Portada del relato Los Susurros Ambarinos del Lago
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Fragmento:


Insistió en mostrarle la casa donde todo había empezado, la de su abuelo. Fronteriza al agua, sus maderas roídas temblaban con cada suspiro del viento. Adentro, los muros estaban cubiertos de tapices: figuras y símbolos heredados de terribles sueños, y algo aún más perturbador: relieves tallados en basalto, retratando criaturas imposibles cuyos rostros parecían a punto de disolverse o estallar en formas más terribles.

Duración: 10:33

Los Susurros Ambarinos del Lago
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Texto de ajuste de pausa.

Los días de septiembre caían sobre la ciudad de Arkham con un color ocre antiguo, confiriendo a las últimas tardes del verano ese tinte sedentario y pesado que sólo los miedos antiguos pueden compadecer y musitar al oído. En la universidad, pocos quedaban aún despiertos a esas horas donde la noche engulle el campus poco a poco, y menos aún los que todavía se atreven a frecuentar la biblioteca reservada del ala norte, donde el aire mismo parecía denso como cera y pesado como recuerdos ahogados en formol.

Allí fue donde Ethan Callister, un hombre de rostro tirante y mirada vencida, hojeó por última vez la carta que lo condenaría. No era más que un trozo amarillento de papel, una misiva cifrada cuya caligrafía, curva, temblorosa y herida por la desesperación, hacía pensar que su autor la había escrito bajo la inminencia de un horror demasiado vasto para ser nombrado. La carta había llegado desde un pueblo costero en ruinas llamado Kingsmouth, casi una sombra de lo que había sido antes, de cuando aún pescadores y niños iban y venían al lago que ahora ningún mapamundi osaba recordar.

El remitente, un tal Cyrus Whateley —apellido maldito en los anales desvaídos de la región—, relataba haber observado noches atrás unas luces doradas sobre la superficie del lago, y figuras espectrales deformes que danzaban a su alrededor, entonando coros en un idioma que hacía vibrar el vidrio de las ventanas. Lo que le había obligado a escribir no fue la visión, sino el sonido: un coro de risas ahuecadas y murmuraciones en tonos tan profundos que parecían brotar del alma misma de la tierra.

Había mucho en la carta sobre el miedo. Pero también, en un doblez que no había osado abrir hasta entonces, algo más: un trozo endurecido de resina, dorada como ámbar antiguo, y envuelta con hilo rojo. Ethan la sostuvo a contraluz; había en su interior algo retorcido, casi humano, como una miniatura informe atrapada en pena eterna. El matiz de esa resina vibraba con cálidos reflejos que no pertenecían a ninguna fuente de luz visible. Entonces decidió viajar a Kingsmouth —no como académico que busca desentrañar supercherías rurales, sino como alguien que había leído demasiado, soñado demasiado, y sentido, acaso, el vicio de la curiosidad acuchillándole el corazón.

El viaje en tren fue opresivo; las ventanillas, enmarcando tierras gélidas y árboles que parecían escapar de la propia realidad a fuerza de curvarse, sólo aumentaron el peso de la ansiedad. A su llegada, el pueblo era una postal herida: casas deshechas por las mareas, calles cubiertas de limo y algas, y esa niebla amarilla, anómala, que reptaba desde el lago avanzando sobre la piedra como un ser pensante. Nadie lo esperaba salvo Cyrus, un hombre desmigajado, sin edad, con el rictus petrificado de quien sabe su propio final desde mucho antes de vivirlo.

“¿Ha traído la muestra?” preguntó, con labios tan secos como la resina en la carta.

Ethan asintió, extendiendo el amuleto ámbar que ahora parecía más pesado, más inquietante, más vivo.

“Guardémoslo. Si la contempla el tiempo suficiente, verá en qué se convierte el hombre ante Hastur”, susurró Cyrus mirando el lago. Sus ojos, vidriosos, estaban velados por una sombra que no era sólo física.

Insistió en mostrarle la casa donde todo había empezado, la de su abuelo. Fronteriza al agua, sus maderas roídas temblaban con cada suspiro del viento. Adentro, los muros estaban cubiertos de tapices: figuras y símbolos heredados de terribles sueños, y algo aún más perturbador: relieves tallados en basalto, retratando criaturas imposibles cuyos rostros parecían a punto de disolverse o estallar en formas más terribles.

“Los antiguos sabían de él”, murmuró Cyrus, guiando a Ethan por los pasillos mal iluminados. “Sabían que sólo el reflejo diluido de la resina puede salvarte, aunque sólo sea un instante, de la visión directa.”

En el sótano, tras un portón carcomido, colgaba un tapiz más reciente, diferente a todos los demás: en él figuraba un lago cristalino sobre el que bailaban siluetas vestidas de amarillo, mientras una inmensa figura acechaba el agua desde lo alto, con tentáculos que se confundían con las raíces de los sauces y cuya boca era una rendija circular infinita, un túnel sellado por la coagulación del horror.

Cyrus temblaba visiblemente. “Esa cosa,” balbuceó, “el Ojo Inexorable, el Príncipe de Carcosa... lo llaman de muchos nombres, pero todos coinciden en que la resina es su sangre coagulada, y que sólo su reflejo puede guardar la cordura ante el abrazo de Hastur.”

Y, sin embargo, había más. En la carta, en el reverso de la segunda hoja, palabras que enloquecían por su propia geometría: “No mires jamás la estatua negra que duerme bajo el lago. No permitas, bajo ningún precio, que la resina toque su base, o la voz vendrá en tu carne y no habrá velas ni tapices que te salven ya”.

El eco de esas palabras resurgió en Ethan durante la noche siguiente. Instalado en una de las pocas habitaciones, sintió la marea subir y bajar contra los pilotes de la casa, como si el lago respirara al compás de un corazón muerto. El sueño fue, como los mejores terrores, una caída sin tiempo: vio el lago extinto, contemplado desde las alturas de una ciudad en ruinas, y en su centro la estatua de basalto surgía entre burbujas enfermizas; su cabeza estaba cubierta por vendas eternas, y de ellas fluía la resina, cubriendo, solidificándose, y fundiendo el agua en sangre dorada.

Se despertó empapado en un sudor frío y comprendió que Cyrus, a su modo, había intentado alguna suerte de ritual: proteger la casa con ámbar y tapices, impedir que la voz emergiera desde la cosa petrificada que dormía bajo la mugre del lago, un dios que no era ni muerto ni completamente vivo, sino atrapado en una dilación infinita—como él, como cada hombre que alguna vez había percibido la silueta de Carcosa extendiéndose entre las brumas.

Pero la noche traía consigo visitantes. Ruidos de arrastre y gemidos crecían bajo el alfeizar. Ethan, tentado fatalmente, se asomó y vio sombras saliendo del agua. Algunos portaban máscaras de oro. Otros, sólo rostros hinchados y distorsionados, cubiertos de burbujas ámbar. Sus movimientos no eran de este mundo. Eran danzas agónicas, enloquecidas, como si cada músculo de sus cuerpos luchara por no deshacerse en una gelatina informe.

Entonces, uno de ellos giró la cabeza y Ethan descubrió la visión prohibida. No era su rostro el que contempló, sino la huella de algo peor: esos ojos no eran más que sendos espacios vacíos, túneles cavados por dentro a fuerza de mirar cada noche el horror enterrado bajo el lago. Sintió su propia vista borrosa, el cráneo a punto de reventar por el eco de una música imposible.

Retrocedió tambaleando, y fue entonces cuando Cyrus irrumpió, envuelto en harapos sagrados. En sus manos desnudas, la resina vibraba como una linterna viva.

“¡Es la llamada!” exclamó. “Debe rechazar la mirada, ¡no permita que vea su rostro a través suyo!”

Pero era tarde; la voz surgió primero como un murmullo apenas inteligible, húmeda y grave, como el estertor de un difunto que no desea ser recordado, y luego se elevó en una sinfonía de pesadillas. Un empuje invencible lo arrastró fuera, por la casa, a trompicones, y luego por la orilla fangosa.

La niebla era ahora una cortina viviente; reptiles invisibles rozaban sus tobillos, y el lago, ese ojo monstruoso, palpitaba con un brillo imposible de describir. Ethan se sintió al borde del abismo, resistiendo, consciente sólo a medias de la danza frenética que se formaba tras de sí —un zumbido, luego un rugido: el nombre prohibido siendo musitado por mil bocas en un idioma que ni los alquimistas de Destino, ni los astrónomos de Leng, hubieran entendido jamás.

Allí, en la margen, entre la estatua dormida y la resina en su mano, Ethan supo el verdadero propósito del talismán: no proteger, sino unirse. No había redención. El ámbar sólo facilitaba el tránsito, servía como llave para dejar que aquello que dormía habitara en los nervios, en la piel, en los huesos de los vivos. El sacrificio exigía comunión.

Las figuras de las máscaras entonaban un himno más alto aún. El lago giraba, se torcía, como si una criatura bajo la superficie palpitara, desentumeciendo siglos de sueño. Ethan, de rodillas en el limo, levantó el amuleto sobre la cabeza. Un reflejo, un destello dorado y, luego, la estatua de piedra comenzó a supurar resina, llenando el agua de filamentos dorados, mientras las brumas se arremolinaban, disolviendo en formas imposibles el tiempo y el espacio.

La voz irrumpió dentro de él. No fue dolor, ni siquiera placer. Fue disolución. Un eco le permitió oír, comprender, a un nivel animal y cósmico, lo que aguardaba detrás del velo; allí Hastur no era sólo Rey Amarillo, sino el rostro oculto del horror, la mente que teje la locura de las estrellas, y que sólo Kthanid —el reflejo luminoso, el testigo olvidado entre los dioses— se arrastraba en los bordes de la visión, intentando sin lograrlo atenuar el sufrimiento, silenciar la canción.

Ethan vio, entonces, a Ghatanothoa, vigilante en su prisión de basalto sumergido, sus párpados casi humanos, sus tentáculos petrificados en posturas de súplica eterna. Los fieles rodeaban la estatua, anhelando la mirada que petrifica carne y alma, mientras la resina se frotaba en sus frentes, impidiendo por una fracción de segundo la transformación. Pero nadie podía escapar al final de la llamada: el lago devoraría todo, fundiendo a cada hombre, cada recuerdo y cada grito en la piedra-resina de la ciudad sumergida.

El alba llegó con un silencio antinatural. Nadie en Kingsmouth recordaría la noche, ni a Cyrus, ni a Ethan, ni a las figuras de las máscaras amarillas. El lago, sin embargo, lucía más dorado que nunca. Bajo sus aguas, un nuevo relieve había surgido en la estatua; su rostro era reconocible, una mueca congelada de horror y entrega, mirando eternamente hacia arriba, aguardando la próxima llamada del Rey en la Marisma.

Y así, la resina aguardaba, brillando apacible, aguijoneando la curiosidad de quienes se atrevieran a soñar con lagos dorados y ciudades que emergen sólo para consumir el nombre, la forma y la voz de todos aquellos que escuchan los susurros ambarinos del horror.

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