Fragmento:
Caminaban en fila, aprisionados por lo estrecho del túnel. Al principio sólo veían escombros, raíces, restos plásticos mezclados con huesos de animales urbanos. Luego, otros huesos, algo más largos, rara vez enteros, se iban sumando al lecho del túnel: fémures humanos, un radio, costillas infantiles. Marian sentía a cada momento una presión en el pecho, un miedo viscoso que se anidaba bajo la piel como un gusano. El aire vibraba, saturado de una expectativa sorda.
Duración: 10:50
Debajo de la ciudad, el olor no era únicamente a podrido. Marian intentaba no pensar mucho en ello mientras apretaba la linterna contra el pecho y observaba que el haz polvoriento ni siquiera rozaba el techo del túnel. Había humedad, sudor rancio en las paredes tapizadas de musgo y lo que sólo podía describirse como el aliento agrio de una enfermedad antigua. Las cloacas se extendían, hondas y largas, bajo la urbe de la que la mayoría no sabía nada. Esa ignorancia protegía a la ciudad, pensaba Marian. El olvido era un muro impermeable.
Su mentor, Roque, iba delante, pisando con seguridad los adoquines gastados. Era delgado y de hombros encorvados, y caminaba encorvado como si intentara ser lo menos humano posible. Antes de ambos, el guía: Graciano, un hombre encallecido de barba cetrina y respiración pesada. Conocía esos túneles desde la infancia y hablaba de ellos como si fueran una segunda madre, ciega y hostil.
“Unos pasos más y ya se siente el nudo”, murmuró Graciano. “No teman si escuchan ruidos. No se desbanden”.
Roque no respondió. Marian sintió que el aire se espesaba cuanto más descendían. Los conductos ya no eran inmundas alcantarillas de aguas residuales, sino galerías antiguas, mucho más profundas de lo que los mapas sugerían. El metro quedó atrás hacía rato, y La Nada negra de las entrañas de la tierra los acogía. Bajaban una escalera de caracol—de hierro y óxido, crujiente—cuando Marian distinguió algo: un ruido persistente, como uñas escarbando en madera húmeda.
Pensó en la advertencia de Roque antes de aventurarse: “No mires demasiado tiempo a las paredes. Si ves algo que se mueve, no lo sigas. No contestes si escuchas tu propio nombre.”
Graciano se detuvo de golpe. Señaló un boquete en la pared, menos que una puerta, envuelto en jirones de tela y alambre colgantes. Más allá, la tierra parecía más blanda, casi palpitante.
“Ahora quiero que estén muy callados. No uses la luz directa. Hay cosas que se ciegan fácil y a cambio lo oyen todo”. Graciano se santiguó. Marian sintió un escalofrío recorrerle la columna.
“¿Cuánto tiempo estaremos ahí abajo?”, preguntó, pero nadie contestó porque Graciano ya avanzaba. Roque fue tras él, y Marian, tragando saliva, les siguió. El hedor se hizo casi tangible, sucio y acre. Tuvo que pelear contra las arcadas.
Caminaban en fila, aprisionados por lo estrecho del túnel. Al principio sólo veían escombros, raíces, restos plásticos mezclados con huesos de animales urbanos. Luego, otros huesos, algo más largos, rara vez enteros, se iban sumando al lecho del túnel: fémures humanos, un radio, costillas infantiles. Marian sentía a cada momento una presión en el pecho, un miedo viscoso que se anidaba bajo la piel como un gusano. El aire vibraba, saturado de una expectativa sorda.
Finalmente llegaron a una sala natural, una cámara limosa de paredes negras, donde Graciano se detuvo. Desde una esquina, un cúmulo de bultos se removía. La linterna de Marian tembló al descubrir decenas de ojos húmedos entre los escombros: primero estaban arriba, luego a los lados, luego en pares que escalaban cuerpos huesudos y delgados, con garras en lugar de dedos y piel casi transparente, marcada por venas oscuras y pelos tiesos. No eran grandes, pero había muchos.
Eran ghouls. Carroñeros de los cementerios, según la leyenda. Pero en el cementerio era raro encontrar uno; aquí, en la red infinita de túneles, se multiplicaban.
Graciano empezó a hablar, con el tono ritual de quien repite palabras que no entiende del todo:
“Entramos para imponer el tributo. No cruzamos sus nidos. No reclamamos su carne”.
Un murmullo, se diría un jadeo, recorrió la caverna. Los ghouls gruñían, olisqueando el aire. Marian atrapó la mirada de uno: el interior de su boca era negro, como si la oscuridad creciera desde su paladar. Su voz interior aullaba.
Roque, con parsimonia, abrió su morral y extrajo la ofrenda: una masa de carne, intestinos, aletas de pescado y algo más. El olor era atroz. Marian casi vomitó. Roque colocó la ofrenda sobre una plataforma natural de piedra, cercana a los ghouls. Uno de ellos avanzó, las extremidades retorcidas, la cabeza meneándose como la de un roedor.
La criatura devoró un trozo grueso, y entonces, por imitación o por hambre, los demás se lanzaron. Los sonidos eran un concierto de huesos astillados, jadeos y chillidos bajos. Marian tapó la boca para no gritar.
Los humanos se mantuvieron inmóviles. Había un ritual en todo: la ofrenda, la espera, el silencio reverente.
Nunca habían estado tan cerca. Marian notó la inteligencia animalísima en sus gestos, la forma en que medio se ergían para oler algo lejos en el túnel, la manera en que se apartaban del camino invisible de los suyos más viejos.
“Vámonos”, susurró Graciano. Pero no se movieron. No podían moverse hasta que se cumpliera el ciclo. Eso lo sabían los tres: quien se adelanta muere.
Cuando los ghouls, repletos, se retiraron por galerías y agujeros a ambos lados de la cámara, Roque asintió y Graciano, sudoroso, tomó la delantera de nuevo. Salieron de ahí sin mirar atrás, atravesando pasadizos que parecían más angostos de lo que recordaban.
Pero había un error, apenas perceptible: el sustrato del miedo no se disipaba. Al contrario, se tornaba más denso, más físico. Marian, último en la fila, sintió las paredes palpitar y cerrarse. Las raíces formaban garfios. Un gemido bajo, gutural, los acompañaba desde algún lugar por detrás, o quizás a los lados, mezclado con el roce de algo ligero sobre el lodo.
Nadie hablaba. Los minutos se dilataban como un estómago nervioso. Cada crujido de hueso o chasquido en la oscuridad hacía que Marian tragase saliva, el pulso disparado en los tímpanos igual que un tambor de rituales antiguos.
Fue entonces, en una curva abrupta, cuando Graciano alzó la mano, en señal de alarma. Se detuvieron.
Una figura agazapada, más grande que cualquier ghoul visto antes, bloqueaba el paso. Su piel tenía un matiz casi azulado, inflamada por la descomposición, y en sus ojos brillaba una astucia feroz. Llevaba en la boca una maraña de tendones frescos, todavía sangrantes. El hedor era espantoso. Roque susurró una palabra—en un idioma aprendido sólo para estos infiernos—pero no pareció surtir efecto.
El ghoul mayor dejó caer la presa y se irguió. Era tan alto como un hombre, pero mucho más delgado. Las costillas casi salían de la piel como cuchillas, el cráneo carcomido por cicatrices. De sus labios colgaban fragmentos de manos infantiles.
Roque intentó sacar algo de la chaqueta, pero Graciano se adelantó: arrojó un trozo de carne restante al suelo, como una limosna improvisada. El ghoul ni siquiera lo olió. Dio un paso hacia ellos, y Marian retrocedió, golpeando la espalda de Roque.
Detrás, otros ruidos: arrastres, raspaduras, olfateos. Marian, enloquecido, giró la linterna hacia atrás pese a la prohibición. El haz iluminó una docena más de esos espectros huesudos, saliendo de la grietas, con garras ansiosas.
El ghoul mayor chilló, el sonido era un lenguaje de ultratumba. Los recién llegados se aproximaron sin cautela, presionando a los humanos. Graciano alzó las manos. “No somos carroñeros. No venimos a robarles”, repetía temblando.
Roque sacó de su chaqueta un puñal corto, la hoja curva y ennegrecida por rituales antiguos. Marian no pensó, solo actuó: agarró una piedra del lodo y la arrojó hacia el ghoul más cercano, apenas retenido por el pánico. El objeto chocó contra una mandíbula, provocando un chillido furioso.
El caos duró segundos, pero pareció una eternidad.
Los ghouls se lanzaron sobre Graciano con una furia devoradora. El hombre apenas pudo gritar; sus huesos crujían, la carne desgarrada salpicó las paredes. Roque agarró a Marian del brazo y tiró de él a través de una abertura secundaria—un corredor que no conocían—justo antes de que las mandíbulas les cerraran el paso.
Correr en la oscuridad, sin tiempo a pensar, sólo dejándose guiar por el instinto y el terror. El sonido de la huida y de la persecución, mezclados, se fundía en un solo estruendo atronador. Garras arañaban piedra húmeda cada vez más cerca.
Llegaron a una galería inundada. Roque avanzó sin detenerse, jadeando, chapoteando en el agua pútrida. Marian apenas distinguía la mejilla empapada de sudor y lágrimas.
Al fondo, una escalera de hierro ascendía hasta una tapa oxidada. Roque empujó a Marian primero. Tierros, clavos oxidados, una tela de araña pegajosa en el rostro. Marian se impulsó, forzó la verja. Por fin se abrió con un chillido metálico. Salieron a la noche sobre un solar baldío, una luna enferma alumbrando los cementerios ruinosos en la distancia.
Por debajo, los ruidos continuaban. Marian, de rodillas sobre la gravilla, lloraba. Roque no parecía humano, tan pálido y tembloroso, los ojos acuosos, la mano crispada en torno al puñal.
“Perder a uno es el precio”, murmuró Roque, ensimismado. “Siempre ha sido así. Una vida por pasar. Sólo que no escojamos nunca a quién le toca.”
Los ghouls no salieron. No necesitaban hacerlo. La advertencia estaba hecha, el territorio marcado. Marian tenía la marca del túnel en la piel, el hedor invisible, la certeza de que todo lo que había ocurrido era parte de un pacto que nunca entendería del todo.
Esa noche, de vuelta a la civilización, Marian tembló mientras imaginaba las rutas ocultas bajo la ciudad, las infinitas cámaras, los centenares de ojos esperándolo en la oscuridad. Sabía que, tarde o temprano, los ghouls reclamarían de nuevo. Como siempre, la ciudad sólo sobrevivía porque ignoraba lo que anidaba bajo sus pies. Pero los elegidos, los mensajeros, los sacrificados, no podían olvidar.
Durante semanas, Marian oyó crujidos bajo el suelo, olió la pestilencia en el aire, sintió la mirada de miles de ojos hambrientos siguiéndolo entre las sombras. Sabía que algún día las fauces bajo la ciudad volverían a abrirse, que la deuda sólo se aplazaba, nunca se pagaba del todo.
Y cuando cerraba los ojos, siempre veía la boca negra del ghoul, y la oscuridad creciendo desde su paladar, y los chillidos bajos, aún frescos, colándose por las fisuras de su memoria hasta fundirse con sus sueños más profundos.
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