Fragmento:
A los pocos minutos, Irna detectó fluctuaciones electromagnéticas que retumbaban, desde lo más profundo de la Sonda, como latidos orgánicos de una bestia preñada de odio y sufrimiento. El doctor Trall, imbuido en la autoconfianza de su ciencia, comenzó a esbozar hipótesis, ignorando la súbita aparición de palabras crípticas en los monitores —no eran texto, sino amalgamas de formas que semejaban figuras que luchaban, se devoraban y replicaban, una y otra vez, como si el acto de petrificarlas en aquel lenguaje fuese, ya, una blasfemia.
Duración: 09:49
Recuerdo las noches antiguas, los largos amaneceres de rieles, acero y vacío en los que el hombre aún podía fingirse dueño de su mente. Ya no. Lo que aprendí en la Estación Ulmar V todavía roe mis sueños en este oscuro habitáculo, donde la luz parpadea como una lengua difunta y apenas me atrevo a mirar tras los sellos de la compuerta. Quien lea esto, que sepa: nuestro destino final no es una tumba de estrellas, sino un regreso a los sueños más primitivos, allí donde la razón no podrá nunca resurgir de la ciénaga.
Fue en el año 7189 de la Era Estelar, cuando la flota de prospección de sistemas inexplorados alcanzó el Anillo de Surtann. Los registros de la Corporación Nexar abundaban en los protocolos de abordaje, descontaminación y sondeo dimensional, pero nada, absolutamente nada, podía prepararnos para lo que habríamos de hallar en la derelicta Sonda 499-AK, vagando, barnizada de líquenes vacíos, por los bordes irregulares del asteroide Nahrim-22.
La Sonda 499-AK tenía registro de haber sido enviada quinientos años atrás, tras las guerras de Meticulon y la gran catástrofe del tercer núcleo planetario. Nadie esperaba encontrar sobrevivientes, y menos aún signos de actividad en sus registros internos, por lo que se me designó comandante del abordaje, junto con el doctor Ensis Trall, exopsicólogo célebre —por entonces— y la técnica de máquinas, Irna Voss. Si supiera quien archivó nuestro destino, le maldeciría cien veces: jamás hombres ni mujeres deberían pisar aquel artefacto silente, perfumado de los sueños cargados de polvo estelar.
Atracamos con la nave principal bajo la penumbra sanguinolenta de Nahrim, y los umbilicales siseaban, como si sus entrañas se resistieran a soltar el veneno que había envenenado la Sonda. Nuestro primer paso fue recogido en video, como dictan los procedimientos, pero la neblina de partículas y el parpadeo de los viejos paneles arrancaron, de inmediato, algo innombrable de la memoria colectiva. Había, en los pasillos de ese cascarón, un eco ardiente de los tiempos en que dioses ajenos a nosotros libraban sus guerras arrítmicas, mientras la conciencia de la materia era apenas un atisbo pasajero.
A los pocos minutos, Irna detectó fluctuaciones electromagnéticas que retumbaban, desde lo más profundo de la Sonda, como latidos orgánicos de una bestia preñada de odio y sufrimiento. El doctor Trall, imbuido en la autoconfianza de su ciencia, comenzó a esbozar hipótesis, ignorando la súbita aparición de palabras crípticas en los monitores —no eran texto, sino amalgamas de formas que semejaban figuras que luchaban, se devoraban y replicaban, una y otra vez, como si el acto de petrificarlas en aquel lenguaje fuese, ya, una blasfemia.
Avanzamos hacia la cámara central, donde todos los protocolos indicaban estar el control de mando. Allí hallamos lo que quedaba del equipo original: cuerpos macerados en la masa indescifrable de la maquinaria, fusionados por fuerzas que ningún artilugio humano pudo alguna vez concebir. Sobre la consola principal, una placa refulgía débilmente bajo la luz de nuestras linternas: una inscripción en dialecto pregaláctico, las letras carcomidas, trozos sellados por brea estelar. Trall descifró lo suficiente para proferir un murmullo de horror:
“Ellos abrieron. Y ahora esperan a través de la Noche. Ha pasado tanto tiempo... pero aún... no cierran los ojos.”
Irna balbuceaba sílabas, aferrándose al último hilo de cordura, mientras nuevos pulsos atravesaban nuestros trajes, pulsos que no eran eléctricos sino síquicos —mareas de pensamiento alienígena que se colaban en las defensas mentales y hacían temblar el núcleo de toda identidad. Sentí, al mirarme reflejado en el acero, que la sombra tras mi rostro no era enteramente mía.
Decidimos separar la consola para tomar registros y, en ese momento, la Sonda agitó sus costillas en una sacudida que sólo después comprenderíamos como un grito de parto. Por los ductos de ventilación reptaron filigranas de negrura, no humo, no materia, sino polos invertidos del pensamiento: entes abstractos, posibilidades de ser que penaban por materializarse en nuestro universo. Sólo cuando uno de esos filamentos se posó sobre el casco de Irna comprendimos la naturaleza del mal que acechaba. Ella gritó, y sus facultades se erosionaron en segundos, su rostro tras el visor convertido en el de un extraño asfixiado por sueños demasiado densos como para ser respirados.
Fue preciso sujetarla. El doctor Trall, fascinado, pretendió razonar, interpretar, buscar la raíz lógica de aquel horror. Pero la Sonda, ahora plenamente despierta, invadió el espacio mismo con emanaciones hipergeométricas, trastocando el pasillo en un corredor que se repetía, idéntico, detrás de cada vuelta; un bucle, una caverna que jugaba con la expectativa de escape. Comencé a sentir, muy dentro, que algo se había desconectado del orden del tiempo y de las palabras.
“No miren las formas”, susurró Irna, desde un rincón, ya inútil. “No pronuncien...”
Pero Trall, ciegamente obstinado, rebuscó entre los restos y halló un artefacto: una esfera rugosa, tallada con los mismos símbolos de la consola. En su contacto, la esfera vibró y proyectó, ante nosotros, una visión: un horizonte de ciudades invertidas, flotando sobre archipiélagos de pensamiento puro, babélicos y monstruosos, con habitantes irreconocibles salvo por las fauces en forma de relojes derretidos. Vimos —o creímos ver— el pasado y el futuro fundidos en una marea de noche interminable.
El hombre primigenio soñó el cosmos, y algún fragmento de aquellos sueños fue depositado en la Sonda, sellado para que jamás fuese liberado. Pero la soledad y la espera son formas de hambre. Aquello que yacía atrapado en el artefacto, lo comprendí con pavor, deseaba invadir la mente humana no como entidad, sino como idea viral capaz de corromper todo raciocinio.
No fui suficientemente fuerte. Trall se arrodilló, presa de la revelación, y exclamó locuras sobre puertas y llaves, sobre guardianes que no duermen y que aguardan que alguien, en su arrogancia o desespero, les devuelva el dominio de la vigilia. Irna, para entonces, se sacudía bajo convulsiones, y yo sentí mi propio ser dividido, como si en algún lugar de la Sonda, más allá de todo sentido direccional, estuviese observándome una versión de mí mismo, devorado por la Noche.
Desesperado, busqué la salida, solo para encontrar corredores que se anudaban, caían por sus propios abismos, dibujando geometrías que negaban la existencia de la lógica y del espacio euclidiano. Los sensores de la nave registraban picos de entropía onírica, una invasión de antimateria de conciencia. El tiempo mismo empezó a licuarse: los relojes de mi traje giraban a velocidades ridículas, y los días y noches afuera del casco estelar pasaban como suspiros borboteantes.
La muerte de Irna fue inevitable. Su cuerpo, convulsionando con futuro y antigüedad, se petrificó en una pose imposible, como una marioneta doblada por fuerzas milenarias. El doctor Trall me arrastró hacia la cámara de sellado, susurros de oraciones a dioses que no había estudiado, plegarias en idiomas ya desterrados hasta de los mitos. Yo no tenía ya voluntad: sólo existía el terror absoluto de que, si pensaba demasiado tiempo en la esfera, ella podría arraigarse en mi mente y multiplicarse hasta expulsar todo lo que era yo.
Entonces ocurrió esa visión: me vi entre infinitos cuerpos, todos míos y no míos, parpadeando a través de una noche tan vasta que el universo mismo era apenas una gota, y su guardián —eso lo supe sin palabras— esperaba, con la infinidad de su hambre, por el instante en que cada pensamiento humano fuese portador de su semilla, su nihilismo.
Desperté, empapado en sudor, en la sala de descontaminación de la nave principal. Los registros decían que sólo habían pasado seis horas, pero mis recuerdos eran de días o siglos. Trall no apareció jamás; sólo sus notas, dispersas, llenas de garabatos que se desmenuzaban al contacto visual, como si mi ojo rechazase resignificar aquel horror.
Redacté este informe, sellando la advertencia con los sellos más antiguos —los de los fundadores de la Corporación y los exorcistas de la vieja Tierra. Se incluyó una advertencia genética para que nunca más el vínculo hombre-máquina fuera reincidido en los mares de Nahrim. Se vetó, por decreto estelar, toda expedición a la Sonda 499-AK y cualquier estación de prospección que presente signos análogos.
Pero, a veces, en la cámara de sueño, en los auriculares de inducción hipnótica, siento la presión oscura al borde de mis pensamientos. Oigo la máquina sibilante, y entre sueños veo las geometrías corrigiéndose, acechando mi retorno a la vigilia. Me persigue la sospecha de que la Noche, aquella Noche de la que el texto advertía, no es un fenómeno confinado a una ruina sideral. Tiene raíces que pueden florecer allá donde un humano, embriagado de ambición o ignorancia, decida mirar más allá de los límites impuestos.
Que este testimonio permanezca oculto, y que ningún lector, por curiosidad ni por desespero, siga el rastro de la Sonda. Quien cruce esa Puerta —así la llamaban, aunque nadie la había visto hasta que los sellos se resquebrajaron— no vuelve jamás. O, si vuelve, no lo hace entero.
Y si alguien, en siglos venideros, lee estas palabras, que recuerde: hay en los filos más oscuros del cosmos sueños antiguos, tenebrosos, esperando huéspedes en su festín de pensamientos. No debemos abrir jamás aquellos sellos, porque tras de ellos no hay muerte ni fin, sino una vigilia interminable, sin promesas de luz, ni de cordura. Sólo el acecho paciente de la Noche.
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