Fragmento:
Los murmullos inquietantemente se aplacaron cuando una anciana de cabello de hilos blanco-plata tocó una campana de vidrio. La sala se sumió en la penumbra salvo por el resplandor amarillo de la chimenea; y entonces, de detrás de una cortina de gasa, emergieron los actores.
Duración: 09:42
Cuando uno se adentra en la vastedad de la noche providenciana, los callejones antiguos y los tejados inclinados refieren memorias ausentes, y una humedad infecta, reptante, parece emanar no sólo del suelo, sino de cada piedra mohecida, de cada sombra oblicua. Así fue como Vincent Deysmith, notario de profesión, intelectual de vocación y escéptico por convicción, caminó con paso decidido—aunque su corazón bailaba ritmos dubitativos—por la ruina imperturbable de Benefit Street en los días mordidos de noviembre. El folio que apretaba en el bolsillo interior de su chaqueta era una invitación a una representación clandestina, una versión privada de *El Rey de Amarillo*, enviada por un admirador cuyo nombre lo decía todo y nada: “C. T. Ward, Carcosa Circle”.
Vincent había escuchado rumores: círculos estéticos que desafiaban la moral con lecturas y puestas en escena de escándalos literarios. Pero en las últimas semanas los murmullos entre libreros y artistas de las sociedades ocultas se habían vuelto más ominosos. Caras pálidas evitaban ciertas reuniones. Un pintor había sido hallado ahogado en pintura amarilla, murmurando palabras sin sentido inglés. Dos mujeres desaparecieron cerca de la plaza, donde la niebla era especialmente densa.
A pesar de todo, o por ello mismo—pues el escepticismo, cuando es desafiante, incita a las mayores insensateces—Vincent llegó puntualmente a la dirección que figuraba en la carta: una casa que jamás recordaba haber observado, aunque conocía de memoria la cuadra. El número 333 era una puerta infradimensional: giró el picaporte y sintió bajo la palma una frialdad que le heló los huesos. Al traspasarla, la noche pareció entrañar una negrura diferente, como si en el vestíbulo flotara el polvo de otro mundo.
La estancia estaba ocupada por cinco figuras enmascaradas que murmuraban en un idioma que no reconocía. Los anfitriones le ofrecieron una túnica amarilla, de una tela desconocida cuyo contacto le produjo un ardor sutil, como si cientos de pequeñas bocas besaran y rozaran su piel por debajo de la ropa. El aire tenía un sabor metálico y la gravedad del lugar pulsaba con intenciones propias.
El anfitrión se presentó: “Soy Camilla, guardián primero del círculo. Bienvenido, Vincent.” Su máscara de porcelana amarilla dejaba filtrar destellos de ojos pergeñados en lágrimas oscuras.
Vincent, dominante sobre su creciente impaciencia, preguntó: “¿El texto es íntegro, sin las habituales censuras?”
Camilla asintió, con una sonrisa que torció la máscara: “Esta noche veremos el acto segundo como jamás se ha mostrado en nuestra era. El Rey y el Lago esperan.”
Los murmullos inquietantemente se aplacaron cuando una anciana de cabello de hilos blanco-plata tocó una campana de vidrio. La sala se sumió en la penumbra salvo por el resplandor amarillo de la chimenea; y entonces, de detrás de una cortina de gasa, emergieron los actores.
No había música, sólo el retumbar, apenas audible, de algo que gemía bajo el suelo—como si los cimientos de la casa hubieran sido diseñados para amplificar una resonancia traída desde ese otro mundo al que el texto hacía constantemente referencia: Carcosa.
“El Rey, El Rey...”, susurraron los actores, y un hombre de piel de cera y mirada de muerte avanzó, envuelto en un manto tan amarillo y tan imposible que Vincent tuvo la certidumbre de que ese color no existía en la tierra; era bera amarilla, sí, pero con matices que vibraban en las bandas de la percepción, en la raíz misma del pánico.
La obra comenzó a deslizarse más allá de las frases cultas y letales del libreto de Chambers. Los gestos de los actores, tan articulados y alienígenas, parecían corroer la lógica de la escena. El decorado era repugnante: columnas retorcidas, tapices con patrones de ojos y lunas negras. Algunos asistentes comenzaron a agitarse, inquietos, rascando la tela amarilla de sus túnicas.
Vincent, maldiciendo su propia tendencia a la hipersensibilidad de los sueños, intentó mantener la mente fría. Pero las palabras, los gestos, los movimientos del Rey, calaban hondo en un lugar ancestral de su psique. Una sensación creciente de doble identidad, de estar no sólo observando sino participando en el drama, se apoderó de él.
La anciana tocó la campana de nuevo y los actores se detenían en un tableau mort. Camilla habló: “El Rey requiere ofrenda. El Primer Lector mostrará la verdad.” Y, sin opción de negarse—o, más bien, sin fuerza para ello—Vincent fue conducido al centro del círculo.
Le acercaron el libro: la edición amarilla y prohibida, encuadernada en piel sin nombre. “Lee. El acto II, escena III. A ti se te concede la visión”, dijo Camilla mientras todos los rostros, tras las máscaras, lo devoraban con aves de rapiña.
Vincent leyó. Las palabras parecían flotar en relieves, hirviendo a través de las letras, y pronto la escena circundante vaciló. El salón, la chimenea, todos desaparecieron y en su lugar la noche se derramaba infinita sobre un lago negro como el brea, cuyas orillas estaban talladas con obeliscos y criaturas retorcidas. Allá, muy lejos, la silueta imposible de una ciudad devorada por sus propias geometrías. En la orilla, el Rey en Amarillo se acercaba a él, flotando a escasos centímetros del suelo, riendo con una voz hecha de ecos huecos y odio antiguo.
Vincent intentó dejar de leer, cerrar el libro. Pero la escena lo poseía. Los márgenes de su percepción sangraban, y las palabras—decadentes, esponjosas—se abrían como llagas en su lengua y cerebro:
“El lago de Hali nunca olvida...
Tres veces habrás de mirar detrás de la máscara para ver tu propio rostro,
Tres veces pronunciarás un nombre que no es el tuyo,
Y la ciudad entre los universos llamará con truenos de oro podrido,
Carcosa...”
Al volver en sí, el libro yacía en el suelo, pero la estancia parecía haber cambiado levemente. Los rostros de los presentes, en la medida que aún eran humanos, se habían tornado translúcidos, como si la tela de su carne oscilará con la misma vibración amarilla de la túnica. Algunas máscaras se agitaban y sus grietas sangraban baba luminosa.
Vincent tropezó y cedió sobre una de las columnas, y notó que su propia piel, en el reverso de su mano, brillaba apenas perceptiblemente. “Camilla”, jadeó, “¿qué me habéis hecho?”
La figura se acercó, muy despacio, y retirando la máscara mostró un rostro de belleza abstracta, ojos como lienzos amarillos y dientes de madreperla ritual. “La obra sólo comienza al romper la primera lectura”, dijo. “El Rey no vendrá sólo para vosotros; somos portales abiertos. La semilla se siembra con cada acto.”
Una de las figuras más jóvenes comenzó a sollozar y a arañarse la túnica, gritando que quería irse. Pero entonces la risa del Rey—ese tono corrosivo que Vincent sabía que nadie podría imitar—emergió de la boca de todos los presentes. Las paredes ondularon y Vincent vio, fugazmente, cómo en los ángulos de la sala se abrían fauces, y desde ellas fluía niebla, carne y tenues filamentos dorados que se adherían como hongos a los pies de los presentes.
Vincent, desesperado, trató de correr, pero la casa ya no tenía puertas reconocibles, ni ventana por la que clamar. Forzó el paso por un corredor mutante donde las pinturas mutaban y los marcos reptaban como mariposas en eclosión. Los rostros de los personajes viraban a amarillo, los ojos se vaciaban, y las bocas cuchicheaban palabras sucias y elusivas, fragmentos del acto que acababa de leer.
Entendió, finalmente, lo que la obra promovía: una infección de la mente que era también una transmigración del alma y cuerpo. Quién llega al corazón de Carcosa no retorna igual. Algo se lleva, sí, pero deja en cambio una cáscara que habitará la vida cotidiana solo para perpetuar, a cada noche, a cada encuentro, la corrupción amarilla.
Vincent alcanzó una trampilla y cayó por ella al sótano. Allí, a la fosca luz de cirios imperceptibles, decenas de túnicas viejas y exangües colgaban de clavos, y en el piso, medio disueltos, permanecían máscaras corroídas y piel humana reseca en los pliegues de una humedad imposible. Vinculado ya al eco de otro universo, Vincent supo que nunca estaría solo otra vez: podía oír en cada golpe de su corazón una letanía distante, el mensaje de Hastur, convocando y susurrando, como la marea que insiste noche tras noche, masticando las bases mismas de la realidad.
Alguien descendió tras de él; una figura sin rostro, sólo la túnica y la absurda corona gastada de un Rey que no conoce más que la ruina y el desvelo. “Nos veremos en Carcosa”, dijo la voz, atravesando todas las lenguas conocidas y desconocidas. Vincent sintió la primera caricia real del viento de allá afuera—un lugar/tiempo tras este universo donde la locura y el asombro devienen indistinguibles, donde la obra se repite eternamente y cada espectador está también actuando, y todos, inevitablemente, terminan por quitarse la máscara.
Si alguna vez en la noche sientes un roce amarillo, o escuchas palabras en un idioma imposible brotando de labios vecinos, recuerda este relato y no aceptes invitaciones sin remitente, sobre todo si en la esquina de la tarjeta ves un pequeño sol negro. Pues uno no escapa nunca de Carcosa.
Vincent Deysmith aprendió que la única salida conduce tan sólo a una máscara más honda, y que, en lo profundo, el horror de Hastur está siempre aguardando que le demos la siguiente palabra, el siguiente acto, en el teatro ruin de nuestra propia desolación.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.