, otros esperaban: siluetas con máscaras, danzando en círculos perezosos, las manos enlazadas. Arthur oyó el rumor de la flauta, una melodía inhumana e hipnótica. El agua rezumaba negrura—debajo, sombras se movían con lentitud, como prepárandose a ascender.

La mujer habló: —El Signo no olvida, ni perdona ni duerme.

Los hermanos y hermanas del círculo murmuraron el nombre de Carcosa, y el cuchicheo se elevó en una lenta espiral hasta enroscarse alrededor de Arthur, adoptando la forma de las palabras de la vieja lengua, melodía y amenaza. Arthur sintió la vibración en sus oídos, en sus dientes, en la médula de sus huesos.

—La Reina ha vuelto —declaró el hombre de la corbata negra—. Y busca a sus hijos perdidos.

Las figuras rodearon a Arthur y Ezekiel, comenzando un lento vaivén. La melodía subía y bajaba, atascada en un compás asimétrico, recordando al corazón de un animal agonizante. Arthur, en su delirio, recordó por fin quién había roto el círculo aquella noche, quién había arrojado el libro al lago, quién había traicionado a los suyos para enganchar a la Reina en el velo.

Fue él. Siempre había sido él.

Un dolor feroz cruzó su cráneo. El hombre de la corbata negra se le acercó, levantando el libro empapado. Era la novela, sí, pero las páginas estaban escritas ahora con palabras monstruosas e ilegibles, torcidas, plagadas del Signo.

—Hay que pagar el precio del recuerdo —susurró la Reina, su voz reptando por el costado de la noche. La máscara se hizo líquida, teñida de manchas doradas y carmesí. Por debajo de los pliegues, Arthur vio un rostro idéntico al suyo, roto y ajado.

Y entonces fue parte de la danza. Eran máscaras y voces, círculos interminables: el susurro del lago, la traición de la cosecha, la Reina mirándolos a todos—y en todos. Ezekiel gritó. El eco rebotó en el agua, convirtiéndose en canto. Arthur sintió cómo la última luz del mundo se extingía mientras el Signo descendía sobre él, un manto de miel enferma, clausurando la memoria.

Cuando los aldeanos encontraron la casa tres días después, sólo quedaban máscaras dispersas en la playa. En el lago, la superficie era brillante y negra. Algunos dijeron que en la medianoche podían escucharse cornetas y gritos, y que a veces, cuando la bruma es espesa, los ecos de la Reina cruzan el agua. El libro nunca apareció. El Signo Amarillo, no obstante, seguía inscrito bajo el sauce, aguardando la próxima cosecha.

Y en sus sueños, los sobrevivientes oyen aún el rumor de cornetas negras y el arrullo de la Reina sin nombre, que nunca duerme, y nunca olvida.

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